lunes, 2 de junio de 2014

El Mudo

Arranco con los premios de esta obra. El presente filme ganó mejor actor en el festival de Locarno 2013, para Fernando Basilio, siendo su debut protagónico tras un pequeño cameo como un borracho en Chicama (2013), una celebrada hazaña visto tanto reconocimiento mayor desde prácticamente la nada, algo que pasa de vez en cuando y espero que genere una carrera sólida, y como se intuye parece que así será, visto que ya el actor trabaja en su próxima realización cinematográfica y es profesor de teatro, lo cual habla de un compromiso y de talento. No solo eso, Basilio ganó igual, mejor actor, en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2014 (Bafici), junto al de mejor director para los hermanos Vega en el mismo evento, lo cual hacen de esta película una muy apetecible en el papel, ya que indiscutiblemente son galardones memorables, que ameritan curiosidad general, no solo nacional.

Ver la película ha sido encontrarse con lo que prometía, en sentido de ser una propuesta de autor con los pantalones bien puestos, y que implica un humor negro calmo, a veces discreto, sin ser contradictorio al decirlo, que se toma como un estilo al respecto de lo que anhela -y logra- ser, desde esa música de acompañamiento que dicho por los autores, por Diego y Daniel Vega, inspira el camino. El que lleva mucha ironía (y a ratos algo de sarcasmo), pero que por el tema es cosa “seria”. Una sutil forma de ser inteligente, entretenido y crítico a su vez, proponiendo un relajo pensante. Teniendo en mente que la comedia en los filmes de los Vega es directa y corrosiva, pero bien elaborada.

En una propuesta que versa sobre la corrupción judicial de nuestro país, puesta en contexto con Constantino Zegarra (Fernando Basilio), un juez estricto y honesto (un exagerado, como le dice la esposa de un acusado), con una fuerte tradición dentro de una familia de magistrados y abogados, que tiene como centro de motivaciones a su propia madre, a la que observa en un cuadro a la manera de una santa a la que se le tiene fervor, pero que descubre que el ideal y el deseo de su forma de ver la vida (correcta, ejemplar y hereditaria) no son compatibles con nuestra realidad, por lo que no le faltan penurias con las cuales estrellarse hasta reconocer y padecer la verdad, unas tras otras hasta la decepción, el llanto desahogador e intempestivo, y el estado de alucinación, celebración e imaginación del mundo perfecto que solo nos queda en la cabeza e individualidad, a partir de una amenaza de que le vaya mal en una broma ligera de lisuras, más tarde ¿un atentado o accidente?, y el estado de inquietud y paranoia de que cualquiera de los 800 casos que registró con penas de cárcel sea alguno el gestor de una bala que le ha dejado mudo.

Dos puntos absorben y engrandecen el conjunto.

Uno es su cualidad dominante, plenamente ejecutada, honesta y con audaz, original virtud, de ser cine de autor, uno que es más que capaz de sacrificar cierto ritmo sin perderlo del todo, como si pasara poco o demasiado tranquilo, lo cual es solo aparente, un estilo (con base, acotamos), ya que el "atentado" es en buena parte elíptico y los acontecimientos sostienen el aire de lo cotidiano. Una hija despreocupada de su futuro, lejos de la tradición del hogar (y esto puede ser una lectura nacional), más al tanto de un amor juvenil e intrascendente en fuga; una esposa “sometida” a una rutina, véase la de bañarse juntos –como cuando a todos sorprende que el protagonista no haga sus ejercicios- y seguramente el hábito de tener sexo en la ducha (habiendo un rato en que se va cuando ella entra o no le escucha llamarle metido en su carro, quiebres aun controlados en pos de lo apoteósico), y que esconde infidelidad –que indica algo convencional, una actitud machista, pero que va más allá- y la idea de gente corrupta y rebelde, desde la propia familia y uno mismo, aunque poco, sin notarlo, y que habla de un choque situacional, algo muy imponente, entre lo que es y lo que quisiéramos que sea (que es de lo que se trata la película), que termina en lo que recurrimos para generar nuestra satisfacción, a costa de lo antiético e inconsciente, que en el filme invoca la persecución de un culpable invisible o más amplio de lo que creemos, una enfermedad (a la que no calma un recurso sencillo, el de un suicidio, salvo como trama, y en el alcance de la obra se convierte en espacio y metáfora), una especie de locura. Mientras el filme es sugerente pero pleno en gags (patear la puerta de unos sospechosos o hacer señas en la calle recreando y generando hipótesis del supuesto crimen, lo que introduce un lenguaje no verbal que parece endeble o poca cosa al comienzo, pero termina como el motor de una virtud, que llega a acostumbrarnos y verse prodigo y auto-suficiente, potenciando la obra, la hace rica en su atrevimiento y creatividad formal), moviéndose en lo paulatino de lo “mínimo”, pero al fin y al cabo sin distanciarse (perderse) del espectador, logrando ser a su vez una película clara y cautivante, sin mucho esfuerzo, como potente desde el tono amalgamado a su hegemonía temática, la corrupción. Y es que se puede bromear con la idiosincrasia nacional, como vía de escape, sino resultamos trágicos. Por ello, un policía pidiendo dinero para fotocopias o gasolina, o aceptando tarjetas de teléfono como favor e intercambio a una necesidad, invoca nuestro criollismo criticado, muchas veces repudiado, pero de alguna forma tantas veces salvador, en lo último que nos queda para subsistir, y seguir adelante, sin por ello enaltecerlo en absoluto, simplemente saber que existe y tiene una razón o consecuencia más arriba. Y a esa vera nos conocemos, y quizá hasta surja reflexión e intento de cambio, aunque suene tan difícil, más no imposible. Y hacia ese lugar nos movemos, nuestra pequeña utopía patria. Pero antes, nos observamos, y nos reconocemos, entreteniéndonos, relajándonos. Y luego lo pensamos con calma, tal como una ola que nos ha mojado los pies.

El segundo es la identidad, lo de ser netamente peruano, que exuda por todos lados la película y a mi ver la que actualmente nos compete está a un nivel de logro más alto que su ópera prima, Octubre (2010), que fue premiada en el festival de Cannes con el premio del jurado en Un Certain Regard. Confieso que la primera película de los Vega en su momento no me llegó profundo, no me entusiasmó, donde percibí redundancia de nuestro séptimo arte, replanteado con su segunda obra, si bien encontré algunos valores donde había ingenio. El Mudo mejora tanto en su humor, el ambiente retratado y asumido, y la peruanidad, en cómo acomete nuestra realidad o costumbres, tanto las más notorias –el mes morado o el poder judicial- y las menos flagrantes; por plasmarlo de manera –aún- más compleja y sutil, y esto no sería una curiosidad de no ser por lo que logra. El Mudo es una realización que afianza y explota lo suyo con personalidad, seguridad y temple, con peso bajo la manga, y no solo por folclore “obligatorio”, o por cariño incondicional; mediante una contextualización llevada a plenitud, novedosa, saludable, contemporáneamente seductora, y artística. Hasta el punto de desnudar en repetidas ocasiones a la actriz Norka Ramírez, como la esposa de Zegarra, y jugar a las escondidas con su cuerpo, sin dejar ver nada frontal, solo unas tetas al vuelo que se hacen desear, bajo un encuadre que indica una noción estética, aunque imperfecta, que no sensual pero tampoco tan casual. El conjunto maneja bien nuestra mezcla de apetencias limeñas, lo nacional (principalmente), lo variopinto y por su lado lo universal, como con los chifas que hacen de centro de reunión para tranzar futuros entre compadres, en el compartir risas y lazos profesionales, o por una banda musical exótica en el interior de una casa ordinaria en la que los presentes no parecen estar en su habitad, pero se saltan la edad y se entregan al espíritu de la fiesta. Ese que recorre El Mudo, siendo todo un drama.

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