jueves, 18 de junio de 2015

La filmografía de Pedro Costa

Su última película, Cavalo Dinheiro (2014), lo hizo merecedor del premio de mejor director en el festival de cine de Locarno 2014. Pedro Costa cuenta con 6 largometrajes de ficción -incluido Cavalo Dinheiro- y 2 documentales. Ahondaré en su filmografía, dejando solo de lado, para otra oportunidad, No Quarto da Vanda (2000) y su última película. 

La sangre (O Sangue, 1989). Su ópera prima es un filme de espíritu adolescente, más allá de contar con ellos como protagonistas, intenso, inconsciente, efervescente, sensual, apasionado, irreverente, osado, vital, todas características bien exhibidas en la historia de dos hermanos, uno pequeño y otro muchacho que lo tiene a su cuidado, pero que pronto perderá su custodia al ser supuestamente demasiado joven para hacerse cargo, mientras en el camino se presenta el amor, en lo que es un melodrama de suma libertad y expresividad, como en la escena del niño lanzando patadas de artes marciales al aire arrastrado por la melancolía de la lejanía afectiva, o el héroe Vicente (Pedro Hestnes, de pose engreído, pero que va a tono con la personalidad requerida, en un álter ego de Costa) corriendo mismo loser empático, dolido y perseguido por Clara (en una imponente sencillez de Inês de Medeiros) para caer al pasto como arrebatados por la complicidad de la seducción mutua, en lo que Pedro Costa ya demuestra toques exigentes en su producción, aunque aquí aun parezca su narrativa de forma digamos que convencional, véanse las transiciones, los cortes, la ausencia de bisagras y linealidad, y los saltos elípticos, la movilidad de un relato que yace como en una carretera con baches y sobresaltos, pero que aun así fluye, es ágil, aunque dando la notoria sensación de lapsos, conflictos o emociones fotográficas, como retazos de vida en un collage que hacen un cuadro tierno de anhelo de retorno y unidad familiar atípica, en medio de una austeridad que más tarde en la labor del portugués se intensificará, que en la presente yace en el abandono, y en la lucha por el propio sostén, ya que los personajes de Costa tienen personalidad, identidad, fuerza, no solo sobreviven, sino viven, trasmiten, exhiben cualidades y admiración, como si fueran una pequeña subcultura, positiva a pesar de todo, lo que es el barrio marginal portugués de Fontaínhas, donde los fantasmas aguardan ser escuchados, los inmigrantes caboverdianos, a los que tanto cariño les expresa el autor lusitano.

Casa de lava (1994). Propuesta de la que Pedro Costa ha comentado que tuvo mucha influencia de I Walked with a Zombie (1943), una película que en apenas hora y unos minutos sintetiza una obra magistral donde el vudú cobra vida en total potencia, con escenas míticas como la del primer encuentro en el paraje agreste con un negro salvaje de torso descubierto, manipulado por fuerzas ocultas, de ojos abiertos, fijos y amenazadores, en el que es un filme redondo, perfecto. Romance, misterio y algo de terror por la magia negra, la robotización del alma (lo zombie) y el combate de ésta maldición, enfermedad. Casa de lava trata también de una enfermera que viaja a un lugar bastante extraño a ella, en una isla o archipiélago. La mujer que en ésta oportunidad desentrañará los misterios se llama Mariana (Inês de Medeiros), la que trae a Cabo Verde, una zona volcánica (aspecto que circunda toda la historia de forma simbólica), a un hombre en estado de coma (Isaach De Bankolé), y en el camino se da una intrincada historia, donde hay un amor perdido, locura, sonambulismo, un reencuentro espiritual y superaciones personales que hablan de lo interracial, entre la inmigración africana caboverdiana y los portugueses blancos, que son el panorama favorito de Pedro Costa, que se coloca por encima del colonialismo, auscultando más bien a la humanidad. Casa de lava tiene ritmo, calor, folclore. A su vez no falta el corte social, como parte de la propuesta, pero que no es lo único, va más allá, en la que nos convoca ahora es algo sutil, por debajo, que está en toda su obra en mayor o menor cantidad, una sociología de la clase baja (una que ostenta personalidad) que implica la dignidad y el respeto auténtico, el sentimiento hacia lo que retrata y sus criaturas, en una trama contada de forma que uno puede no coger el meollo del asunto, siendo complicada de seguir, que expresa aparte de la multiculturalidad, la tradición y nuestro sentido, mientras surgen pasiones como en aquel poema de la casa de lava donde se aspira a un ideal romántico, un completo estado de compenetración con la existencia, desde el amor, en medio de la eterna dificultad de la adaptación al mundo y la compleja interrelación humana, habiendo entre los hombres mucha soledad e indiferencia. Lo que clama a un punto ser un misterio, quizá una utopía, en todo caso una lucha, cuando optamos por vivir simplemente. Se trata de movilizar el alma, tanto como ajustar cuentas, que retoma el punto de Jacques Tourneur en un espacio más pedestre haciendo del antecesor filme de terror una metáfora, invocando un despertar.

Huesos (Ossos, 1997). Las películas de Pedro Costa a partir de Casa de lava se vuelven esquivas, gaseosas, evanescentes, difíciles, se escurren por los dedos, manejan ambigüedad, misterio, exudando en la presente mucha pobreza y agotamiento, en el barrio de Fontainhas, yendo a aún más, se mueve por un aire seco de melancolía, que anuncia lucha con uno mismo y con el mundo, viéndose cierta pasividad y pesimismo, a través de una pareja donde la madre parece ida, perdida, ensimismada en la ausencia del bebé que se lleva su pareja que quiere deshacerse del pequeño como si éste fuera la razón de todos sus sufrimientos y carencias, pero juega inversamente en la joven madre que parece perder la razón ante la crueldad de éste muchacho sin moral que le falta alma, sumido en el egoísmo. Mientras hay sensualidad, miseria, dolor y algo de recomposición, gracias a la caridad y la amistad no del todo limpia, cuando cunde el suicidio. Huesos hace pensar en la reducción a lo esencial, como si Pedro Costa se fuera desprendiendo de lo superfluo, de lo convencional, incluso provocando oscuridad, en un rumbo hacia el cine más particular. En éste filme la pobreza pesa, teniendo como eje la responsabilidad de un hijo, que como en Juventud en marcha (2006) nos dijera que todos son hijos de Ventura, o sea hijos de la pobreza, y aduce compartir las penas y salvarse mutuamente, aunque sea solo escuchando. El lenguaje que utiliza Costa se vuelve más artístico, más teatral, generando curiosamente belleza en medio de la descomposición, ya que el entorno es feo, como si fuera un grito, pero sin llegar a su banalización ni sobreexplotación, es parte de una figuración terrible donde se busca salir a la superficie, en medio de rodeos. Debe ser la película más dolorosa que ha hecho el autor portugués, siendo como historia una poética de la austeridad. La enfermera y la prostituta son dos caminos humanitarios, aunque a su vez nadan entre el egoísmo y la soledad, y a un lado va la imperfección y la inexperiencia, la posible locura, la derrota y el abandono. Un retrato duro, de desesperación, recordando que pertenece a los términos de la docuficción, elementos emocionales, literarios, con hechos verídicos. Da tremendo golpe.

¿Dónde yace tu sonrisa escondida? (Où gît votre sourire enfoui?, 2001). Exigente documental sobre el matrimonio galo y cineastas Danièle Huillet y Jean-Marie Straub. Danièle, de poca palabra, pero sumamente perfeccionista, precisa, algo arisca, de pocas pulgas. Jean-Marie, hablador, pero inteligente y coherente, carismático, romántico y extrovertido, no se guarda nada, a todo le pasa filtro, incluso es contundente con su propia labor, es el alma del filme, si bien su amor es el verdadero leitmotiv de la realización (desde el trato más llano y al mismo tiempo esencialmente romántico, genuino, de quienes se conocen al milímetro y no se contienen en nada, ella a ratos lo increpa, lo manda a callar; él critica lo que hacen), que comparten la pasión (y la autodefinición) por el séptimo arte como en una unidad absoluta (amor/poética: pareja y cine), en una interacción que los acerca con lo diáfano y verdadero de hacer arte, lejos de la gloria efímera, fuera de la complacencia inmediata, lo suyo es minoría consciente y con pretensión de reivindicación de lo culto. Mientras los vemos simplemente en un cuarto oscuro de edición, el anticlímax total, lo opuesto del cine pomposo y lleno de superficialidad, como en una ordinaria tarde de labor en que no se genera ninguna atracción, tal cual una declaración de quienes son y lo que hacen, que será así en todo el metraje, de lo que ellos se encargan de generarnos atención y placer reflexivo con sus definiciones de cine y su trabajo entre manos, la película Sicilia! (1999), como con su bella relación.

Juventud en marcha (Juventude Em Marcha, 2006). El filme más grande que ha hecho Pedro Costa, según voz unánime, y lo dejo ahí, puede ser discutible. Ya aquí el creador portugués se impone el lenguaje más arduo, divaga, fluye, hace lo que le place, sin preocuparse de si gustará o no, es el todo o nada, de una expresión de cine de autor, el culmen creativo, y también de Fontaínhas y los inmigrantes caboverdianos que tocan cielo con Ventura, quien deambula por el barrio cuando su esposa (en la apertura) ha mostrado su fiereza (como monologa teatralmente) e independencia votando todas sus pertenencias de su hogar por la ventana, ha atacado a su marido Ventura con un cuchillo y luego lo ha abandonado cuando éste sigue recitando un ideal romántico que no menciona culpables, y es entonces que nuestro protagonista interactúa con sus familiares, hijos, compañeros y amigos hablándonos de todos los conflictos, penurias y dilemas que atraviesa su gente, con algunas historias extrañas, dentro de exposiciones bastante artísticas, algunas inescrutables al mismo tiempo que visualmente personales, bajo ciertas complicadas formas de expresión a las que atribuirles metáforas, cavilaciones, como también cotidianidad per se, en la auscultación de lo social, incluso de lo político, en la repercusión en la zona de la Revolución de los Claveles, en otra lograda ficción documental. Ventura expone un submundo personal cargado de identidad y dignidad, movilizando, mirando hacia arriba, como en el sugerente y simbólico contrapicado hacia el edificio blanco. Se exhiben poderosos claroscuros, algunos absurdos, pequeños exabruptos, y sobre todo confesiones (como las tantas de Vanda), inmerso en lo que parece fútil y primario, conversaciones casuales, mientras sillones desvencijados, paredes pintarrajeadas o callejones sucios dibujan muy bien el panorama silencioso. Un filme que pudo titularse "Los estoicos fantasmas de Fontaínhas", dando “otra” cara de sus habitantes en comparación a la asfixiante Ossos. Arruinados por las carencias, drogas, enfermedad, exilio, dispersión, locura, pauperización, cuando ese poema de la casa de lava circunda como un himno de última e irreductible esperanza. Repetido una, y otra, y otra vez.

No cambies nada (Ne change rien, 2009). Es como un Unplugged bastante ligero, más de lo que ya es aún, harto austero, mínimo, muy próximo emocionalmente, propio del cine de autor más seguro de sí mismo, es la economía total, donde se magnifica lo insignificante, tanto como versa en un aura poética, de coger el momento, lo auténtico y entrañable (perpetrándolo bajo primeros planos, tomas largas y estáticas, tanto como repeticiones vocales de líneas musicales), lo más noble del arte, pero sumido en la cáscara de la exigencia máxima, donde se posiciona y explotan los lugares muertos, se saca a ratos de cuadro a los protagonistas, se impone lo anti-convencional por completo. Un documental sobre la famosa actriz francesa de cine-arte Jeanne Balibar que nos muestra otra comprometida faceta, la de cantante, aunque no sea demasiado reconocida como tal, y se le vea solamente en pequeños cafés o en su sencillo estudio de grabación, bromeando, sacando lo mejor de sí para cantar, aprendiendo, en el que es el toque de trompeta de quien uno quiere ser en la vida. Es decir, un verdadero artista, fuera del aplauso vano y la popularidad irrelevante, ante la convicción y el ideal, como bien dice el título. La fuerza, el temple, la voluntad y la motivación de lo que nos es correcto.

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