jueves, 26 de diciembre de 2013

Spring breakers

El cine independiente americano tiene como uno de sus más rebeldes representantes – y no es decir poco siendo una característica de este séptimo arte, aunque no en todos los creadores que le conforman- que han logrado hacerse ver, conocer, dentro de la invisibilidad que suelen tener las propuestas fuera del mainstream angloamericano en su territorio y en el mundo, no solo de cara a la popularidad, ser reconocidos por el gran público, sino hasta por los cinéfilos, es Harmony Korine. Autor de una filmografía no demasiado atractiva, aunque con toques audaces de personalidad -que incluyen lo desagradable- y un par de despuntes no solo gracias a su irreverencia y a la honestidad de presentar a outsiders que nos son repelentes o no los queremos ver, sino ante todo a un halo de ternura o comprensión sobre estos, como en Mister Lonely (2007) con un fantástico Diego Luna imitando a Michael Jackson bajo la extraña e idónea envoltura de la ambigüedad visual de su sexo (que no de su inclinación sexual práctica), que le cae preciso al personaje; una voz dulce, suave, y una aura de docilidad y buenos sentimientos que como expresa el título nos hablan de la soledad y la lucha de los freaks, que para el caso son los que copian a artistas de la música, como Sammy Davis Junior y Madonna, el cine con Chaplin (Denis Lavant), los tres chiflados, James Dean y Marilyn Monroe (Samantha Morton), la realidad en cargos de autoridad como el Papa y la reina de Inglaterra, la literatura en caperucita roja o la historia con Abraham Lincoln.

No vamos a negar que como en toda su filmografía, Mister Lonely le sirve a Korine para hacer de las suyas, como siempre, colocar sus infaltables locuras (aquí, aunque trasciende, es en sí su recreación de un teatro de varieté, su espectáculo de fenómenos, viviendo y haciendo sus performances en el campo, en las tierras altas de Escocia), su feísmo y sus exabruptos (que para este filme no es mucho, en realidad), o su ser irónico como con el cura –nada más y nada menos que Werner Herzog; y no es la única cara reconocible, sino está Leos Carax en un rol de esos ideales para él- y las monjas que vuelan (que proveen  a la realización de un final macabro y poético a partes iguales), sin embargo logra ser un retrato bello, un homenaje a los que emulan a los famosos, partiendo de la calle, que tiene un tono existencial, de respeto que les llega a ellos y eso sale de ir más allá que simplemente juzgarles negativamente en cuanto a la ausencia del yo y a la extravagancia que oscila junto al rechazo y el ridículo (que yacen en la obra, pero sin ser dominantes, como sí están en otras películas del director americano en que yace la violencia). Korine eleva su condición humana, les otorga sentido, les imprime melancolía, los profundiza y eso es toda una sorpresa en su gestión artística.

Una segunda película en su hacer filmográfico a tener en cuenta es Julien Donkey-Boy (1999) que retrata la esquizofrenia, en la que también se ve ternura y se reviste de comprensión su ilustración, si bien a ratos molesta a un grado. Como no puede faltar, ya que es una realidad complicada de sobrellevar, la locura. No obstante, nunca llega a quebrar la figura de una empatía que llega a manejar, aunque requiere de paciencia de parte del espectador.

Lo que hace el actor Evan Neumann como un obsesionado de lo atlético es bastante destacable, desde la limitación que implica su personaje. Pero lo que construye Ewen Bremner como Julien es impresionante. Estoy seguro que si uno no conociera al actor, se hubiera creído su interpretación como real, al punto de que a mí me dejó en shock tanta naturalidad y realismo. Verdaderamente fenomenal, muy digno de una estatuilla dorada y sin llegar a dramatismos especialmente preparados para el aplauso y la lágrima; lo suyo es desde la incomodidad, como ese desenlace del robo de un pequeño y reciente cadáver. En la trama se ve a una familia muy particular, y cada uno aporta lo suyo en distinta medida, bien también la irreconocible Chloë Sevigny, y la desfachatez de Werner Herzog. Después, los demás locos que se pasean por la pantalla están inconmensurables, aunque sea dentro del uso imperfecto y atrevido que busca el filme, pegándose a la economía visual, a la lealtad de sus ideales y esencia artística. Te apabulla y te fastidia, te saca de tu lugar seguro, pero también te conmueve su dureza, en el retardo, y la rareza, como la inquietud que produce la actuación de ese mago que se come los cigarrillos. Un filme, como quiere a menudo, potente, pero esta vez no solo efectivo para bien o para mal, sino recomendable.

Sus otras dos películas son terribles, aunque como en todo lo que tiene un alma (decimos artística), aunque no sea hermosa o elogiable, y una verdad límite y pobre que no queremos ver, tenga a pesar de su extremo deplorable sus (pocos) elementos salvables. Gummo (1997) es su punto de fama, trata sobre gente white trash, y diríamos que no se guarda nada y por eso llega a ser insufrible, como el abuso de la prostitución de una chiquilla retardada, en medio del salvajismo de unos personajes que son como un espejo que versa sobre la utopía de la convivencia civilizada, quienes se mueven como una amenaza, como con unos jóvenes protagonistas medio zarrapastrosos que cazan gatos callejeros para venderlos y terminen siendo comida camuflada. Dentro de una extravagancia casual y cotidiana, rústica. Algo que resaltar, su fallida sensibilidad si es que la ha querido concebir, que muy poco lo logra, culpa de un tono drástico compartido que uno no puede quitarse de la mente, como un niño bastante maleducado con tendencia a lo criminal que aun así tiene sus afectos haciendo pesas al son de Madonna, o yacer en la bañera enjuagado de la cabeza con shampoo por su madre disfuncional mientras le da de comer tallarines en el agua mohosa. Poco se salva porque las audacias son demasiado para soportarlas y querer recordarlas (y por ende aplaudirlas), entre comillas ya que el cinéfilo es también un forense, se enfrenta a autopsias, a la sangre, a las vísceras, a lo desagradable e íntimo, a lo seco y material. Algo que recordar para bien puede ser el muchachito tonto con orejas de conejo rosa metido en una piscina con chiquillas promiscuas que le dan besos en la boca. Un freak en su gloria. Como lo que representa este filme, o eso ha sentido seguro Korine, haciéndola, tanto por medio del reconocimiento que le ofreció.   

Trash Humpers (2009) es la peor de sus obras, uno no debe tomarla en serio en absoluto, porque si es así hasta produce inquietud, requiriéndose ya no tolerancia sino de un buen estómago. Se recrea a una pandilla de amigos enmascarados de viejos que suelen “violar” basureros. Se dedican a hacer locuras y vandalismo, a hacer el tonto pero de forma radical, a divertirse grotescamente siendo violentos. Son unos sociópatas, con lo que eso conlleva, no aguantarlos. Y es que el sentido del humor de Korine, en esta oportunidad, no es fácil de alentar ni de ser considerado para ningún elogio mayor, si bien a quienes son amantes de lo estrambótico, del sarcasmo más grosero, de la irreverencia de lo trash, como antecede el título, pues tienen un goce asegurado. Estamos ante el Korine más descabellado, el que patea todo tablero y aspiración, salvo uno muy minoritario, en un entretenimiento para desadaptados, o mejor dicho, quienes pueden resistirlos en toda su libertad, aunque en una película.  El momento en que se tranquilizan con el bebé parece impostado. No lo compras. No lo justifica el filme, si bien es el propio Korine, su esposa Rachel y sus amigos los que actúan.  No pasa de ser una curiosidad, si eres un cinéfilo todo terreno. 

Ahora, pasamos a la que nos compete, al centro de la crítica, la que es su mejor película, y que usa las llamadas chicas Disney en una cinta alocada, típica de Korine, donde hacen de la juventud universitaria en busca de vacaciones extremas, las llamadas simplemente por la época, vacaciones de primavera, donde brilla la promiscuidad, las drogas, la juerga y el alcohol, es decir, pura diversión sin remordimientos, donde todo está permitido.

Pero eso no es todo, la propuesta da un gran espacio a lo criminal, que es lo que le brinda un toque propio a la trama, con la que se construye la historia fuera de su afán de simplemente regodearse en la libertad de temporada con todos los atributos que la dibujan tradicionalmente en Estados Unidos, y que permiten recurrentes y superfluas imágenes de fiestas y exhibición en playas. Placer puro y duro.

Se meten las cuatro protagonistas con gánsteres, dealers, pandilleros y narcotraficantes. Su proximidad con lo delincuencial se da primero por el anhelo de tener dinero para su viaje, roban un restaurante, con pistolas de agua, aunque como se requiere, a pesar de que estas anuncian un aire en parte naif (que no se abandona totalmente en el conjunto, incluso involuntariamente, pero que disminuye de forma notoria), tiene de bruto, de intenso, con violencia verbal y algo física, que claman la ruptura con la inocencia. Luego bajo la influencia de Alien (James Franco, que es bastante creíble como un hampón de barrio, al que no le falta la entrega, hasta con acciones de cariz homosexual cuando imita una felación con pelos y señales, algo que le atrae actualmente).  

El filme tiene de rompecabezas, una construcción flagrantemente artística en lo visual, a la que apreciar como elemento que busca un engrandecimiento y una identidad con lo que articula, las formas que aportan, y que recurre a ratos al collage y al ralentí, a que se nos quede en la memoria la fijación de su sentido principal. Junto a la estética de colores luminosos de neón, rosas, turquesas y fucsias, en medio de la intromisión y la estructuración de la fusión de distintos tiempos, va a atrás y luego hacia adelante o predispone o vislumbra lo que viene, complementa figuras, redunda o las explica tras solo enseñarlas en fragmentos. Hay una edición, una composición, muy elogiable que ha explotado el tema y su relato, convirtiéndolo en algo que ostenta la misma belleza que exudan sus mujeres alocadas en biquinis.

Las actrices centrales no hacen una performance impactante, son superficiales en la historia –una que en sí es pequeña pero bien proyectada, siguiendo la ruta en este orden: anhelos, corrupción, ambición/competencia, amenaza y venganza, mientras en el trayecto las chicas van escapando del tablero -, no solo por lo que son sus personajes sino como profesionales, fuera del atractivo de tenerlas en situaciones atípicas a lo suyo, mostrar mucha sensualidad para los adultos, ser lo pervertidas y desinhibidas que implican sus roles, y que hay que declarar que logran atribuirse la libertad que se requiere, gracias sobre todo a la buena cabeza del director y el recurso creativo, la fabricación de escenas más que del realismo o salir desnudas sin más, dependen del artificio. Y se dejan ver, logran su cometido, sin aspavientos. Ayuda la falta de pretensiones, las máscaras en los asaltos o no enfocarse tanto en sus rostros, sino dejarlas que fluyan en la sencillez del argumento. En lo sexual hacen lo mínimo, que es lo muy justo, lo que les resulta un esfuerzo en sus carreras, pero que se hiperboliza, dándose tomas cuidadas en un trío en la piscina o la facilidad de que se desnude Rachel Korine, que hace escenas más subidas de tono, algo más explicitas sin que tampoco sean pornográficas.  Se trata de la amplificación de lo sensual y sexual, con gestos, diálogos, preámbulos, con sugerencia, y eso es un logro para Korine, al que le funciona. Siendo sin duda, su filme más llevadero, aunque hay que perdonarle cierto ridículo, marca de la casa, como la canción en piano de Britney Spears y los disparos que anteceden la revancha. Suponemos que ahí subyace la ironía, no cabe otra interpretación, y pues da risa, como también cierta vergüenza semejante desfachatez, que será apreciada solo por fans de Justin Bieber o Britney, y similares. Cantante pop que hay que mencionar que representa el sentir del filme,  que dibuja la participación de Selena Gomez –que no se le exige realmente nada, hace el papel que le cae o le viene perfecto, y está en la historia como se le suele ver, fuera de contexto- y una más atrevida Vanessa Hudgens.

Estamos ante un halo de inocencia que quiere cruzar la línea, que pretende transformarse y ser lo opuesto, y pues es -a un punto- un triunfo. La escena final de unas chiquillas armadas contra un capo y sus guardapespaldas –recordando la grosera pero buena escena con las dos enormes prostitutas, o cómo enseña su cuarto un matón inmaduro como Alien, fáciles pero contundentes reflejos de distintas caras de lo lumpen- es solo la locura y la libertad que parece en parte broma o provocación, lo que definitivamente no se toma en serio, y juzgarlo por ahí es romper el palito, desechar la propuesta, no lo hago, sino me dejo llevar por el entretenimiento. Korine no es muy arduo con la credibilidad de su filme, le deja reticencias que surcar al espectador, y eso está genial, porque el séptimo arte vende sueños, fantasías e ilusión, y eso hace a su modo éste irreverente director, a la par que proporciona un toque oscuro propio y la destrucción de míticas. La famosa revista francesa Cahier du cinéma dice que Spring breakers es una de las mejores películas del 2013, y en mi parecer no está mal, aunque no llega a tanto tampoco.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario con educación. No coloques enlaces a otros espacios. Evita dar spoilers si bien todo aporte argumental puede expresarse con sutileza. De lo contrario no se publicará.