lunes, 20 de abril de 2015

Snowtown

Ya se sabe la alineación de las competidoras por la palma de oro 2015, y uno de ellos es el australiano Justin Kurzel, de quien hablaremos de su ópera prima, estando su segundo filme Macbeth en la disputa en Cannes de este año.

Snowtown retrata hechos reales, sobre los asesinatos de Adelaida, una ciudad de Australia, en los suburbios, a manos de John Bunting que fue ayudado por otras personas, y una de ellas es el protagonista del filme, Jamie Vlassakis (Lucas Pittaway), que es un adolescente de 16 años que sufre de un abuso de pedofilia por parte de un vecino y pareja de su madre, y una violación a manos de un hermano, con lo que su relación con Bunting (Daniel Henshall) se hace muy “acorde” con lo que está padeciendo, en que éste asesino serial se había propuesto limpiar las calles de ese tipo de gente, en un asunto perturbador que involucra la tortura y la desaparición que pasó de apasionadas discusiones caseras entre amistades del barrio hasta deshacerse de homosexuales, retardados y drogadictos, incluso familiares próximos.

Es un filme oscuro donde Bunting con esa sonrisa de chico perverso manipula a todos a su alrededor con su fuerte personalidad y carisma que arrastra a los demás hacia la violencia, que se siente más que lógicamente oculta (viendo que el filme recurre a momentos puntuales, que hablan de algo tras bastidores en medio de la carencia material, el peligro de la zona y la disfuncionalidad familiar), si bien hay una presencia imponente de una parte que trata de llenar un hueco y se presenta como una necesidad, que parte de actos de venganza contra el vecino pedófilo instigándolo a que se retire del lugar, en un intensidad seca que se decide en la frialdad de alguna estética cromática, con golpizas atroces en una bañera, luego escondidas en mensajes de despedida planeados por los criminales.

Jamie Vlassakis es una pieza de las circunstancias, al parecer por la historia, que queda doblegado y luego atrapado en un acto de (extrema) defensa que se torna demencial, y ahí lo vemos sufrir frente a lo que está desbordado, atemorizándolo y horrorizándolo, en un limbo de iniquidades y crueldades que aparentan una justificación pero que se enciende de locura, donde la ausencia de la previsibilidad de la ley y el abuso contra el débil se convierte en una paradoja de eliminación sistemática. En un filme donde hay poco respiro, aunque se mueva en la aparente calma, una que vistos los sucesos se hace mucho más dolorosa que abiertamente, en donde se ve el quiebre emocional del muchacho que se percibe en el uso de drogas, como en aquella pesadilla que abre el relato y que dictamina un rumbo hacia el abismo, en un quehacer que involucra la determinación del abandono general, en una obra sumamente pesimista, terrible, donde los suburbios desbordan de suciedad.

El filme toma una posición de suma observación, como en los ojos atentos, que hacen de reflejo, de Jamie, y sus lágrimas furtivas, que involucran constantemente al miedo, muy bien retratado en aquella llamada dubitativa a la policía. Colocándose dentro de una mirada de cierto parecido pero con otra dirección o quiebre a Prisioneros (2013). En una propuesta que describe perfectamente estar encerrado en un interminable ciclo de salvajismo, en donde no se da tregua de cara a aquella zona y sus carencias, primero en la pasividad y luego en la brutalidad que ensimisman un callejón sin salida.  

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