sábado, 5 de febrero de 2011

De amor y otras adicciones (Love & Other Drugs)


La historia comienza veloz, se mete de lleno en el romance, la primera parte es el enamoramiento de Jamie (Jake Gyllenhaal) y Maggie (Anne Hathaway) que empieza siendo puro sexo y termina convirtiéndose en amor cuando empiezan a contarse sus vidas en plan relajado, desde el sinceramiento de Maggie con Jamie para irse a la cama, bajo una exposición audaz que evita rodeos, luego de una entrada sin mucha imaginación en la que el personaje de Gyllenhaal logra verle un seno a Hathaway. Después entramos en la etapa en donde se ve la enfermedad de Maggie, el Parkinson en primera fase, su disconformidad con su estado y su reticencia virulenta a tener una relación seria porque lo cree un sacrifico demasiado grande para una posible pareja. Mientras tanto Jamie busca destacarse en su oficio, vender medicamentos de Pfizer, entre los que está el viagra que lo hace escalar de posición en su trabajo, su sueño es llegar a Chicago, para eso Jamie aunque es un seductor muy aplicado y talentoso no confía mucho en su capacidad de triunfo a pesar de que se esfuerza y posee la sociabilidad necesaria para lograrlo. Entre lo que le enamora de Maggie está que ella en un pequeño discurso amoroso le saca a relucir sus tantísimas cualidades, las que él no distingue.

La película de Edward Zwick, director de Glory (1989) y Leyendas de pasión (1994), tiene momentos tiernos, Hathaway está en plan de llorar todo el tiempo aún con la falsa apariencia de ser muy fuerte y decidida, cosa que no es cierto, es una actuación bastante decente aunque por ratos es melosa y melodramática, contiene mucho rato el rostro compungido que llega a convertirse en un esfuerzo para ella y algo insensibilizador por su carácter de sobreexposición. Gyllenhaal está detrás de ella, su actuación es menor, tan solo se presenta como el príncipe azul que está dispuesto a sobrellevar la enfermedad de su amada, la que en palabras de un tipo con quien se encuentra en una convención sobre el Parkinson y que se refiere a su esposa aquejada de éste mal tarde o temprano empeorará hasta hacerse insoportable y matará el amor. Y ese es el mensaje del filme, que lo tiene muy claro, el amor puede contra todo o es capaz de resistir aún en el infierno y si es verdadero toma obligaciones así sean las más arduas. Cierto que no vemos lo peor que ofrece la enfermedad, pero en la historia está el compromiso de afrontar lo que venga, Jamie llega a decir que la cargará si es necesario para llevarla a donde quiera. Algunas frases son condenadamente buenas aún en su sencillez, cuando trata de hacerle cambiar de parecer a Maggie para que vuelvan a estar juntos. Jamie le dice que no quiere la perfección sino a ella, y se explaya como buen orador. Convence y enternece.

La cinta es ligera, es una comedia romántica, con algunos toques serios, pero realmente nada extraordinario, si bien toca una enfermedad compleja y un amor bajo ese contexto. Se quiere implantar la fórmula ganadora, tema difícil expuesto sencillamente, en la mezcla de romance, humor y drama, ¿funciona?, claro que sí, aunque no llega a trascender en el género, pero resulta agradable en su medida. Tiene algunas buenas interpretaciones, especialmente por parte de Anne Hathaway en quien recae la parte difícil y hay que alabar que no luce pretensiosa sino bastante normal como cualquier chica linda que no se considera un monumento sino que pretende imponer su personalidad y tiene simpatía aparte de algunas neuronas. A la misma vez es un buen compañero y galán Jake Gyllenhaal que exuda inteligencia por sobre belleza.

Abunda el sexo por doquier sin ser pornográfico como se acostumbra en el buen Hollywood contemporáneo juvenil, pero que se presenta apagado y sin demasiada gracia para ser franco, la pareja yace desnuda bastante rato aunque vemos poca sugestión, por ahí los dos pechos de Hathaway y el trasero de Gyllenhaal. Algunos chistes son pésimos, el humor es una molestia para el guión más que una forma de relajar la tensión del tema, el personaje del hermano de Jamie es un tipo grueso y tonto de lentes anchos, mismo nerd, llamado Josh (Josh Gad), que yace abandonado por su pareja (una bella rubia de fácil disposición sexual), quien deprimido se escabulle a recuperarse en el apartamento de su hermano mayor que recientemente ha salido del desempleo, del menosprecio de sus padres y quien trata de formalizar luego de vivir en medio de tantas aventuras sexuales. Como secundario con mucha parte de estereotipo el menor solo sirve para rellenar espacio, proporciona una performance pasajera que no sirve de mucho a la trama y ya cansa ver en el cine. Otros que están son Bruce Winston (Oliver Platt), el amigo de trabajo que tiene experiencia y es guía de las esperanzas de Jamie; y El Doctor Hans Wright (Hank Azaria), quien no puede conseguir mujeres bellas e intercambia el servicio de “proxenetismo” por publicitar medicamentos. Ambos tienen problemas existenciales expuestos más no resueltos, que dejan en el aire el lema “así es la vida, mala suerte”. Al guión le faltó más pantalla o quedó con huecos.

La película sirve como un paso más en las carreras de los principales que se ganan al público, finalmente el tema es conmovedor, el drama no nos es ajeno y la sensibilidad nos obliga a no desestimarla. Es una puesta en escena de un romance que nos exige responsabilidades, un punto a su favor, pero sin tanta hondura, como para que no nos quite el sueño. No tiene alardes pero tampoco demasiadas ambiciones. Finalmente es un drama romántico con el espíritu de entretener y en el pequeño jaleo por ser algo, hay que rescatarla como una obra positiva.

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