viernes, 20 de junio de 2014

Terciopelo azul

No soy especialmente fanático de David Lynch (pero me agrada bastante, sin duda), uno de los grandes directores americanos y del séptimo arte. Considero que tiene altibajos más que en su filmografía dentro de la mayoría de sus películas, como cualquiera, claro, sopesando además el gran nivel, la individualidad e inteligencia que brinda en conjunto, pero quiero decir que a veces defrauda, en cierto modo que nunca totalmente (aunque muchos pretendan hacerlo irrefutable, como los que lo ven con cierta ceguera de la fama que le precede, tanto como otros no lo pueden ver, despierta pasiones, valga la obviedad), ya que se entiende y se aprecia que se debe a su independencia y personalidad, a plasmar su propio universo cinematográfico, ese que lleva a muchos a verlo en todo aquello que remita a lo mental, a lo surreal, a lo onírico, a la pesadilla, a lo psicológico. Lynch es un continuo referente, y se lo merece, de ahí que sus virtudes y sus mejores filmes hagan que uno lo admire y vea su obra con satisfacción, ergo seguirlo atentamente, y “perdonarle” algunos malos gustos, simplicidades, ridículos o pretenderse más audaz de la cuenta, e igual hay que acotar que la genialidad implica riesgo, atrevimiento; como bien dice la frase: no se hace una tortilla sin romper huevos; y por tanto se topa (sortea mucho también) con esos lugares. Otro punto es que dichos “defectos” otorgan a su quehacer cinematográfico de una narrativa cautivante, irreverente, original, perfecta en su tipo que propicia una mirada especial que se fija más entretenida, más vital, que todo lo acicalado y aséptico, realzándose a su vez bajo su estilo y estética de (enfrentar) lo oscuro. Y es que como expresan los personajes de Terciopelo azul, el mundo es muy extraño, dicho sin preocupación, asumiendo esa realidad. Ya habiéndolo visto en la toma de unos insectos debajo de la tierra a poco de sufrir un hombre un colapso al corazón en medio de la tranquilidad de regar su jardín, para que en el desenlace lleguen unas aves y se traguen los bichos, mientras las tenemos por bellas, libres, pacíficas, tanto como sinónimo de triunfo y paz, si parafraseamos a la radiante, común y feliz Sandy (Laura Dern), una muchacha (crecidita) del colegio que representa la opción benévola de la vida para nuestro protagonista, Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan, fetiche y alter ego de Lynch).

Antes de entrar a la película que nos compete, o mejor dicho, zigzagueando en ella, habiendo tirado la piedra, no escondemos la mano. Aunque brevemente, no más. Veamos en su filmografía. Me preguntaba: ¿cuál podría ser la mejor película de David Lynch? La disputa estaría entre su ópera prima, Cabeza borradora (1977), película de culto por donde se le vea, una que anuncia y ostenta (sumamente lograda en sí) lo que será la esencia de la obra que lo ha catapultado a ser quien es, un magnífico filme que se sumerge en el ser humano, lo confronta y discute su naturaleza, su alienación con el mundo, teniendo entre manos una estética y narrativa formal de lo extraño. Otra, El hombre elefante (1980), su éxito mainstream, que como tal tiene algunos achaques que uno le suele hacer al cine comercial, a razón de la excesiva sensibilidad, sin embargo como retrato humano de compasión y de apreciar el alma y el talento por sobre la superficialidad y la atracción del cuerpo logra producir mucha belleza, desde lo freak que esconde lo esencial e iluminador, en una radiografía de lo natural y dolorosamente outsider y de las mezquindades, intereses y altruismos de la eterna conformación de la sociedad. Corazón salvaje (1990), tiene lo suyo, ganadora de la palma de oro del mismo año, la que es una especie de Terciopelo azul elevada a la potencia; son de esos filmes que entregan intensidad, extravagancia cool y radicalidad contemporánea. Una apuesta segura de entretenimiento joven, del que se deja llevar por la adrenalina y lo rocambolesco. Donde se puede observar que Lynch siempre ha tenido un saludable sentido del humor como parte de su séptimo arte, y que es más relajado de lo que creemos, sin sacrificar atención, hay que aclarar. No es como para estresarse con su cine, si bien a muchos les pasa. En un momento de Terciopelo azul dice una conversación casual, de las muchas que hay, que algo es interesante sin necesidad de entenderlo o que esconda en realidad un significado que tengamos que atrapar. Aunque no sea nuestra naturaleza.

En Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992), deliciosa película bastante autosuficiente, redonda, que estaría entre las candidatas a la mejor propuesta suya de no existir una serie que compite con ella, y para muchos le gana y la convierte en un agregado menor, nos muestra con ironía e inocencia que buscar todo el tiempo la simbología en los filmes es una idiotez, que puede tratarse de algo sumamente simple pero atrapante como tal. Como pasa con Terciopelo azul que uno la halla bastante conocida en su trama, rememorando el noir clásico, pero, claro está, con el estilo y mensaje de Lynch. Con un Dennis Hopper que en su introducción a la trama –capital para seducir e informar, de lleno, al espectador-  luce absurdo, bobo, a la par de la intención de exhibirlo raro, siendo afecto al placer del dolor, y al orden edípico de la subyugación por refracción, tan manido ya en el cine y en la literatura, si no basta recordar una obra cumbre de esta temática, Psicosis (1960). Lo que enseguida se convierte en una figura contundente pero “alegre” de un comportamiento y representación de pensamientos. El lado negro de la humanidad, que tiene su centro de atracción en Dorothy Vallens (Isabella Rossellini, una femme fatale melancólica, sufrida, atrapada en un mundo sórdido, literalmente por un esposo y un hijo en manos de Frank Booth, Dennis Hopper, característico en un inhalador que lo trastorna).  Rossellini no solo es notablemente bella y sensual (precisa en el canto y clásico recurso dado por la canción llamada Terciopelo Azul, inspiración del filme que viene del cover cantado por  Bobby Vinton) en medio de constantes desnudos abiertos y naturales, luciendo sencillamente efectiva, o está influenciada por el estado de locura de quienes la rodean en el deleite de la práctica sadomasoquista, sino posee a su vez un aura de candor y pureza en el secreto de la necesidad, inquiriendo por su adopción y elección, una trampa de la debilidad, pero también una oportunidad de trascender, darle escape y aprender, similar aunque más trágico en Twin Peaks, y en otros filmes de Lynch, un lugar común suyo, del cine, del ser humano. La entrada a la perdición.  

Volviendo y terminando con el asunto del mejor filme de Lynch, nos quedan dos candidatas que pueden ser entregadas como un díptico, Carretera perdida (1997) y Mulholland Drive (2001), dispuestas para visionarse en una sesión conjunta, si te gusta una, te tiene que agradar lógicamente la otra, quizá más oscura sea Carretera perdida, y no diré cual es mejor de ambas, ni mucho menos que una es la ruta ante la supuesta perfección de la segunda, las dos son tremendos aportes de arte, dos obras maestras, dos expresiones propias y fascinantes, aun siendo tan parecidas, la locura del pasado apasionado desde un lugar ordinario que deja de serlo, la locura del sueño de fama de Hollywood. Vuelven en toda fuerza al Lynch de Cabeza Borradora, y es donde mejor se mueve, si bien está Inland Empire (2006) para desmentirlo en buena parte, el que atribuyo como un exceso de entusiasmo del autor, o exista una obra en la línea de El hombre elefante, The Straight Story. Una historia verdadera (1999) que aunque menor a esta, vista su modestia formal, en un toque indie pausado y minimalista, corrige loablemente el exceso de sentimentalismo, sin alejarse de su motivación, que nos llegue el toque humano, cálido y sensible de su relato, pues sí, que nos conmueva, mediante como dice el título, una forma directa, frente a acciones transparentes, sanas. Con una emotividad en pantalla más seca, pero viendo que la presencia del anciano de 73 años y protagonista es un factor dominante y persuasivo, de Alvin (enternecedor y carismático Richard Farnsworth), al igual que saber cómo es su hogar, quién es, con quién vive  (una hija con retardo, Rose, en la delicada y creíble Sissy Spacek), cómo se encuentra de salud, cómo le quieren, cómo se gana la ayuda de extraños o qué quiere conseguir. Aun siendo todo sumamente fácil invoca un poco que se mire por debajo. Dentro de una historia que se da como una proeza de la voluntad humana por un tipo ordinario, un hombre del campo, que decide poner en práctica lo especial que es cada ser humano. Una carta de despedida, el último gran reto de una vida, en la sencillez de un hombre viejo visitando a su hermano, subido en una cortadora de césped, un pequeño tractor, desde el periplo de un estado, Iowa, a otro, Wisconsin. En un filme simpático, pequeño, bastante concreto y completo tal cual, en que la extrañeza implica a los valores, la promesa, el reto personal, la familia, creer en la gente, la ilusión, y el placer de vivir amparado a los detalles y decisiones de quienes somos.

Terciopelo Azul (1986) obtuvo gran éxito de recepción, luego de la debacle con Dune (1984), es para muchos uno de los mejores filmes de David Lynch, en lo personal hallo sus méritos más bien discretos, que parten de lo modesto en la imaginación crítica, fuera de las apariencias narrativas. Me gusta a un punto, pero creo que es entretenida sin mucha pompa que darle, esta vez lo primario no me ha llegado con toda fuerza, en una actualización del cine negro donde se ven levemente expuestos  -o poca cosa- los puntos de soporte del pensamiento del autor; la ciudad tranquila que esconde asuntos tenebrosos, expuestos directamente, tanto que ese camión de bomberos con los miembros saludando parece mucho una burla, poco antes de que Jeffrey halle una oreja mutilada y llena de hormigas en un jardín vecino y decida investigar junto a la hija rubia y guapa de un policía ocioso que vive en el país de las maravillas; y así lo toma uno en parte, como elemento del sentido de exposición, de ser atrevido, distintivo, y eso lo consigue y es la base del filme, qué duda cabe que su cualidad de moderno funciona. Su extravagancia de estilo, más que lo que narra. Aunque no le reprocho –la creo una virtud- que sepa encajar y explotar cada parte al milímetro, sin embargo es como hacer un filme de los que todos comparten la anécdota, sobre algo extraído de la cultura popular americana, y por ello va a gustarle a muchos siendo el mundo tan afín al pop anglosajón (yo me encuentro esta vez algo en el limbo, no hay mucha empatía). En sí es mucho una apuesta a ganador (lo cual hay que entender como que definitivamente se hace recomendable), incluso con el actor Dean Stockwell bailando travestido sobre un carro o una imitación intencionalmente cutre y plana de Elvis pero dentro de una composición artística, al lado de escenas (curiosas) como la pintura que hace el policía corrupto desangrándose inmóvil de pie o un Frank Booth disfrazado de vendedor de puerta en puerta en pos de matar a un delator, o viéndolo bien, gracias a todo ello, como con la fantasía de espiar a una mujer desde el armario, que nos descubra enojada, nos desvista y se aproveche de nosotros (¡oh, no!), siendo espectacularmente preciosa (¿No suena a deja vu pornográfico?).  Recalco que en parte considerable la he disfrutado, pero no nos equivoquemos con lo que es, es solo goce esencial, y bueno, eso es gigante. 

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