martes, 21 de mayo de 2013

The Lords of Salem


Rob Zombie es un cantante de metal que simplemente toma las características de una música fuerte con inclinación al terror y la trabaja en el propio género cinematográfico. Su transición y comunión se ve muy natural. Sus primeras películas trabajan con sus ideas en la creación de una familia de salvajes y sádicos asesinos que inevitablemente nos recuerda en su debut, La casa de los 1000 cadáveres (2003) a Masacre en Texas (1974), con una ligera cosmovisión personal que más tarde toma mayor forma en los Renegados del diablo (2005), su continuación, en que un obsesivo policía en busca de venganza tras la muerte de su hermano a manos de estos criminales quiere liquidar, antes hacer sufrir,  en especial a tres de los asesinos pertenecientes a la misma familia de la primera película. Es un director que recurre a su propia imaginación y celebra el cine, es un notorio aficionado al séptimo arte, como se ve en sus propuestas en que ha trabajado haciendo dos filmes sobre la mítica Halloween (1978) de John Carpenter, o haciendo alarde de sapiencia como buen cinéfilo, en sobrenombres, referencias, poner en el metraje proyecciones de viejas películas, alusiones indirectas entre otros. En la presente vemos un cartel gigante de Viaje a la luna (1902) y recurre a los antecedentes antes descritos.  Su último filme versa sobre dos motivos de su arte, uno es el de su musa que yace en todas sus obras, la hermosa rubia muy simpática y alocada Sheri Moon Zombie que aparte de ser su esposa representa desde luego su estilo de vida, con características en la película como música pesada, cine, tatuajes, independencia, soltería, locuacidad, relajo, sensualidad, en la piel de una radio DJ que recibe una canción satánica de unos personajes desconocidos que se hacen llamar los señores; y el otro recurrir a un contexto y mito del terror, el estar en Salem,  Massachusetts, cuna de una famosa persecusión de brujas. Ambas se fusionan y nos entregan la presente trama.  Heidi Hawthorne (Sheri Moon Zombie) no lo sabe pero es participe de un legado y una maldición que tiene que ver con lo que anuncia el título de la película. Que son unas brujas reencarnadas que trataran de atraparla en su red de satanismo y brujería a raíz de vengarse del líder religioso que las quemo vivas no sin antes dejar un misterio a cuestas, el que nos compete y que va tejiendo un sinnúmero de imágenes terroríficas muy personales, salidas de la mente de un Rob Zombie que crea y exhibe sus propias mezclas, llenando la propuesta de una atmósfera sumamente blasfema con la religión, y mediante un imaginario fantástico, típico de la música que él hace y que se ve reflejada directamente en el papel de Heidi. También recurre a la leyenda de la secreta inscripción musical satánica debajo de un sonido de metal. Un concierto de ese estilo anuncia la celebración de esa dominación mental encubiertamente orquestada.

Lo blasfemo es constante, se toma la iconografía cristiana a la vera de lo que sería parte de un continuo rito satánico, detalles al respecto y una reinterpretación diabólica que absorbe la trama y la contextualiza, la vuelve terrorífica de lo que sería una ciudad común americana pero con una historia en el género (como la fiesta de Halloween en otras propuestas anteriores de Rob Zombie que permite un estado de enajenación macabro y homicida). Se da en sentido evolutivo hacia el gran evento musical (parece la ensoñación convertida en realidad de la ilusión de la música pesada que sigue lo satánico como leit motiv), de forma lenta –sin afectar el ritmo conjunto del filme-  y bajo piezas que se repiten y engrosan cada vez más, que se refuerzan, hacia una conversión en la elucubración/aclimatación fantástica. Un sacerdote participando de una pesadilla al recibir una felación dentro de una iglesia y vomitando algo viscoso negro, monstruos fantasmagóricos que nos recuerdan las historias de Lovecraft, vestidos de curas masturbándose con falos de colores, una cruz roja de neón en una abandonada habitación que nos remite a la reencarnación del horror asesino de El Resplandor (1980), visiones intempestivas que se amoldan al escenario contemporáneo, cómplices marcadas por la rememoración de las brujas primigenias y sus exhibiciones rituales, su violencia verbal y su aire sucio, y una variedad de recursos visuales que exaltan la sensación de brutal llamado místico diabólico que va tomando posesión del lugar vislumbrando algún evento trascendental que nos mueva al miedo, que se va haciendo y predisponiéndonos.

La espera de un desenlace mayor no termina de cumplirse a la escala que proponía, aunque es coherente y solvente (sobre todo en el epilogo que nos muestra un desenlace que es típico de asuntos como los que se anuncia antes en la trama, como termina siendo dentro de los parámetros reales, pero claro con la recreación espectacular que permite el séptimo arte y el género del terror aunando la capacidad imaginativa, entretenida y efectiva del director), esperábamos algo más original, se hizo demasiado expectante, porque concluye siendo un cúmulo de imágenes vintage tirando para el marrón al estilo de un videoclip musical lleno como en un mural del terror donde todo cabe muy al estilo de sus dos originales primeras películas, como en el laberinto subterráneo debajo del cementerio popular del Dr. Satán y sus bestias de muerte en La casa de los 1000 cadáveres y con el exceso legendario y poético de Los renegados del diablo frente al acribillamiento del vehículo. Es una recreación final en parte vacía, que se regodea como lo antes mencionado en su exaltación sin más, que se aleja de concebir un argumento más sorprendente que yazca más fijo y audaz en cuanto a estar alineado con su relato, que lo hace no lo negamos, pero se dispersa en el efecto, subyace onanista, como buscando divertirse y claro eso llega a trasmitirse como en sus predecesoras, sin embargo argumentalmente le pedimos algo más para generar la trascendencia de la trama más que el puro goce cinéfilo y superficial.

Sheri Moon Zombie como siempre yace bastante cool, muy sensual, desnudándose con facilidad como regularmente lo hace en el cine de su marido, mostrando sus lindas curvas y su graciosa y agradable personalidad aquí más tenebrosa y más abstraída por esas fuerzas oscuras que hacen de su cuerpo un objeto del mal, de venganza y maldición, y proporcionando la perfecta recreación del estilo de vida al que Zombie se adscribe, a sus constantes, en una ambientación típica de su mundo, que engancha con nuestra contemporaneidad, con la frescura juvenil del eterno espíritu rebelde, en el ejemplo moderno de la convivencia con la edad que aún no nos llega. Hay una línea que dice, no estás ya muy viejo para escuchar esa porquería, y no, ni Rob Zombie lo está  a sus 47 años ni nosotros lo estamos/estaremos con el terror más violento, con el metal o el rock pesado, con los desnudos físicos y del alma, con la libertad y con la extravagancia. En un filme muy clásico de estos tiempos y que es un firme legado de la esencialidad del terror, rozando ratos ridículos como lo del enano con los que parecen cordones umbilicales salidos de los brazos, o el que se va acercando a la cama muy al estilo de David Lynch o ese atrevimiento continuo de la usurpación de lo cristiano que puede ser bobo a veces pero insolente y mayormente oscuro, como lo es en general todo el conjunto a favor de una salvaje recreación que termina funcionando y presentando personalidad. Zombie es la elevación del cine B, atañe idóneamente a la honestidad, el libre albedrio y la simpleza del género, de una estética pedestre pero que a la vez deja de serlo en un producto contundente, lógico y articulado revestido de grandilocuencia ordinaria. La trama existe, no está nada mal sino muy por el contrario, pero el regodeo (que no es malo tampoco a un punto) es un poco mayor, basado por y para el entretenimiento (de cinéfilo a compañero, de amante del terror a otro), como dos mujeres luchando en el lodo, (en una película) sensual(es), agresiva(s), visual(es) -para impresionar-, un tipo irreductible de arte moderno pero en el buen uso de la palabra.

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