viernes, 13 de diciembre de 2013

La gran belleza

Sexta película de Paolo Sorrentino que tiene una filmografía bastante interesante con películas como Las consecuencias del amor (2004) sobre un misterioso personaje atascado hace una década en un hotel que tiene que hacer mandados para la mafia transportando dinero para pagar un error financiero, que una vez enamorado de una guapa barman en la piel de la morena Olivia Magnani, nieta de Anna Magnani, querrá cambiar su abúlica, solitaria y monótona existencia. Película de mínimo recurso y algo excéntrica que basa su fuerza en los sugerentes detalles de una biografía de ficción, y la estética del papel que crea un camaleónico y estupendo Toni Servillo, fetiche del director, que vuelve a trabajar con él en otra pieza atractiva en su arte, Il Divo (2008), que retrata a un famoso, oscuro y exitoso político italiano de nombre Giulio Andreotti, en una de las mayores caracterizaciones de Servillo tanto física como intelectual y culturalmente representa el personaje para Italia. Se percibe en todo auge el estilo del cineasta en dotar a su obra de una personalidad que impresione, que nos descoloque de nuestro lugar común aun tratándose de algo de la identidad de su nación, como con los sospechosos crímenes relacionados al político dotados de variedad y curiosidad, y un humor corrosivo y sorpresivo que habla de no tomarse tan en serio, el que genera un arte propio, una forma de contar una historia alejada de su natural seriedad como tema, plasmándose la modernidad que más tarde presenciaremos en La gran belleza.

Su anterior propuesta cinematográfica es otra película a tomar muy en cuenta, Un lugar donde quedarse (2011) aunque más que por la extravagante trama por la forma de narrarlo, con solvencia, novedad y seguridad, en lo que puede ser un homenaje en buena parte al grupo musical The Talking heads y en especial al cantante David Byrne que aparece en el filme, siendo su canción que titula la obra, esencial como leitmotiv; en hallarnos a nosotros mismos, en reconciliarnos con nuestra existencia. El papel protagónico lo tiene Sean Penn que parece tomar para sí la imagen de Robert Smith de The Cure. La historia discurre por lo rocambolesco aunque en conclusión resulta sencilla, si estamos atentos; tratar de redimir al padre judío de este antiguo cantante pop que fue Cheyenne (Penn),  el que fue humillado por un nazi, y ahora el hijo sabiendo de que todavía vive lo busca para cobrarse la falta que marco al progenitor de por vida, siendo una forma de recuperar un afecto perdido tras convertirse en un aparente ser inmaduro y un freak, el que carga además para empeorar la situación con una conciencia lastimada por el suicidio de un fanático tras el mensaje pesimista de sus canciones. Este filme ganó el premio del jurado ecuménico en Cannes 2011, es una road movie y una investigación personal bastante curiosa y bien ejecutada, y a su vez muy melómana, que habría que revisar.  

Finalmente abordamos el filme en cuestión, uno que sigue varios parámetros importantes del arte, lo que en sí como tal es parte del argumento, trama y esencia de la realización, en hallar como manifiesta el título, la belleza más grande de nuestra humanidad, y pues eso hace inmediatamente participe al arte al ser esa su búsqueda y representación, no obstante al final se alega que todo es truco, artificio, y se podría decir que se opta más por un sentir “único” como en el sueño perenne de la tranquilidad del mar, el enamoramiento que nos marcó y que nunca se concibió más que en una aventura pasajera de eterna memoria; o en la amistad que perdona todas las fallas e imperfecciones, hasta la vanidad, el libertinaje, la juerga, el egocentrismo o el vacío que se comparte y es reflejo de una clase privilegiada que es a fin de cuentas tan pedestre y despreocupada como regla de antonomasia. También se percibe como una opción lo espiritual que aunque es visto con cierta crítica e ironía, finalmente se opta por darle cabida con el surrealismo y la fantasía de su lado, en la penitencia de la santa de 105 años de edad.  Sin perder ese lado humano, particular (como en el cardenal y gastrónomo), propio del libre albedrio que queda muy marcado en toda esa fauna de personajes que recrea Sorrentino, unos más locos que otros, siempre extravagantes y espectaculares como haciendo uso de un realismo mágico último donde la curiosidad vive en la personalidad estrambótica.  

Recuerda mucho a La dolce vita (1960), y por ende a La noche (1961), ya que tienen  nexos y afinidades intelectuales y en la narrativa; usa como base o anhelo a Gustave Flaubert como sentido de la estética de la nada, aunque pervive por debajo Proust, de quienes dice no debemos darles demasiada importancia, como en su burla del arte contemporáneo y los falsos gurús de la originalidad que no quieren justificar sus trabajos, o no saben hacerlo, y son gestores de lo absurdo como el violento golpe voluntario de una mujer desnuda contra una pared, que lleva en el vello púbico una figura del comunismo (una alusión de lo que podría entenderse como una ideología mal encaminada en los hechos, o como en una conversación que ridiculiza a una supuesta persona profunda, que nunca ha existido en toda consistencia). Haciéndose hincapié en una naturaleza esquiva más bien, demasiado libre, como con la niña enfadada que solo quiere vivir su edad y la normalidad de unos juegos infantiles, y sin embargo lo que parece un arrebato sobre la falsa virtud innata, una creación bajo lo espontaneo, resulta ser arte en toda magnitud, un capricho anárquico de algo que parece decir que no existe mayor sentido quizá, una casualidad, algo arbitrario. Si bien yace el arte en toda Roma, una ciudad nocturna, bohemia y superficial que nos dicen que está formada por gente simple que solo saben resaltar la moda y la pizza (que invoca al mundo desde su ejemplo), hasta provocar el desmayo o la muerte ante cierta grandeza (como en el turista japonés, que parece una lectura sarcástica, y que hace gala de los desplazamientos innovadores -salidos de donde uno menos cree- de Terrence Malick, emuladores del abordaje del paisaje en To the Wonder -2012-), la maravilla de todas las oportunidades que uno puede fabular o construir como la de los autorretratos diarios, mientras el arte es silencio, aunque muy humano, de ahí que la fantasía de una noche romántica brille gracias a un afortunado poseedor de las llaves más exquisitas de la aristocracia, a la que se le ataca contundentemente y también algo se le puede elogiar, aunque nos suene atípico.  Y ahí nos llevan a portentosas esculturas, arquitecturas, cuadros cargados de pasión y estética,  como en la convivencia del impactante coliseo romano con la vista de una terraza de un apartamento urbano, y la proximidad de un delincuente. Contemporaneidad burda, cotidianidad sin sustancia, con la locura de ver una jirafa en plena ciudad, junto con arte en toda palabra que yace como en la oscuridad, como en segundo plano. Sorrentino como característica hemos de mencionar que perpetra un desconcierto momentáneo en sus ataques de audacia para luego contener la explicación concerniente, aunque puede hacer uso de matices, y bascular en la ambigüedad de varias posturas.

La trama nos remite a un nuevo Marcello Matroianni en el actor Toni Servillo como Jep Gambardella , un escritor de un solo celebrado libro hace 40 años atrás y que se dedica a ejercer el periodismo en su especialidad de la entrevista, mientras se va siempre de fiesta con un cogollo de conocidos y amigos que pertenecen a la gente más pudiente, donde abundan los trapos sucios y abismos, locura, insatisfacción, promiscuidad, fetichismos, exhibicionismo, inmadurez, vacío, infidelidad, conveniencia, soledad, agotamiento, desilusión, etc., que los hacen semejantes a cualquier mortal. Metiéndose en una juerga y aglomero de desenfadada -rara a un grado- visualidad con música de Rafaela Carrá en versión electrónica o en la ineludible de mencionar, “Mueve la colita”, es decir, en lo más ordinario del mundo. Donde hay muchos viejos, enanos, vedettes caídas a menos, strippers de 43 años que no tienen rumbo, mucha lujuria, banalidad, excesos, una infinidad de imperfección en que uno solo quiere divertirse, seguir eternamente joven, adormecerse, no pensar, jalar coca, alcoholizarse hasta caerse (aunque Jep solo bebe hasta el punto de no caer mal, lo cual no es especial en él ni a lo que le es tan fiel sino se ciñe a una postura cómoda, de apariencia de felicidad; y es que este personaje cínico, también es contradictoriamente iluso o deseoso de soñar, pero carga con un protocolo propio de su frustración; siendo un tipo atrapado en querer ser trascendente, que hallándola sería el paso seguro seguirla aunque parece descreer de que exista, sin ínfulas más que las naturales o ejemplares, pero que  es todo lo contrario dejándose  llevar por el entorno y su realidad, arraigando en su persona el oculto desánimo tras la figura fuerte e insensible, del lado del conformismo de lo efímero queriendo otra cosa, proyectarse a algo superior, y es que es complicado aceptar la nada, como dice el protagonista, darse cuenta que no hay respuestas), enamorar a una hembra preciosa (deslumbrante y muy sensual la escultural figura de Sabrina Ferilli cuando hace un striptease, son 49 años que te dejan boca abierta, además de que yace simpático verle sobre un flotador infantil; y recuerda una frase del filme que vale recordarse, hay que buscar gente que nos haga sentir como niños, como por uno mismo), bailar hasta el agotamiento, ver espectáculos circenses cada vez más llamativos, vivir el presente, hacer lo que a uno le da la gana y la plata pueda aguantar.  No obstante, Jep tiene 65 años y se le acaba la vida, para lo que parece plantearse el que vendrá ahora, el siempre ubicuo vacío y sentido existencial, prima una inquietud tras tratar de cegarse, el querer hallar la belleza de la vida (una búsqueda que se ha intensificado en Gambardella y quiere al menos tener la noción de lo que es aunque no le pertenezca, que puede habérsele escapado de las manos), y cabe la posibilidad de que sea la familia, la nostalgia, irse de la ciudad y lo que significa: el desorden, o terminar o seguir con lo que un día dejó, como la escritura, el arte. Es una incógnita. Una que cada uno debe asumir.

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