sábado, 21 de noviembre de 2015

Chantal Akerman (5 de junio de 1950- 5 de octubre de 2015)

Un pequeño homenaje a una de las grandes exponentes del cine arte mundial, que nos acaba de dejar; conociendo parte importante de su filmografía.

Je, tu, il, elle (1974)


Una película bastante sencilla, que podemos dividir en tres partes:

Primera parte. Vemos a una chica simple, fresca, natural, parecida a muchas, un poco vulgar, interpretada por la misma Chantal Akerman que se debate en un mal momento, sufre una depresión, y aunque no lo manifiesta llorando o generando una dramatización visualmente dolorosa, vemos como se deja arrastrar por la nada, encerrada en su cuarto, de lo que le es indiferente el mundo, mientras se dedica a comer azúcar de una bolsa de papel, escribir una larga carta que distribuye por el suelo o a cambiar de lugar los pocos muebles del recinto. Se desnuda, se observa, se afirma y deja pasar el tiempo, como forma suponemos de cura, o de no quedar otra salida ante la impotencia de un gran sufrimiento, trata de flotar con el viento, generando otro tipo de emotividad más profunda que una lacrimógena, melodramática o verbal (entrando como en un trance de una especie de locura, una entendible, que implica algo específico pero llega a volar más lejos, hacia mayor abstracción), aunque una voz en off se encarga de señalar lo que pasa o va a suceder, siendo muchas veces redundante e innecesaria, pero de todas formas sin ella hubiera sido quizá más complicado de entender que ocurre, aunque lo que vemos trasmite fuerte emotividad, más allá de lo evidente.

Segunda parte. La muchacha decide interactuar con la calle (aunque es solo un trayecto), conoce a un camionero (Niels Arestrup), e igual se dedica a perder el tiempo (la obra es de un vagabundeo bravo, es la pérdida de toda brújula, teniendo al amor como bastión), acaeciendo un intercambio pasajero hasta lo elíptico, con un monólogo de por medio bastante sugerente, sensual, pornográfico, en el que es un paliativo para las carencias, los conflictos personales, familiares, la soledad, la desilusión y el abandono (el ordinario camionero también existe).

Tercera parte. La joven busca resolver el conflicto que sobrelleva, el que le destruye el mundo, surgiendo una lucha, el canto de la efusividad y los reproches silenciosos, habiendo tremendo clímax lésbico (con la actriz Claire Wauthion) dentro de distintas etapas que representan los estados de una relación (dulzura, lascivia, rudeza), en un filme de un cine arte que yo llamaría humilde, bajo una cuota de transgresión y honestidad emotiva que circunda por toda la propuesta, y aunque la creatividad es austera en todo sentido, su transparencia y sensibilidad le trasciende, es lo que más perdura.

Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975)


Denominada unánimemente como su mejor película, una bastante exigente para cualquier espectador, que dura 3 horas 20 minutos más o menos; exigente no solo por el tiempo de duración, sino porque hace gala del tiempo real en la exhibición de acciones monótonas y minúsculas (con algunos pocos cortes finalizadas las largas escenas), en quehaceres del hogar, donde a la protagonista, a Jeanne Dielman (una magistral Delphine Seyrig, en la máxima obra de su carrera), la vemos cocinar hasta en el detalle, amasar carne molida o cortar papas parsimoniosamente, lavar los platos, tender las camas, arreglar la ropa, preparar café, limpiar los zapatos de su anodino hijo adolescente con quien suele conversar cultamente (él es medio intelectual) donde ella luce sencilla y algo indiferente, escuchar música, salir a comprar comestibles, realizar arreglos pequeños y transacciones ordinarias, desde caminar por las habitaciones, tomar un antiguo ascensor, recorrer el pasadizo de su edificio y terminar en las calles, en toda lentitud natural, en que todo resuena a una vida ordenada, disciplinada, de cierto sacrificio y repetición, el dote de una gran insipidez, si no fuera porque Jeanne Dielman es una discreta prostituta; sin embargo incluso ahí lleva una vida de control y organización, hasta que algo quiebra la rutina y su mente, un orgasmo, una explosión de éxtasis, con la persona equivocada, en lo que se siente como una especie de violación, como el robo de un alma, un sentir de injusticia existencial, que bien lo había conversado con su sensible hijo, de entregarse solo al amor; y hace pie la entrada de una psiquis que venía anticipada, en todo ese trayecto moroso y fulminante que es el filme, en esas meditaciones estáticas momentáneas de Dielman, que apelan a toda nuestra paciencia, creyendo detenido el tiempo de metraje y que hacen sentir todo el agobio y pesadez que lleva su vida (no es extraño que el clímax sexual luzca como una asfixia, una sofocación, una estrangulación), pero específicamente en el llanto del bebé de la vecina que yace a su cuidado brevemente y del que ella huye incapaz, al retorno de la rutina, a sentarse a tomar café, y es como meternos en una cabeza a punto de estallar, enloquecer, tratando de estar contenida, de lo que se crea un poderoso suspenso, transformando la historia en una película de terror, que bien se justifica en todo el metraje, habiendo una lectura conjunta de intelectualidad, donde habita la fuerte emotividad soterrada, que en su reverso invoca la pasión en la vida, exaltándose una oda a la libertad femenina, bajo la opresión sexual que siente Dielman desde curiosamente la prostitución (no solo es entregarse a la persona idónea), a partir de la frialdad de su existencia, como por su anodina situación de ama de casa, donde una carta “infame”, dentro de la preocupación afectiva, de su hermana, le dice de forma directa que siente pena por ella, por su soledad y la de su primogénito, cotejándolo con lo que se supone debería ser llamada una existencia tranquila, siendo significativo el no hallar cómo responderle, al igual que no sabe resolver/cambiar su vida, llegando a la peor desesperación.

Los encuentros de Ana (Les rendez-vous d'Anna, 1978)


Ésta película de Chantal Akerman se trata de cinco encuentros que tiene nuestra protagonista, Anna Silver (en una muy buena interpretación de Aurore Clément, entregada al papel y al ánimo del filme, uno medio melancólico, solitario, de agotamiento, meditativo) que es una cineasta y un claro alter-ego de la propia Akerman, que está en gira de promoción de un nuevo filme, por lo que debe viajar a Alemania, luego a Bélgica y regresar a Francia. En el camino conocemos como se siente, quien es, y a ese vacío que la atrapa, como desganada de vivir, de no saber encontrar la felicidad ni la plenitud total, aun teniendo un trabajo envidiable, en el arte, que a ella le agobia en su monotonía, en su soledad y hasta en su cierta tontería, de lo que el filme hace hincapié en las formas y tomas, unas lentas, pesadas, largas, que reflejan el estado de ánimo de la protagonista, que es toda apertura en realidad, hasta el desnudo literal, en su sencillez formal, ya que es una mujer de una transparencia enorme, pero también de una introspección a la par, con lo que denota no saber lidiar con el mundo, con las relaciones afectivas, ni con la consolidación convencional o las exigencias emocionales comunes, más allá del éxito que a ella poco le importa, más lo ve como un mecanismo cansino/agotador, propio de la depresión. Anna tiene opciones, pero ninguna la satisface, al comienzo vemos a un profesor alemán que conoce casualmente e intentan una relación sexual efímera. El hombre termina siendo un buen tipo, inteligente y sensible por igual, pero a ella le es indiferente, porque no le produce amor, como se lo revela y mantiene. Después tenemos a una ex pareja suya, hijo de una gran amiga, mayor que ella, llamada Ida (Magali Noël), con la que conversa en Colonia (Alemania), más bien escucha, de la vida (lo que representa un amor tradicional, los cambios en una relación antigua y como subsistir ante ellos, en un claro canto de predisposición positivo/negativo, que en Anna la hacen justificar dos renuncias de casamiento y sus huidas), de lo que ella sigue empecinada, prefiere la nada. En el que es todo un viaje a la desazón existencial, como ese recuerdo doloroso de la latente segunda guerra mundial que sobrevuela de paso en algún diálogo, o en la economía de los países y el sentido de logro y goce íntimo y personal, como invoca el amable y abierto sujeto desconocido que se le acerca a fumar en el tren, quien como ella viaja mucho, pero no halla lo que busca, que incluso parece no estar del todo consciente que es, pero tiene a Francia como última opción, el llamado lugar de la libertad, esa que pretende el filme cuando el dolor silencioso y elíptico nos tiene sumergidos en lo hermético, aunque tenemos los sentidos despiertos y obsequiamos alguna oportunidad, como se deduce de aquellos encuentros, que desnudan al espectador la idiosincrasia de Anna. Y hay más, también está el amor lésbico en la narración detallada que le hace a su madre en Bruselas (Bélgica), en el rol de sabiduría de Lea Massari, con la que le habla de no saber corresponder, de no hallar esa imagen que ve en ella. Es un diálogo franco sobre la identidad sexual, que termina diluyéndose en una llamada más en el contestador, de quien está en otro mundo, encerrado. Y ni con un amor que supone ideal o el que más le mueve, aunque plasmado en los ratos idílicos (la esencia de ella, liberal), con su pareja formal, logra ver una salida, no obstante la ironía es que se interrumpe el instante, ya no por ella, que debe irse temprano, sino por algo impensado. Anna trasmite emotividad “secreta”, detrás de una firmeza que rehuye el llanto, como al cantarle a Daniel (Jean-Pierre Cassel) la historia de esos encuentros perfectos. Y es la utopía que lastra, el miedo, el pesimismo, una vocación de tragedia, una enfermedad.

Toute une nuit (1982)


Un filme avant-garde de factura sencilla en que hay muchos instantes “inconexos” entre sí, pequeños fragmentos o viñetas, de encuentros y  rupturas amorosas y sensuales, como a su vez momentos de soledad e introspección, en que el conjunto se convierte en un estado de ánimo, sumamente emotivo pero no empalagoso, de prominente espíritu sensible, de una profundidad sensorial trasmitida al espectador, pero sin llegar a la explicites burda, pero sí una exhibición abierta, segura de sí y honesta, exudando autenticidad, un pequeño pensamiento autobiográfico de las relaciones de pareja, el amor conflictivo y nuestra soledad existencial, como aquel del desenlace en la lucha sin violencia entre dos pasiones.

Una propuesta plenamente romántica donde echar a correr, irse abruptamente o quedarse quieto meditativo por una larga toma transfiere belleza artística, plasmando el momento de nuestra humanidad esencial con gran intensidad vivencial, el estado de nuestros afectos, a través de un baile frenético, una canción, un arrebato, tras una fijación, unos silencios, unas palabras casuales, prestar atención a la atracción o al reparo, en medio de la grabación de una larga noche reflejando nuestro mundo interior, que termina en el amanecer y un nuevo día que implica el mensaje de dejarse llevar, por el cuerpo y sus anhelos, aunque no nos toque ser tan racionales. Dejar volar nuestras pasiones, atemporales, efímeras, desprovistas de juicio moral, libres, explosivas, infantiles, muchas veces erradas, desesperados, simplemente humanos, bastante imperfectos, pero a su vez tan poéticos y vivos.   

Nuit et jour (1991)


Una película que parece explicarnos Toute une nuit (1982), sobre un ménage à trois. Una mujer, Julie (Guilaine Londez) se enamora de dos hombres, deseándolos por igual, de su pareja, Jack (Thomas Langmann), y de un amante, Joseph (François Négret). A uno lo ve de noche mientras el otro trabaja como taxista y viceversa (la traducción del título es Noche y día). Es un filme de notoria mirada femenina, libre en todo sentido, irreverente en buen punto, pero también en parte egoísta, porque ambos hombres la aman con verdadera honestidad y pasión, le son fieles, son correctos, entretenidos, interesantes, profundos y afectivos, y, desde luego, la quieren para sí solos, como se lo dice Joseph, que sufre compartirla, aunque llegó después, y ella le explica que de dejar a uno sería a él, por ese motivo, sin mayores justificaciones, porque Julie es una mujer curiosa, que se deja llevar por su cuerpo, o sus anhelos primarios, lo inmediato, es un ser en toda libertad, infantil, poco meditativa, y en ese aspecto Chantal Akerman muestra una diafanidad potente, donde Julie hace lo que le da la gana, actuando inconscientemente, se deja llevar por el placer más rabioso, y no remite a ninguna moral ni lealtad de pareja, es un antihéroe en toda regla, como en aquel desenlace fresco y algo incoherente (con lo convencional), pero es que ella tiene su propia concepción del amor, que no es otra que la pasión desbordada en su lugar, el éxtasis momentáneo, rehuyendo al romance clásico, a las responsabilidades y a los lugares muertos, poseyendo otra forma de expresión afectiva, más carnal, hedonista, atrevida (donde prima, junto a Joseph, el cambio de hotel para esconderse, la aventura, la huida antes del amanecer; y en el día con Jack juguetear en la cama, habiendo una amenaza pasiva, como la de los vecinos tocando la puerta a cada rato; exhibiéndose una atmósfera donde no hay descanso ni agotamiento, ni existen malos tratos como excusa del engaño, lo que hace más osada la propuesta), que manifiesta un sentir contemporáneo, y aunque nada en lo cool, es el quehacer de las fantasías, que deja  de lado la entrega, que no sea lo corporal, a la vera del estribillo del goce o nada, que hacen una mirada algo difícil de aceptar por la madurez, pero que brilla en su autenticidad, en su llamado lúdico intenso, como el significado de esa remodelación del apartamento, en que uno creería que se trata del simbolismo de romper una pared, o sea, de construir de nuevo el amor, como dice un diálogo tras lo racional (del que escapa trasgresoramente; en un guion entre Akerman y el también director de cine Pascal Bonitzer), pero que en realidad implica romper un tabú, las ataduras ortodoxas, y hacer un espacio más amplio de decisión, aunque nos sea chocante, en un filme expuesto desde una gran sonrisa, en esa felicidad que irradia la protagonista, con hombres relegados a su mirada (unos que por estar en silencio no quiere decir que sean profundos, con lo que el filme se hace más picante, igualitario y audaz), que permite una nueva poética, sin necesariamente compartirla.

La cautiva (2000)


Hasta hoy me sorprende notar que los filmes más interesantes a la hora del recuento no son a menudo los más entretenidos, los más fluidos y atrapantes en primera instancia, en su visionado, ya que quedando algo complejo en la introspección de una propuesta a uno le provoca una sonrisa al terminar de ver la película, siente que el tiempo ha sido bien invertido finalmente. No es una regla inamovible, pero sucede como cierto estándar. Y de eso va ésta adaptación de la quinta obra de En busca del tiempo perdido, libro magnánimo/maestro de la literatura, perteneciente a Marcel Proust.

La Cautiva es un estudio sobre los celos y la imaginación que esto contrae en el pensamiento de un hombre hacia su idealizada, sensual y pasiva pareja (siempre elegante en tacos altos y vestido), esa que es anhelada como impoluta, desprovista de verdadera identidad que no sea la idea de la perfección que en la presente trama se reduce al vacío de la personalidad, en donde en la mente de un joven refinado y acaudalado de nombre Simon (Stanislas Merhar) ella pasa por el libertinaje, hasta la prostitución y la bisexualidad, como se ve en la búsqueda de referentes en la calle a ese maniquí que es su mujer, Ariane (Sylvie Testud), que en realidad no importa que sea o no infiel, que quizá se le descubra fraudulenta (pasa hasta por irrelevante), sino los monstruos que crea en la relación la desconfianza enferma de Simon, todo producto de unas pequeñas palabras de afecto que Ariane le dedica a alguien sin que se conozca su destinatario en un viaje de vacaciones a Normandia que hizo hace un año, de lo que arranca la película con la proyección de una película casera de ese verano en que Ariane sale jugando en la playa con sus amigas.

El filme parte además del desconcierto, él la persigue en “secreto”, la manda a vigilar aludiendo acompañamiento de una amiga en común, mientras ella es como un robot, muestra extrema sumisión (hasta el sexo es particular, sucede cuando ella pretende dormir, dispuesto al erotismo y control de él, como en un fetiche, como que por una parte todos estos celos ocultaran cierta lujuria y hedonismo, en los supuestos), cuando Simon la imagina en la traición, buscando constantes indicios, que muy lejanamente los puede haber, como con ciertas amistades femeninas, no obstante ella es firme, niega todo y en calma, con paciencia y afecto a prueba de balas, pero a pesar de ello ronda como un fantasma, surgiendo distintas formas de mortificación para Simon, las mayores, propias, detectivescas, hasta la curiosidad de lo directamente surreal como que Ariane salga a cantar a un balcón y le corresponda una mujer equis en otro balcón, y como dos pájaros seduciéndose canten una tras otra respuestas mutuas. La Cautiva es claramente la historia de cómo perder el amor, a través de los celos, sobreviviendo la noción de libertad, en lugar de la enfermiza autodestrucción de ese pacto.

La folie Almayer (2011)


Adaptación de la novela debut de Joseph Conrad, publicada en 1985, y que retrata al colonialismo, la ambición desmedida, el choque de la identidad y la enajenación de la selva, dispuesta en sombras y algo de misterio, como que alberga un poder mayor al de cualquier hombre, generando un estado mental de obsesión y perdición, a través de cierto caos narrativo e intrincamiento, tratando los afectos, la independencia, lo cultural, el juzgamiento, que refleja lo colectivo, con notas al vuelo, brevedad explicativa, elipsis, como dentro de una nubla, y un arte que se forma de pequeñas y sencillas construcciones como en especial la de aquella playa blanquecina de ruptura, sentados en la orilla al son de la ilusión, y más tarde el barco de vapor en el horizonte. La película está reubicada de fines del siglo XIX a 1950s.

Nos ubicamos en Malasia, donde un europeo de origen desconocido, holandés en el libro, Almayer (Stanislas Merhar, bajo cierto cariz aburguesado, un hombre débil o debilitado físicamente, que yace bastante bien en la expresión de sensibilidad, decadencia y locura que es tan vital en la trama), sueña con enriquecerse producto de la búsqueda de una mina de oro en el plan de un capitán y mentor llamado Lingard (Marc Barbé), para poder llevar a su hija a vivir como una caucásica rica a Europa, a Mina (la novel Aurora Marion, que fuma contemporánea detrás de algún aire feminista), mestiza de piel oscura, y la luz de sus ojos. De lo que la fémina se debate entre dos mundos, el nativo malasio, representando en un pretendiente disidente del colonialismo y medio oportunista, de nombre Dain, como en la madre autóctona de la zona asiática, que yace en parte abstraída del mundo, Zahira, y quiere que ella siga sus raíces; y en el otro está el padre blanco enloquecido por hacer de su hija una dama europea, cuando la sociedad colonial la rechaza por verla nativa malasia.

Empieza la película con un flash-forward hacia el final de la historia, donde Dain en un bar de baja categoría canta Sway en la versión de Dean Martin, acompañado de varias mujeres, una de ellas es Mina, simbolizando su cariz de mujeriego y de cierta decepción al amor de Mina, que presencia estoica como un fiel sirviente del capitán Lingard y del colonialismo mata a Dain de una puñalada, en un empaque muy propio de cine arte e irreverente a un punto, en una apertura que pretende ser ingeniosa y lo logra a medias solamente, de lo que ella termina cantando el Ave verum corpus, de Mozart, latín que invoca a Europa, en medio de una expresión de libertad, ante la eterna frustración.

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