jueves, 12 de junio de 2014

Upstream Color

Primer (2004), la primera película de Shane Carruth ganó el máximo premio en el festival de Sundance, el Grand Jury Prize. Una propuesta que costó solo 7 mil dólares y recaudó cerca de medio millón de dólares, como muchas críticas alentadoras y admiradas, advirtiendo que entender la película por completo era algo cercano a lo imposible, y había que verla un par de veces para conseguir entrar de pleno en su universo de viajes en el tiempo. Sobre ésta base previa, coincido en su irrefutable originalidad e inteligencia, sin embargo me parece notorio que sus formas de explicación, de cómo nos muestra su argumentación sobre como recurrir a un invento que genera dobles al manipular la realidad carece de los mejores recursos de expresión cinematográfica y no solo por el presupuesto (que la técnica y estética es mucho más que decente), como en el uso excesivo de las palabras, que aunque hacen creíble un lenguaje “científico” -provocando diálogos complejos- se mueven en parte dentro de la verborrea y lo vacío aunque en lo necesario para armar una ilusión de conocimiento, y por otro –lo que importa- no llega a ser un camino u opción suficiente -ni empática- para generar una recepción efectiva, salvo con mucho trabajo de cavilación, paciencia y atención a cada pequeño eslabón, de la mano de varios visionados, aun siendo una obra (demasiado, diría) precisa y sustentada, por el detalle, lo mínimo y lo verbal.

En Primer existen muy pocos elementos a disposición, sobre todo visuales, con momentos bastante cortos e insípidos y otros que escapan a la facilidad del acercamiento a la trama, quizá por decisión personal, cosa que por un lado dudo, no obstante no niego que su estructura también hace que sea una propuesta muy especial, única, un juego intelectual con todas las ínfulas y derechos de la vanagloria correspondiente, lo que llega a agradar vista su audacia y alcance, pasada la lejanía y el fastidio del desconcierto tras su intrincamiento formal. Finalmente provoca verla como manda, más de una vez, y hacer la tarea de involucrarnos en su juego rico, perdonándole la vía de comunicación, y a su vez aplaudiéndola por su interior, ese que sabiamente vio el festival, premiando el ingenio por sobre todo, el arte, que en su variedad, con realizaciones como Primer, con cualquier achaque en contra, hacen del séptimo arte un lugar de pasiones y descubrimientos.

Upstream Color (2013), su segunda película, tras 9 años de la anterior, es mucho más accesible, aunque no fácil, ni por asomo del todo entendible, dejando bastante espacio para la conjetura, la imaginación, el razonamiento individual y la conclusión argumental. Vista esta implica nuevamente a la ciencia ficción que directamente resulta muy entretenida, seductora y misteriosa, en el uso de una historia fantástica que conlleva la constancia de la metáfora para la elucubración de una trama que versa centralmente sobre la libertad y el amor, como en las relaciones humanas y los distintos vínculos de poder.

En un inicio un gusano particular introducido en nuestro cuerpo hace alusión a la enfermedad, en manos de un criminal o alguien despreciable, lo que puede atribuirse en una lectura como la de una mala relación afectiva (visto desde la mundanidad), esa que maltrata, domina, minimiza, humilla y castra a la pareja, hace a uno esclavo de las pasiones destructivas al estar en (malas) manos ajenas, como no pasa con los niños que beben del elixir mágico y poderoso de la larva sin tragarla (por propia decisión y control: la voluntad y razón del poder propio; la infancia es lo puro, lo esencial, lo utópico). En medio, como escape, aparece lo que supone lo místico, Dios o una de sus representaciones menores, en un compositor o sonidista criador de chanchos (¡qué curioso y extraño resulta!), que aparece y nos permite recuperarnos, pero nos mantiene a su vez atrapados en sus designios y cuadraturas, nos quita voluntad o genera una inducción de comportamiento, y al no obedecerle tira las partituras por los aires, nos castiga, o simplemente nos deja caer en la desgracia, la que es la condición humana, valga decirlo. El libro de no ficción de Henry David Thoreau, el famoso Walden, sirve de nexo de explicación para hallar la liberación de esa estructura humana de decepción y frustración que muchas veces es la ciudad y sus reglas, para encontrar nuestra verdadera esencia, el significado del libre albedrío, que nos convierte en un especie de Nietzsche, y nos hace matar al Todopoderoso, y poder hacernos cargo de nuestras vidas, ya cimentadas en el amor puro y correspondido de ese otro ser semejante en pasado, aprendizajes y búsquedas, el que nos comprenda, y nos abrace en la protección y complemento, hasta mezclarse y ser como una “unidad” sin por ello quitarle al otro su propia consciencia (véase cuando Kriss y Jeff pelean por el robo/confusión del pasado). Apreciamos como acometer el mundo, visto en el propio cuidado de la animalidad gemela o la consistencia primaria, dibujada simbólicamente en los cerdos, de los que llegamos a saber que pueden mutar en bellas flores (en la historia no desaparece la semilla o nacimiento, logra transformarse), involucrando al resto, al prójimo, abriéndose mutuamente hacia el colectivismo y el optimismo, en ese grupo último que trabaja en la granja.

En el proceso el filme se llena de la belleza sublime de la naturaleza, esa que recuerda a Terrence Malick, y bien proyecta el recurrente texto de Walden, tras la lucha con un mundo mental y terrorífico típico de la ansiedad de lo urbano y lo contemporáneo, que puede como muchos intuyen y ven rememorar el cine de David Cronenberg y David Lynch, solo que bajo la dominante puesta en escena de un filme literalmente luminoso (e iluminador), blanquecino, que tiene del artificio fluorescente, como en una de las tantas labores que regenta un multifacético Shane Carruth, como la de montador, guionista, productor, director, compositor, hasta actor protagónico en sus películas (aunque copia menor pero eficiente, a comparación de la figura dúctil, flexible, sensible y emotiva que ejemplarmente maneja Amy Seimetz como el ser humano común y capital que llega al cambio e ideal que quiere trasmitirnos el filme), pasando por la creación del storyboard que sigue al milímetro según ha confesado, y que remiten a una consistencia y justificación completa que debemos atrapar cada uno desde la misma libertad que en buena parte y en varios sentidos invoca en sus parámetros. 

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