sábado, 3 de diciembre de 2011

La tentación vive arriba

Conocida además como la comezón del séptimo año que sería una traducción más literal, ésta comedia de Billy Wilder del año 1955 tiene como coestrella principal a Marilyn Monroe, y si bien una cinta es el conjunto de sus partes o el predominio de su trama podemos decir que ésta realización bien vale verse únicamente para apreciar a aquella gran diva de cabello rubio platinado, en la exhibición de un cuerpo de pies a cabeza deliciosamente deslumbrante y con la sensualidad de aquellas curvas y gestos, unos ojos expresivos, una boca provocativa y en fin el manejo de tantos atributos femeninos en la que podía ser la más dulce tentación como precisa una de las traducciones al español.

Richard Sherman (Tom Ewell) alterado grita: “¡podría estar con Marilyn Monroe!” denunciando una infidelidad de cara a los celos que siente por una de sus fantasías dirigidas hacia un posible rival muy parecido a Cary Grant, y a pesar de tener entre manos el sueño perfecto e idílico de cualquier varón, éste aguanta estoico el llevar hasta las últimas consecuencias una aventura que lo mantiene en la balanza de la indecisión. Lo intenta pero no quiere rendirse ante esa beldad ingenua, fresca, tonta y transparente que le dice directamente que prefiere a los hombres casados, sin rehuir la propuesta de un amorío ya que no quiere ningún compromiso serio, dando clara muestra de alegre superficialidad. Sin embargo aunque puede creerse que estamos frente a una vil mujer de la vida, ella supera ese título al sobrellevar esa desinhibición natural y segura con una candidez como sentimentalismo en toda regla. Para muestra de ésta salvedad está el escuchar de sus labios que prefiere a los hombres tímidos y menos agraciados, ahí está lo que enloquece a una mujer dice justificándonos su sensibilidad, no el tipo implacablemente guapo que se mueve con vanidad, la misma que ella ostenta diciendo que los hombres suelen descontrolarse en su presencia, que no miente tampoco y en prueba está que Sherman trata de propasarse sentado en un banco cerca a un piano, que la excita, no la música clásica de sugerente estética melodiosa sino palillos chinos, una canción casi infantil de jubiloso ritmo, y eso es ella, una irresistible dama que a todas luces se propone en bandeja de plata abriendo su existencia sin medias tintas a la vera de un poco agraciado personaje que aunque de buena condición social e inteligente es simplemente uno más del montón o -quizás peor- el último de la fila.

Es el relato de un hombre que a los siete años de casado tras las vacaciones de verano de su esposa que parte con su hijo dejándolo por trabajo a solas durante dos semanas en una temporada donde los hombres pierden su mesura para brindarse libertades afectivas, está entre la espada y la pared, en medio de su obligación para con los votos matrimoniales y esa picazón que describe un libro médico de la que ningún caballero puede evitar estar proclive.

Prodigarse algo de diversión, sea trago, fumar o acostarse con otra mujer, es la disyuntiva del poderoso aullido interior del primitivismo ancestral que además vemos en un soporífero inicio recreado sobre los indios que poblaban Manhattan. Sherman es un buen cabeza de familia, honesto, trabajador, metódico y bien educado que a pesar de tanta cualidad queda embobado con aquella rubia, la chica del segundo piso que comunica con su escalera clausurada, a la que decide seducir sin dificultad, ya que aún en su graciosa fisonomía y actitud, ególatra como pocos pero provisto de una imaginación descomunal se hace capaz de hacerla rendir a sus pies. Una fantasía hecha realidad en medio de sus simpáticos sueños.

Viendo pasar en pantalla la intromisión de sus inquietudes, su mujer regresando enfadada con una pistola, su secretaria rompiéndole la camisa desesperada o su amante en la bañera dispersando el rumor de una carga de culpa. Es que Sherman es un neurótico con pantalones que mueve un dedo incontrolablemente pero que articula con aquella sencilla maravilla del deseo, una verdadera muñeca como manifiesta su rústico arrendador, unos diálogos muy fluidos y carismáticos, en un acierto del guión, ya que la conversación que se da constantemente entre la pareja está cargada de soltura, amena intrascendencia a ratos y a otros mucha cultura pero aproximada al trato común.

No se trata de una comedia vulgar sino muy centrada pero sin perder franqueza en el trato, ya que puede enfrentar temas álgidos, el adulterio, el chantaje, la promiscuidad, que no faltan en los discursos, muchos ya que el principal abarca amplios monólogos que rayan en cierta locura y a su vez apertura mental. No se guarda nada analizando su realidad, perennemente autocrítico de cada movimiento de su personalidad.

Monroe hace dignamente de una mujer fácil y boba. Su artificiosa lentitud se nos presenta creíble y aunque peca de excesiva se gana nuestro cariño. Con unos ojos eternamente sorprendidos en una mezcla de esencia dionisiaca en un comportamiento suave desprovisto sin contradecirnos de ningún atisbo de maldad. Ewell en hábil actuación es un risible protagónico muy agradable y pedestre que tiene siempre un as bajo la manga. Ambos interactúan con bastante encumbramiento fuera de presentarse sin demasiados adornos y complejidades. Parece todo simple y no lo es, ya que como bien se dice hacer el tonto cuando no lo eres no es asunto de cualquiera y Monroe finge, se ve pero funciona, sin dejar de ser aceptablemente tierna.

La carcajada viene sin embrollos cultos ni recursos mezquinos o desproporcionados, a ratos se sienten algunos pequeños espacios muertos pero en general la trama fluye rutilante. Los sucesos proporcionados por la imaginación del protagónico se hacen sumamente festivos, los tantos rodeos y las preocupaciones siempre entorno a corromper la confianza justificando una cana al aire a razón del desinterés de la cónyuge y de la emoción de la licencia sexual suman al producto, hazaña que en el mensaje intrínseco se perdona por ser parte de la naturaleza masculina y no rehúsa ser permisivo con liviandades como un par de besos y uno que otro exabrupto hormonal pero termina siendo aún en sus audacias de un aire naif. Los argumentos abundan pero la filosofía es la de la broma elegante aunque clara. Y no falta la mítica en el filme, la falda de aquel vestido blanco que se levanta con la ventilación del metro dejando ver unas hermosas piernas o la escena de Marilyn en la ventana avisando el olvido de unos zapatos que luego delicadamente los pasa a la distancia. Y es que estamos ante un amplio goce del cine clásico para cualquier espectador que sepa valorar el séptimo arte.

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