domingo, 10 de marzo de 2013

Yaaba y Tilai


El cine netamente africano –con perdón de las producciones europeas en el continente negro, ayuda que nunca esta demás y no falta, o cierta predominancia de Sudáfrica- no suele conocerse, es casi invisible, salvo para la gente que se esfuerza en buscarlo o por medio de lo poco que llega a descubrirse gracias a la luz de algunos festivales internacionales (el último que se pudo ver fue del egipcio Yousry Nasrallah, After the battle, en Cannes 2012). Siendo un séptimo arte poco difundido pero que como todos tiene algo que aportar. Y viendo al que tenemos presente, a Idrissa Ouedraogo, uno de los más famosos, nacido en Burkina Faso, uno puede decir que su obra tiene carisma, identidad, historias, dramas y, por supuesto, profundidad.

No vamos a mentir tampoco y decir que el cine que tenemos entre manos es de suma complejidad o posee las actuaciones más verídicas, justamente no es así, son relatos bastante sencillos y los actores ostentan muchos defectos.  Sin embargo estamos ante una idiosincrasia muy definida y propia, antropológica y culturalmente atractiva, especial y digna de llevarse a la gran pantalla y poder conocerla y alimentar al espectador con un arte particular que a la vez remite a nuestra innegable e ineludible universalidad, y es que toda arte la busca, la procesa, la exhibe y la analiza. En ambos filmes tratados vemos la esencia primigenia de nuestra humanidad, nuestro acercamiento con la naturaleza y el lado primario de poder vernos reflejados. Destila inocencia, transparencia en una forma clara y directa, y como en toda nuestra estructura humana no le faltan estados de conflicto, despertando  la instintiva crueldad, como también no se exime naturalmente del amor. Y en esas coordenadas se mueven los pobladores africanos bajo su territorio, sus costumbres y su diario vivir. Estamos ante una aclimatación total, fiel a lo que se puede denotar la existencia rural africana, las casas de esteras o adobe, los burros como transporte, la artesanía de uso personal, el tejer con métodos oriundos al país, los curanderos y las creencias supersticiosas, los torsos femeninos descubiertos, la precariedad, los pies descalzos, usualmente en túnicas o a veces en simples calzoncillos, el baile autóctono bajo el toque de la flauta, o los enormes cantaros de barro llevados sobre las cabezas. Se mueven en un terreno árido y con escasa vegetación, bañándose en ríos. Todo encantadoramente típico sin explotar ninguna artificialidad o efectismo de cara a la cámara. No se trata más que de reflejar la realidad. Muy propio de un pueblito tradicional perdido en el tiempo (Yaaba es de 1989 y Tilai de 1990), lejos de las necesidades de la modernidad tecnológica y urbana de las grandes capitales, un canto de simplicidad en la felicidad de su idiosincrasia y su cosmovisión aborigen, claro con su personal problemática (la anciana marginada y tildada de bruja en Yaaba o el padre casado con la prometida de su hijo en Tilai). Por lo que ostentan sus pasiones, predominando el sexo (aunque no hay nada explicito ni por asomo, todo muy limpio y extremadamente sano en pantalla), el amor, los celos, la infidelidad, el alcoholismo, la violencia, las venganzas, el honor mancillado. Un sinfín de motivos compartidos por todo ser humano en el planeta.  

Yaaba y Tilai no es que quieran mostrar el espacio envuelto en ignorancia, sino son propuestas desde dentro hay que recalcar y eso las provee de una autenticidad envidiable aun en sus alcances tan discretos, es más bien adaptarse al contexto de su sencillez interpretativa y de pretensión acerca del mundo y sus extraños designios, como la enfermedad. Aunque también influye viendo Tilai (La ley), y al notar lo que el título define, las reglas tradicionales que derivan en acontecimientos negativos tales como el fratricidio o el suicidio a razón del honor perdido, en un contexto que permite la poligamia o el forzar el casamiento por medio de los padres. De ello que Saga (Rasmane Ouedraogo) decida robar y huir con Nogma, enfureciendo al padre de él y esposo de ella, con la consabida venganza y confabulación del pueblo. Ya que las represalias ante la falta hacia un integrante de la comunidad se dan en colectividad, hay un sentido de reunirse y ejercer el castigo en forma grupal. Hasta el punto de permitir el ajusticiamiento o en el caso de Yaba el exilio.

En Yaaba, que significa abuela, como llama el pequeño Bila (Noufou Ouédraogo) de diez años de edad a una anciana de nombre Sana que es repudiada por el pueblo al ser tildada de bruja por justificaciones de su nacimiento y su temprana orfandad, una niña, Nopoko (Roukietou Barry) cae presa del tétano por un corte en una pelea pendiendo su vida de un hilo ante la superstición de su gente que cree es un maleficio. Sin embargo tras la comprensión del travieso y alegre chiquillo que termina en  la consiguiente unión con Yaaba, pronto la cura llegara de quien menos se cree. No antes habiendo actos enajenados contra la indefensa y pacifica mujer. Como se ve en la película,  resumir la trama es muy fácil, todo fluye con solidez y en la llaneza más flagrante, pero yacen ambas propuestas bajo la sensación de estar muy despiertas, con una amplia carga de simpatía de la que se revisten de pies a cabeza. Se capta en esas actuaciones, con diálogos apresurados, escupidos o declamados como quien cree que solo basta decirlo, una alegría detrás de sus roles. Las sonrisas y las bromas naif llegan al punto. Hay una buena distribución del drama y del optimismo, está a partes iguales. Aun sin apostar necesariamente por el final feliz.

Tilai y Yaaba difunden su geografía en estado puro, su forma de existir a flor de piel con miles de detalles y presencias que nos dan rasgos de su africanidad (de una parte, como la tienen todos los países en zonas primigenias o de campo, desde su cultura), su cotidianidad más desnuda y sin ningún complejo, orgullosas de su entorno, de su quehacer y discurrir normal, con una honestidad y tranquilidad que el neorrealismo italiano tendría que admirar. Ambas poseen pequeñas sub-tramas independientes. Saga, celoso de un errante hombre subido en un burro cree ver algún enamoramiento de su pareja. Esto pasaría desapercibido y hasta se vería mal resuelto – de manera rauda y tal como llega superficial- sino fuera que en Yaaba, un año atrás, se exhibe una infidelidad con notorias semejanzas, y valga la acotación el personaje engañado lo interpreta el mismo actor, Rasmane Ouedraogo, que en su papel de Noaga sufre de impotencia por alcohólico teniendo a su esposa descontenta, la que siente tiene una razón para dejarlo y lo grita a los cuatro vientos bajo el apoyo de las féminas de su entorno. El filme lo deja claro en su mensaje, incluso por boca de algunos personajes que lo dicen con toda convicción. Y eso remite a la importancia del sexo en éste ambiente, no muy distinto a otros más próximos. Hay comedia al respecto, en sí esta subyace muy ligera en las dos, sutilmente, siempre rozando la ñoñez o, siendo indulgentes, lo buena onda.

No podemos subestimar el cine de Idrissa Ouedraogo, no solo porque Yaaba obtuvo el fipresci y la especial mención del premio ecuménico del jurado en el Festival de Cine de Cannes de  1989, mientras Tilai ganó el Grand Prize of the Jury en el mismo festival en 1990, o porque son dos de los mayores referentes de Burkina Faso y del séptimo arte africano, sino porque su frescura, sencillez argumental y robusta gracia, suman –se pliegan- a un escenario único, distinto, que nos permite observarnos. Esencialmente estamos inmersos, en una geografía y costumbre no tanto exótica –aunque algo leve en realidad tiene de eso- sino con una personalidad detrás que apreciar, que no nos será indiferente, ni vacía o repetitiva si bien es lo más sencilla a fin de cuentas. Tal que nos llega en la forma de Ouedraogo, que nos acostumbra  a la identidad de su gente, de sus actores y representantes naturalistas, creíbles aun en sus carencias. Es un metraje donde al rato de que nos comprometa como espectadores (“increíblemente” pasará, ténganlo por seguro) uno ya ni nota la rapidez de las voces, alguna involuntaria sonrisa en medio de un parlamento serio, una mirada perdida al despedirse o uno que otro grito con atisbo de falsedad sino la luz de la cara de la talentosa niña Roukietou Barry jugando a las apuestas con el protagonismo de Bila, los reproches de esta hacia Nogma (ensoñada en un aluvión de absoluto romanticismo), la lograda escena del sudor de la muerte en Yaaba, el cariño que articula en su rol Noufou Ouédraogo hacia su abuela ficticia y su mejor amiga (actores de pocas películas), y toda  la maravillosa espontaneidad de la que exuda la comunidad entera en ambos filmes, aun recriminándoles algo de su performance.

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