domingo, 22 de diciembre de 2013

Chicama

Película nacional que ganó cinco premios en el festival de cine de Lima del 2012, mejor película peruana, mención especial del jurado, mención especial en el premio de la crítica internacional, el segundo premio del público y el premio FX Design, y que el 2012 fue nombrada la mejor película peruana del año por un importante sector de la crítica nacional.

Un filme que se estrenó primero en Trujillo, ciudad de origen del director, y se hizo esperar en Lima a la que llegó a exhibirse a partir del 5 de diciembre del presente año en solo dos salas, en el CCPUCP y en el Cineplanet de San Miguel.

Chicama de Omar Forero, su tercer largometraje tras Los actores (2007) y El ordenador (2012), es una cinta muy austera y discreta, de poco recurso donde su limitación en lugar de desestimarla la hace una obra personal, ya que ha explotado sus formas y pequeñez formal, como identidad y con bastante orden, generando un estándar que mantiene su igualdad en su aspecto técnico y visual. Es como tener la noción de nuestra capacidad, lo que vamos a contar, cómo lo vamos a hacer y de la inversión de nuestro proyecto y a través de ello trabajar conscientemente creando una obra a nuestra medida, pero yendo hacia cierta excelencia con nuestras coordenadas, otorgándose personalidad y enalteciendo todas nuestras características. Sin embargo, sí que es una propuesta a la que uno tilda por naturaleza de alternativa a la exhibición comercial, no siendo en toda magnitud un cine intenso, no es superficial, no busca entretener por antonomasia (además de que está lejos del acabado, técnica y pulimento angloamericano), pero que tiene de ello, a su modo, solo que lo hace en forma cultural aunque sin ese tinte de obvio y pesado aprendizaje. Nos muestra la realidad nacional, se apropia y genera cariño, por medio de nuestra humanidad, pureza, altruismo y lo patrio. Y no lo es porque sea algo complejo como estila el cine de autor (aunque tiene parte de esa esencia en su aclamada e idónea sugerencia y en sus formas provechosamente apaciguadas, que no apagadas), sino porque carece de la aventura y el conflicto como lo conocemos habitualmente en los cines, tiene para empezar una tranquilidad, parsimonia y sequedad que se mueve en lo naturalista, en ser realista, fidedigna al mundo que nos rodea como peruanos, querer ser autentico, y sus problemas no se pretenden como una ficción que se desarrolla en un relato convencional de superación donde hay una presentación, contexto, un golpe y una solución (sobre todo estos dos últimos parámetros), en su lugar se da como un espejo, como parte de lo que simplemente acontece en el Perú, la pobreza, para el caso la de un pueblito en un lugar alejado en los Andes, en Toledo, o sea que es parte de un escenario que no se analiza, no directamente, solo se muestra, la película no se enfrenta a esto más que asumiéndose y moviéndose en los hechos, aclimatándose al medio; no hay soluciones facilistas y rápidas, no busca la fantasía. La reflexión llega como plano personal del espectador, viendo el contexto, y la precariedad, como agarrándose de pequeños detalles como cuando un niño expresa algo íntimo pero que es vox populi, dice que todos los profesores los abandonan, y es que más que una historia parece un documento.

Estamos ante la cotidianidad de las limitaciones de nuestro subdesarrollo nacional, en la recreación de un lugar rural que parece olvidado por la modernidad aunque la busca en su anhelo de educación, y que representa lo autóctono, lo que somos y tenemos que lidiar, y lo hace sin dramatismo, con silencios y dándolo como tarea, como queriendo que observemos y sintamos, que nos demos cuenta solos, aunque todo está ahí también para verse. Tiene un tono, y no es el de la tristeza, sino el de la alegría de vivir, de la normalidad aun en la carencia y necesidad, en enseñar gente a la que apreciar y respetar porque no están quejándose, más bien intentan surgir y existir lo mejor que pueden, apreciando cada momento, como lo dice el recurrente discurso del director cuando presenta a los nuevos maestros, desde su simplicidad verbal. Estamos frente a un fresco con su lado de belleza, con su ternura, con su ejemplo y esfuerzo, con su felicidad, donde nunca mejor ha brillado lo de decir que algo es muy natural, porque el entorno y su representación mayormente lo es, y su ausencia de elaboración se supera creándose una distinta vía de seducción a la que uno se adapta sin problemas aunque notando su sencillez estructural, narrativa y argumental pero que ilumina.

La reproducción de sus personajes es en parte plana aunque creíble, restringidos en su capacidad interpretativa, extrañándose mayor y mejor visualidad e histrionismo, que se comprende que no sea su opción y está bien porque es el sentido general del filme aunque tampoco sea fácil conseguirlo, sino que parecen recitar, estar haciendo memoria en el trayecto de su comunicación, siendo muy comunes, no lucen profesionales, complejos, no lo son, especialmente José Sopan, el protagonista, Cesar, de quien nos cuentan que tras terminar su carrera de maestro quiere ser enviado a Trujillo y ante la alta demanda y competencia solo le queda ir a Toledo desde su natural Cascas, ahí conoce a una maestra, en la piel de Ana Paula Ganoza, y parece crearse un vínculo sentimental, seguro porque es guapa, afable y tiene una bonita sonrisa, y es muy fácil de congeniar, pero como quiere ser la realización, no crea ningún conflicto, no pretende ningún desarrollo más que lo intrínseco, en cierta elipsis, miradas, conversaciones, proximidad, bailes y acompañamientos por el campo hasta darse la confianza que le pide a él que la proteja mientras orina a la intemperie. También influye el compartir su mundo y la soledad. Una que se rompe cuando Cesar ve a sus familiares y sus amigos, y con estos últimos es como más libre, y por costumbre se termina siendo más ordinario, una persona más pedestre, hace bromas tontas, pasea y toma cerveza en la calle, va a la playa, y es soez en su lenguaje como se comporta su patota, y es un retrato bastante verosímil, pero en ese momento pierde la película su encanto, se pauperiza como en la escuelita sucede todo lo contrario, se eleva la condición de seres humanos, de los niños, del pueblo y de sus maestros, y entendemos que se quiera credibilidad, y recurra a la naturalidad que con sus amistades le cobra y le lastra, le disminuye, pero la creatividad aun no queriendo ser una ficción y construcción del ecran desde este, sino desde afuera sin que seamos literales por supuesto que no se puede, siempre debe buscarse, porque el arte a nuestro ver te exige ese talento cinematográfico y universal. De todas formas, no guarda sustancia en esa parte, no da para mucho, salvo que a Cesar se le dibuja como a cualquiera y eso hace que su trabajo y su entrega saquen lo mejor de sí, habiendo mucho sentimiento en Toledo donde los niños bailan danzas típicas o tocan instrumentos, hacen sus inocentes y curiosas preguntas, cuentan brevemente sobre sus vidas, aprenden historia, y eso atrapa, fascina y en ese momento brilla el estilo de la película, se resalta, remonta todo escollo, se agiganta y hace cine, fuera de sus encuadres y tomas sin dinamismo tradicional, teniendo menos ritmo pero sin llegar a asomar nada de agotamiento, ni ninguna espectacularidad, que no necesita, porque tiene otro sentido y formato, y como tal gusta, y vale la pena verse, sin que sea una obra maestra, que no es pedirle -ni que dé- poco, cuando nuestro cine no alumbra mucho.

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