domingo, 28 de junio de 2015

Life Itself

Documental que retrata la vida de Roger Ebert, el crítico de cine más popular del mundo, ganador del Pulitzer en 1975, desde su última etapa en que le aquejaba un cáncer que le quitó la posibilidad del habla y le hizo depender de una computadora como sustituto. Estado que domina mucho el filme, que imprime dureza y resulta algo chocante, aunque Ebert se mantenía optimista y positivo, gracias mucho a la compañía de su esposa con quien se casó tardíamente, a los 50 años, llamada Chaz, una dama afroamericana que siempre lo respaldó –cuando se decía que Ebert tenía el peor gusto para escoger pareja, cosa que revirtió totalmente, y se sentía bendecido de haber hallado a una amorosa mujer con quien compartir su vejez- y que no quería que se rindiera, aun cuando el crítico americano sentía que ya era su momento de irse, y así lo concibió, muriendo un 4 de abril del 2013, a los 70 años.

El director y destacado documentalista Steve James hace un retrato muy celebratorio, exhibiendo los logros y virtudes de Ebert, como sus conflictos con su compañero Gene Siskel (pequeñas rencillas, pero en un trato llevadero, finalmente eran amigos a pesar de ciertas desconfianzas y posiciones encontradas con las películas), con el que tuvo un programa muy famoso, At The Movies With Gene Siskel and Roger Ebert (En las películas con Siskel y Ebert), que ayudó a popularizar mucho a la crítica de cine con la creación de una aprobación o desaprobación bastante sencilla y rápida, que era de pulgares arriba o hacia abajo, como es uno de los éxitos que propuso Ebert haciendo de la crítica un referente tan masivo, promoviéndola menos precaria y nada elitista, lo que le atrajo detractores y comparaciones, como que era dueño de un Pulitzer y popularidad, pero era la crítica Pauline Kael la más inteligente en EE.UU, y la mejor forma de trabajar lo cinematográfico, seria y profundamente.

Véase que Ebert participaba del festival de Cannes y lo hacía más conocido con sus notas elogiosas en su país, para una población inexperta, como hizo lo propio con grandes directores como con un primerizo Martin Scorsese a quien le atribuyó la gloria futura, cuando pasaba además por un momento difícil que el mismo cineasta cuenta; como con documentales de Errol Morris, en la época que no había muchas salas de exposición de su trabajo; o con el reconocimiento en Norteamérica -y durante su tiempo de decline- del cineasta alemán Werner Herzog a quien siempre defendió; con los que hizo mucha amistad, y hasta Herzog le dedicó un filme, de lo cual se llegó a dudar de su honestidad cuando los juzgaba, habiendo ataques hacia él en general por amiguismo y cierta falta de independencia, en especial para los filmes de Hollywood, que por una parte tenia de verdad, dicho off topic o de forma sutil, ya que Ebert era parte del engranaje hollywoodense, al punto de que hoy en día hay una estrella en el paseo de la fama con su nombre, pero que es mucho más, aquello no es todo ni lo anula, es una parte de un conjunto, salvedades y elecciones, ya que difundía notablemente el séptimo arte, engrandeciendo la labor profesional del crítico de cara al aprecio de la gente, que no creía antes mucho en la crítica, poniendo por lo tanto su (buen) grano de arena y un estilo que reconocía otras formas de trabajo, pero que tampoco era que no fuera audaz o inteligente, siendo muy ágil y empático en sus artículos, en el diario en que toda la vida trabajó, el Chicago Sun-Times, al cual le fue siempre fiel, seguido de su salto precursor a la web donde tuvo igual mucho éxito. Y no era que no tuviera la última palabra, solo que lo suyo era promocionar, dar a conocer propuestas más que maltratar filmes, de lo que Ebert menciona que con la edad se volvió bastante suave, pero al respecto poco deja ver la propuesta, salvo con la participación y la “suspicacia” (pero también parte del homenaje), del crítico e intelectual minoritario Jonathan Rosenbaum, que es el que abre aquella puerta en el documental.

Otro critico que discrepó y reprendió a Ebert por su método reduccionista de los pulgares, y la simplicidad del programa de televisión fue Richard Corliss, que también con el tiempo quedó subyugado en buena parte por Ebert, como se ve mucho en A.O. Scott, también crítico, más sumiso y admirativo. Nombres importantes que aplauden su larga carrera. De lo que discretamente  luce que hubo sus ratos de autoconciencia (pensando que no es la opción ni la prioridad del documental, sino rendirse a una leyenda), de que todo no era perfecto, ni que Ebert es el crítico ideal, pero tiene méritos y triunfos justos, como que era un hombre que amaba realmente al cine, y le dedicó toda su vida, hasta despedirse de sus lectores cinéfilos un día antes de su muerte. Desde que llenó casualmente un nicho en una urgencia de un diario, que simplemente lo colocó, viendo que lo que hacía era periodismo comprometido, ya que Ebert desde el principio demostró defender causas altruistas, y fue un tipo precoz que se ganó bien el respeto de sus compañeros con un alto cargo. 

Su cinefilia lo llevó a formar un vínculo de la nada con directores noveles a los que les puso mucha fe, como Ava DuVernay,  a quien conoció de niña e inspiró con su conocimiento; y a Ramin Bahrani al que unió una invitación tímida, para luego cimentar una gran amistad y admiración mutua, llegándole a dar el maestro critico un regalo preciado que tiene su curiosidad y legado cinematográfico. Con lo que el cariño que exuda y produce Roger Ebert es legítimo, merecido, ganándose un lugar privilegiado en la historia de la crítica mundial. La eternidad cómplice de quienes amamos el bien llamado séptimo arte. 

Steve James es un documentalista sumamente interesante, mucho más allá de las apariencias y primeras impresiones, a quien Ebert apoyó siempre. Tiene trabajos bastante admirados, aplaudidos, especialmente Hoop Dreams (1994), ganador del premio del público en el festival de Sundance, por una profundización valiosa, próxima, que reditúa nuestro tiempo entregado (dura 3 horas). La que trata de 2 muchachos aspirantes al mundo más grande del basquetbol, partiendo desde abajo, quienes son Arthur Agee y William Gates, uno más inmaduro y rebelde que otro, a los que vemos en su peligroso habitad en Chicago, con sus respectivas familias, amigos o novias, dentro de varios niveles de crecimiento. Los que durante 4 años son documentados en sus caídas y cúspides en el deporte, cuando la frustración, la cruel derrota, yace a la vuelta de la esquina, y hay ejemplos tristes y cercanos. En un retrato de superación personal y mucha adversidad colindante, vivencial, un reto de la pasión. Ubicado en la etapa escolar, ganando becas y auspicios, hasta llegar a la universidad y conocer su desenlace 2  años después. En busca de su sueño de llegar a pertenecer a las grandes ligas, viniendo de lugares pobres llenos de inestabilidad, drogas, crimen y pandillaje, bajo la precariedad de los afroamericanos, en que nuestros protagonistas llegan a tener familiares delincuentes, como otros dignos de admiración y ternura, habiendo varios momentos que mueven al corazón, en el camino duro del basquetbol que es mucho un negocio y hay un sistema de oportunidad pero también uno implacable si no rindes. En el Chicago que vibra con Michael Jordan, y con el jugador profesional de la NBA Isiah Thomas, exalumno de la escuela St. Joseph, donde son reclutados.  Los altibajos son dignos de mucha novedad, e impredecibles, como la naturalidad y las circunstancias la belleza y grandeza de la esencia del documental.

Otro filme valioso de Steve James es The Interrupters (2011), con el que mereció el premio de mejor documental en los Independent Spirit Awards 2012, que implica a ex convictos y ex pandilleros afroamericanos y latinos que han cambiado totalmente su vida y ahora se dedican a detener los pleitos, la amenaza latente, la criminalidad, de las mismas pandillas, que parecen el único lugar de refugio, en los peores barrios de Chicago (donde hay tiroteos a menudo, incluso caen heridos algunos de estos miembros de paz/reflexión, como que el documental se pasea por los tantos rincones callejeros en que alguien murió bajo el fuego de la continua violencia, de lo que mayormente se trata de muchachitos, a los que se les dejan regalos, frases, llanto y memorias en el lugar abatido, tocando la fibra emocional, se hace sentir con las pérdidas), enfrentándose por medio de la experiencia, el reconocimiento y el respeto que albergan en la zona (habiendo hasta familiares de famosos delincuentes históricos que optaron por otra dirección al final), como por su elocuencia y firmeza en el habla, frente a tipos armados, inestables, medio locos, poco meditativos y con afición a las drogas, lo cual es toda una hazaña de valentía a lo que están entregados en cuerpo y alma, en la pertenencia a la asociación CeaseFire, llamados interrupters, los que detienen las balas. Y hay una documentación bárbara/impresionante, pormenorizada, que sigue in situ, en plena “técnica”, e inestabilidad, en lo impredecible, con una gran espontaneidad, pero a su vez dentro de la dirección de una construcción que mueve a la complicidad, a la emoción, y que celebra héroes comunes, como al cambio que generan en la gente, en unos barrios olvidados, produciendo acción contraria, brindando esperanza, un gran apoyo a la comunidad (el filme mismo lo es también, trayendo a la superficie la realidad “escondida” de Chicago), combatiendo la indiferencia, el pesimismo de llamarlo una lucha perdida con lo que pareciera un contraataque pequeño, el desenfreno de la muerte, que no es poca cosa, sino un problema nacional. 

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