martes, 24 de noviembre de 2015

La trilogía de la vida

En homenaje a uno de los grandes directores del séptimo arte, del que el 2 de noviembre se cumplieron 40 años de su muerte.

El Decamerón (1971)



Nueve relatos engarzados y fluidos que adaptan la obra de título homónimo de Giovanni Boccaccio, que tuvo tanto éxito que se convirtió en una trilogía, en donde Pier Paolo Pasolini da rienda suelta, o confabula con el original, en el pensamiento de irreverencia y mofa hacia la religión, mostrando a curas, monjas y a la propia iglesia como un espacio de erotismo y de libertinaje, junto  a ladrones, mujeriegos, damas infieles, pecadores, pícaros y tipos audaces, todos detrás del fresco o mural de un pintor, Allievo di Giotto, interpretado por el propio Pasolini en que estipula el juego y el sueño, luego convertido en arte, que para él es secundario al placer que emana del magma de lujuria, comedia, alegría y argucia de sus historias y vivencias, para hacerse con la chica hermosa, con la riqueza o simplemente salir libre de polvo y paja ante alguna travesura, que como dice uno de los cuentos (el de los amigos que se prometen volver de la muerte y contar donde terminaron, en el cielo o en el infierno), hay supuestos pecados que no tienen castigo, donde la sensualidad y el coito pasajero brillan como pasión por la vida, aunque tenga sus riesgos, como que un joven pretendiente, de otro de los cuentos, termine muerto con su cabeza venerada en una planta. Sin embargo lo que más predomina es la felicidad de gozar el momento, olvidando consecuencias y peligros, atreviéndose, radicando en la intensidad de existir, argumento central del filme; habiendo un buen toque de simpática comedia, especialmente en aquel milagro entre las monjas anhelantes de que se cumplan sus deseos carnales con el jardinero tonto y sordomudo, pero perfecto padrote de tanta hembra fogosa, aunque estemos hablando de religiosas entregadas a Dios; como de aquel cura que dice transformar a su burro en mujer cuando lo requiere para tener abrigo caliente por la noche, y luego regresarle a animal para subsistir económicamente, con lo que termina acongojando a un marido cornudo e ingenuo poniéndole la cola a su mujer, que resulta un relato hilarante, en quien tiene la gestualidad a flor de piel y un parecido notable con Roberto Benigni; entre actores jóvenes y bellos, chiquillas luminosas y desinhibidas (no faltan desnudos, y toques sensuales, como el del gorrión), pero también otros poco agraciados (como desdentados, entradas en carne y ancianos de rostros graciosos), que hacen una conjunción poderosa de naturalidad, gracia y estilo, uno medio neorrealista, donde muchos de los actores no profesionales sonríen abiertamente a la cámara, parecen posar, intentar seducirla, o mostrar simplemente un cariz festivo, de entusiasmo. Dentro del grupo de intérpretes sobresalen dos nombres fetiches de Pasolini, en su historia respectiva, el gran Franco Citti que hace de un hombre ladino y terrible que hasta el final hace de las suyas, logrando burlar un merecido entierro vulgar, bajo un poderoso dramatismo; y Ninetto Davoli como un tipo pícaro y cómico que es engañado, pero logra salir victorioso al final.

Los cuentos de Canterbury (1972) 



La segunda película de la trilogía de la vida es la adaptación de la obra de Geoffrey Chaucer (interpretado por Pasolini que yace entre sonrisas, acopios del entorno, uno medieval, e imaginaciones del pueblo) que tiene mucho parecido con la de Boccaccio y, desde luego, bastante con la anterior película de Pasolini. Nuevamente es la búsqueda de la felicidad y el goce pasajero el que asoma en la picardía, la travesura y en la infidelidad en general, en la mayoría de relatos (en uno la actriz y asidua colaboradora y amiga de Pasolini, Laura Betti, hace de ninfómana y matrona a la vez; acotando que el sexo sobrevuela por todas partes en el filme, incluso hay anexos de este tipo en tramas independientes a ello, como en plena comedia supuestamente naif vemos danzar a mujeres desnudas), habiendo otras historias de excepción sobre transportar esa misma audacia hacia otros menesteres como el interés económico o la subsistencia dentro de una existencia fácil y rápida, como con Ninetto Davoli que hace de un tal Perkin figurando a Charlot en un día a día de aprovecharse irónicamente de las situaciones en tono inocente (en el que es un homenaje claro al maestro, sobre todo teniendo a Josephine Chaplin, hija del gran Charles Chaplin en uno de los relatos, haciendo de una mujer vulgar y carnal que se casa por la presión del dinero y el poder, sin embargo logra hacer de las suyas en un jardín encantado con ninfas y elfos, en una burla obvia a lo burgués, con un marido privilegiado que se cree en derecho absoluto de todo y al que se le toma el pelo); otra historia de ese tipo es la de tres estudiantes mataperreros que gustan de fastidiar por donde pasan, que sin percatarse de la simbología entre manos quieren burlar a la muerte, de lo que terminan sancionados por su pútrida ambición y traición, que aunque Pasolini se posicionaba en la libertad y el libertinaje, exhibe castigos a un comportamiento de corrupción, pero que en el cineasta italiano implica más fuerza contra lo político y religioso, como se aprecia en el relato con Franco Citti que hace del demonio, tras un colaborador (delator) de la inquisición que es despreciable y falso (en donde Pasolini aprovecha para ilustrar la hipocresía en cuanto a la homosexualidad, en un cuento literalmente chillón, y brusco, y un subrayado que se perdona por el cariz de ligereza, sarcasmo y burla que brilla en el conjunto); después el cierre es lo más descarado que puede uno imaginar en cuanto a una crítica eclesiástica, el infierno es un culo gigante que escupe frailes por los aires, arrojándolos como pedos, mientras en otras partes son sodomizados y juzgados sádicamente por su cinismo y doble cara, como sucede con aquel cura que va a un lecho de un moribundo con el interés real de sacar provisiones para sí mismo y recibe una flatulencia (la mofa es notoria, y pre-visualiza lo que más tarde será el golpe mayúsculo en Saló o los 120 días de Sodoma, 1975), de lo que se hace una doble crítica, hermanadas, señalando que el dinero/el-poder es el bastión para la impunidad, el abuso, la omnipotencia y los lacayos, todo en un empaque de relajo y entretenimiento, aunque menor a su filme predecesor,  no obstante se hizo con el oso de oro del festival de Berlín de 1972.

Las mil y una noches (1974) 



El filme concatena pequeñas historias, solo mencionando algún nombre legendario del libro maestro que adapta como los 40 ladrones, de Ali Baba, relato que no incluye, ni a Scheherezade, mientras fluye inicialmente como en una sola trama (que hace de hilo central) en la graciosa esclava negra llamada Zumurrud (Ines Pellegrini), vendida por propia voluntad al emotivo joven Nur Ed Din (Franco Merli), guapo para ella, seductor, y bastante humilde, bajo un rostro lejos de ser perfecto (igual al de muchos en el filme), desarreglado, de dientes torcidos, de lo que un viejo rico rechazado y ofendido por la esclava manda a un sirviente, conocido únicamente como el de los ojos azules, a secuestrarla para castigarla, y es ahí que empieza un periplo lleno de aventuras en pos de la búsqueda mutua de que la pareja se reencuentre, invocando al amor pleno, que tiene cabida en varios relatos; véase en uno lúdico, cómico (el de la apuesta tras las capturas), en otro fantasioso y siniestro (en el descuartizamiento); tanto como el sexo y la exhibición de genitales masculinos más que los femeninos, que exuda erotismo y desinhibición por todas partes, donde los desnudos son parte trascendental de la propuesta, y de la ideología del director y del sentido de ésta trilogía, pero invocando finalmente naturalidad por sobre irreverencia, y, sobre todo, acoplándose al entretenimiento. Para luego, en medio del sexo y la felicidad de éste, con el risueño Merli metido en una orgía, bajo un aire humorístico y con el uso de pequeñas metáforas verbales, se pase a la implementación de cajas chinas, y una estructura bastante compleja si se quiere, perfectamente hilada en que los relatos toman mayor vuelo, como el más largo en el de Ninetto Davoli en el rol de Aziz que prefiere el libertinaje y la aventura carnal, con una misteriosa belleza, al amor convencional, dentro de un tránsito de madurez en que reconoce tardíamente la entrega afectiva, haciendo antes gala de la poesía de la infidelidad, el desnudo, el juego y el placer, mientras su prima Aziza hace de confidente y ayuda con su amorío, sacrificándose. Otras historias implican sobrenaturalidad, como salvar a una mujer de un demonio que la tiene enclaustrada, interpretado por Franco Citti; o ir a cumplir un destino mitológico; o la de enamorar a una mujer que desprecia al otro género y se presenta la integración como un gran reto, en una película grabada en el bellamente natural y terrenal Medio Oriente donde brillan las bañeras árabes y las cámaras subterráneas secretas, en un territorio revestido de sensualidad y un poderoso goce por la vida, a diferencia de lo que hoy plantea una fe castradora, la que combate Pasolini, visionariamente, fiel a su intelectualidad.  Recordando que Las mil y una noches se hizo merecedora del Grand Prize of the Jury en el festival de Cannes.

1 comentario:

  1. No sabía que había adaptación de Los cuentos de Canterbury!!!
    La busco!

    Besotes

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