martes, 6 de diciembre de 2011

Japón

Hay cine llamado experimental y por ende si es destacado de culto, dirigido a un público pequeño ya que el mundo está acostumbrado a lo que Hollywood nos exporta. No es fácil que se entienda, producto de una estructura atípica a la norma, siendo importante la necesidad del fondo para que nos produzca vitalidad. Éste se mueve en un lenguaje muy personal, y una de sus características es la rareza, que no solo es que no estemos habituados.

El director mexicano Carlos Reygadas es ese tipo de personaje, que nos describe en su filme la depresión, su leitmotiv y mayor virtud, imitando el cine del iraní Abbas Kiarostami de El sabor de las cerezas (1997), a cinco años de ésta, aunque con diferencias como ahondar mucho más en el sentimiento y compartir el centro de atención.

Un hombre decide ir a morir a un pueblito olvidado y básico, sin que el cineasta nos engañe, lo recrea tal cual debe ser, en él espera suicidarse tras experimentar una búsqueda de paz en soledad, sin embargo prolonga su dolor o percibe la calma bajo una extraña tensión sexual, no es que sea muy joven ni de buena apariencia física -quien además es rengo- pero la degradación resulta palpable, el inicio de una constante en la filmografía del mexicano. Con ella explorará un sentimiento particular, un vínculo que lo hace llorar y con la que comparte fantasías o un trato entre amable y agresivo. No es un hombre que clasifique ni en lo sofisticado a pesar de la música que escucha ni en lo ordinario aunque lo sea masturbándose en el cuarto o fumando marihuana que comparte con una anciana que no deja de sorprendernos (que no significa que deje de ser creíble). Momentos resaltados por la lente del realizador para dibujarlo como un ser humano de difícil clasificación en un compromiso más para el espectador.

A parte de ese protagonista tenemos al pueblo en sí, un lugar donde los actores parecen salidos de una historia del neorrealismo italiano en donde no llenan los zapatos de los profesionales pero dan trasparencia a esa realidad. Los diálogos que dicen parecen declamados en un aula escolar de primaria y se entiende simplemente a razón de que son ellos mismos. El que destaca es el personaje masculino descrito anteriormente del cual no se conoce nombre, aunque todo gracias al guión y dirección de Reygadas, máximo artífice que subyuga todo a su ingenio.

Ascen, la compañera en esas vivencias de campo, en cambio a ratos parece luchar contra la cámara, los ojos van instintivamente hacia donde está, y muchos parlamentos suyos personifican falta de entusiasmo entendiéndose poco logrados aunque dándole crédito se deduce entrega al trabajo; besa a una mujer en un sueño y se acuesta con su inquilino. Su imagen nos gana pero se le saca sustancia y ella se la juega por la cinta. En el papel accede sin rechistar a acostarse con un extraño sin denotar excitación y la única justificación que escuchamos viene de su sobrino; “es que mi tía está loca” dice o es que es tan simple su personalidad que no puede negarse a decir que no, en contradicción de su devoción a la religión (léase además doble moral o ignorancia).

Minutos antes de desnudarse para tener sexo va a la iglesia; involuntariamente sonríe o su gesto está demás. Más tarde acata la absurda petición, el hombre solo dice que necesita su cuerpo para sanar, para superar su trance de desgraciado y todo eso brilla de extrañeza, pero no deja de ser curioso, atractivo en esencia como lo es la canción de un poblador, que parece tener buena voz pero ostenta un problema con la dicción; se nos muestra su dificultad y apetece escucharle, provoca expectativas en su imperfección; y con toda pretensión de cine intelectual o amor al arte más original del que nace de adentro nos motiva a creer que ese es el objetivo de Carlos Reygadas, ganador de la cámara de oro en mención especial, en ese serio festival de miembros cultos y excéntricos que es Cannes; premiando con justicia a un cineasta que se lo merece.

El filme aún con múltiples defectos presenta materia que lo realza; la cámara se mueve desorientándonos de nuestro sentido del espacio, varias tomas son muy cerradas y otras se enfocan en simplicidades como un ratón, un insecto o la copulación de unos caballos ante la risa de unos niños, innecesario quizás, pero cine al fin y al cabo, siendo toda posibilidad aceptable. A su vez se puede ver que se destaca detalles en esa transmisión de sacarle provecho a la naturaleza que es parte de ese neorrealismo que hemos mencionado, pero modernizado, como lo es también el hecho del nacionalismo de enseñar lo más autóctono pero con la experimentación del nuevo séptimo arte, elemento ganador por actualizarse, aunque a la vez minoritario por el tipo de modernismo.

Obra para los que quieren esforzarse mentalmente abiertos a la diversidad, como a lo chocante y a la vez próximos al minimalismo, porque es una realización sencilla a pesar de su particularidad y que se nos presenta con toda lógica; un punto a favor del autor.

Un recurso que hay que aguantar es la lentitud de la trama, la contemplación exasperante de la última contemporaneidad cinematográfica, inquietud que no nos hace desfallecer pero requiere adaptación para los que sientan que éste cine interesa, y me incluyo en ese grupo porque podemos confiar en que Reygadas tiene futuro de cara a su ópera prima y es digno mensajero de éste tipo de cine arte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario con educación. No coloques enlaces a otros espacios. Evita dar spoilers si bien todo aporte argumental puede expresarse con sutileza. De lo contrario no se publicará.