domingo, 2 de febrero de 2014

Her

Mi atracción hacia el cine de Spike Jonze no empezó con sus extravagantes y originales largometrajes, que siendo franco me eran extrañamente indiferentes e incluso había un filme suyo que había abandonado (lo que más tarde claramente ha cambiado encontrando una cosmovisión muy sustancial). Fue con su corto I'm Here (2010) que me enganché, en que podemos ver lo que será más tarde la presente película, un relato romántico dentro del género de la ciencia ficción, en la que evitamos concentrarnos predominantemente en su envoltura creativa que tampoco es algo muy arduo pero sí bastante audaz –la que no solo es una poderosa fuente de atracción como acostumbra éste director, sino que cumple también un cometido de profundización en su conjunto, que elogio- ya que yace anclada a algo más importante, un retrato y análisis sobre nuestra humanidad, refiriéndose a lo que nos permite encontrarnos en esencia y concebir la felicidad, no necesariamente por medio de lo tangible. Como lo demuestra Her, la que parte literalmente de lo contrario, diríamos que de lo abstracto (una idea ejemplar viendo como la posesión física es tan celebrada en muchas culturas modernas, y que por supuesto es vital, pero que aunque suene tradicional decirlo es mucho mejor a la vera de algo rotundo en el corazón), una entrega mayor fuera de todo encasillamiento, en el cortometraje el donar nuestro cuerpo, en un acto sublime de vivir y velar por completo -relegándonos o haciendo imponentes sacrificios- por otro ser humano.

El corto es mucho más ligero que su último filme pero hondo y valioso en su medida, y es que ahora un contexto más elaborado articula más temáticas a la vera de lo que acabamos de detallar a grosso modo, en donde  Theodore Twombly (Joaquin Phoenix, uno de los grandes actores de la actualidad, el que tarde o temprano creemos merecerá un Premio Oscar, si sigue como va) un tipo clásico, de aspecto un poco tonto –como con en el uso de su evidente vestimenta anticuada, pantalón por arriba del ombligo en un aire de cariz universitario bastante serio pero desaliñado-  e intelectual, alguien de índole solitario, pero con un sentido del humor común a cualquiera afín a la travesura e idiotez donde anida y se esconde el espíritu extremo de Phoenix (basta ver la terrible I´am Still here, 2010) atraviesa por el trance de divorciarse de su mujer, Catherine (Rooney Mara, de bello rostro y cualidades prometedoras como actriz, aparte de que está actualmente en la palestra), por lo que tiene un dolor, un vacío y un común pero no menos complicado reto de superación personal que vencer; cree que ha perdido a la mujer de su vida y le cuesta dejarla ir (no quiere firmar los papeles de separación a más de un año de roto su nexo afectivo), que se ve reconfortado y absorbido por un idilio muy particular, se ha enamorado de un programa de computadora, experto en entablar vínculos emocionales y empáticos al ostentar en si la retroalimentación de información de la personalidad y los sentimientos del usuario y ante ellos crecer como ente racional que busca asumirse emotivo, pero es que la comunicación y conexión es como si fuera casi con una persona real que va más allá, subyace muy comprometida, llana en el trato, en un tono humano, abierta al otro y -ante esa interacción- consigo misma. Es estar muy despierto con el amor y eso cautiva; con la que comparte risas, aprendizajes, cariño, juegos, aventuras, intimidades, pensamientos existenciales, hasta sexo, en la voz de la sensual y ubicua Scarlett Johansson quien es Samantha, la dama y la relación amorosa perfecta, la que nos llena y nos subyuga, nos arrastra hacia lo mismo que manejaba el corto predecesor.

El desenlace nos muestra todo más fácil de entender y decidir, sin embargo la mayor parte del metraje que a un punto “engaña” o te captura en un tipo de historia es distinto, y nos pone como fuente de introspección un romance  de aire imposible, por lo menos arduo de concretar si eres exigente, enfrentarte a la realidad nada simple pero en buena medida placentera que conlleva, como a ciertos prejuicios y normalidad en contraste, contenerte en una relación freak, si bien Theodore Twombly tiene el carácter necesario para sortear esas limitaciones aun teniendo sus naturales dudas y sus momentos de confrontación con su entorno.

Spike Jonze como suele hacer, le proporciona muchos giros a su propuesta, aquí principalmente uno más, en un aspecto grandilocuente, en que además cambia parámetros para generar una nueva interpretación. Y ya lo veíamos en Cómo ser John Malkovich (1999) y en El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002). La primera es un ir a un estado continuo de sorpresa y reto, al meterse en la cabeza del actor aludido en el título, y exhibir un relato maleable y muy rico, que se mueve en temas como la inmortalidad, la visión de la realidad, la suplantación, el éxtasis de la admiración, la identidad, la transfiguración -no solo física- del sexo, el absurdo, la comicidad, la locura, la imagen como éxito, entre muchos otros pensamientos que se desprenden siendo un retrato que se teje como un divertimento, lo que implica no tomarse demasiado en serio, esbozando, articulando, dejando en el aire mucha filosofía sin necesariamente exprimirla o abordarla a consciencia. La segunda es otro interesante estudio analítico, aunque muy distinto al anterior que manejaba hartos cabos, que brilla en gran parte en la metalingüística, en el uso de cajas chinas, y en los vínculos entre arte, la vida supuestamente fidedigna y el cuento, mezclando la autoría con la calidad de ser protagonista de un noir que es en lo que se vuelve  a fin de cuentas, en una intensa y rocambolesca historia criminal que deja cavilar sobre dejar de ser un perdedor a través de la “ficción” (se pueden dar varias lecturas), hacer una relectura existencial a través de la creación que se desborda hasta contener el mundo, como en un estado de locura convertido en pequeña lección, creer en nosotros. Nuevamente Jonze hace gala de su calidad de entretenedor y vibra en un clímax que rompe todo espíritu de trascendencia. Lo que podemos verlo muchos más en Donde viven los monstruos (2009), película que saca afuera y promueve toda una vena infantil, la libertad total, pero en que se tiene el sentido de aleccionar al monstruo que todo ser humano lleva dentro, en una isla en que la gobiernan sus comportamientos exaltados, extremos, crueles o muy sensibles dependiendo el caso, impredecibles, de cara a un niño problemático (un juego de espejos) que vive en una casa disfuncional y por ende complicada, el que hace un viaje fantástico a un mundo de bestias de cariz mental humano primario (¿imaginarias?, eso no importa, ya que el filme sigue su propio código) que toman por asalto la existencia, y empeñan sus esfuerzos en vibrar cada minuto sin miramientos, hasta que se les revela que deben ser mucho mejor que eso, tomar responsabilidades, especialmente con su emotividad que refracta en mucho egoísmo, en un individualismo conflictivo. Es la gran sabiduría de la convivencia, todo reflejado en una realización sencilla, que aparenta no seguir convención narrativa hasta faltados veinte últimos minutos, redondeando y sellando su leitmotiv, aquella discusión casera pero de suma importancia. Es una cinta que vive en ser lo que representa, pero que deja un mensaje adulto.

La historia de Her se centra en un romance llamémoslo virtual aunque se deje ver muy real, el que tiene tanto en común con cualquier otro (entre comillas, ya que puede ser en ciertos puntos hasta mejor), y Twombly lo vive así. La propuesta nos ubica en un contexto muy actual, el de internet y la tecnología, que puede hablarnos de una ilusión (o de un estudio de nuestras carencias, frustraciones y vaciedad), si bien el tema de fondo es la comprensión de como dejar ir a un amor que ya no nos corresponde, de darnos otra oportunidad con otros, de seguir adelante (la imagen final de los amigos abrazados deja en claro ello).

Ésta trama nos destila una pregunta, ¿Hasta qué punto estamos desvinculados de lo verdadero?, en el decir de lo valioso. Nos falta poner de nuestra parte, trazarnos metas, rehacernos si es necesario, mejorar -como una constante- nuestro alrededor y en ello más que una crítica hablaríamos de un complemento con las computadoras, que son un punto para mover el mundo, como deja ver el filme en su uso, aparte del arte que emana. Y eso juega con una lectura distinta a la que podemos creer en primera instancia, porque en nuestra cotidianidad tendemos a hacerlo todo mal, o caer en muchos errores, no nos prodigamos muchas veces afectos, comprensión mutua o pequeños entretenimientos que exhiban esa aura bendecida del enamoramiento (poder meter en la vida más sueños, comportamientos agradables, inocencia, deslumbramientos), o solo lo hacemos cuando todo está perdido, y ésta por un lado también luce como una llamada de atención de como algo fantástico, Samantha, la que quiere ahondar en el mundo, nos enseña que el planeta y la humanidad es hermosa en muchas facetas, en cuanto a la desnudez (la corporal y la interior), nuestra intimidad y descubrimientos, y que deberíamos aprender a aprovecharle, y a disfrutar con mayor predisposición y ahínco, atenderle con pasión.

La personalidad habitual de Theodore es la de alguien apagado, medio muerta, (teniendo en cuenta que está sufriendo y añora a una mujer en especial, tanto que cuando tiene enfrente a una beldad escultural y erótica en el cuerpo de la actriz Olivia Wilde la rechaza, cosa que sirve de ejemplo para ver que no está tampoco desesperado por hallar a alguien, como se puede creer), sin embargo se ve que con la motivación correcta (el pasado también enseña), sale a flote un sujeto saludable, mostrándose como un ser humano gracioso, espontaneo, inteligente, sensible e interesante, como es él en realidad, o eso aguarda por ser explotado y compartido. Que se vislumbra en algunos gestos amables, de confabulación y de mucha confianza, incluso tontería, con Amy (una polifacética Amy Adams) que es como su reflejo, la que quiere que se le respete (de ahí su deseo de hacer un documental donde brille mucho la autoría por sobre lo práctico), y se le trate con más delicadeza (nuevamente el ideal aflora en detrimento de la costumbre y el tiempo que merman convenciones, a veces necesarias para generar paradójicamente un mejor ambiente, ya que todo no es comodidad). Estamos ante un filme que alienta todo tipo de ilusión, aun perdiéndola de vez en cuando (o finalmente dé paso a una reinvención), y es que propone un trabajo, nada que venga fácil porque el entorno es menos gratuito de lo que se cree, duro y hay que remontarlo.

La propuesta es la aventura de un idilio dentro de un contexto particular, un romance con un programa muy avanzado, muy fino en su anhelo de emulación (el que no se ve así de literal por las personas que lo utilizan, y eso hace el panorama más complejo), en medio de una lucha porque llegue a buen fin, buscando soluciones a cada limitación (véase distintas muestras de lo sexual o de la interrelación social), pero que permite observarnos como somos, en lo que malogramos y en lo que nos hace falta.

Samantha como producto quiere reemplazar a una mujer soñada que tome forma en nuestra idiosincrasia (recordando que es algo que se ve mucho en la ciencia ficción, vista además como una meta científica; el alentar la invención de la vida semejante a la humana por métodos artificiales), que visto sencillamente indica que quiere que le quieran como a una persona (de lo que el motivo puede variar), viniendo a interpretarse como un ente superior o al cual ampararse para que nos salven. En el que se requiere superar el escollo de la ausencia física (que no es poco, más bien tan trascendente, que desde luego en la concepción afectiva también lo es), como con la intervención de un cuerpo de intermediario aunado a una cámara y al audífono, otro momento de creatividad (aunque algo tonto).

Esta película tiene muchos aciertos creativos, como el de la representación del futuro, el que es reconocible en su sencillez formal, muy parecido al presente, solo que inmerso en mayor modernidad, con la exaltación que proveen los abundantes edificios, mucha urbanidad, publicidad callejera elaborada tipo las calles neoyorquinas –como en Blade Runner (1982) aunque más apacible, menos iluminado- y su normal ajetreo y su aura de indiferencia, y es que es una revisión atemporal de nuestra esencia, siendo el amor algo tan predominante para cualquier realización personal, valga la reiteración.

El giro que toma la trama con Samantha parece más perspicaz y coherente, menos efectista u ocurrente de lo que tendemos a pensar, y aunque en general se respira melancolía, o a veces un tono optimista algo opacado por ese conjunto más sosegado, una humedad que se pega a la piel, aquello se debe -como claramente se deja ver- a que se clama en el relato por la auto-superación, exhalando un aire poético y dulce en la atmósfera, pero que a fin de cuentas impone una chispa de realismo que es la verdad que esconde toda la propuesta. Una añoranza que debe convertirse en experiencia, en olvido, y propiciar una reforma. Encaramos un pretexto que da la fantasía para completar y subsanar un camino, dentro de lo etéreo, el querer contener (para revisar) lo que hemos perdido, el que se da por medio de mucho más que nuestra común percepción, que es lo que permite la maravilla del séptimo arte, en un periplo introspectivo salido de la imaginación de Spike Jonze en un sci-fi que nos ayuda a conocernos y pasar la página.  

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