miércoles, 11 de marzo de 2015

“5”

Acerca de la mejor película peruana del 2014, la crítica nacional pone a una de éstas tres películas, El Mudo, de los hermanos Vega, mi elección; otros el mediometraje Microbús, de Alejandro Small, que como la anterior ha paseado por distintos festivales, y aun no la he podido ver; y por último hay quienes escogen la presente, a “5”, de Eduardo Quispe. Donde éste director goza del aprecio de los que suelen identificarse mucho con el cine independiente, o el más experimental, siendo una reminiscencia de aquello en una forma ideológica, es decir, el llamado de un arte verdadero, íntimo, atrevido, cinéfilo, de expresión rebelde, natural, representativo y en medio de la libertad formal, en el que anida la propia cultura y un quehacer político y social de orden nacional (como deja muy claro la introducción y el epilogo, abriendo en aquellas empleadas de un geriátrico, vendiendo zapatillas, en contraste con sus pacientes que representan el poder adquisitivo; y en el cierre en los cómicos ambulantes burlándose o desenmascarando la corrupción de nuestros gobernantes en medio de cierta sofisticación verbal en plena exhibición popular, como el propio filme significa). Es el outsider por antonomasia, con un mensaje contra lo que cree está mal (como en la lucha de clases y las diferencias sociales, o lo esencial y la alienación), sumado a que la inversión es ínfima por lo que se sabe y se ve, no hay producción, siendo algo muy personal, muy austero, grabada con apenas lo justo, tanto que en una entrevista Eduardo Quispe bromea diciendo que la cámara casera con la que trabaja se la habían prestado.

Es su quinta película, como es que las titula con el número pertinente, y ha mejorado, en cuanto a sus defectos pasados de filmación amateur, lo cual se podría decir que es su estilo y el que no ha abandonado; pero ésta vez, una de las mayores molestias para el espectador, la tembladera, es bastante menor, hay sostenimiento, más delicadeza, mejor manejo del movimiento y del seguimiento contextual, ese que dirige la puesta del sol –como bien indica un buen diálogo en la trascendencia, la permanencia y lo conmovedor- y la panorámica del mar en el malecón, lugares y esencias que subyugan a uno de los dos únicos protagonistas, en una pareja (aunque también cuente la gente de alrededor que solo pasa, y la cámara atrapa su espontaneidad, o eso invoca, como en el niño jugando con la regadera, o un joven con un perro curioso que no gusta de la fotografía y se manifiesta belicoso cuando le filman; como sobre todo sea tan importante la conversación). Por un lado está la muchacha de zona acomodada, como simplemente podemos denominarla, una figura que sirve para la discusión, más que las emociones visuales (que yo diría que son racionalizadas), ya que el enamoramiento no se palpa, no se logra de ninguna forma (solo se piensa, se intercambian posturas y convencimientos), el que en la historia supuestamente se va esfumando y enfrentándose tanto como argumentándose aunque en choque disímil (y en realidad amor nunca existe en el ecran, le pesa el tiempo del metraje que es el real, habiendo solo amabilidad, y puede que se le disculpe al filme en aquella ausencia en que ella implique lo superficial y la inmadurez para una relación); y por el otro yace una expresión profunda y analítica en el chico de la zona lejana, la otra denominación simbólica en uso (el propio director Eduardo Quispe, el que apela a no usar camarógrafo, y a grabarse entre ellos dos), aunque a ratos haga gala de la verborrea, del que habla mucho, a comparación de la simpatía y despreocupación de la chica que se queda sin ilación o respuesta a menudo, apelando a la espontaneidad y la simplicidad más honesta y a su vez pobre, pero empática.

Dentro de los defectos que van superándose o acomodándose, que por un lado son características de un estilo, digamos, que se acumulan y juegan entre sí, está el de la luz, en sí hay algunos oscurecimientos, pero no tan vulgares ni recurrentes como antes, donde faltaba mucha nitidez, ésta vez se perfila mejor en aprovechar postura e iluminación natural. También, y esto es interesante, los ángulos que se toman con la cámara, de los rostros o de las partes del cuerpo, o a veces se habla y no hay ninguna presencia, ésta fragmentación como sin formas o planos convencionales, se ven no solo naturales, libres, sino le dan una rotunda personalidad al asunto y al filme, favorece el sentir de tener una especie de estética formal, mucho mejor que con la idea de estar ante un vídeo VHS y haber grabado encima mientras se da una edición en azul tan terriblemente sucia, aunque es una afirmación lógica. El sonido falla en el arranque con las empleadas y el agua suelta en el jardín donde hablan Eduardo Quispe y la “actriz” Jamil Luzuriaga, habiendo otros pocos breves bajones, pero en su mayoría funciona.

El meollo del filme parte del aspecto romántico (en buena parte sutil, fuera de que termine exhibiendo demasiado sus cartas en cierto melodrama), pero lo que al final cuenta fuera de dejarnos seducir por el carisma y la interacción primaria, es que deja ver la peruanidad, lo cotidiano que nos envuelve, nuestro realismo, los estratos sociales, cuestionando, en un intercambio al parecer intrascendente, en un simple paseo de una tarde, pero como dice el mismo Quispe, lo mejor yace en lo que parece rutinario o común, más que en la grandilocuencia, y esa es una gran declaración de principios. 

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