viernes, 16 de mayo de 2014

Akira

Se dice que esta película de 1988 internacionalizó al anime, lo puso en la mira e interés del mundo, y también que es la mejor en el estilo nipón del género de la animación. Primer lugar que se disputa principalmente con La tumba de las luciérnagas (1988), con Ghost in the Shell 2: Innocence (2004) y con algunas de las obras de Hayao Miyazaki, aunque la más famosa y galardonada sea El viaje de Chihiro (2001) del mismo Miyazaki, ya que con éste último va de gustos teniendo tan buen nivel en su filmografía.

Esta historia de cyberpunk en un contexto post apocalíptico expone mucha violencia, a través de una base llana de rebeldía juvenil, pandillas en moto representadas por Los Payasos –los rivales, los básicos- y Las Cápsulas –perteneciente al héroe del relato, a Kaneda-, como militares, guerrilleros revolucionarios y políticos en conflicto mediante constantes acciones extremas producto de tener -aunque se mezclen entre sí- intereses, defensas o ganancias en juego, como no podía faltar en el imaginario popular, religioso y cultural al que recurre la trama, bajo una conceptualización místico-científica, por más raro que suene esta conjugación. Debo decir que en efecto es una buena película (la justa adjudicación de culto inmortal en el anime y en el séptimo arte), pero no la catalogaría como el mejor anime de todos, sobre todo en la primera hora que me parece ordinaria (aunque sin quitarle el mérito de ser entretenida en ese trayecto), hasta que se vuelve compleja más tarde, arguyendo como leitmotiv sobre un especie de anticristo, fuera del estereotipo, en Akira.

Akira es un niño tratado en experimentos a razón de poderes mentales, lo que será recurrente; tendrá un “doble”, en Tetsuo, muchacho mediocre que se ve minimizado sin querer por su mejor amigo, por Kaneda, y al que le envidia –en un objeto metafórico de liderazgo- una preciosa moto roja de carreras; siendo llamados en ese destino señalado en la tercera guerra mundial, donde una bomba atómica arrasó Tokyo (ahora llamada Neo-Tokyo), y se supone que el mundo visto desde ahí. Este filme tiene magma suficiente para generar una argumentación y acontecimientos cierta e innegablemente jugosos, mientras el director de la película, Katsuhiro Otomo, afirma la intensidad que se prodiga en el inicio, con una brutalidad que es parte de la atracción de la que dispone para cautivar, jugando a su vez con varios lugares bastante conocidos, primarios pero viscerales y no menos importantes intrínsecamente.

Está el héroe por antonomasia, Kaneda (con la clásica y efectiva casaca de criminal iluminado, sino basta recordar Drive, 2011), de cariz ligero, imperfecto y contemporáneo, pero líder por derecho propio, demostrándolo una y otra vez, enfrentando su “normalidad” de cara a la manipulación del anhelo en Tetsuo, que no sabe manejarse como un dios todopoderoso (talento e ideal versus ambición a toda costa), llenándose la realización del espíritu de las obras que han hecho grande a Shakespeare. Implica una furia ciega y salvaje producto de la naturaleza humana, celos malsanos, frustración, incapacidad, ansiedades de protagonismo.  

El globo se desinfla (entre comillas) tras agigantarse cada vez más y más, y tiene de literal como de concepto (como una olla a vapor a la que se le rebalsa el agua o como el mismísimo big bang), hasta romperse en cierta forma por sí solo, haciendo gala de la idea de Akira, el gen preciado de la obra, ya que el resto gira a su vera, o es poco o inexistente aporte argumental, aunque por lo general un árbol que no es frondoso deja de ser bello, y no puede faltarle, si bien aquí las ramas son sencillas, lo cual no es nada extraordinario en el cine, si no fuera que el centro articula y proyecta con dominio y autosuficiencia, este se acerca notablemente a la obra maestra. Akira es más que un ser humano y no solo por lo obvio, lo cual se exhibe como una muestra de portentosa auto-superación del relato, y con ello se carga de emoción, de vitalidad, de sorpresa, de exceso, haciendo vivir al espectador unos últimos 40 minutos magníficos que bien pagan el éxito y el alcance que se prodiga la propuesta.

En la presente existe una “subtrama” de acción encaminada por el amor (endeble en creatividad) de Kaneda hacia Kei, la revolucionaria; y la de tres médium, de poderes psíquicos que trasforman la realidad y cosas por el estilo (hay uso del surrealismo y de lo onírico en la película), niños de aspecto raro, avejentados, que complementan el conjunto. Este sci-fi recuerda algo a Philip K. Dick, a ideas pseudo-ciéntificas y paranormales, lo cual no hay que olvidar, y se maneja muy bien en sus coordenadas, si bien terminas preguntándote engañado/cautivado por una veracidad que llegado el momento patea los antecedentes con suma soltura, grandilocuencia y una seguridad que es remarcablemente coherente tal cual, y hacen de éste séptimo arte un disfrute bien pagado. Ahí sí genera verdaderos adeptos de ojos y bocas bien abiertas. En el otro espacio simplemente nos hemos dejado llevar por su fuerza elemental, una apuesta a ganador (¿no lo son las motos en combates callejeros?, como esa imponente moto ya legendaria de color rojo que atrapa hasta el más reacio). 

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