viernes, 31 de mayo de 2013

Attenberg

Cinta del año 2010 perteneciente al cine griego moderno donde resalta principalmente su deseo de ser una propuesta trasgresora y original, como se estila en muchos cineastas contemporáneos ensimismados en la ambición de salir del rebaño, pero en donde siempre debe estudiarse a qué precio y si vale la pena, sino algo más clásico puede ser una mejor opción, todo depende de qué sea lo que propongas a fin de cuentas. Tanto para bien como para mal no hay demasiado de ninguna de las dos como para absorber el conjunto o impresionarnos intensamente pero destacan ambas notoriamente entre sus características, lo que lastra un poco su resultado, siendo su predisposición y la consiguiente sensación de sus intenciones objeto de caer en cierto aire de gratuidad o provocar paradójicamente abulia aun siendo abiertos al cine de autor, al que se pretende con devoción.

Presenta un cariz en parte criticable negativamente de efectismo, sin embargo no al punto de minusvalorar la película porque toda la trama y sus imágenes por más libres que sean algunas se amoldan a la perspectiva general, es decir que la narración de su personal auscultación predomina, y esta versa sobre el sexo y (por supuesto) los sentimientos, más indirectamente. En ese panorama se nos presentan dos amigas. Opuestas en personalidad y anhelos sexuales, una hasta se muestra y se ve bastante apática en su fisonomía en ese aspecto, repele el coito -al que denomina eso del pistón que cree le molestará entrando y saliendo en su cuerpo como un ente invasor y conquistador- y le son difíciles las relaciones humanas, aunque siente mucha curiosidad por ello (más clara no puede ser la escena de las dos lenguas femeninas moviéndose en un beso demasiado entusiasta y torpe), de lo cual surge una “dependencia” de la amistad de Bella (Evangelia Randou), una chica sexualmente activa y libre, incluso promiscua y fácil, que ve el acto en sí de forma sumamente superficial, muy abiertamente, en un sendero práctico, al punto de hacer favores sexuales y ser bisexual.

En la cosmovisión de la autora, de Athina Rachel Tsangari en esta su segunda película, se metaforiza lo sexual en las plantas, se puede ver además una indagación física de ese fundamento, y se articula mucha semejanza humana con los animales (inspirada en los documentales donde participa el naturalista inglés David Attenborough que proporciona el título en la mala pronunciación del griego de su apellido, como en el cartel de la película en donde la continuación interna de los brazos empujando la espalda asemeja a las alas de un ave)Hay ratos que la simplificación llega a ser muy didáctica. En el filme la ignorancia y la libertad juegan un gran papel. El que nos quiere decir que lo sexual es un descubrimiento -y una continuidad- personal menos trascendente de lo que creemos, aunque sea psicológicamente importante desde la concepción de uno.

La protagonista y eje de la historia, Marina (Ariane Labed, mejor actriz en el Festival de Cine de Venecia 2010) mientras enfrenta la próxima muerte de la raíz que la sostiene al mundo, su padre, Spyros, en una relación que la describe como “una hija de papá” (entre comillas porque es una persona atrevida y aunque torpe e inmadura, segura y fuerte), su confidente, su amigo, el ser que más quiere, debe aprender a sostenerse y seguir por sí misma, ser líder de su destino de forma aún más solitaria de lo que ya es,  y en esa obligatoria decisión su mente debe entender su relación con lo sexual, ese es su reto (que radica en un razonamiento conflictivo), en asumirse tal cual, en pasar por esos dos trances definitorios, el inicio y el final, solo que como se entiende, todo es menos de lo que se cree, solo que la complejidad de nuestra esencia ante semejantes temas hacen de la experiencia un aire de tragedia, que lo es hasta comprender que es inevitable en nuestras vidas. Es el descubrir de la simpleza de lo complicado, eso es lo principal. Y ella encaja en la resolución aunque no en todos los atributos que se requieren.

El problema subyace en que idealiza al padre al que imagina sin pene ni (degradante) lascivia, lo que luego en el acto de renuncia en la entrega de la amiga denota que se ha asumido su condición de ser humano. Sin embargo el amor al que aspira la trama siempre por esas circunstancias es tan complejo de llenar al alcance de su precedente totalizante y demasiado grande aunque inevitablemente deba buscarlo, para seguir adelante, y conseguirlo para  llegar a la plenitud, a fomentar una mejor vida. Vislumbrar el inminente vacío la impulsa a que lo intente, a cambiar de parecer. El amor es un tema elíptico pero brilla en las canciones francesas románticas que se amoldan al conjunto y más que decoración musical o audaz contraste representan una línea ideológica discreta de exploración del filme. Solo que vista en pantalla desde una perspectiva dura.

Spyros (Vangelis Mourikis) es ateo, quiere ser cremado estando en una nación ortodoxa que repudia esa liberalidad anti-cristiana, él mediante su calma y la aceptación de su último camino ejerce la dirección del universo de su hija, siempre le ha sido de ejemplo habiendo dos rasgos marcados que se desprenden de él, su firmeza y una oculta esencialidad salvaje, primitiva. Spyros es un macaco, es una bestia, como marina lo ha heredado y se ha instruido sabiéndolo, y el mensaje es el mismo para todos los demás, y la transición con la realidad pasa por esa naturaleza. Es una mirada reflexiva específica. Marina despliega inocencia en su aprendizaje sexual en algo que suele ser violento, solo que el tono del filme no lo es, queda velado por la férrea voluntad de los personajes. La temática no tiene solemnidad, es relajada, aunque a ratos extraña, como los bailes y exhibiciones de intensidad de las intrínsecamente sensuales chiquillas, de una espontaneidad que es un grito de rebeldía. Con coreografías irreverentes y en parte absurdas, burlescas, como el trasfondo de quien arremete contra el mundo sin temerle y aunque desconociendo mucho de éste tomándolo de los pelos, como en ese acto sexual primerizo con el ingeniero (el director griego Giorgos Lanthimos que no lo hace mal como actor, en un semblante tímido y actos comprensivos sin mucha excitación) a quien que le dejen el auto del trabajo diariamente le sirve de pretexto para acostarse con una inexperta Marina que parece hallarse con el tipo que requiere. La que se desnuda como una alumna presurosa y fría lista para aceptar el cambio que invita la vida, si es que realmente le hace efecto al decir de contrarrestar su indolencia sexual y sus vínculos afectivos para con otros que no sean su padre, o seguirá desligada del mundo siendo una despreocupada y extraña persona. No lo sabemos. Pero la noción y el trance personal ya indican una evolución.

Se enfatiza el cariz de materialismo frente a la muerte en los cobros del hospital y las órdenes fúnebres, un trámite común que son también (mucho) negocio, que muestran un plano de banalización que sirve de reflejo para desligarnos del misticismo que enaltece el final de la existencia.  Tiene de bofetada a cierta sensibilidad y a la aspiración de embellecimiento que suele articular el hombre, como también el arte. No obstante, Athina Rachel Tsangari le rehúye, aunque crea en el espectador un enternecimiento para con su criatura, para con Marina, en ese aire de idiotez, de rareza y hasta de insolencia que ostenta, es un ser imperfecto en toda palabra, voluble e impredecible, como cuando pregunta al padre si la sueña desnuda, o le pide a Bella que como última satisfacción sexual, solo una necesidad, cumpla con acostarse con su progenitor.

Un filme que posee una emotividad escondida tras la erradicación de las convenciones, de la extirpación de las ilusiones, de las mentiras que calman.  Aunque por momentos el filme parezca un cúmulo de muchos exabruptos o de la irresponsabilidad, de una pedrada que abre la visibilidad sin ser sensacionalista salvo contundente en su simplificación o en su elegante ataque a lo pedestre y lo trascendental. En transportar la muerte del padre (¿una especie de Dios?) a esa desnudez de Marina cargada de tranquila aridez y de constantes preguntas, aunque tenga lo suyo cuando la chica se desahoga con una danza frenética, un reflejo “irracional” de su estado emocional. Un camino que se construye con lo que se destruye, paleando uno el otro. Y uno conoce, vive y eso es todo, de cara a ese sugerente último escenario, el contexto y parte de la identidad de la película, un pueblo industrial, en que se está trabajando, en donde el ser humano en realidad se mueve, en una lucha contra nuestra naturaleza y en donde la arquitectura, la profesión de Spyros, también nos disfraza. Junto con la alegría, el (necesario y vital) desparpajo y la intensidad de bailes y gestos complementarios.


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