sábado, 20 de junio de 2015

No llores, vuela (Aloft)

Recuerdo cuando fui a ver Madeinusa (2006), me invadió un enorme entusiasmo en la sala de exhibición, bajo la sensación de que lo que estaba observando era algo totalmente diferente a lo que se ha hecho/hacía en el cine peruano, luego llegaría el oso de oro, el fipresci y la nominación al Oscar por La teta asustada (2009), lo que hace siempre interesante, digno de orgullo, ver una película de Claudia Llosa, no obstante la crítica atacó Aloft, por lo que visionarla generaba sus dudas (aunque verla o volverla a ver es la última palabra), pero el resultado ha sido más alentador de lo que anunciaba tanta fiereza en contra, y aunque no sea una cinta maravillosa, tiene lo suyo a un punto, dentro de su delgadez, esa a la que le falta carne, volumen, pero que mantiene su parte de subyugación en la noción de estar catando un cine exigente, maduro, sin ser difícil de entender, y es que le puede faltar entretenimiento, pero no atención ni delicadeza, en el que es un retrato muy duro (más allá de ver parir a un cerdo, que tiene su lado simbólico), de lo que eso lo hace al mismo tiempo un filme relevante por méritos propios de dirección, temática y su manera de narrar, en su carga de frialdad, como  el mismo paisaje se hace cargo de propiciar, sin hacerlo en lo obvio o en la sobreexplotación, habiendo ratos de aligeramiento que son bastante secundarios y quizá inservibles de cierta forma, porque lo que vemos es algo muy difícil de manejar y de abordar, y eso es lo que perdura, sin caer en el papelón o la proclividad al efectismo rancio, o peor, su superficialidad. Se trata de la distancia afectiva ante un terrible dolor que sucede entre un hijo y su madre, con un amaestrador de halcones llamado Ivan (Cillian Murphy), vástago de una curadora y artista, Nana Kunning (gran esfuerzo de Jennifer Connelly).

En el filme se habla de misticismo, de un método de curación folclórico digamos, uno que nos suele ser tan común en nuestros países muchas veces pre-modernos, dicho a grandes rasgos, si bien el método visto con un columpio en medio del bosque (que recuerda la enorme escena de Anticristo, 2009, del pequeño en el alfeizar; el éxtasis y el mal), unas especies de pastillas suponemos naturalistas o una bolas de piel como sahumerio no sea fácil de reconocer, pero que en el primer mundo, estando ambientada en Canadá, luce tan raro, aunque la propuesta es muy angloamericana, en la lejanía entre miembros de familia, en lo que propicia una vida de rápida independencia o a razón de la dureza del carácter que suelen sembrar y habitar entre los norteamericanos, a diferencia de nuestra tendencia latina a lo familiar, a la emotividad y la dependencia, como también lo es el egoísmo de los niños, no siempre asumido. En donde puede asomar la estafa, como en el alcoholismo del llamado arquitecto, el cual a través de lo que vemos pasa a un segundo plano, apreciando que lo que en verdad (nos) surte el esperado efecto mágico es el poder de curación del habla, de la auto-reflexión, al estilo de la esencia del Dalai Lama, como bien perpetra la voz en off en el desenlace, invocando el sentido de la vida y la muerte en una metáfora con el hielo.

La historia se divide en dos tiempos, el presente y hace 20 años, unidos por la búsqueda de un tercer personaje, en otro actor de cierto renombre, en la periodista Jannia Ressmore (Mélanie Laurent) que plantea hacerle un reportaje a Nana Kunning por medio de su arisco hijo. Y puede que sea una participación bastante menor, una aventura pasajera, poco sustancial, pero, bueno, es su carta (convencional) como hilo narrativo para implicar la reconciliación, y en sí un endeble rastro de efecto sobrenatural (pesando contarlo en el orden racional del primer mundo, aunque igual lo hace dejando una elipsis propia de un outsider, pero como una aclimatación sin mucho soporte argumental, tácita, dada por hecho sin más, per se, que deja la propuesta un poco en el limbo), sin el poder del aura del realismo mágico, sino de forma demasiado seca y austera, ya que está desprovista de la belleza del canto literario y el cariz que envuelve aquel folclore; una trascendencia popular, sencilla y de cotidianidad, bendecida por ritos cautivantes,  en un imaginario enraizado  a la cultura y a un lenguaje sumamente autosuficiente, no obstante, claro está, en buena parte fantasioso. En ello Llosa no toma muchas cartas en el asunto, no pretende énfasis, no obstante apoya esa práctica, en un rasgo de identidad como lo es llamar Inti a un halcón domesticado, lo cual hace de ésta película algo fiel al cine que articula y cavila nuestra prominente directora, aunque no sea tan logrado como sus obras predecesoras. El traspase no funciona igual, sin embargo tiene su mérito, inteligencia y ambición, mientras asoma la recurrente lección de la dificultad de convertir mundos personales a otros territorios disimiles.

Recupera el sentido de La Teta asustada en ponerle realismo a lo mítico, pero que aquí hace la gran salvedad (por una parte facilismo) de no profundizar, apelando a lo sutil, no generar mayor coherencia al respecto (sorpresivamente la universalización le cobra cierta factura), fuera del mensaje final, que llega como recurso grandioso, que lo es a un punto (también por un lado banal) y esa línea es lo mejor del filme, un potente minimalismo. Como ese título tan propio de libro de autoayuda, que poco favor le hace.  

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