martes, 17 de marzo de 2015

Loreak

Mientras Ocho apellidos vascos formulaba y conjugaba bromas en base a los lugares comunes de los vascos a manos de un madrileño (la dirige Emilio Martínez Lázaro) sobre los prejuicios y diferencias de los andaluces hacia los vascos como su rápida inclinación a la protesta, haciendo hincapié en la ironía española sobre el temor al terrorismo, las costumbres de la gastronomía, el flequillo de los peinados de sus damas, los muchos aretes y el estilo rockero cotidiano, o sus expresiones redundantes o muletillas regionales, ahora vemos en Loreak otra cara de ellos, ésta vez una más sofisticada pero aun de a pie, invocando nuestra humanidad próxima, en el trato familiar pero dentro de un drama cuidado que repercute por su delicadeza, salvándose del total convencionalismo por su elegante y sutil puesta en escena, sintiéndolo/asumiéndolo como un discreto cine arte, gracias a escapar del melodrama o la exacerbación de sentimientos altisonantes, sobre todo apreciando el tacto y la delgada línea de su composición viendo que se trata mucho de la emotividad humana en las relaciones de pareja y de ella hacia los parientes como hacia el mundo, en cómo nos vemos en él, descubriendo las razones de la frialdad psicológica hacia un ser capital, los muchos silencios, la falta de comunicación, la soledad estando acompañados, las elipsis, al interiorizar mucho el sufrimiento, manejar el vacío y la frustración de manera sumisa, o propiciar el arrebato ocultando cierto desamor.

Tratamos principalmente con dos mujeres casadas, primero con Ane (Nagore Aranburu), tímida, observadora, aislada en sí misma pero aun así con cierto carácter, mientras yace abducida “sutil” y simbólicamente descolorida, sumando a un sentimiento de invisibilidad, tratada básicamente (en donde el filme se exime notablemente de sensualidad, y facilismo, tomando forma argumental, como también estar por encima del sexismo), por un oficio rústico de hombres en una constructora donde sorprendentemente se esconde un rayo de luz (habiendo un contraste entre el aspecto rudo de la labor con el aprecio por las flores del autor anónimo que no es incongruente, más bien son complementarios como una especie de mensaje en que el alma fuerte alberga o requiere de sensibilidad). Después con la enérgica Lourder (Itziar Ituño) mujer que pierde a su marido –aunque ya lo tenía perdido y viceversa, se hallaban secretamente muy distanciados, pero había que reconciliarse con su recuerdo- cuando no se lleva bien con la madre de éste que quiere hacer amistad con ella y curar la lejanía, la que es en parte un tercer puntal en la actriz Itziar Aizpuru que en realidad no es un aporte tan interesante ni se presta a logros o auscultaciones mayores, aunque implica varios dramatismos.

A Itziar Aispuru la recordamos de aquel papel totalmente entregado y atípico en el anterior trabajo de la dupla vasca Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, 80 egunean (2010) en que no teme el ridículo, uno que asoma de vez en cuando, teniendo un final muy remarcado, si bien se explota mucho la idea de la infantilización/inmadurez de la tercera edad, siendo una anciana que descubre casada que siente una inclinación lésbica por una mejor amiga de la infancia con quien hubo algún flirteo temprano, que es como un Los puentes de Madison (1995) gay, con mucho menor calado y arte, aunque ésta tiene de cierta comedia, como también no se puede negar a su vez un toque de sensibilidad como obra, desde el descubrimiento tardío de la sexualidad en el concepto de la vejez. Muy bien igual la coprotagonista del affair Mariasun Pagoaga en la plena afirmación a lo Ellen DeGeneres.

En Loreak desde luego no se trata de casualidades, pero esa es la jugada maestra, el pequeño “misterio” refrendado más que suficiente por el cese y la cadena, notando que lo más importante es el analizar una etapa de nuestras vidas, la de las dos protagonistas, más que confirmar un amor oculto. El difunto es mucho la unión/pretexto entre ellas, y la razón de tener entre manos aconteceres existenciales, uno que viene de la decadencia y otro prima en el florecimiento o rescate tras un estado que bien implica la prematura menopausia, por eso la donación del cadáver y la cremación son como un tránsito que superar, y hay una triste secundarización y olvido hacia éste que es el propio leitmotiv del filme, de ahí que se entienda que dejar flores o visitar tumbas sea retribuir, no dejar de lado al ser humano, la eternidad misma.

Las flores que recibe Ane todos los jueves sin remitente como punto de partida de la historia es la representación clara del goce y plenitud mental de un ser humano, los potentes detalles, los destellos de belleza (de cada vida) como dice Jonas Mekas, y la grandeza intelectual de lo que es más trascendental de lo que uno puede entender por lo que simbolizan como acto de amor, de perdón, de auto-superación, de satisfacción o de memoria; que tras el espejo del abandono se convierte en la misma acción, una que sirve para desentrañar la relación de Lourder y su trauma, o dolor a superar, y que ella haga acto de curación, tanto como lo mismo sucede -y se le agrega la gratitud- en Ane que lo confundía con un amor platónico. Los premios Goya 2015 la tuvieron como nominada a mejor película, y junto a La isla mínima y Magical girl hacen un grupo valioso. 

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