jueves, 22 de mayo de 2014

Paranoia Agent

Uno no puede dejar de ser completista en esas ocasiones que bien lo ameritan, llevándome a nadar por lo tanto en el conjunto de sus 13 capítulos de 24 minutos cada uno, en esta serie de anime, y no solo quedarme con las 4 fantásticas películas que tiene Satoshi Kon en su corta filmografía, muerto de cáncer pancreático a la temprana edad de 46 años, dejando un cierto hueco en el anime, donde brilló entre los más grandes.

Perfect Blue (1997) es su obra más compleja, destinada a los más fervientes fanáticos de Kon y del anime –siendo uno de los mejores del rubro- y, qué duda cabe, a los más exigentes, sobre la fama y el éxito, lo mediático y la locura. Sigue Millennium Actress (2001), la que versa en dar a la luz las memorias de una actriz legendaria para un periodista en especial que escuchará como ella mezcla su propia vida con su labor cinematográfica en una unificación de dos partes que se retroalimentan mutuamente quebrando todo límite entre sí, viéndose que en las películas de Satoshi Kon las formas aportan un lenguaje imaginario visual de cariz privilegiado. A continuación, Tokyo Godfathers (2003), su filme más amable, uno emotivo y sensible pero con arte, mucha aventura, comedia y su toque noir existencial, sobre tres vagabundos (un travesti maduro, solitario y con carácter; un alcohólico y ex apostador de juegos caído en el inminente fracaso y la fractura de su hogar; y una niña mimada huida por un acto delincuencial familiar) que se topan en navidad con un bebé abandonado y deciden hallar por sí mismos a sus padres, habiendo una auscultación interior de cada uno y de dos posibles progenitores. Es una historia entretenida y muy fácil de ver; una apuesta segura al mundo de Kon, para todo curioso. Por último, desde luego no menos importante (las cuatro lo son), Paprika (2006), su obra más popular en cuanto a unanimidad, en un retorno a la cosmovisión onírica y surrealista de Perfect Blue, aunque mucho más clara y fija en la trama, con mucha acción y metalingüística, en ir tras los pasos de un traidor o terrorista infiltrado en un sistema capaz de manipular el subconsciente y los sueños, contra un criminal que tergiversa el ideal de sanación que invoca el proyecto, convirtiendo en una pesadilla la realidad, mientras Paprika, la heroína, es el álter ego de Chiba Atsuko, co-creadora del invento, y la encargada de resolver el conflicto y el misterio.

Así llegamos a Paranoia Agent que tiene su centro en el Shonen Bate (el chico del bate) que es un niño de gorra y rulos oscuros, patines dorados y bate doblado de béisbol del mismo color, que suele pegarle batazos a gente que está reprimida o al borde de explotar, que ya no pude guardar ni soportar algo en sus vidas, y éste aunque violento es una especie de salvación o pretexto psicológico fantástico para pasar la página, o darse de golpe, valga la ironía, con los hechos inmanejables, en la que es una creación inverosímil, ilógica a un punto (ya que se trata mucho de algo mental, y juega en esas propias reglas sin límites, simbólica y sugerentemente), increíble, si se quiere, que aunque se convierte en una especie de leyenda urbana, vox populi, y yace ubicuo (al punto de la sobredimensión, el rumor, la paranoia recurrente y que llega a distintos tipos de enajenación, la monstruosidad, el videojuego imaginativo, la ilusión, el terror o lo delincuencial), hasta cobrar vida en un doble, lo que es solo la audacia de Satoshi Kon para meter en la pantalla el universo que le apasiona en el arte; que recuerda a David Lynch, un referente ineludible, si bien lo de Kon es personal, único también, y si de comparaciones tratamos patenta igual radicalidad en su personal cualidad de divertimento, sólo que dentro de un ambiente de relajo (compenetrando intelecto con sobre todo intensidad y entretenimiento, de cara a cautivar al espectador promedio, una hazaña vista la esencia, y lo logra, que llega incluso a lucir a ratos muy fácil), aunque a través de cierta rareza o particularidad argumental, es decir, un tema aun poco estudiado en todo el alcance tratado por Kon, a pesar de tener muchos visos de identificación primaria (incluyendo a lo formal), sobrellevando una parte “lejana” en cuanto a lo cotidiano, sin embargo siendo fiel al dibujo animado en tierras de anime y a su idiosincrasia, que fuera de ciertas apariencias cavila en una temática general madura, para adultos, y no solo eso, se tratan directamente asuntos delicados como la pederastia, el incesto, el suicidio –este presentado mediante comicidad, ironía y más tarde paradoja-, la carga familiar en la enfermedad, la frustración existencial incluso desde la infancia, o la misma locura en distintas clases, como la doble personalidad autodestructiva –en el mejor episodio del grupo, junto al del metalenguaje en que se contextualiza en un relato criminal el quehacer y los artífices de un anime- o las falsas memorias que desarrollan espacios de refugio pero a su vez de intimidación mental y autoflagelación, a partir de lo bastante libre, fresco y extrovertido, a veces algo bobo, infantil e intrascendente, sin complejos, notando que lo suyo “esconde” una naturaleza oscura, complicada, que implica la revelación metafórica –por un lado expuesta, como se ve notoriamente en el último capítulo- del conjunto acerca de la realidad nipona en cuanto a la congestión, la velocidad, lo tecnológico, la ambición, la desilusión y la tensión urbano vivencial, y a esa vera lógicamente el planeta y las ciudades en que vivimos.

En los 13 capítulos hay mucha novedad desde la “sencillez” y en buena medida independencia -habiendo episodios más ligados que otros, como en los tres últimos para cerrar el caso- no descontando algunos lazos de interconexión, ya que existe el misterio de quien es el Shonen Bate, que tiene su nexo con un personaje que también está en todas partes, Maromi, un perro rosado de peluche creado por Sagi Tsukiko que es la primera víctima del chico del bate, y la que tiene una participación capital, si bien lo más atractivo de esta serie es la manera de representar la paranoia con cada episodio, a la par que somos agentes tras sus rastros.

El Shonen Bate es perseguido por dos detectives de policía, Keichii Ikari y Mitsuhiro Maniwa. El primero un oficial más o menos cincuentón, clásico en todo sentido, pero con un mundo interior a cuestas que debe enfrentar. Hay un juego de desdibujar/esbozar a los animes en el capítulo de la producción, en el que participa, de hacer de la vida literalmente -y lo que significa con ello- algo plano y sin sorpresas, una lectura más de escapismo, que valga la curiosidad le sucede a alguien que defiende todo lo contrario, pero es que el desgaste cobra factura. El otro es un joven policía novato que tiene despierta la credulidad de lo fantástico, un héroe que hace referencia al lector de manga y al espectador de anime, que más tarde valga la gracia se convierte en un superhéroe nerd y llega a oír hablar a unas muñecas. En ese aspecto Satoshi Kon no se hace ningún problema, deja en claro que está ante un anime -que tiene toda libertad- e introduce cuanto le parece, como una ola masiva y expansiva de color oscuro invadiendo la ciudad arrasando con la gente, o combates al estilo de la leyenda de Zelda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario con educación. No coloques enlaces a otros espacios. Evita dar spoilers si bien todo aporte argumental puede expresarse con sutileza. De lo contrario no se publicará.