viernes, 20 de junio de 2014

La filmografía de David Lynch

No soy especialmente fanático de David Lynch (pero me agrada, sin duda), es uno de los grandes directores americanos y del séptimo arte. Considero que tiene altibajos, más que en su filmografía en sus películas, como la mayoría, claro, sopesando además el gran nivel, la individualidad e inteligencia que brinda igualmente, pero quiero decir que a veces defrauda, en cierto modo que nunca totalmente (aunque muchos pretendan creerlo irrefutable, como los que lo ven con cierta ceguera de la fama que le precede, tanto como otros no lo soportan, despierta pasiones, valga la obviedad), ya que se entiende y se aprecia que se debe a su independencia y personalidad, a plasmar su propio universo cinematográfico, ese que lleva a muchos a verlo en todo aquello que remita a lo mental, a lo surreal, a lo onírico, a la pesadilla, a lo psicológico. Lynch es un continuo referente, y se lo merece, de ahí que sus virtudes y sus mejores filmes hagan que uno lo admire y vea su obra con satisfacción, ergo seguirlo atentamente, y “perdonarle” algunos malos gustos, simplicidades, ridículos o pretenderse más audaz de la cuenta, acotando que la genialidad implica riesgo, atrevimiento. Como bien dice la frase: no se hace una tortilla sin romper huevos y por tanto se topa (sortea mucho también) con esos lugares. Apunto también que dichos “defectos” otorgan a su cine una narrativa cautivante, irreverente, original, que propicia una mirada especial que se fija más entretenida y vital, que todo lo acicalado y aséptico, realzándose a su vez bajo su estilo y estética de (enfrentar) lo oscuro. Y es que como expresan los personajes de Terciopelo azul (1986), el mundo es muy extraño, dicho sin preocupación, asumiendo esa realidad. Ya habiéndolo visto en la toma de unos insectos debajo de la tierra a poco de sufrir un hombre un colapso al corazón en medio de la tranquilidad de regar su jardín, para que en el desenlace lleguen unas aves y se traguen los bichos, mientras las tenemos por bellas, libres, pacíficas, tanto como sinónimo de triunfo y paz, si parafraseamos a la radiante, común y feliz Sandy (Laura Dern), una muchacha (crecidita) del colegio que representa la opción benévola de la vida para nuestro protagonista, Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan, fetiche y alter ego de Lynch).

Antes de entrar a la película que nos compete, o mejor dicho, zigzagueando en ella, habiendo tirado la piedra, no escondo la mano, aunque brevemente, no más. Veamos en su filmografía. Me preguntaba: ¿cuál podría ser la mejor película de David Lynch? La disputa estaría entre su ópera prima, Cabeza borradora (1977), película de culto por donde se le vea, una que anuncia y ostenta (sumamente lograda en sí) lo que será la esencia de la obra que lo ha catapultado a ser quien es, un magnífico filme que se sumerge en el ser humano, lo confronta y discute su naturaleza, su alienación con el mundo, teniendo entre manos una estética y narrativa formal de lo extraño. Otra, El hombre elefante (1980), su éxito mainstream, que como tal tiene algunos achaques que uno le suele hacer al cine comercial, a razón de la excesiva sensibilidad, sin embargo como retrato humano de compasión y de apreciar el alma y el talento por sobre la superficialidad y la atracción del cuerpo logra producir mucha belleza, desde lo freak que esconde lo esencial e iluminador, en una radiografía de lo natural y dolorosamente outsider y de las mezquindades, intereses y altruismos de la eterna conformación de la sociedad. Corazón salvaje (1990) tiene lo suyo, ganadora de la palma de oro del mismo año, la que es una especie de Terciopelo azul elevada a la potencia; son de esos filmes que entregan intensidad, extravagancia cool y radicalidad contemporánea. Es una apuesta segura de entretenimiento joven, del que se deja llevar por la adrenalina y lo rocambolesco, donde se puede observar que Lynch siempre ha tenido un saludable sentido del humor en su arte, y que es más relajado de lo que creemos, sin sacrificar atención, hay que aclarar. No es como para estresarse con su cine, aunque a muchos les pasa. En Terciopelo azul dice una conversación casual, de las muchas que hay, que algo es interesante sin necesidad de entenderlo o que esconda en realidad un significado que tengamos que atrapar (aunque no sea nuestra naturaleza).

Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992) es una delicia autosuficiente, redonda, que estaría entre las candidatas a la mejor propuesta suya de no existir una serie que compite con ella, y para muchos le gana y la convierte en un agregado menor. Nos muestra con ironía e inocencia que buscar todo el tiempo la simbología en los filmes es una idiotez, que puede tratarse de algo sumamente simple pero atrapante como tal, como pasa con Terciopelo azul que uno la halla bastante reconocible, rememorando el noir clásico, pero con el estilo y mensaje de Lynch. Tiene un Dennis Hopper que en su introducción a la trama –capital para seducir e informar, de lleno, al espectador-  luce absurdo, bobo, a la par de la intención de exhibirlo raro, siendo afecto al placer del dolor, y al orden edípico de la subyugación por refracción, tan manido ya en el cine y en la literatura, si no basta recordar una obra cumbre de ésta temática, Psicosis (1960); lo que enseguida se convierte en una figura contundente pero “alegre” de un comportamiento y representación de pensamientos. Es el lado negro de la humanidad, que tiene su centro de atracción en Dorothy Vallens, interpretada por Isabella Rossellini, una femme fatale melancólica, sufrida, atrapada en un mundo sórdido, literalmente por un esposo y un hijo, en manos de Frank Booth, Dennis Hopper, característico en un inhalador que lo trastorna. A Rossellini se le ve bella y sensual (precisa en el canto y clásico recurso, dado por la canción llamada Terciopelo Azul, inspiración del filme que viene del cover de Bobby Vinton) en medio de constantes desnudos abiertos y naturales, luce sencillamente efectiva, o está influenciada por el estado de locura de quienes la rodean en el deleite de la práctica sadomasoquista. Posee a su vez un aura de candor y pureza en el secreto de la necesidad, inquiriendo por su adopción y elección, una trampa de la debilidad, pero también una oportunidad de trascender, darle escape y aprender, similar aunque más trágico en Twin Peaks, y en otros filmes de Lynch, un lugar común suyo, del cine, del ser humano, la entrada a la perdición.  

Volviendo y terminando con el asunto del mejor filme de Lynch, nos quedan dos candidatas que fácilmente pueden ser entregadas como un díptico, Carretera perdida (1997) y Mulholland Drive (2001), dispuestas para visionarse en una sesión conjunta, si te gusta una te tiene que agradar lógicamente la otra, aunque quizá sea más oscura Carretera perdida, y no diré cual es mejor de ambas, ni mucho menos que una es la ruta ante la supuesta perfección de la segunda, las dos son tremendos aportes de arte, dos obras maestras, dos expresiones fascinantes, aun siendo tan parecidas, la locura del pasado apasionado desde un lugar ordinario que deja de serlo, la locura del sueño de fama de Hollywood. Vuelven en toda fuerza al Lynch de Cabeza Borradora, y es donde mejor se mueve, si bien está Inland Empire (2006) para desmentirlo en buena parte, el que atribuyo como un exceso de entusiasmo del autor.

También está una obra en la línea de El hombre elefante, The Straight Story (1999). Una historia verdadera, en la traducción al español, que aunque menor a El hombre elefante, vista su modestia formal, en un toque indie pausado y minimalista, corrige loablemente el exceso de sentimentalismo, sin alejarse de su motivación, que nos llegue el toque humano, cálido y sensible de su relato, pues sí, que nos conmueva, mediante como dice el título, una forma directa, frente a acciones transparentes, sanas. Tiene una emotividad más seca, pero viendo que la presencia del anciano de 73 años y protagonista es un factor dominante y persuasivo, de Alvin (un enternecedor y carismático Richard Farnsworth), al igual que saber cómo es su hogar, quién es, con quién vive  (una hija con retardo, llamada Rose, en la delicada y creíble Sissy Spacek), cómo se encuentra de salud, cómo le quieren, cómo se gana la ayuda de extraños o qué quiere conseguir. Aun siendo todo muy simple invoca que se mire por debajo. Se da como una proeza de la voluntad humana por un tipo ordinario, un hombre del campo, que decide poner en práctica lo especial que es cada ser humano. Es una carta de despedida, el último gran reto de una vida, en la sencillez de un hombre viejo visitando a su hermano, subido en una cortadora de césped, un pequeño tractor, desde el periplo de un estado, Iowa, a otro, Wisconsin. Es un filme simpático, pequeño, bastante concreto y completo tal cual, en que la extrañeza implica los valores, la promesa, el reto personal, la familia, creer en la gente, la ilusión y el placer de vivir amparado en los detalles y decisiones de quiénes somos.

Terciopelo Azul (1986) obtuvo gran éxito de recepción, luego de la debacle con Dune (1984). Terciopelo azul es para muchos uno de los mejores filmes de David Lynch. En lo personal hallo sus méritos más bien discretos, que parten de lo modesto en la imaginación crítica, fuera de las apariencias narrativas. Me gusta a un punto, creo que es entretenida sin mucha pompa que darle, ésta vez lo primario no me ha llegado en toda fuerza. Es una actualización del cine negro donde se ven levemente expuestos -o poca cosa- los puntos de soporte del pensamiento del autor; como la ciudad tranquila que esconde asuntos tenebrosos, expuestos directamente, tanto que ese camión de bomberos con los miembros saludando parece mucho ironía, poco antes de que Jeffrey halle una oreja mutilada y llena de hormigas en un jardín vecino y decida investigar junto a la hija rubia y guapa de un policía ocioso que vive en el país de las maravillas. La base del filme es ser atrevido y distintivo, y qué duda cabe, su cualidad de moderno funciona, en cierta medida; su extravagancia en el estilo, más que lo que narra. Es una virtud que sepa encajar y explotar cada parte al milímetro, sin embargo es como hacer un filme de una anécdota que todos comparten, sobre algo extraído de la cultura popular americana, y por ello va a gustarle a muchos siendo el mundo tan afín al pop anglosajón (yo me encuentro esta vez algo en el limbo, no me provoca mucha empatía). En sí es mucho una apuesta a ganador (lo cual hay que entender como que definitivamente se hace recomendable), incluso con el actor Dean Stockwell bailando travestido sobre un carro o por una imitación intencionalmente cutre de Elvis, aunque dentro de una composición artística, al lado de escenas (curiosas) como la pintura que hace el policía corrupto desangrándose inmóvil de pie o un Frank Booth disfrazado de vendedor de puerta en puerta en pos de matar a un delator, o viéndolo bien, gracias a todo ello, como con la fantasía de espiar a una mujer desde el armario, que nos descubra enojada, nos desvista y se aproveche de nosotros (¡oh, no, no por favor!), siendo espectacularmente preciosa (¿no suena a deja vu pornográfico?). Recalco que en parte considerable la he disfrutado, pero no nos equivoquemos con lo que es, es solo goce esencial, y bueno, eso es bastante. 

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