martes, 31 de diciembre de 2013

El espacio entre las cosas

La primera vez que vi esta película cuando recién salió y estaba en boca de todos, y es solo un decir porque por ser experimental pocos quisieron verla, hubo poca asistencia, aunque, claro, los críticos si lo hicieron, no congeniamos, por eso no escribí de ella, y es que pensé que despotricaría de esta película, y como no suelo buscar hacerlo (aunque siempre soy honesto, y si redacto un análisis e invoca ello lo hago como con Stoker, mi máxima decepción del año), y no era a priori una propuesta de mi expectación o interés, lo dejé ahí.

La sentí muy pesada, conté cada minuto en la sala de exhibición, por la hora más o menos quería irme, pero logré terminarla con mucha desconexión y poca atención, el problema era esa introducción psicodélica que llevaba en el cine, decía: “no pienses, siente”, y pues lo mío no es mucho lo sensorial, lo espiritual, si es que no tengo mi mente y mi introspección abierta, y uno es como es, no se puede ser distinto, aunque lo intentamos y puede haber excepciones, no lo descarto, sin embargo esa advertencia me puso fuera de todo juego, de lo que proponía El espacio entre las cosas. Y ha sido hasta verla nuevamente en el III Festival Online Márgenes, a mi modo, que mi percepción ha cambiado, y la he disfrutado.

La tercera película de Raúl del Busto tras La espera de Ryowa (2004)  y Detrás del mar (2005) tiene dos partes que se vinculan en buena medida, más diríamos por el lado del relator que es secundario ante el plano visual hegemónico y esencial. Una, la voz en off, no contiene a la otra en su totalidad pero la anuncia, la sigue, se fusionan y crean poesía, haciendo de las imágenes una especie de viaje novelado, se subliman en su trayecto gracias a su cooperación que se convierte en profundización, y es que el narrador se vuelve también expresión, valga la redundancia, elemento aportador del conjunto, no está por gusto, aunque tiene su obvia participación como hilo conductor, como cable a tierra, como puente a la comprensión de ese no pensar que mayormente pretende el autor (aunque muchas escenas a su vez hablan por sí mismas, reflejan algo que procesar, asumiéndose como sentimientos), si bien puede divagar, perderse en su ensoñación, en su historia particular que yace un poco libre, arbitraria e independiente de lo que vemos, pero más viceversa, si bien lo que vive en el ecran es su epifanía, la de Glauber Maldonado, teniente de una división de narcóticos, detective que sufre de migraña y de epilepsia, quien está haciendo una película, trasunto ficticio del propio Raúl del Busto, quien ante un proyecto que no pudo terminar se decidió por hacer la presente película con el material almacenado en su viajes.

La propuesta tiene dos parámetros principales que asume y describe, uno es su aura mística que recorre todo el filme, como se percibe o se intuye con “claridad” o así lo anticipa el narrador en el relato de Horoshi Nohara, japonés de 42 años de la clase trabajadora nipona que un día decide quedarse a vivir en un aeropuerto de México, en los espacios del terminal, sin declarar más motivo de que eso le hace feliz. Siendo la gloria que alcanza un hombre simple rompiendo la cotidianidad general, lo predecible y desde luego lo frustrante de la existencia, en una rebelión pacífica de la realidad que al mundo aqueja. Y el otro su ruptura con lo convencional (que como se puede ver está bien unida al anterior postulado, sobre todo en nuestra contemporaneidad descreída de fe), como con la metáfora del niño trepado en los árboles, de los que no quiere bajar, a la que se fija la realización como invoca un subtítulo del filme, entre los árboles.  Un tercer parámetro que dejamos de lado porque no nos parece exacto sino anida más que ello, lo cual más que un error se agradece, aunque sea parte trascendental del conjunto, es que sea sensorial, abstracto, en su búsqueda experimental, en su cariz de cine alternativo.

El filme nos conduce a disolvernos, a atravesar una experiencia por medio del séptimo arte que nos permite ver tras sentir, leitmotiv de la obra de Del Busto, en una liberación, la que nos presenta una vida nueva, realizada en nuestro interior pero de cara al exterior que empieza a ser feliz en el mundo, a apreciar lo que nos rodea, pero lo que subyace en el espacio que hay entre las cosas, los verdaderos significados, el goce secreto, lo pequeño que se hace grande, lo que nos proporciona una mirada trascendental sin que esto sea gestión de lo inalcanzable, de lo complejo, de lo superior, sino del hombre común, de la normalidad, pero que abre los ojos y el corazón, aunque suene cansino el intento frustrante, que no pedante en realidad, como muchos pueden creer o solemos creerlo. Una ilusión que pretende materializarse en un ejemplo del arte, y creo que se consigue, pero hay que sortear verlo literalmente porque sus formas humildes pierden así, ya que es muy simple tal cual. Entonces no puede ser más idónea la frase de Nietzsche que utiliza el filme como epígrafe: “Las cosas vienen a nosotros deseosas de transformarse en símbolos”.

Un segundo subtítulo, “Marte, la selva roja”, nos hace pensar en un planeta equiparado a la selva, a la naturaleza, a Dios, es decir lo desconocido. Mientras una escena memorable, una persona sin rostro –como en el cartel del filme que yace en un marco de pintura- en pijama metida en la piscina, da la sensación como que representa la ingravidez de lo espiritual, salirse del cuerpo sin haber muerto, silencio, paz, la libertad. La trascendencia de cualquiera. Y en ese cometido una veleta hecha con plástico de botella nos predispone hacia un viaje onírico, la forma de la aventura mística.  

Otra cosa a destacar es alguna composición visual, estética, como la del bonsái contenido en el círculo rojo de un foco que invoca a Japón. Haciéndose mucho de lo experimental y la creatividad para expresarse, como imágenes que se distorsionan en colores, brillos, otras que  ciegan, no dejan ver con claridad, por medio de luces. Desenfoques, algunos en medio del temblor e inestabilidad de la cámara.  Una escena ondea como con el agua enfocada en un pasadizo a oscuras. Acelera tomas. Usa la iluminación y el deslumbramiento del sol a través de una ventanilla de un avión. Se pierde como hacia Terrence Malick en la mirada de la copa de los árboles en un contrapicado, como la ciudad se observa en un picado, que puede interpretarse como la revelación de Dios posando la mirada sobre los hombres, lo urbano es la humanidad, la naturaleza sería Dios. Lo del vacuno en plena selva y lluvia recuerda al cine de Apichatpong Werasethakul, siendo lógico que la película le haya gustado al autor tailandés que vino al III festival de cine Lima independiente , que como jurado de este evento le otorga una mención especial en la competencia internacional.  

Graba por aire, mar y tierra, dentro de un avión, una canoa, una moto-taxi, un vehículo. Se ve una playa con pescadores que facilita una composición más dentro del sentido del filme junto con un viejo de rasgos orientales que lee  en un librito escrito en letras japonesas una frase que traduce: “el tiempo no espera a nadie”. 

Se ve un estacionamiento cerrado, la verdad que mucho concreto, que como una chispa general inmediatamente se entiende como una estructuración de la película bajo los límites terrenales -que ha impuesto el hombre y que lo encierra en una dificultad de existir, qué, bueno, es la naturaleza del ser humano, pero que Del Busto logra hacerse cargo proponiendo con fuerza un despertar de su espiritualidad, entiéndase a su vez felicidad, aun en esas condiciones; es creemos alguien positivo, no toma el camino “fácil” de la decepción, sobre todo dándole tanto lugar en el metraje a lo urbano- que declara como parte de su concepto, el estar dentro de un perímetro (las cosas), lo que resalta la idea del título de la realización. Un salto en parapente parece la flagrante resonancia de la libertad, de nuestra búsqueda de dicha, de sentir, de vivir. Y es que también tiene algunas formas demasiado ligeras en su haber cinematográfico (como la del charco con los perros, que invoca un asecho, un miedo oculto, aunque a muchos les parezca la bomba por grabar el momento, y puede ser en cierta medida por su naturalidad), y otras muchas engañan, son mucho más de lo que aparentan. 

Busca la espontaneidad del momento como solo posar la cámara, en un encuentro con lo natural, véase el parque de diversiones, específicamente el pedazo de algodón dulce que flota y cae en las manos de una niña subida sobre los hombros de su padre. Lo que coge una chispa de felicidad en nuestro planeta, y como se ve, puede no ser tan complicado de lo que creemos. Pero también realiza conceptos a través  de la construcción del séptimo arte, como cuando pretende con música incidental, un museo que refleja una tortura, performances callejeras con títeres, un baile de tango, alguien que yace disfrazado(a) de ángel, o una estatua humana, grabado en blanco y negro, hacernos sentir melancolía. Lo que hace de la propuesta de Raúl del Busto no solo una hazaña porque sí, al ser un cine que no solemos ver en cartelera, un cine revolucionario, único, nuevo, para el séptimo arte peruano, sino porque tiene muchos elementos, sustancia y arte que valorar, si lo vemos detenidamente y con paciencia, como lo he hecho en esta segunda oportunidad. 

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