sábado, 28 de junio de 2014

El resplandor

Ésta es una de las mejores películas de Stanley Kubrick, y confieso que soy un fervoroso entusiasta de todo su cine. Me fascinan sus 13 películas, en más, o menos medida, yo defiendo todas, incluyendo a Fear and Desire (1953), su ópera prima, que no le agradaba mucho a él; también la ironía de Dr. Strangelove (1964), aun no siendo muy aficionado a la comedia; o su última película, Eyes Wide Shut (1999), que muchos han atacado, como en otra forma pasa que 2001: Una odisea del espacio (1968) suele ser nombrada como la obra número uno del séptimo arte, cosa que no comparto, aun apreciándola. Agrego que ese primer espacio me parece imposible de elegirse, el cine es demasiado amplio y competitivo, tiene demasiadas justas candidatas.

El resplandor (1980) es una película que uno puede ver en repetidas ocasiones, aguanta y entretiene por más de una vez. Cada cierto tiempo resulta vital hacerlo. Es un goce seguro. Aunque la primera vez que la vi sentí su lentitud (lo cual ha ido cambiando hasta desaparecer esa sensación, cuando te metes de lleno, cuando te apasionas, que sucede y mucho, no por poco esta película es una de culto), pero es porque Kubrick se dedica a ser lo más completo que puede ser, solo dejando espacio para la ambigüedad de la interpretación central que es como un castillo (hotel para ser precisos) construido de muchas partes intercomunicadas, las que no dan todo fácil, pero sí brindan suficiente información para armar perfectamente una buena y sólida teoría; los datos pequeños están todos ahí, aunque siempre quedará una falta de confirmación, el misterio perdurará.

Muchos ven que abundan los significados, caminos y aristas en ésta película, lo cual no es para nada desacertado, es verdad, pero también que reina cierta sencillez, por lo que vemos (aunque requiera de un arranque de paciencia), por la acción pormenorizada, que convive con la justificación que hay que agarrar (que no la apoteosis de la lucha en sí expansivamente desplegada). No obstante no llega a extremos de cierto cine de autor (radical), pero si es de las que se toma definitivamente su tiempo. Un punto notorio, tanto como notable, es que contexto, clima, tono y clímax se trabajan mucho; se va preparando clara, tranquila e inteligentemente –a su estilo- el acontecimiento del terror mayor que cuando parte ya no para (una vez que se asumen por completo los peligros, uno concreto, otro paranormal, ambos conjugados y profundos), hasta ese desenlace frente al poder de la naturaleza desencadenada.

A vista y paciencia del espectador se le deja vislumbrar lo que ocurrirá, se advierte lo que no debería pasar, una inminente catástrofe homicida producto del aislamiento y la perturbación de la supuesta normalidad del agente, que lleva leyenda, en lo que intuiremos más de un caso, aunque exista uno en particular, la de la habitación 237 y el vigilante antecesor Delbert Grady contra su “molesta” esposa y sus inocentes y traviesas niñas gemelas, a través del poder del destino, del lugar y una filosa y cruda hacha. Se solventa en múltiples justificaciones y un desarrollo evolutivo metódico la locura de Jack Torrance (Jack Nicholson), que sintetizando proviene de un cementerio indio usurpado, violentado, “desaparecido”, por la construcción del hotel Overlook, que implica la brutalidad, ambición y despotismo de occidente (lectura de la historia americana), luego habitado en consecuencia por crímenes misteriosos, tras las reencarnaciones o la invasión del cuerpo, la destrucción mental del ser.

Entra a tallar el título, lo que significa el resplandor, y no me fijo tanto en el que se aboca a las personas, como el niño pequeño y único de los Torrence, Danny, que tiene ratos -de un conjunto efectivo- en que parece un recurso poco imaginativo y hasta tonto lo del amigo imaginario Tony que vive en su boca y habla a través de uno de sus dedos de la mano, sino el de los espacios del Overlook, que presentan imágenes fantasmales. Hay muchos. Unos son simples, como el cuarto con esqueletos y telarañas; otros son simbólicos, como el de la repetitiva ola de sangre; y algunos bastante extraños que dejan incógnitas, como el cuarto con el caballero de traje elegante que deja la sensación de estar haciendo algo sucio con un tipo grande vestido de peluche; o con el invitado con la cabeza sangrando brindando por las próximas muertes, que recuerda el llamado de la gemelas que parecen buscar compañeros en la eternidad fantasma. Éste resplandor (del lugar) tiene suma injerencia. Véase solamente la ayuda de fuerzas invisibles abriendo la puerta cerrada del almacén frigorífico que encierra a Jack, o esas oscuras conversaciones con Grady, el baile sensual con su anciana y quemada terrorífica mujer o el bartender Lloyd que dice que hay ordenes de arriba que le invitan de tomar, siendo Jack un ex alcohólico con antecedentes de violencia familiar. ¿A costa de qué?, lo sabemos, el mal habita en el Overlook, en lo que representa un ajuste de cuentas continuo, y que a su vez permite una lectura menor, pero complementaria, acerca de la frustración existencial.

El resplandor posee dos lecturas centrales. Una es la de la alteración mental de un espléndido, histriónico, bastante expresivo (vaya sonrisa sugestiva que maneja éste actor interpretando la enajenación, el fuera de lugar o los estados de éxtasis), Jack Nicholson, como un hombre perdiendo la cordura progresivamente. Brillante lo de la máquina de escribir y su mítica redundante frase escrita como una novela: "all work and no play makes Jack a dull boy” (puro trabajo y nada de ocio hacen de Jack un tipo tonto/aburrido), punto de inflexión de la trama y revelación del horror en toda contundencia, uno que se vuelve físico, ya habiendo indicios de miedo y advertencia de un futuro atroz, como los también magistrales recorridos de Danny, hasta perpetrar el tercero y oír el llamado del limbo, visualizando en el segundo la perpetuidad de la habitación 237, que va atrayéndolos hacia la maldición del lugar, del hotel embrujado. La otra es lo que hace del filme uno paranormal, tras lo psicológico, y se unen de forma perfecta.

¡La propuesta cuánto juego proporciona! Pero todo encaja de forma natural, a pesar de las dudas. Luego es dar rienda suelta a la persecución y la acción, lo justo diríamos, mientras otros elementos aportan su buena parte imaginativa y entretenida. Está el laberinto, que en lo personal siempre me ha resultado una debilidad, en sentido de placer, y peor si está tan bien hecho, y pues toda la locación hegemónica –el hotel- es maravillosa para el propósito cinematográfico de Kubrick, como cada rincón, como con la sala de la era de oro donde se exhibe una fiesta con gente importante de la década de fines de los 20, a lo Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, que apunta al clima de desasosiego. El frío es otro personaje o fuerza en disputa e impersonal. Está además el famoso Redrum, de un hijo ensimismado por un fantasma, el bien susurrando débil, pasivo, impotente, fuera de sí, en medio del terror, que puede entenderse como una voluntad permisiva, y una especie de retribución, aunque a regañadientes, mientras hay otra dominante, dueña del lugar, en el momento adecuado, de ahí el único final posible y coherente que vemos, mientras Jack es una pieza fácil de capturar, predispuesto, en una temporada propicia para el mal, a la vera de uno de esos cuentos clásicos de terror tomados a la ligera. También brilla el soltar frenético de un estado de pánico que llega como una bola de nieve en la caída de una pendiente (poco después de que ruede literalmente el monstruo por unas escaleras cuando busca un sacrificio, en el llamado del engaño inocente), gracias a la parcial, levemente, cómica, e histérica y contagiosa Wendy Torrence (Shelley Duvall), injustamente nominada a los premios Razzy de 1981, donde sus limitaciones no dan para tanta algarabía crítica, tanto como una imperdonable candidatura para Kubrick como director.

El resplandor presenta una dupla única en el cine con el aparatoso Jack Nicholson, que en una lectura alegre pareciera la participación de un dúo cómico, el abusón y la tonta, finalmente convertido en un acontecer lógico, realista, donde Wendy corre, grita, se asusta, no hace nada espectacular aunque reacciona, de forma que no corrompe su esencia, sin ser necesariamente un estereotipo.  

viernes, 20 de junio de 2014

La filmografía de David Lynch a través de Terciopelo Azul

Introducción

David Lynch, sin duda, es uno de los grandes directores de la rica historia del cine americano, como así del séptimo arte. Se aprecia que se debe a su independencia y personalidad, a plasmar su propio universo cinematográfico, ese que lleva a muchos a verlo en todo aquello que remite a lo mental, a lo surreal, a lo onírico, a la pesadilla, a lo psicológico. Lynch es un continuo referente. De ahí que sus virtudes y sus mejores filmes hagan que uno lo admire. Pero acotando que la genialidad implica riesgo, atrevimiento. Como bien dice la frase: no se hace una tortilla sin romper huevos y por tanto ha sorteado la caída con osadía, a través del misterio de un arte que denota no pretender engañar. Él mismo lo ha catalogado de más simple de lo que le solían atribuir, arguyendo que la vida misma es así de inesperada y misteriosa, de algo rara, en medio de la cotidianidad más inocente. Lynch es poseedor de una narrativa cautivante, irreverente, original, que propicia una mirada especial que se fija más entretenida y vital en su extrañeza, descubrir lo oscuro de nuestra mundanidad. Es tal lo expresan los personajes de Terciopelo azul (1986), el mundo es extraño. Dicho sin preocupación, asumiéndolo simplemente. Se aprecia en la toma de unos insectos debajo de la tierra a poco de sufrir un hombre un colapso al corazón, en medio de la tranquilidad de regar su jardín, para que en el desenlace lleguen unas aves y se traguen los bichos, mientras las tenemos por bellas, libres, pacíficas, tanto como sinónimo de triunfo y paz, si parafraseamos a la radiante, común y feliz, Sandy (Laura Dern), una muchacha (crecidita) del colegio que representa la opción benévola de la vida para nuestro protagonista, Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan, fetiche y alter ego de Lynch).

                                                                               I

Viendo detenidamente en su filmografía, me preguntaba: ¿Cuál podría ser su mejor película? La disputa está entre varias, tiene muchas obras notables. Una infaltable en ésta quiniela es su ópera prima, Cabeza borradora (1977), película de culto por donde se le vea, una que anuncia y ostenta (sumamente lograda en sí) lo que será la esencia de la obra que lo ha catapultado a ser quien es. Cabeza borradora es un magnífico filme que se sumerge en el ser humano. Confronta y discute su naturaleza, su alienación con el mundo, teniendo entre manos una estética y narrativa formal de lo extraño. Otra fuerte competidora es El hombre elefante (1980), su éxito mainstream, que como tal tiene algunos achaques que uno le suele hacer al cine comercial, a razón de la excesiva sensibilidad. Sin embargo como retrato humano de compasión y de apreciar el alma y el talento por sobre la superficialidad y la atracción del cuerpo logra producir mucha belleza, desde lo freak que esconde lo esencial e iluminador, en una radiografía de lo natural y dolorosamente outsider y de las mezquindades, intereses y altruismos de la eterna conformación de la sociedad. Corazón salvaje (1990) también tiene lo suyo, ganadora de la palma de oro del mismo año, la que es una especie de Terciopelo azul elevada a la potencia. Son de esos filmes que entregan intensidad, extravagancia cool y radicalidad contemporánea. Es una apuesta segura de entretenimiento joven, del que se deja llevar por la adrenalina y lo rocambolesco, donde se puede observar que Lynch siempre ha tenido un saludable sentido del humor en su arte, y que es más relajado de lo que creemos, sin sacrificar atención. No es como para estresarse con su cine, aunque a muchos les pasa. En Terciopelo azul dice una conversación casual, de las muchas que hay, que algo es interesante sin necesidad de entenderlo o que esconda en realidad un significado que tengamos que atrapar (aunque no sea nuestra naturaleza).

                                                                               II

Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992) es una delicia autosuficiente, redonda, que estaría entre las candidatas a la mejor propuesta suya de no existir una serie que compite con ella y para muchos le supera. Nos muestra con ironía e inocencia que buscar todo el tiempo la simbología en los filmes es una idiotez, que puede tratarse de algo sumamente simple pero atrapante como tal, como pasa con Terciopelo azul que uno la halla bastante reconocible, rememorando el noir clásico, pero con el estilo y mensaje de Lynch. Terciopelo azul tiene un Dennis Hopper que en su introducción a la trama –capital para seducir e informar, de lleno, al espectador- luce absurdo, bobo, a la par de la intención de exhibirlo raro, siendo afecto al placer del dolor, y al orden edípico de la subyugación por refracción, tan manido ya en el cine y en la literatura, si no basta recordar una obra cumbre de ésta temática, Psicosis (1960). Esto enseguida se convierte en una figura contundente pero “alegre” de un comportamiento y representación de pensamientos. Es el lado negro de la humanidad, que tiene su centro de atracción en Dorothy Vallens, interpretada por Isabella Rossellini, una femme fatale melancólica, sufrida, atrapada en un mundo sórdido, literalmente por un esposo y un hijo, en manos de Frank Booth, Dennis Hopper, característico en un inhalador que lo trastorna. A Rossellini se le ve bella y sensual (precisa en el canto y clásico recurso, dado por la canción llamada Terciopelo Azul, inspiración del filme que viene del cover de Bobby Vinton) en medio de constantes desnudos abiertos y naturales. Luce sencillamente efectiva, o está influenciada por el estado de locura de quienes la rodean en el deleite de la práctica sadomasoquista. Posee a su vez un aura de candor y pureza en el secreto de la necesidad, inquiriendo por su adopción y elección, una trampa de la debilidad, pero también una oportunidad de trascender, darle escape y aprender, similar aunque más trágico en Twin Peaks, y en otros filmes de Lynch, un lugar común suyo, del cine, del ser humano, la entrada a la perdición.  

                                                                                III

Quedan dos candidatas al título de mejor filme de David Lynch, las que fácilmente pueden ser entregadas como un díptico, Carretera perdida (1997) y Mulholland Drive (2001), como para visionarlas en una sesión conjunta. Si te gusta una te tiene que agradar lógicamente la otra, aunque sea más oscura Carretera perdida, y no diré cual es mejor de ambas, ni mucho menos que una es la ruta ante la supuesta perfección de la segunda. Las dos son tremendos aportes al cine, dos obras maestras, dos expresiones fascinantes, aun siendo tan parecidas. La locura del pasado apasionado desde un lugar ordinario que deja de serlo, la locura del sueño de fama de Hollywood. Vuelven en toda fuerza al Lynch de Cabeza Borradora, y es donde mejor se mueve, si bien ahí está Inland Empire (2006) que sucede como excepción al que atribuyo de un exceso de entusiasmo del autor.

                                                                                 IV

También está una obra en la línea de El hombre elefante, The Straight Story (1999). Una historia verdadera sería la traducción al español, que aunque menor a El hombre elefante, vista su modestia formal, en el interior de un toque indie pausado y minimalista, corrige loablemente el exceso de sentimentalismo, sin alejarse de su motivación, que nos llegue el toque humano, cálido y sensible de su relato, pues sí, que nos conmueva, mediante como dice el título, una forma directa, frente a acciones transparentes, sanas. Tiene una emotividad más seca. La presencia del anciano de 73 años y protagonista es un factor dominante y persuasivo, de Alvin (un enternecedor y carismático Richard Farnsworth), al igual que saber cómo es su hogar, quién es, con quién vive  (una hija con retardo, llamada Rose, en la delicada y creíble Sissy Spacek), cómo se encuentra de salud, cómo le quieren, cómo se gana la ayuda de extraños o qué quiere conseguir. Aun siendo todo muy simple invoca que se mire por debajo. Se da como una proeza de la voluntad humana por un tipo ordinario, un hombre del campo, que decide poner en práctica lo especial que es cada ser humano. Es una carta de despedida, el último gran reto de una vida, en la sencillez de un hombre viejo visitando a su hermano, subido en una cortadora de césped, un pequeño tractor, desde el periplo de un estado, Iowa, a otro, Wisconsin. Es un filme simpático, pequeño, bastante concreto y completo tal cual, en que la extrañeza implica los valores, la promesa, el reto personal, la familia, creer en la gente, la ilusión y el placer de vivir amparado en los detalles y decisiones de quiénes somos.

                                                                                 V

Terciopelo Azul (1986) obtuvo gran éxito de recepción, luego de la debacle con Dune (1984). Terciopelo azul es para muchos uno de los mejores filmes de David Lynch. En lo personal hallo varios méritos, que parten de lo modesto. Es una actualización del cine negro donde se ven expuestos los puntos de soporte del pensamiento del autor, como la ciudad tranquila que esconde asuntos tenebrosos, expuesto claramente, tanto que ese camión de bomberos con los miembros saludando parece mucho ironía, poco antes de que Jeffrey halle una oreja mutilada y llena de hormigas en un jardín vecino y decida investigar junto a la hija rubia y guapa de un policía ocioso que vive en el país de las maravillas. La base del filme es ser atrevido y distintivo, y qué duda cabe, su modernidad funciona a plenitud; su extravagancia, su estilo narrativo, que se ampara en la virtud de saber encajar y explotar cada cuestión al milímetro, aun cuando es como hacer un filme de una anécdota que todos comparten, sobre algo extraído de la cultura popular americana. Por ello va a atraerle a muchos, al ser todos tan afines al pop anglosajón. Es Lynch y también una apuesta a ganador (definitivamente recomendable), incluso con el actor Dean Stockwell bailando travestido sobre un carro o pasar por una imitación intencionalmente cutre de Elvis, aunque dentro de una puesta de escena, al lado de escenas (curiosas) como la pintura que hace el policía corrupto desangrándose inmóvil de pie o un Frank Booth disfrazado de vendedor de puerta en puerta en pos de matar a un delator, o viéndolo bien, gracias a todo ello, como con la fantasía de espiar a una mujer desde el armario, que nos descubra enojada, nos desvista y se aproveche de nosotros (¡oh, no, no por favor!), siendo espectacularmente preciosa (¿no suena a deja vu pornográfico?). Es goce esencial, y sí, eso es bastante. 

lunes, 9 de junio de 2014

Bends

El cine ayuda a descubrir el mundo, lugares, culturas, cotidianidad y gente, a nosotros, y vernos tan iguales y a su vez algo particulares y propios a su misma vez, como pasa con Bends de Flora Lau, donde se deja ver el cosmopolitismo, el aire culto y la elegancia de China, principal o fácilmente desde Hong Kong, la que lleva el mejor espíritu europeo, unida a una ciudad (sub)provincial limítrofe, Shenzhen, que tiene otras reglas bastante duras –la de multar la ilegalidad de la tenencia de un segundo hijo en sus ciudadanos, regla mayoritaria en el país-, pero que no deja de poseer espacios atractivos, imponentes y modernos junto a algo de austeridad y tradición, porque no es que estemos ante el atraso más bárbaro ni por el estilo, lo que hace el panorama más complejo y menos maniqueo de lo que acostumbra el facilismo.

En estas dos ubicaciones, hermanas como distintas, con lo que ambas características, lógica y naturalmente relacionadas significan, surgen igual dos historias. Una es la de la “humilde” Shenzhen, que expone a la clase media baja, una muy digna si bien su protagonista, Fai (Chen Kun), chofer de una adinerada mujer de Hong Kong, la otra cara en contraste y complemento, llega a manifestar pequeños entresijos delictivos. Robos y venta de autopartes del vehículo lujoso de su patrona, o los muchos intentos de que nazca su segundo hijo sin que como padres obtengan ninguna penalidad o limitación, que se ajustan a algo superior en las fuerzas y alcances humanos dada la personal situación, que indica desesperación más que criminalidad, aun siendo actos reprobables vista la ley. El filme es muy estilizado y se nota en la apariencia de sus personajes, puede que sin querer, o quien sabe y es un atributo para romper esquemas, o sólo embellecer el relato. Fai tiene que lidiar con la carga económica –más allá de la operación habitual- del segundo embarazo de su pasiva esposa y no está permitido más de un hijo, el motivo del conflicto principal. Careciendo de recursos para paliar la normativa del estado se entrega a imaginar distintas salidas de cómo puede llevarla a la ex ciudad colonial británica de Hong Kong, donde hay facilidades, aunque no sea tan fácil de conseguir.

La otra es la mencionada Hong Kong y cómo Anna (la sensual, delicada, guapa en su edad, Carina Lau) una dama de alta sociedad se enfrenta a su propia crisis económica, con un esposo huido que la ha abandonado en la bancarrota súbita, en un declive in crescendo, con lo que sola debe luchar por mantener primero las apariencias y luego resolver el gran problema a acuestas de cómo mantenerse lo mejor posible, en medio de su naturaleza de superficialidad, ocio, inactividad laboral, refinamiento y superstición. El diálogo con su trabajadora, solitaria e independiente anciana pero vital madre aportará a la trama un pasado olvidado y una indiferencia hacia la necesidad ajena, que pronto se rebatirá sin fricción formal, en una cualidad de la película. Flora Lau no reduce a Anna a un estereotipo, le otorga personalidad, amoralidad, ambigüedad, emotividad, sensibilidad y supervivencia (rasgos generales del conjunto, que están por encima de la clase social, o la eterna lucha de clases), bajo un toque sencillo sea dicho, pero más que suficiente para enriquecer el relato y a sus criaturas, aparte de las formidables muestras de elegancia y belleza, en varios sentidos, que brinda el talento de la actriz Carina Lau.

El buen hacer de Flora Lau rebate y supera un asomo a telenovela, el de un señalamiento detractor al respecto, vista su universalidad y posible acercamiento temático –el empobrecimiento desde el lujo o la necesidad y la desesperación económica- en medio de un determinado -a un punto lo es- exótico lugar como China (sin ser tratada así), en una estética y arte por encima de ello, aunque también le sirve un poco en contra. Finalmente uno está viendo un filme de esos que llamamos discretos, pero muy bien hecho, con un nivel narrativo notable, sólo que diáfano, desplegado bajo una delicada pero bastante clara argumentación.

Dos mujeres se enfrentan a parecida situación, necesitan mucho dinero para sobrevivir a cierta necesidad en particular (el estatus, aunque con sus diferencias, como el nacimiento). Una depende del marido, otra se halla sola sin él. Uno se encarga de lleno del asunto, el otro se fuga y deja la situación en mal estado. Se trata de la fortaleza que implica la vida, como en la escena del auto tirado a perder que resulta un gran punto de inflexión, el de una "tragedia" revelada, en el canto de una superación y una catarsis, nunca un final, visto el llamado a la valentía de cada ser humano para seguir hacia adelante, sin saber a ciencia cierta como hacerlo. Es el match pugilístico de la existencia, desde el poder del arte.

sábado, 7 de junio de 2014

My dog Killer



El festival de cine de Rotterdam, Países Bajos, uno de los más importantes y originales del mundo, le otorga a la presente su máximo premio, el Tiger Award, concedido cada año a tres ganadores de un primer puesto en obras primerizas, tratando de descubrir nuevos cineastas. Môj pes Killer, en el original, fue reconocida el año 2013. Está dirigida por Mira Fornay.

My dog killer (2013), se ubica en Eslovaquia, y retrata la marginación social, la xenofobia, el racismo, la segregación racial, a través de los denominados skinhead o neonazis de una parte olvidada de Europa. Marek es un jovencito prototipo, que vive en un hogar y pueblo pobre, con un padre en buena parte abandonado –pero que trabaja independientemente con viñedos- y alcohólico, y una madre separada a la que su progenitor tilda de puta por meterse con un gitano y procrear un hijo con él que yace solo a su cuidado, lo que llevará al muchacho a buscar humillar, maltratar, agredir a su pequeño e inocente medio hermano ante la vergüenza que le refleja con su grupo de desadaptados, aunque no lo son por completo.

En algún momento echan, repelen, lo miran con estupor a Marek y le hacen un sugerente comentario, discreto, pero importante en la propuesta, sobre su moto y la segunda guerra mundial, indicando un pasado que ya debía de haberse superado como una dura lección y no ha sido así, existiendo remanentes pequeños pero preocupantes, ya que el filme nos los deja ver como una corriente en parte normalizada, habiendo lugares públicos que prohíben el ingreso por cuestión racial u de origen. No obstante la fe católica colectiva pulula bastante en la obra. Pero vemos rudos pandilleros que hacen pensar en violencia sin que la veamos, mostrados aficionados al boxeo, a los muchos tatuajes, a vagabundear, a ser imponentes, territoriales y a emborracharse. A Marek se le señala de traidor y esto hace que dirija su furia “secreta” –se manifiesta bajo un estado de frialdad e inexpresividad facial- e inconsciencia hacia sostener un extremismo criminal, empático con sus afinidades ideológicas. 

El filme es minimalista, pero, sin quitar un cierto mérito en dicho logro, su capacidad de expresión termina afectándole, y deja ver como defecto una ausencia de potencia, resulta demasiado sugerente. Termina viéndose como poca cosa en realidad, como cavilación, impacto o compromiso; adolece de un grado más en producir empatía emotiva si bien tiene indefectiblemente ganado lo suyo (y aun no exigiéndole dramatismos exacerbados), tomando en cuenta que se entiende la esencia de su decisión. No obstante tiene su estilo y reflexión, aunque sin cautivar demasiado, aun agradeciendo que tenga tino, cierta delicadeza. Pero notando que éste lado sensible no evita la libertad; sorprende la elección de la temática, su intrínseco salvajismo, su estado marginal y paupérrimo; o las escenas de desnudos abiertos y frontales en los baños masculinos. Es una obra que quiere ser inteligente aunque afín a dejarse ver con sencillez, a no recurrir por obligación a lo grotesco, a lo brutal, a lo radical, a lo raro, a lo vulgar, como uno hubiera esperado, pero teniendo un toque realista de carencia y suciedad, en lo que sobresale el uso de la iluminación natural. Vemos en un momento que nos cubre la negra noche como síntoma de suspenso, una oscuridad que hace de símbolo del alma humana.

El clímax del perro llamado Killer, la mascota bull-terrier de Marek, no está mal, pero lleva mucha elipsis, tanto que el animal se ve musculoso, grande y naturalmente peligroso, pero no llega a apreciarse mucho con ello, solo poco en lo común con lo del poder de su mandíbula en el trapo. En ese mismo concepto nada toda la propuesta, la calma lo subyuga todo. Hay un adormecimiento general, como en el gran efecto de los rasgos propios de esa piel pálida y gélida en una vista fija. La mejor lectura es el carácter firme en medio del abismo, que se debió explotar más. Vivimos tantos silencios, salvo unos breves sollozos en medio del enojo o el miedo. El filme opta por lo contemplativo y las tomas largas y secuencias de seguimiento cotidiano de la película (en la moto, la meditación en el bar, la espera y búsqueda en la casa en ruinas, los paisajes, las yardas de terreno agrícola recorridas a pie).

miércoles, 4 de junio de 2014

Le démantèlement

Así como el cine tiene sus películas que pretenden hacer mucha bulla, tratando de ser irreverentes y decididamente notorias, hay filmes pequeños o de espíritu humilde si se quiere, y este es uno de ellos, por la manera de narrar el drama de sacrificar una larga vida en el campo como granjero de ovejas por entregarlo todo a nuestros vástagos, y es loable ver un ideal tan desprendido por otros –seres queridos- y afectivo como el de un eterno jefe de familia, aun a la distancia (únicamente –que tampoco es poco- por el sentimiento), la mayoría de edad de las involucradas y en medio del contexto de la independencia filial, siendo la del protagonista una enorme e incondicional ayuda económica, la que respeta -sin demorarse ni quedarse a juzgar- el espacio y la voluntad ajena (con la noción y aceptación de alguien seguro de sí, de cierta explotación expuesta natural y directamente por quienes son la luz de sus ojos), a costa de dejar lo que nos llena y nos identifica, pero como bien expresa Gaby Gagnon (Gabriel Arcand) la razón de su vida no es su tierra ni su trabajo con carneros, sino el de ver feliz, libres en sus deseos y realizadas a sus dos hijas. Por lo que pone en camino un “préstamo” a través de la venta de toda su propiedad, para solventar el divorcio y la otra mitad de su casa que quiere comprar una de sus pequeñas, que es como las ve, aun habiéndolo hecho ya abuelo en dos oportunidades y ser una mujer hecha y derecha tramitando su separación conyugal.

Eso es todo, y no solo eso, la narración evita (coherentemente, si quería ser digna de un festival como el de Cannes –y a lo que me refiero con ello, el tipo de arte que invoca- ; en donde participó el 2013, y mereció uno de los tres premios que da la semana de la crítica, el SACD Award) la sobredimensión o el melodrama, al punto de que no manipula demasiado los efectos dramáticos en forma explícita (pero no nos equivoquemos, Gaby exuda dolor por dejar lo suyo ante algo más grande en su fisonomía como ser humano, llega a llorar y medita todo el tiempo, como con donde dejar a su perro de 10 años de edad, con el niño que trabaja a sus órdenes y observa en el retrovisor en la carretera subir la cuesta en su bicicleta, con el mejor amigo –estupendo complemento secundario- que siempre le acompaña y que no piensa como él, ya que ve como una locura su completo desprendimiento; en esos detalles que enriquecen el filme, ensanchan el panorama, dándole más profundidad, y haciendo más difícil la decisión y lo que está haciendo el personaje principal, como con esa subasta previa a la suya y el anticipo/noción de alguien que debe vender lo que ama); en su lugar yace y se mueve de forma firme (fiel a su elección temática), solo que en tono discreto, calmado, evitando la manida -muchas veces imperceptible por el autor “indolente”, que tampoco lapido habiendo la posibilidad de la excepción- redundancia y lo que ya está por sí solo, la obviedad que es un mal endémico de cierto cine, valiéndose de ser contenida la mayor parte del metraje.

Fija a su leitmotiv –la entrega absoluta bajo el amor paterno- y dando a visualizar –rellenar por una parte, leve, fácil al fin y al cabo- momentos, pero entendiendo que lo emotivo no requiere más de la cuenta, y existe un uso mesurado de su conflicto, si bien sabe que no es que sea novedosa su historia, y más evita los facilismos y la explotación básica, haciendo equilibrio, pero viendo lo que ha decidido contar, haciéndose cargo de la vía de comunicación, que es donde radica su pequeña contribución cinematográfica. Y es como ver lo mismo de siempre, pero con el tino y el séptimo arte de autor en pleno malabarismo, que sale victorioso, sin ser nada extraordinario.

Son casi dos horas de duración, es mucho viendo lo que es, es verdad; de fijar su tema único, chico, no obstante lo hace bastante bien, aunque parezca que se toma su tiempo, que destacamos que a pesar de ello no carece de ritmo, logra ser ágil, ya que no se puede negar que manifiesta un don de empatía y búsqueda general, masiva (al lado de su enjundiosa, esbelta, vital pero lacónica autoría). Tiene las cosas claras, y deja bien solvente lo que quiere contar, justifica mucho, en sentido de entregar harto background situacional, de los que agregan aristas, véase la esposa separada y una visita con un pedido absurdo (por una parte un error del director,  de Sébastien Pilote, o bueno, un matiz de inmadurez, de levedad o poco fondo) o la vecina que se siente segura con Gaby.

Estamos ante una película que tiene una forma decente de afrontar un conflicto, y como en un vidrio bien pulido, permite que el espectador vea el paisaje diáfano, hasta absorberlo, que quiera hacerlo, comprometerse. Quedando un mensaje ejemplar, aunque algo extremo, porque los seres humanos no solemos ser tan desprendidos con nuestras pasiones (o modos de vida), que por supuesto, la suya queda dicha incluso, las hijas, pero nos sabe a que una existencia de varias décadas no se evapora así como así en una decisión, y sin embargo a eso juega (y ahí radica un valor importante, tanto como una esencia y opción de cine, bueno, acotamos, desde lo pequeño y amable), exhibiendo el conjunto a alguien “excepcional”, aun luciendo sencillo, en la que es una historia de amor, sensibilidad y poética.

lunes, 2 de junio de 2014

El Mudo

Los premios

El presente filme ganó mejor actor en el festival de Locarno 2013, para Fernando Basilio, en su debut protagónico, tras un pequeño cameo como un borracho en Chicama (2013), una celebrada hazaña visto tanto reconocimiento desde prácticamente la nada, algo que pasa de vez en cuando y espero que genere una carrera sólida, y como se intuye parece que así será, visto que ya el actor trabaja en su próxima realización cinematográfica y es profesor de teatro, lo cual habla de un compromiso y de talento. No solo eso, Basilio ganó igual mejor actor, en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2014 (Bafici), junto al premio de mejor director para los hermanos Vega.

Introducción

Ver la película ha sido encontrarse con lo que prometía, en sentido de ser una propuesta de autor con los pantalones bien puestos, y que implica un humor negro calmo, a veces discreto, sin ser contradictorio al decirlo, que se toma como un estilo al respecto de lo que anhela -y logra ser-, desde esa música de acompañamiento que dicho por los autores, por Diego y Daniel Vega, inspira el camino. La propuesta lleva mucha ironía (y a ratos sarcasmo), pero que por el tema es cosa “seria”. Ésta es una sutil forma de ser inteligente, entretenido y crítico a su vez, proponiendo un relajo pensante. Tomemos en cuenta que la comedia en los filmes de los Vega es directa y corrosiva, pero bien elaborada.

Es una propuesta que versa sobre la corrupción judicial de nuestro país, puesta en contexto con Constantino Zegarra (Fernando Basilio), un juez estricto y honesto (un exagerado, como le dice la esposa de un acusado), dueño de una fuerte tradición dentro de una familia de magistrados y abogados, que tiene como centro de motivaciones a su propia madre, a la que observa en un cuadro a la manera de una santa a la que se le tiene fervor, pero que descubre que el ideal y el deseo de su forma de ver la vida (correcta, ejemplar y hereditaria) no son compatibles con nuestra realidad, por lo que no le faltan penurias con las cuales estrellarse hasta reconocer y padecer la verdad, unas tras otras hasta la decepción, el llanto desahogador e intempestivo, y el estado de alucinación, celebración e imaginación del mundo perfecto que solo nos queda en la cabeza e individualidad, a partir de una amenaza de que le vaya mal (en una broma ligera de lisuras); más tarde sucede ¿un atentado o accidente?, y el estado de inquietud y paranoia de que cualquiera de los 800 casos que registró con penas de cárcel sea alguno el gestor de una bala que le ha dejado mudo.

Dos puntos como partida

Uno 

Su cualidad dominante, plenamente ejecutada, honesta y con audaz y original virtud de ser cine de autor, uno que es más que capaz de sacrificar cierto ritmo (sin perderlo del todo), como si pasara poco, lo cual es solo aparente, un estilo (con base), ya que el "atentado" es en buena parte elíptico y los acontecimientos sostienen un aire cotidiano. Tenemos en marcha a una hija despreocupada de su futuro, lejos de la tradición del hogar (y esto puede ser una lectura nacional), más al tanto de un amor juvenil e intrascendente en fuga; y a una esposa “sometida” a una rutina, véase la de bañarse juntos –como cuando a todos sorprende que el protagonista no haga sus ejercicios- y seguramente el hábito de tener sexo en la ducha (habiendo un rato en que él se va cuando ella entra o no le escucha llamarle metido en su carro, quiebres aun controlados en pos de lo apoteósico), y que esconde infidelidad, que indica algo convencional, una actitud machista; así mismo se esconde la idea de gente corrupta y rebelde desde la propia familia y uno mismo, aunque poco, y que habla de un choque situacional, algo muy imponente, entre lo que es y lo que quisiéramos que sea (que es de lo que se trata la película). 

Todo termina en lo que recurrimos para generar nuestra satisfacción, a costa de lo antiético e inconsciente, que en el filme invoca la persecución de un culpable invisible o más amplio de lo que creemos, una enfermedad o especie de locura (a la que no calma un recurso sencillo, el de un suicidio, salvo como trama, y en el alcance de la obra se convierte en metáfora). Mientras esto sucede el filme es sugerente pero pleno en gags, como patear la puerta de unos sospechosos o hacer señas en la calle recreando y generando hipótesis del supuesto crimen, lo que introduce un lenguaje no verbal que parece endeble o poca cosa al comienzo, pero termina como una virtud, que llega a acostumbrarnos y verse auto-suficiente, potenciando la obra, la hace rica en su atrevimiento y creatividad formal. 

Es una película que se mueve en lo “mínimo”, pero al fin y al cabo sin distanciarse (perderse) del espectador, logrando ser a su vez una película clara y cautivante, como potente desde el tono y hegemonía temática, la corrupción, y es que se puede bromear con la idiosincrasia nacional, como vía de escape, sino también podemos resultar trágicos. Por ello, un policía pidiendo dinero para fotocopias o gasolina, o aceptando tarjetas de teléfono como favor e intercambio a una necesidad, invoca nuestro criollismo criticado, tantas veces repudiado, pero de alguna forma se asume como salvador, en lo último que nos queda para subsistir y seguir adelante, sin por ello enaltecerlo en absoluto, simplemente saber que existe y tiene un cierto asidero. A esa vera nos conocemos, y quizá hasta surja reflexión e intento de cambio, aunque suene difícil, que no imposible. Hacia ese lugar nos movemos, hacia nuestra pequeña utopía nacional. Pero antes, nos observamos, nos reconocemos, entreteniéndonos, relajándonos. Luego lo pensamos con calma, tal como una ola que nos ha mojado los pies.

Dos

La identidad, lo de ser netamente peruano, que exuda por todos lados la película. A mi ver la que actualmente nos compete está a un nivel de logro mucho más alto que su ópera prima, Octubre (2010), que fue premiada en el festival de Cannes con el premio del jurado en Un Certain Regard. La primera película de los hermanos Vega no me agradó mucho, percibí redundancia de nuestro séptimo arte, si bien encontré algunas virtudes. El Mudo mejora tanto en su humor, el ambiente retratado y su peruanidad, en cómo acomete nuestras costumbres, tanto las más notorias –el mes morado o el poder judicial- y las menos flagrantes. El Mudo lo plasma de manera más compleja, más interesante, más sutil. El Mudo es una realización que explota lo nacional con personalidad, con seguridad, y no solo por folclore “obligatorio”; tiene mayor novedad, más creatividad. Desnuda en repetidas ocasiones a la actriz Norka Ramírez, que hace de la esposa de Zegarra, juega a las escondidas con su cuerpo, sin dejar ver mucho frontal, solo unas tetas al vuelo que se hacen desear, bajo un encuadre que indica una noción estética, aunque imperfecta, no demasiado sensual pero tampoco tan casual que no tenga gracia. El conjunto maneja bien nuestra mezcla de apetencias limeñas, tenemos juntos lo nacional (principalmente), lo variopinto y lo universal. De ésta manera vemos los chifas que hacen de centro de reunión para tranzar futuros entre compadres, o presenciamos una banda musical exótica en el interior de una casa ordinaria en la que los presentes no parecen estar en su habitad, pero se saltan la edad y se entregan al espíritu de la fiesta (ese que recorre El Mudo, siendo todo un drama).

jueves, 29 de mayo de 2014

Un toque de violencia

Sorprende por una parte saber que ésta película ganó mejor guion en Cannes 2013 (sabemos del talento del director y creemos merecido algún reconocimiento, pero esta vez me parece que no se ajusta precisamente al premio), cuando este luce sencillo a grandes rasgos, y más se apega a hacer historias intensas –pero que tiene sus ratos de contextualización o soporte al estilo característico del autor- y a un punto básicas que versan sobre un universo conocido, aunque no dudamos de que se manejen los 4 relatos que le componen con mucha solvencia entre sus parámetros, o porque el recurso de la violencia resulta tan determinante y no insufla más que un centro, poco versátil pero bastante claro y sin embargo a su vez por una parte sugerente, aunque sea poco, en realidad. Y quién diría que el filme le pertenece a  Jia Zhangke, que suele ser más pausado, tranquilo y meditativo, si bien siempre ha tenido en su labor un toque de efervescencia rebelde y frescura creativa en sus obras, como con lo musical, rasgos en la personalidad de sus personajes o con expresiones visuales llamativas, y he ahí el punto, ahora puesto en práctica en toda fuerza con su brutalidad y efectismo primario cautivante, que se da firme y aunque leve posee argumentos, y seguro esto es un rasgo de simplificación o concentración de lo inteligente hacia lo accesible, directo, potente y aun así con su sustancia.

Qué duda cabe que estamos ante la obra más fácil de lograr empatía general de Jia Zhangke, aunque no sea la mejor que tenga, ni la más ardua o intelectual, sin por ello alejarse  del todo de esa esencia, que le queda sin pompa al respecto, y seguir siendo valiosa como entretenida, algo que no es poca cosa tampoco, mucho si quien lo hace intenta hacer algo distinto a lo que acostumbra y en el trayecto ponerle su marca.

Vemos a un tipo cansado de la corrupción de su empresa laboral siendo clase trabajadora, alguien del pueblo, frente a la riqueza de sus jefes y el menosprecio e invisibilidad -estando en la cadena más baja sin aceptarlo- incluso entre compañeros que lo ven como un bobo (le dicen Mr. Golf ante una humillación pública del lado del patrón producto de su fijación de denuncia) por siempre querer quejarse sin que nadie lo escuche, hasta que se harta y concibe un día de furia, al más puro estilo del cine de acción y gore.  Propio de la imagen que presenta al inicio, de un hombre rudo (estupenda la estética, la fotografía y lo favorecedor de los detalles del conjunto), luego desmentida y más tarde puesta en toda ley. La crítica que exuda puede amoldarse a la sociedad americana, a una capitalista (como se refleja la actual China), es bastante obvia, aunque lo que pretende o lo que parece más que todo sea seducir al espectador. El siguiente relato es sobre un criminal que simplemente hace lo suyo, vuelve a su hogar, interactúa con toda su familia y enseguida se muestra tal cual. Todo gira en base al aprecio y resguardo en las armas. El tercero trata de una hermosa recepcionista en una casa de masajes que es la amante de un hombre casado, un conflicto (no solo ético, literal, y nos habla de evitar romanticismos ideológicos), y hay otro conflicto más, unos sujetos adinerados de aires mafiosos la confunden con una prostituta y no aceptan negativas, ni razones, exhibiendo prepotencia, y quieren forzarla a que calme sus deseos de todas formas. Lo que termina en un baño de sangre (lo cual llega a ser un poco gracioso, ¿Cuántas veces se  abre la puerta?, no falta la sonrisa cómplice con lo primario), dentro de un estado de shock. Se hace hincapié en la humillación y en el abuso del poder y del dinero. En una pequeña cosmovisión que se articula. Es la respuesta extrema del que está destinado a obedecer, y por ende a soportar a otros.

Jia Zhangke como se ve hace una especie de cine social light, haciendo de paso un llamado al socialismo nacional, repitiendo valgan verdades el canto de siempre (que pues tiene actualidad, sentido y es real, imperecedero y ubicuo, en un mensaje sin demasiada ambición), pero si funciona es porque el empaque entretiene  –funciona como arte de goce, que no creo como efecto de consciencia o para ganarse mucha atención en ello, o quien sabe y la amabilidad y el relajo engendre más que la solemnidad y la seriedad en el gran público, si llegan a verla masivamente, claro-. Y pues las formas están muy cuidadas, hay buena mano en como contar las historias. Si el arte es el trabajo dedicado y exigente de la construcción y no del fondo, este cine de autor –vaya sorpresa- tiene el cielo ganado. Y tampoco somos duros, no necesariamente este cine debe ser pesado (y Zhangke suele serlo, como profundo). Ergo, tiene lo suyo indiscutiblemente.

El filme puede implicar en segundo grado o como complemento si se quiere que el acontecer de sus relatos es una consecuencia de la realidad misma, la de la China contemporánea, el mundo, que llega a salir sin dificultad de sus fronteras (Zhangke en su filmografía retrata lo suyo,  de forma que llega a mostrar el interior de su país, su cultura y cotidianidad, diríamos que la provincia, pero no deja de ser un cosmopolita), sin embargo no es como para tomarlo tanto así, una sociedad que engendra inadaptados o hace la vida de sus ciudadanos propensa a caer en la violencia y el descontento, ya que esto es parte de la naturaleza humana y del cine, claro está, no es nada novedoso ni especial como temática desarrollada en esta oportunidad, que en el cuarto relato habla de la imposibilidad de realización personal, en un joven obrero continuamente desempleado que conoce y se enamora de una prostituta, a la que observa en el ajetreo de su modo de vida, lo que le lleva a la desgracia. En lo que es un lirismo manido, con una escena de resolución que se ve impresionante en un realismo contundente, que es lo que no le falta a toda la película, de donde quizá se excede hasta doparnos de insensibilidad. Mientras recurre a nuestro espíritu salvaje, y al llamado del placer superficial que es donde se queda, y le agradecemos mucho el (buen) viaje. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Paranoia Agent

Ésta serie consta de 13 capítulos, de 24 minutos cada uno. Le pertenece a Satoshi Kon. Satoshi tuvo una corta filmografía (4 películas únicamente y 1 serie), pero brilló entre los más grandes del anime. Murió a la temprana edad de 46 años.

Las películas

Perfect Blue (1997) es su obra más compleja, destinada a los más fervientes fanáticos de Kon y del anime –siendo uno de los mejores del rubro- y, qué duda cabe, a los más exigentes, sobre la fama y el éxito, lo mediático y la locura. Sigue Millennium Actress (2001), la que versa en dar a la luz las memorias de una actriz legendaria para un periodista en especial que escuchará como ella mezcla su propia vida con su labor cinematográfica en una unificación de dos partes que se retroalimentan mutuamente quebrando todo límite entre sí, viéndose que en las películas de Satoshi Kon las formas aportan un lenguaje imaginario visual de cariz privilegiado. A continuación viene Tokyo Godfathers (2003), su filme más amable, uno emotivo y sensible pero con arte, mucha aventura, comedia y su toque noir existencial, sobre tres vagabundos que se topan en navidad con un bebé abandonado. Ellos son un travesti maduro, solitario y con carácter; un alcohólico y ex apostador de juegos caído en el inminente fracaso y la fractura de su hogar; y una niña mimada huida por un acto delincuencial familiar. Estos 3 vagabundos deciden hallar por sí mismos a los padres del bebé, habiendo una auscultación interior de cada uno y de dos posibles progenitores. Es una historia entretenida y muy fácil de ver, una apuesta segura al mundo de Kon, para todo curioso. Por último, pero, desde luego, no menos importante (las cuatro lo son), tenemos Paprika (2006), su obra más popular en cuanto a unanimidad, en un retorno a la cosmovisión onírica y surrealista de Perfect Blue, aunque mucho más clara, con mucha acción y metalingüística. En ésta es ir tras los pasos de un traidor o terrorista infiltrado en un sistema capaz de manipular el subconsciente y los sueños, contra un criminal que tergiversa el ideal de sanación que invoca el proyecto, convirtiendo en una pesadilla la realidad, mientras Paprika, la heroína, es el álter ego de Chiba Atsuko, co-creadora del invento, y la encargada de resolver el conflicto y el misterio.

La serie

Paranoia Agent tiene su centro en el Shonen Bate (el chico del bate), un niño de gorra y rulos oscuros, patines dorados y bate doblado de béisbol del mismo color, que suele pegarle batazos a gente que está reprimida o al borde de explotar, que ya no pude guardar ni soportar algo en sus vidas. Éste, aunque violento, es una especie de salvación o pretexto psicológico fantástico para pasar la página, o darse de golpe, valga la ironía, con los hechos inmanejables, en la que es una creación inverosímil, ilógica a un punto, increíble, si se quiere, ya que se trata mucho de algo mental, y juega en esas reglas sin límites, simbólica y sugerentemente. No obstante el shonen Bate se convierte en una especie de leyenda urbana, vox populi, y yace ubicuo, al punto de la sobredimensión, el rumor, la paranoia recurrente y que llega a distintos tipos de enajenación, la monstruosidad, el videojuego imaginativo, la ilusión, el terror o lo delincuencial. Cobra hasta vida en un doble, lo que es solo la audacia de Satoshi Kon para meter en la pantalla el universo que le apasiona en el arte, el que recuerda a David Lynch, un referente ineludible.

Kon es personal, único, y si de comparaciones tratamos patenta igual radicalidad en su personal cualidad de divertimento, sólo que dentro de un ambiente de relajo, compenetrando intelecto con sobre todo intensidad y entretenimiento, de cara a cautivar al espectador promedio, una hazaña vista la esencia, y lo logra, que llega incluso a lucir a ratos fácil, aunque a través de cierta rareza o particularidad argumental, es decir, un tema aun poco estudiado en todo el alcance tratado por Kon, a pesar de tener muchos visos de identificación primaria (incluyendo a lo formal). Sobrelleva una parte “lejana” en cuanto a lo cotidiano, sin embargo siendo fiel al dibujo animado en tierras de anime y a su idiosincrasia, que fuera de ciertas apariencias cavila en una temática general madura, para adultos, y no solo eso, se tratan directamente asuntos delicados como la pederastia, el incesto, el suicidio. Éste último presentado mediante comicidad, ironía y más tarde paradoja. 

Muestra la carga familiar en la enfermedad, la frustración existencial incluso desde la infancia, o la misma locura en distintas clases, como la doble personalidad autodestructiva, el mejor episodio del grupo, junto al del metalenguaje en que se contextualiza en un relato criminal el quehacer y los artífices de un anime. Trabaja las falsas memorias que desarrollan espacios de refugio pero a su vez de intimidación mental y autoflagelación, a partir de lo bastante libre, fresco y extrovertido, a veces algo bobo, infantil e intrascendente, sin complejos, notando que lo suyo “esconde” una naturaleza oscura, complicada, que implica la revelación metafórica del conjunto –por un lado expuesta, como se ve notoriamente en el último capítulo-, acerca de la realidad nipona en cuanto a la congestión, la velocidad, lo tecnológico, la ambición, la desilusión y la tensión urbano vivencial, y a esa vera lógicamente el planeta y las ciudades en que vivimos.

En los 13 capítulos hay mucha novedad desde la “sencillez” y en buena medida independencia, habiendo episodios más ligados que otros, como en los tres últimos para cerrar el caso, no descontando algunos lazos de interconexión, ya que existe el misterio de quien es el Shonen Bate, que tiene su nexo con un personaje que también está en todas partes, Maromi, un perro rosado de peluche creado por Sagi Tsukiko que es la primera víctima del chico del bate, y la que tiene una participación capital. 

El Shonen Bate es perseguido por dos detectives de policía, Keichii Ikari y Mitsuhiro Maniwa. El primero un oficial más o menos cincuentón, clásico en todo sentido, pero con un mundo interior a cuestas que debe enfrentar. Hay un juego de desdibujar o esbozar a los animes en el capítulo de la producción, en el que participa, de hacer de la vida literalmente algo plano y sin sorpresas -y lo que significa con ello-, que valga la curiosidad le sucede a alguien que defiende todo lo contrario, pero es que el desgaste cobra factura. El otro es un joven policía novato que tiene despierta la credulidad de lo fantástico, un héroe que hace referencia al lector de manga y al espectador de anime, que más tarde valga la gracia se convierte en un superhéroe nerd y llega a oír hablar a unas muñecas. En ese aspecto Satoshi Kon no se hace ningún problema, deja en claro que está ante un anime -que tiene toda libertad- e introduce cuanto le parece, como una ola masiva y expansiva de color oscuro invadiendo la ciudad arrasando con la gente, o combates al estilo de la leyenda de Zelda.

viernes, 16 de mayo de 2014

Akira

Se dice que ésta película de 1988 internacionalizó al anime, lo puso en la mira e interés del mundo, y también que es la mejor en el estilo nipón del género de la animación. Primer lugar que se disputa principalmente con La tumba de las luciérnagas (1988), con Ghost in the Shell 2: Innocence (2004) y con algunas de las obras de Hayao Miyazaki, aunque la más famosa y galardonada sea El viaje de Chihiro (2001) del mismo Miyazaki, ya que con éste último va de gustos teniendo tan buen nivel en su filmografía.

Ésta historia de cyberpunk en un contexto post apocalíptico expone mucha violencia, a través de una base llana de rebeldía juvenil, pandillas en moto representadas por Los Payasos –los rivales, los básicos- y Las Cápsulas –perteneciente al héroe del relato, a Kaneda-. En dicho contexto presenciamos militares, guerrilleros revolucionarios y políticos en conflicto mediante constantes acciones extremas producto de tener -aunque se mezclen entre sí- intereses, defensas o ganancias en juego, como no podía faltar en el imaginario popular, religioso y cultural al que recurre la trama, bajo una conceptualización místico-científica, por más raro que suene esta conjugación. Debo decir que en efecto es una buena película (la justa adjudicación de culto inmortal en el anime y en el séptimo arte), pero no la catalogaría como el mejor anime de todos, sobre todo en la primera hora que me parece ordinaria (aunque sin quitarle el mérito de ser entretenida en ese trayecto), hasta que se vuelve compleja más tarde, arguyendo como leitmotiv sobre un especie de anticristo, fuera del estereotipo, en Akira.

Akira es un niño tratado en experimentos a razón de poderes mentales, lo que será recurrente; tendrá un “doble”, en Tetsuo, muchacho mediocre que se ve minimizado sin querer por su mejor amigo, por Kaneda, y al que le envidia –en un objeto metafórico de liderazgo- una preciosa moto roja de carreras. Sus destinos son señalados en la tercera guerra mundial, donde una bomba atómica arrasó Tokyo (ahora llamada Neo-Tokyo), y se supone que el mundo visto desde ahí. Éste filme tiene magma suficiente para generar una argumentación y acontecimientos cierta e innegablemente jugosos, mientras el director de la película, Katsuhiro Otomo, afirma la intensidad que se prodiga en el inicio, con una brutalidad que es parte de la atracción de la que dispone para cautivar, jugando a su vez con varios lugares bastante conocidos, primarios pero viscerales y no menos importantes intrínsecamente.

Está el héroe por antonomasia, Kaneda (con la clásica y efectiva casaca de criminal iluminado, sino basta recordar Drive, 2011), de cariz ligero, imperfecto y contemporáneo, pero líder por derecho propio, demostrándolo una y otra vez, enfrentando su “normalidad” de cara a la manipulación del anhelo en Tetsuo, que no sabe manejarse como un dios todopoderoso (talento e ideal versus ambición a toda costa), llenándose la realización del espíritu de las obras que han hecho grande a Shakespeare. Implica una furia ciega y salvaje producto de la naturaleza humana, celos malsanos, frustración, incapacidad, ansiedades de protagonismo.  

El globo se desinfla (entre comillas) tras agigantarse cada vez más y más, y tiene de literal como de concepto (como una olla a vapor a la que se le rebalsa el agua o como el mismísimo big bang), hasta romperse en cierta forma por sí solo, cuando hace gala de la idea de Akira, el gen preciado de la obra. El resto gira a su vera, o es poco o inexistente aporte argumental, aunque por lo general un árbol que no es frondoso deja de ser bello, y no puede faltarle, si bien aquí las ramas son sencillas, lo cual no es nada extraordinario en el cine, si no fuera que el centro articula y proyecta con dominio y autosuficiencia. Éste centro se acerca a la obra maestra. Akira es más que un ser humano y no solo por lo obvio, lo cual se exhibe como una muestra de portentosa auto-superación del relato, y con ello se carga de emoción, de vitalidad, de sorpresa, de exceso, haciendo vivir al espectador unos últimos 40 minutos magníficos que bien pagan el éxito y el alcance que se prodiga la propuesta.

En la presente existe una subtrama encaminada por el amor (aunque no demasiado creativa) de Kaneda hacia Kei, la revolucionaria; y la de tres médium, de poderes psíquicos que trasforman la realidad y cosas por el estilo (hay uso del surrealismo y de lo onírico en la película), niños de aspecto raro, avejentados, que complementan el conjunto. Éste sci-fi recuerda un poco a Philip K. Dick, a ideas pseudo-ciéntificas y paranormales, lo cual no hay que olvidar, y se maneja muy bien en sus coordenadas, si bien terminas preguntándote engañado/cautivado por una veracidad que llegado el momento patea los antecedentes con suma soltura, grandilocuencia y una seguridad que es remarcablemente coherente tal cual, y hacen de éste séptimo arte un disfrute bien pagado. Ahí sí genera verdaderos adeptos de ojos y bocas bien abiertas. En el otro espacio simplemente nos hemos dejado llevar por su fuerza elemental, una apuesta a ganador (¿no lo son las motos en combates callejeros?, como esa imponente moto ya legendaria de color rojo que atrapa hasta el más reacio). 

domingo, 4 de mayo de 2014

Ghost in the Shell

Ghost in the Shell es de los animes más importantes de este séptimo arte, uno que se ha convertido en pieza de culto alrededor del mundo, con toda una cultura popular detrás. Ha ayudado a romper esa barrera que limita muchas veces al dibujo animado a un lugar inferior en el cine, en cuanto al reproche de trascendencia y profundidad que muchos no ven y le exigen, que con Ghost in the Shell 2: Innocence hay que replantearlo de inmediato, empezar a creer, dar cabida a algunas creaciones excepcionales que van más allá de cualquier encasillamiento. Ghost in the Shell 2: Innocence, el hito máximo de este anime y una obra maestra, estuvo en el festival de Cannes 2004, luchando por la palma de oro, el premio mayor del festival. Ghost in the Shell 2: Innocence ganó muy bien su cupo y la posibilidad de triunfo, que deja en claro que éste estilo japonés y universo propio del género debe tener mayor valía personal en el cinéfilo y no solo en el otaku.

Ghost in the Shell (1995)

Ghost in the Shell se trata de la introducción a un mundo de acción, militar (con comandos, rangers, francotiradores o mercenarios involucrados), política (que llega a lo internacional, recordando que los límites y los gobiernos son más conflictivos, aun bastante corruptos y oscuros) y en la labor de inteligencia de servicios secretos en razón de combatir la amenaza perenne de la electrónica. No es una obvia recriminación de la facilidad de su utilización por “cualquier” gente, en todo caso no solo se desprende esa formulación, ya que llega a versar a su vez hablando de los parámetros generales de este anime de la independencia que crea, entendiéndola como positiva, la democracia práctica, digamos que contundente y real, y con ello el ideal y lo altruista, aunque a costa de ciertas libertades que van contra la legalidad y una planificación ética discutible como lo es el postulado en detalle, a favor del bien social, cultural y común, el futuro y la reorganización nacionalista, como se ve en la ingeniosa reinterpretación de esta película que hace el OVA Ghost in the Shell: Stand Alone Complex - Solid State Society. Lo representa la seguridad pública de la Sección 9, contra el espionaje o los hackers, que yacen en ambos bandos, los buenos y los malos digamos, si bien a veces esta segunda clasificación no resulta adecuada, aun moviéndose en lo criminal, ya que existe alguna justificación por lo regular inteligente o con cierta -o algo de- aceptación. En general por un lado están los controladores/vigilantes y al otro los anárquicos o con propia ideología o requerimiento, siempre bajo un concepto o esencialidad, combatiéndose el terrorismo, dentro del cine noir y a través de la tecnológica, cada vez más indispensable y predominante en nuestras vidas. Junto a esto yace la contextualización de la cibernética (es raro no hallar seres humanos con algún implemento o parte corporal robótico), hacia un devenir futuro al que avanzamos, que más que fantasía parece en buena parte una especie de profecía.

Estamos ante un sci-fi que versa sobre lo existencial, en la reflexión de nuestra humanidad cada vez tan artificial desde la literalidad de los ciborgs que discuten sus raíces y propiedades. Nuestra heroína se llama Motoko Kusanagi y es dueña de un cibercerebro, un cerebro que tiene mucho de computadora, y de un cuerpo robótico, lo que le hace pensar/sufrir si en ella existe realmente un ser humano, perdiéndose en largas meditaciones predispuestas al callejón sin salida, y de esto podemos observar una crítica hacia la deshumanización. Hay que acotar que éstas máquinas, hombres también (contienen ADN), les resulta indispensable la memoria, para identificarse y ser/existir, algo que fatal e irónicamente se manipula, se distorsiona, se falsea, se vacía y se reemplaza, con virus y hackeo, lo que hace del panorama un lugar complejo y entretenido al mismo tiempo, ya que no falta la pelea, incluso con un tanque ultra moderno y futurista, la persecución, el asesinato y la sorpresa, que se pega al fondo y proyecta lo visual.

De todo ello se dan hartas cavilaciones por parte del director Mamoru Oshii, encargado de las dos primeras obras, y para ello al espectador “exigente” se le pide paciencia en la parte media del filme al abocarse a una trama sumamente argumentativa, pero que al rato retoma ritmo y adrenalina, intensidad y violencia, como promete esa apertura desestabilizante, luego coherente, de las habilidades de Kusanagi, la persecución de un terrorista enloquecido en un mercado, el hallazgo del software con ambición de ser humano descubierto donde menos se cree o la lucha desigual contra un tanque que termina en una revelación redonda y que resuelve la interrogante que sobrevuela todo el filme. Ésta obra “presume” de poética, como el motivo de sumergirse en el agua de parte de la mayor Motoko Kusanagi, la protagonista y leitmotiv de la presente propuesta, a la que acompañan Batou, un ranger bastante duro (como no podía faltar) y con los pies en la tierra a diferencia de su admirada compañera y mando, luciendo simple y seguro de sí, a la vera de su sangre fría muy bien figurada en la inexpresividad de sus ojos artificiales. Es un experto con las armas y el combate cuerpo a cuerpo, al igual que lo son todos los de la Sección 9, si bien presentan especialización, que veremos más tarde en Ghost in the Shell Arise que trabaja con la colectividad de un equipo comando y policial aunque con Kusanagi de líder y dominio escénico. También en mucho menor grado yace Togusa, que es un oficial de policía cibernético pero de poco peso, como el mismo se deja ver, y le creemos, no que sea humilde, como se suele hacer. Él tiene un lado más fehacientemente humano, y lo recuerda la mención continua de su hija, o sus pocas habilidades motrices y en los acontecimientos. Oshii, en sus películas, no le da mucha cabida, no es un ser intenso, sino más bien accesorio, secundario, débil a un punto, aunque colaborador, a diferencia de Batou que es complementario a Kusanagi, aun no siendo tan relevante como ella (yace poco en el metraje), porque se trata del lucimiento de Motoko, que yace siempre pensativa, triste si se quiere ver, pero es efectiva cuando hace uso de su entrenamiento militar (camuflaje, hackeo, uso de armamento, tecnología pesada y artes marciales). En medio yace una ciudad que tiene personalidad, es luminosa, comercial, alta y profusa, la que poco tiene que envidiarle a Blade Runner (1982). Al respecto Mamoru Oshii se detiene a enseñarnos en todo esplendor y orgullo su urbe imaginaria.

No sorprende saber que Matrix (1999) recoge muchas influencias de esta realización, y es que es un mundo muy completo en sí, lleno de detalles aunque aparente a un punto ser directa mientras deja un poco de tarea mental. Ostenta tiempo para hundirnos en la contemplación de una idea y otros para impactarnos con su toque de brutalidad (cabezas explotando en sangre, una hembra desnuda en caída libre por un edificio, o partes del cuerpo arrancadas de tajo, algo que asociamos a la entrega de Kusanagi en sus actividades extremas).

Ghost in the Shell 2: Innocence (2004)


Ghost in the Shell resulta sencilla, entre comillas, viendo lo que será Ghost in the Shell 2: Innocence que irá aún mucho más lejos, con su vasta riqueza cultural, filosófica, popular, literaria y fantástica, en una constante destilación de frases y pensamientos célebres, hondos, cosmopolitas, que no solo yacen anexos como destellos cultos de sabiduría, sino le dan densidad y potencia a la temática existencial asimilada en contexto, como el choque entre realidad y sueño/ilusión (como se aprecia en la incursión en Locus Solus, nombre que nace de la novela de Raymond Roussel, que en la historia es la denominación de una empresa fabricante de Ginoides que terminan siendo muñecas robot sexuales. A Roussel también se le recuerda por los cuadros vivientes de la mansión), nuestra humanidad (vacío, remordimiento, materialismo, suicidio, sumado a la modificada tercera ley robótica de Isaac Asimov y al tráfico de mujeres), la intromisión de la ciencia en distintos aspectos (véanse tres lecturas de un mismo acontecimiento) y la razón o búsqueda de la propia esencialidad (en un hombre que quiere transformarse en una inteligencia superior dentro de un ente artificial, el opuesto de la Kusanagi de la anterior película), haciendo un recuento a grosso modo, y todo sin descontar una trama adictiva, en un relato cargado de fuerza.

Esta vez el protagonista es Batou, invirtiendo los papeles con Kusanagi que hace tres años, tiempo de la última película, no se le ha vuelto a ver. Ella pasa a ser un personaje secundario, muy pequeño al uso aunque capital, el ángel de la guarda del ranger, un ser invisible pero ubicuo cuando se le necesita. Con él está Togusa, el compañero endeble pero valiente, algo que tampoco es muy original en el cine. Pero es lo de menos porque el filme ya tiene suficiente. Batou será el principal por única vez en las cintas de Ghost in the Shell (que significa "El fantasma en la coraza", o mejor, "El alma en el cuerpo", que lo vemos claramente en todas partes en los relatos, como fuente de conflictos internos/externos), el eje seductor del espectador, y aunque mantendrá su frialdad e inexpresividad, obtendrá mayor hondura (gracias a la soledad compartida con su dulce perro, su dificultad de sociabilización, su monotonía o su cualidad de anteponer la propia vida por otros, como cuando cuida de Togusa y lo hace pensar), y mayor raciocinio, si bien antes no fue plano (puede discutir sobre la esencia y el ser con Kusanagi, expresarle su punto de vista distinto y animarla, consolarla), como terminará siéndolo finalmente en Ghost in the Shell Arise en donde en Border 2 - Ghost Whisper deja notar una personal decepción creyéndose solo una máquina de matar, un guiño a algo más, que no sale de su cuadrante, aunque percibiendo que los Arise serán filmes de actividad en lugar de argumentación o reflexión.  

Dos apartados trascendentales. Uno. Si antes el filme lucía una animación cautivante, esta vez el adelanto de los tiempos más modernos pagará con creces lo que supone experiencia en todo sentido,  superando a su antecesora. No obstante, algunas imágenes hechas por computadora en 3D que se anexan quitan belleza, se fijan decentemente pero resultan inferiores a los dibujos tradicionales, que recalcamos están fantásticos. Con los OVAS siguientes no estarán tampoco mal, pero a todas luces disminuirá mucho la estética y la dificultad del trazo y su visualidad. Y, dos. Los fuegos artificiales. En la trama brilla un combate de acribillamientos feroces en una casa de juego donde anidan yakuzas en que Batou irrumpe con toda potencia. También los vemos en un hackeo en una tienda de comestibles, con un suspenso y misterio maravilloso en tiempo preciso, un lapso desconcertante que luego es explicado y coherente, la que es la construcción de la novedad, como el arranque de la anterior película. Igualmente sobresalen en un desenlace en aguas internacionales con robots sexuales en masa direccionados para finalizar a un intruso, que no será indispensable ningún sacrificio de atención en el entendimiento de las fluidez e imposibilidad de total aprehensión de las elucubraciones disparadas a diestra y siniestra en los diálogos de luminarias como Buda, Confucio, Platón o John Milton.

Ghost in the Shell 2: Innocence es el pináculo de las cinco películas de este anime. Indiscutiblemente le debe a su origen de 1995, del que retoma ideas, pero se mete más afondo, busca más del mundo y sutilmente sigue en el relato, a un punto de relectura y alternativa, haciendo algo sólido. Requiere de varias lecturas para unir tantas piezas que se perciben más que decorativas y si lo son logran la química suficiente para otorgarse ecuanimidad y asociación estudiándonos detenidamente. Pero no solo eso, permite la visión tranquila de una trepidante trama de acción con ciertas ideas existenciales en sus movimientos escénicos. Atrapa, te brinda la oportunidad de pensar con algo aparentemente y en parte ligero, en medio del placer primario, del entretenimiento rabioso, moderno y algo gore.

Ghost in the Shell: Stand Alone Complex - Solid State Society (2006)



Si hay que definir posiciones entre las cinco películas de este anime, de los que hay hasta la fecha, todo está demasiado claro, primero Ghost in the Shell 2: Innocence, la mejor y que todo amante del cine debería tener en cuenta; segundo Ghost in the Shell, una muy buena película, aparte de un valor mayúsculo por ser la originaria en el séptimo arte; y en tercer puesto la que nos convoca en este apartado que también está destacable y representa un logro, a un punto. Y es que Kenji Kamiyama, el que hizo este OVA, tenía mucha experiencia con Ghost in the Shell habiendo sido el director de la serie que duró del 2002 hasta el 2005, y que cerró magistralmente con éste filme.

En la primera película de Oshii al enemigo sin biografía conocida, un desconocido absoluto, virtuoso hacker (hasta parecer un especie de Dios) y el terrorista más buscado de su época, de carácter enigmático e impredecible, se le llama el maestro de marionetas, y en esta viene a ser muy semejante, el titiritero, pero no hay que confundirse ni esperar un relato parecido, ya que la resolución de la propuesta deja su propia huella. Hace de la trama algo completamente suyo, muy intrincada pero milimétrica, se deja entender en su audacia, con emoción e intensidad, jugando en gran parte del metraje a dos carriles, por un lado Kusanagi, y por el otro Batou y Togusa. Es una genialidad –no hay vueltas que darle- que hace un buen trío con las otras dos, y no deja de sorprender porque es un OVA, que supuestamente pretende y posee menos recursos artísticos que el supuesto cine en toda palabra, notando que lo hace por medio de un conflicto que mueve bien sus piezas, bajo un virus informático, el suicidio, el secuestro, la política, la cultura y la sociedad generando novedad en una mezcla inteligente, haciendo la salvedad de que no tratamos con filosofía ni existencialismo, sino solo una trama que sabe explotar distintas líneas de misterio, como se hacía a su vez antaño en los dos primeros animes, lo que la convierte en un efectivo cine negro dentro del cyberpunk.

Puede ser más ligera que las míticas hechas por Oshii pero sigue siendo de alto nivel. El único pero que encuentro que implica perder seriedad, atención y complejidad en el conflicto que nos absorbe, por un momento, es con la intromisión de los titulados Tachikomas o think tanks (tanques/trajes paseantes mecánicos inteligentes, que se verán mucho en los Arise), en el abordaje de la institución de actividad del cibercerebro, en el centro de bienestar Seishomin, generando quizá para algunos algo curioso, acción o emoción, pero que para quien escribe se vuelve inocente e inofensivo, rutinario. No obstante se aprecia que predomine la irreverencia de desaparecer a algunos personajes claves en atentados siniestros, como gubernamentales, que es lo que hacen todos los animes de Ghost in the Shell (e igual el método es nuevo).

Este filme puede parecer al final -procesado con dedicación- bastante sencillo, viéndose solo que se aplican algunos cambios, pero desde mi óptica estos son decisivos y creativos, y hacen de esta una muy buena tercera recomendación.

Ghost in the Shell Arise - Border 1: Ghost Pain (2013) y Border 2 - Ghost Whisper (2013)


Ghost in the Shell Arise es una tetralogía de la que ya ha visto la luz dos partes, una llamada Ghost Pain y la segunda Ghost Whisper. Se contextualizan en un lugar de nombre Newport City, siendo precuelas de los filmes de Mamoru Oshii, dándose a un año después de una cuarta guerra mundial. Empieza con Motoko Kusanagi en la división militar 501, la que será encaminada a la sección 9 dirigida como se sabe por el jefe Daisuke Aramaki, para tras convencerla, dejarla dedicada a formar su comando o equipo, entre ellos Batou al que llaman “el de los ojos que nunca duermen”, y Togusa, como un detective decidido, mucho más fuerte que antes. Con ellos aparecen rostros que hemos visto brevemente, como Ishikawa, un especialista en tecnología, o Saito, un francotirador mercenario. Se agrega un personaje nuevo que se recuerda con algo de simpatía, Paz, un policía que trabaja de encubierto, y con el que Kusanagi se enfrenta en un combate a puño limpio tras creerlo un hampón, y le hace un hermoso lanzamiento de judo. 

La primera es un comienzo decente, como una pequeña “copia” de sus predecesoras, funcionándole la (típica) ocurrencia de tener como enemigos, parecidas a las ginoides sexuales de Ghost in the Shell 2: Innocence (2004), a unas minas movibles que tienen la presencia de ninfas rubias y sensuales de vestimenta infantil, habiendo un enfrentamiento con estas autómatas en masa, que suelen estallar de pronto (hay un atentado que propicia una de ellas que tiene su toque de encanto, dentro de un salvajismo conocido, aunque no todo lo impactante que debería ser). Mientras tanto se pone en duda la respetabilidad de un teniente coronel apellidado Kurtz que yace difunto, al que se le imputa tráfico ilegal de armas y es recordado como quien crió a Kusanagi. Él será el generador de los conflictos desde la pasividad y su mención, incluso de lo que significa el Ghost pain (un dolor que llega de golpe producto de ciertas memorias de ser humano neto ahora en un cuerpo cibernético).  

La segunda disminuye harto en su dificultad, incluso en comparación a Ghost Pain, habiendo mucho ruido y poca nuez con la irrupción de pandora, un virus en los sistemas de vuelo o de tránsito masivo, en los distintos lugares controlados por computadoras, algo que ya vimos nada más y nada menos que en Live Free or Die Hard (Duro de matar/La jungla de cristal Nro. 4, 2004), que se le relaciona a una masacre de civiles en un territorio denominado Qhardistan (que oculta una franqueza manida), siendo un tal coronel Soga enjuiciado por dicho ajusticiamiento militar. Ghost in the Shell se pone tonta y simple e implica únicamente en esta oportunidad una venganza, no esconde nada especial, es pobre. Lo único bueno es como se irán reclutando a los comandos de la sección 9, para lo que habrá peleas físicas entre ellos, que aún no son compañeros ni se aprecian. Visto bien es decepcionante, y solo le sobreviven los personajes y el hackeo, por cariño a esta cosmovisión.

De las vistas hay que decir que recogen lo “fundamental” de lo que es la historia en sí, al gusto, aunque es indiscutible negar que desciende notoria y hasta gravemente el nivel, ante esa fusión espectacular de calado reflexivo y efervescencia desaforada de las de Oshii. Explican, precisan, detallan todo en busca del goce elemental, como con las tres últimas de Star Wars, donde se explota lo conocido, se desentrañan misterios, pero el aporte es ínfimo en cuanto a arte y novedad valiosa, que no –insensata y absurda- curiosidad. Se vuelve la saga sumamente fácil, aunque sus conspiraciones y terrorismo planteen parecerse a los formatos anteriores, con bastante líneas intersecadas pero con nada significativo en realidad. Se basa en el background, los parámetros y elementos pasados, de un cyberpunk y un noir bastante limpio, comercial, mucho menos creativo y poca cosa.

No se podría negar que tengan distinta impronta, bien o mal tienen lo suyo, como que estos videos para casa no sean largometrajes de cine, claro, ni por asomo, y el legado les llega a pesar. Pero como entretenimiento si tienen -no lo niego- cierta esencia que mantiene vivo el interés, sobrevive, nos mantiene aún ligados, y en parte (poco a comparación) contentos a fin de cuentas (la genialidad va de explicita y es bastante menor, pero cumple su cometido), pero, bueno, como OVAS están bastante pasables, ¿imagina pedirle a un filme destinado directamente al hogar que sea una obra de arte mayor?, sin embargo a un alcance ahí está Ghost in the Shell: Stand Alone Complex - Solid State Society, y en el elogio preveo alguna otra excepción.

Tienen una fuerte presencia a cuestas, sabiendo que manejan entre manos un buen material que se basta solo de cierta manera, y se trata de usarlo simplemente, recogiendo lo que saben que funciona, te seduce, si ya eres fanático, y uno terminará siéndolo si ve primero las de Mamoru Oshii, o quizá leyendo el manga de Masamune Shirow. Observamos que Kusanagi pelea y vence aun perdiendo extremidades, en un intento del autor(es) de impactar (y parece que olvidan que se ha visto antes, y con mejor resolución e ilustración), nada bajo el sol; o esta eso otro, que vaya a enfrentarse con ese militar robótico gigante que la golpea e intenta intimidarle, con el que no ha podido antes y se ve aparentemente indestructible, y caemos redondos, con una lucha cantada, algo repetitiva e igual de sublime desde lo que es. Esto queda.