jueves, 9 de enero de 2014

La vida de Adèle

Muchos creerán que Abdellatif Kechiche, el director tunecino creador de esta película, recién ha saltado a la notoriedad al ganar la tan ansiada palma de oro, en el último festival de Cannes, pero no es del todo exacto, anteriores propuestas suyas han obtenido altos reconocimientos, como La escurridiza, o cómo esquivar el amor (2003) que ganó mejor película, director, guion y actriz prometedora para Sara Forestier en los Premios César, los galardones de la Academia del Cine Francés, y además con ésta realización el premio especial del jurado en el Bafici del mismo año, el 2005. Una película que permite vislumbrar lo que más tarde será, aunque claro distinta al final, La vida de Adèle, donde una actuación escolar de una obra de Pierre de Marivaux, "Juegos de amor y fortuna", hace de un barrio árabe-francés de los extrarradios de París, el calidoscopio de la búsqueda de amor de unos adolescentes, en que pasan sus días peleando por sus relaciones afectivas, mezclando conflictos entre los muchos deseos y compañerismos. Un filme ágil y relativamente corto a diferencia de otras obras de Kechiche quien suele llevarlas hasta cerca -o ahí mismo- de las tres horas de duración como pasa con los 179 minutos de Blue is the warmest color, el título en inglés, para La vie d'Adèle en el original.

La escurridiza tiene su encanto, se deja ver fácilmente, y sus actuaciones juveniles cumplen en conjunto, están muy bien, son fluidas, expresivas y naturales, salvo en el caso de Krimo que parece fastidiado con todo a su alrededor, lo que le da una mueca como de cansancio que no se le quita nunca, sin embargo su rol funciona y se presta para que brillen otros más dotados como la mencionada Sara Forestier, el objeto de deseo, junto a dos en especial, el mejor amigo que interpreta a un matón, sencillo pero directo al punto, efectivo, y la que me ha impresionado en particular de todos, la actriz Sabrina Ouazani que hace de la combativa y acelerada en su verbosidad cuando se molesta, Frida. Es un filme muy ameno, muy recomendable desde una sencillez bien explotada, con una metalingüística cinematográfica que oscila sin problemas entre la vida y lo ficticio, y se hace más grande. Sin sobredimensionarla, hay que verla.

Otra como Cuscús (2007) se ha atiborrado de reconocimientos el 2008 como nuevamente se hizo presente el premio César a mejor película, actriz prometedora para Hafsia Herzi, director y guion, al lado del fipresci en Los Premios del Cine Europeo, y ¡vaya! el festival de Venecia, que le dio el premio especial del jurado, el de mejor actriz a Herzi, el Signis y otra vez el fipresci. Este filme retrata como un viejo pescador originario del Maghreb  quiere poner un restaurante en un muelle francés, cosa que en tiempos duros, mucha competencia y por la burocracia gala no es cosa fácil. Para ello recurre a todos sus seres queridos, desde su ex esposa que es la que cocina delicioso un plato típico tunecino, el cuscús de pescado, que debería ser la fuente de su fortuna, y sus tantos hijos, a su actual pareja y su hija Rym (Hafsia Herzi), la que pone mucho empeño para ayudarle, como se ve en un baile de barriga muy exótico y sensual que denota no solo las raíces arábicas, sino mucha personalidad, y lo que a parte de su emotividad le valió tantos aplausos justos, teniendo una belleza de mujer común aún bajo su procedencia. La película muestra conflictos familiares en medio de la ilusión y (más) el trabajo duro por un sueño que es lo que se aborda largamente en el metraje, lo domina todo se podría decir y de ahí se desprenden ideas, el deseo de progreso, la unidad en la variedad, los orígenes y el contraste con la sociedad en que se vive. Hay que decir que se siente a ratos el ritmo y su extensión ya que pormenoriza mucho, va lenta, pero es una bella contextualización de la inmigración, específicamente la tunecina. 

Su anterior película fue Vénus noire (2010) que recuerda en parte a El hombre elefante (1980) pero sin el exacerbado dramatismo y el aclamado llanto, sin buscar tanta sensibilidad, con un tono más pegado a lo normal aun siendo algo especial, y pues con una cercanía al ridículo que logra manejarse. Puede que estemos ante alguien no tan distinto, pero que por un trasero descomunal y unos labios vaginales prominentes, el pertenecer a la etnia khoikhoi, y creerle el eslabón perdido de la humanidad entre el mono y el hombre, es sujeta a convertiste en una novedad de circo, a ser una razón de ambición de la investigación científica de la época, y a sufrir con la dificultad de sobrevivir como cualquiera, que sería su humanización y su dificultad de adaptación ya que es como un freak show, conocida como "la Venus Hotentote", y ella como dice quiere ser también bella.

Tiene una trama triste que no recurre a esa sobreexplotación, lo cual es elogiable, y eso la hace una historia nueva, distinta a otras, y pues además resulta lo más lógico. Su calidad de excepción se maneja notablemente basculando entre la ordinariez –a veces no intencionalmente, pero queda una sensación de  ambigüedad creativa que favorece al filme a fin de cuentas- y lo supuestamente extraño, apuntando claro a los segundo pero queriendo en su relato ella ser lo primero y no pudiendo por necesidad económica y supervivencia; que al “lograrlo” la idiosincrasia se vuelve aún más trágica. Tras empezar en un pequeño local de carnaval inglés pasa a venderse como un espectáculo obsceno y recreativo de las clases altas francesas, para terminar en la prostitución más ínfima. Una vida  de bohemia, y de calvario, de vejación, tantas veces consentida, que se basa en hechos reales acontecidos a inicios del siglo XIX. Puede adolecer también de mucho metraje y de lentitud, pero es una película interesante, sobre todo en la conformación de nuestra identidad y seguridad, de nuestros anhelos de felicidad, en medio de un contexto atípico, pero que revela nuestra calidad de ser humano. Nos permite ver tras el constante castigo de la existencia.

La vida de Adèle retrata el descubrimiento de una sexualidad, para el caso del lesbianismo, y el primer y más fuerte amor que se convierte en una relación sólida que luego tiene su conflicto afectivo, en la piel de Adèle (la tierna, desbordante, preciosa y joven Adèle Exarchopoulos). Es un filme sencillo que tiene su máxima atracción en su cariz sexual, no lo vamos a negar, pero que está muy bien desarrollado como cualquier otro amor, entre comillas, y no por homosexual, sino por lo intenso que llega a ser. Sí que pudo ser mucho más corto pero por lo menos aprovecha tanto metraje para consolidarse en el detalle de esa relación, y enseñarnos a Adèle en distintas etapas, desde una relación heterosexual que no la satisface durante su etapa última escolar, hasta sus primeros deseos, y encuentros; excitarse durmiendo en el recuerdo de una fémina (algo precoz y ligero dentro de la historia, sea dicho, ya que es con su futura pareja que pasa cerca sin conocerse), y besar a una amiga que se deja llevar por el momento, llegando hacia su punto de hallazgo al entrar a un bar gay y conocer a Emma (la bastante profesional Léa Seydoux), la chica del cabello azul que le dará el gran flechazo y ayudará a definir su sexualidad, que hay que hacer notar que ya estaba encaminada por sus hormonas y apetencias.

La propuesta hace ver muy madura a Adèle, y bastante amable a Emma, lo cual juega más con un retrato romántico que realista, si bien su tono consiguiente, el íntimo es fuerte, vaya anti-convencionalidad, desde la decisión de una menor (como entendemos por ley, así “debe ser”, además),  que ya no duda una vez que conoce a la chica del cabello azul, previa una pequeña experiencia, y quiere a la artista, a la lesbiana hecha y derecha, la que le permite ir de a pocos, dulcemente, conocerse, como puente, aunque ella demuestra que sabe lo que quiere, y eso no rompe con ninguna iniciación, no del todo, solo lo pone en distinta perspectiva y le reconocemos que valga el inusual tino ahí sepa condensar el filme, en su definición sexual (y bien porque ya es en parte muy manido ese conflicto), que funciona invirtiendo los papeles de aproximación. Más tarde se encenderán, y harán que su vínculo sea único, diríamos que espectacular, por encima de todo encasillamiento en su tipo, y pues las imágenes ayudan mucho, ya que lo dejan todo entre las sábanas (¡qué impactante!, ¡qué realismo!, si bien ya que puede asustarnos en pleno siglo XXI, lo cual siempre se dice, acotamos), en sus ósculos fogosos, como meditativos y largamente extendidos en los genitales, prácticamente entierran el rostro tras los vellos púbicos, en sus regodeos y decididos toqueteos a las nalgas, en fin, totales, en sus regocijos y jadeos, en sus besos detenidos rato en los pezones y en su sobo mutuo frenético de caderas y entrepiernas, en  medio de la cámara voyerista, absolutamente sin medias tintas. Una entrega en toda medida.

Una vez iniciado el romance, las escenas de sexo y atracción carnal son intensas y constantes, incluso alguna es bastante larga y sumamente explicita, al punto de lucir muy didáctica o reveladora la película si es que aun guardaba alguien alguna duda al respecto. Y pues son parte importante del conjunto, de ese apasionamiento que describe el filme, algo corpóreo, que brilla en lo visceral de poseer a alguien en toda libertad y fuerza. Es un convincente retrato que no deja mucho a la imaginación y pues puede ser tomado tanto para bien como para mal, a nosotros nos parece que bien viendo que además no pretende albergar demasiados estados de cavilación, no es para nada una historia compleja de seguir, no es un lugar de suma reflexión aunque tiene su audacia y pretende reflejar una verdad, dentro del amor y la pasión, desde la transparencia de lo lésbico que busca trascender su inclinación.

Se trata de Adèle y su amor único, el de su existencia, con Emma, y como fluye y como sufre un bajón determinante, y no es tanto la dificultad de lograrlo en una sociedad moderna como la francesa, sino de mantenerlo como en la normalidad de cualquiera, en no alejar emociones, en vencer la soledad, la desconfianza y los celos (más complicados cuando la tercera parte en discordia es una mujer bella, pero embarazada, que es la imagen que se nos congela atemporal en el subconsciente, algo creativo que juega otra vez en ambos polos, quizá por algún lugar común mental, asociamos la maternidad con algo puro y pues lo sexual si bien también puede albergarlo como se ve dentro de las virtudes de la película, no es la imagen por antonomasia que uno suele tener de ello, culpa también de que en todo momento tenemos presente lo tórrido y placentero), la efervescencia de la piel, el estar siempre al borde de arder de hedonismo, lo cual brilla mucho en el filme y hace más lógico el paso del tiempo y el declive que es en gran parte elíptico, mientras se articulan sentimientos. Es una buena amalgama que aunque tiene su lugar en el cuerpo, no deja de ser lo  bello que quiere ser como unión de afectos. No será la palma de oro más complicada, la más profunda, ni la más rara, pero estamos ante un cautivante y potente retrato del amor que bien vale su triunfo.    

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