miércoles, 15 de enero de 2014

Una familia de Tokio

La admiración y el cariño hacia el director japonés Yasujiro Ozu – de largo alcance alrededor del orbe- ha pagado fruto en la última película de su compatriota Yoji Yamada que en la presente hace un remake de Cuentos de Tokio, adaptada a los días modernos de su país. El filme consigue perpetrarse en la clásica inocencia y belleza cotidiana del maestro, el que no rehuía enfrentarse a la problemática del mundo y de la vida, como en el caso de la muerte. Y es un logro para Yamada ya que en la actualidad no es tan fácil pretenderse dulce y sano dentro de un intento de recrearse en un aura de lo convencional, y terminar siendo elogiado, y lo consigue sin impostarle, esquivando caer en el descredito frente a la liberalidad, cierta incredulidad con el ideal familiar, la casi indiferencia hacia los valores tradicionales, o la corrección (que tampoco es que Ozu no representara la malacrianza o la rebeldía pero bajo un tono cálido),  y la desinhibición de nuestra contemporaneidad.  

Yoji Yamada nacido en 1931 tiene una nutrida filmografía, la mayor parte formada por una amplia serie de películas llamadas en común “Otoko wa Tsurai yo”, que traducida significa Es duro ser un hombre. Son comedias. No obstante, el interés, al menos de quien escribe, se posa sobre su trilogía del samurái, que consta de El ocaso del samurái (2002), la espada oculta (2004) y el catador de venenos (2006). Todas provistas de un drama bien concentrado, sólido, pero con un toque de liviandad en el trato que resulta ligeramente atípico alrededor de cierta figura más estricta con respecto a estos míticos guerreros, y es que su contextualización los humaniza mucho, siendo una virtud del filme, y no creyendo que por ello pierden las coordenadas del respeto por su leyenda, que se mantiene intacto, y más bien tiene más realismo su valentía y buen hacer en la lucha cuerpo a cuerpo. Las tres comparten formato, hay amor en conflicto o yace en búsqueda de salvarse o concretarse. Está la esposa sacrificada al entregarse a la infidelidad que es humillada y engañada, la dama que ama mucho pero no es correspondida a razón del orgullo (hacia la ética), la experiencia y la humildad que dibuja a un auto-desestimado pretendiente, y la criada leal y bella persona que tiene enamorado al patrón de mayor nivel social quien guarda en secreto su longevo gran afecto.  A su vez, espera algún encuentro espectacular donde se enfrentan fieros y diestros samuráis luchando a puertas de perder su hegemonía en combate producto de los nuevos cambios que se avecinan en el concepto de la guerra. Estos están muy bien preparados tras una historia envolvente aunque sean de las que suelen tomarse tiempo para explayarse. Otro rasgo es que los héroes presentan la idiosincrasia del guerrero ejemplar pero que sufre alguna minusvalía, como la ceguera, la pobreza o la soledad, y se hallan siempre en la disyuntiva de hacerse cargo de su condición de subalternos aunque privilegiados en su comunidad, aun sintiendo rechazo por algunas ordenes; se deben a un clan y a un líder, e incluso el oprobio o la compasión se solventa bajo fuerza mayor.  Las tres son cintas muy recomendables.

Una familia de Tokio apenas hace algunos cambios, desaparece un personaje aunque era entrañable, el de la hija política sumamente amable que guarda fidelidad ascética a su difunto marido muerto en la segunda guerra mundial, por una mirada más optimista en una cuñada bastante joven que organiza, futuriza y mejora con su sola presencia la vida de la oveja negra de la familia, y este hijo toma más vuelo y biografía que antaño. Después el resto casi se respeta al pie de la letra, con la salvedad que reina otro tiempo y se deja ver como una relectura que genera una actualización que aunque no pinta  muy novedosa porque no quiere alejarse de una esencia, genera suficientes datos de identidad, se trata más de detalles sugerentes que de otra cosa, de la contemporaneidad nipona.

Los personajes cumplen en esta nueva versión, y es algo importante, porque la fuerza yace en ellos, incluso la hija dueña de una peluquería es más afable que la que la precede que era algo más ruda y más interesada en sí misma. La seriedad ahora recae en el vástago que es doctor que se desdibuja aunque el anterior no era mucho tampoco, pero sí generaba ideas como con su extracto humilde y de ello un tipo de decepción puesto el ojo avizor en una imagen engañosa. Sin quitarle mérito a Yoji Yamada, Ozu era sutil pero muy profundo en ese estilo que lo caracteriza, de presentar mucho con apariencia de algo pequeño, en cambio Yamada hace de su discreción que nos pasen desapercibidos muchos pensamientos, que no calen o no lleguen a tomar trascendencia, aportando una mirada más repetida y fácil de la desilusión (y esta vez preocupación) paterna en el hijo menor, que puede ser muy simpática como lo es dicha representación actoral pero más de trazo grueso.

A favor de Yamada está que sabe mezclar lo actual con lo tradicional, y es que el conjunto vive en el siglo XXI aunque los padres  vengan de afuera de la capital, y ese tino brilla, a diferencia de ese cariz rural, bastante diferenciado, de los progenitores que crea Ozu. No trata de forzar el clasicismo, si bien lo obtiene mediante las maneras y el tono. Puede que en general como es lógico se sienta el filme menor a su antecesor, en esa fusión de frescura y complejidad del original, pero este es un buen remake aun hallándole peros.

Esta trama tiene mucha consciencia de sí misma, no podemos evitar notarlo, pero en descargo decimos que es como hoy se vive, estamos como más despiertos, menos ocultos en las formas o en el apaciguamiento (siendo antes vital el emborrachamiento, ya que demuestra la efervescencia que tenían antaño y que era tan revelador en el maestro; en la presente pasa como algo menor o anecdótico que hasta esta fuera de campo porque ya no es ninguna sorpresa, aparte de que el padre tiene un aire más culto que el de antes), somos más intensos o se nota más en la sociedad, pero al yacer este en parámetros clásicos necesita lograr imprimirse la anhelada apariencia de espontaneidad bajo ese orden, uno que llevaba tan logrado el arte de Ozu y hacia tan realista su recreación, y no es que sea algo complicado por cumplir pero llegar a ese grado de naturalidad es cosa seria, depende de mucho talento, aunando que no debe fallar como parte de nuestra época, y en una medida saludable se consigue, se posee sentimiento, que es la gran capa que brota de ambos filmes como parte de una personalidad que ambiciona la segunda.  Y no puede dejar de ser ñoña por ratos, pero agradable, y está bien porque con el hijo adolescente se prevé antipatías.

Qué difícil es acometer este remake, si le analizamos a consciencia, y no solo vemos una historia de apariencia sencilla, porque vivir a Ozu no basta, lograr el aire Ozu es lo complicado, asumiendo ver tanto tras sus formas. Yoji Yamada hace un filme entretenido, eso no le falla en nada, incluso puede serlo más en su versión que en la pasada pero como sabemos hay otros valores artísticos en juego que valen mucho más, y estos se logran lo suficiente como para ver que Una familia de Tokio es un bonito cualificado homenaje de Cuentos de Tokio.

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