domingo, 23 de septiembre de 2012

El buen Pedro

El director peruano Sandro Ventura nos trae la historia de un asesino en serie que se oculta tras una fachada de hombre probo, quien posiblemente a razón del vacío tiene una enfermedad en la que llena su vida con la intensidad de matar prostitutas, habiendo un paralelismo en un diálogo con su casera en que responde fastidiado hallarse muy contento con su soledad mientras sobrelleva un fuerte dolor en la espalda que se puede entender como una connotación de su contexto interior.

El intachable de día, Pedro (Miguel Torres Bohl) que sale a matar a las dos de la madrugada en punto, no es la única quebradura de cabeza de su perseguidor, el investigador de policía de nombre Gabriel (Roger del Águila) sino la pareja de éste, que es puta,  la más engreída de todas dice una nostálgica compañera, y entre seguir los pasos de un criminal y lidiar con su complicada fácil mujer yace en medio de la depresión y el lamento. Tanto Pedro como Gabriel comparten el semblante poco expresivo o unidimensional, el meditabundo en uno y el constantemente enojado - en un ente aparentemente pacífico- y desconfiado en otro, ambos actores recurren al mínimo de gestos, hay cierta carencia en ello aunque en buena parte se entiende en sus personajes. Roger del Águila nos tiene acostumbrados a su comicidad, pero al verlo serio, perpetrado en su congoja, logra su cometido, asumirlo dentro de un drama, sin embargo parece no poseer mayores registros o se extrañan más demostraciones emocionales y artísticas (el ser humano tienen varias facetas), no obstante cumple, más por sus antecedentes, estar en un registro atípico, como el del curioso caso de Carlos Álvarez como jefe de la policía, que a diferencia de lo que se especulaba solo parece estar en un sketch más de una de sus imitaciones, en la cinta tiene un corte criollo y punzante, algo muy similar a la esencia de sus caracterizaciones fuera de que pretenda realismo.  

La primera parte del filme hace extrañar un poco de audacia, quizás porque quiere ubicarnos en el ambiente y poner las fichas sobre el tablero, aun siendo bastante consciente de lo que hace y lo maneja bien, con conocimiento que se refleja en las formas y en detalles (una bailarina de nightclub despintándose hasta ser una persona cualquiera), sin embargo eso cambia en la segunda mitad en que podemos ver dos clímax en los que no sabemos cómo terminaran, abriendo campo a la sorpresa y al entusiasmo de una trama menos didáctica o insulsa; una de las escenas en mención da un salto incluso fuera de la hegemónica calma triste de la derrota, y brilla por la explosividad que ha estado acumulándose en el conformismo de Gabriel, en un instante en que sentimos que los dos protagonistas pueden ser más afines de lo que ya creemos, y a su vez sobresale la secuencia del desenlace que está atrevida en hacer de un impulso un ataque a vista de los demás.

En este tipo de filmes es importante como se ven y se perciben los asesinatos, los que en esta propuesta abundan, resultando atractivo basarse en la acción de los eventos ya que incita a captar un tono más vivencial y práctico que desarrolla más emociones, por eso hay que mencionar que la muerte de una de las prostitutas empujando despacio el cuchillo en su pecho parece muy primario, efecto que falla del grupo, empero no le quitamos al filme que logra la ansiada veracidad global, sobre todo en el desencadenante en la cocina, que resulta la más grotesca de todas las escenas aun siendo de poca duración, finalmente es la más plausible del conjunto seguida del imprevisible atropello, pero que requiere ponerle más fuerza visual al resto y entregar mayor alcance sensorial al espectador, darle un aire de cierta brutalidad no necesariamente en el ejecutor sino en cómo se dibuja el acto, demandando incorrección, salvajismo, y que en la presente película falta en la guinda que debería hacer la diferencia en el toque visceral y réprobo que se esperaría, aun queriendo ser sutil, ya que tenemos que estar conscientes  aun en la elegancia de las formas de qué está pasando, se está quitando la vida a una persona y de forma violenta.

Tantas muertes refuerzan y definen al género al que se adscribe, también contrasta como notoriamente se quiere con la vida cotidiana diurna del asesino, hay una exhibición que apunta a la franqueza y proximidad recreativa, también llevada con arte en algunos momentos como la toma de un cadáver cubierto por una bolsa azul dejando ver solo las piernas ennegrecidas.

Funcionan las dramatizaciones de las agresiones –el querer escapar o la preocupación de lo que intuye la víctima y viene-  y ese preámbulo de encuentro antes de cada homicidio, algo en que suele relucir en cierto cine las malas actuaciones y en el filme que nos compete tiene aciertos y otros no tanto, poseyendo actuaciones sencillas. Destaca sacar del cuadro de la cámara al cazador dejando su comportamiento y personalidad aparte en la imaginación o enfocarse a recrear la toma con elementos fuera de él mismo.

Algo valioso es que las prostitutas y su ambiente, los bailes, sus vestimentas y algunas apariencias sacadas del erotismo japonés o del hentai no resultan incongruentes con nuestra realidad y no dejan de ser parte de una construcción artística, lo que mejora la estructura del filme. Son sensuales y no necesitan de ningún tipo de vulgaridad, siendo verídicas sin la sobreexposición o la obviedad. También es interesante notar que los diálogos no caen en el lugar común barato o en la abundancia de las frases hechas aun estando en consonancia con la naturalidad del habla nacional.

La actriz Natalia Salas, una guapa peruana que me recuerda a la despampanante Barbari Mori logra su papel en el desdén hacia el perdedor que es Gabriel y lo explica en su sinceramiento, puede parecer muy optimista pero perdonamos esas ligeras licencias ya que el filme tiene de telenovela, algo que se irá remontando.

Un thriller que ostenta rasgos de terror, y que parcialmente a ratos lo ha conseguido y a otros nos deja incólumes, o le ha faltado propagarlos más, aunque había un drama en cuanto a la vida personal de un protagonista que llevaba otros sentimientos de por medio. Justificando creativamente algunos fragmentos –la mancha en la pared, la espera en el cuarto tras el plástico azul (simbólico y sugerente)- y que repite una escena varias veces (en una hasta parece error), la del policía diciendo era solo una niña ante un cuerpo masacrado y abandonado, espacio clave de reflexión ante lo que está pasando, uno de los pocos ya que predomina la indolencia y no siempre parece a propósito, sino estriba una ausencia. Tampoco se puede evitar la mención resaltante de la estética de los créditos finales, ahí parece estar el futuro de Ventura y de más entretenimiento.

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