martes, 15 de febrero de 2011

127 horas


Para mutilarte un brazo con una pequeña navaja sin filo escapando del destino fatal y sobrevivir a casi cinco días de cautiverio en una zona desolada sin alimento y con una ración pequeña de agua hay que tener coraje, Aron Ralston lo tuvo y Danny Boyle nos cuenta su historia. Ésta es una cinta relatada de forma moderna, usando los mecanismos avanzados del cine, la habilidad en la dirección para montar el acontecimiento y la imaginación para recrear dicha prueba, contada con diferentes registros de las emociones que sintió Ralston, no se dedica a ser la expresión del drama sino contiene múltiples sensaciones, se llega a ver las alucinaciones, las memorias y las proyecciones del principal. Boyle demuestra el detalle con efectos de la cámara, nos deja ver hormigas caminando por la cara de Ralston, como bebe el agua su organismo, como da su primer corte en su brazo y la abertura mueve la sangre. Utiliza tres cuadros de imagen al mismo tiempo, acelera el movimiento de una escena donde se desnudan en un auto, proyecta una alucinación de la lluvia inundando la zona rocosa donde está atrapado el personaje de la historia, hace una panorámica en una expansión de la cámara del cañón en donde se resuelve la trama.

La película maneja diversos trucos cinematográficos, apela a mucha creatividad, siendo un largometraje de hora y media más o menos, tiene que contar con una narración que te transporte a la catástrofe que se cierne sobre un hombre y hacerte sentir todo el vendaval de sentimientos que experimentó, todo lo que hizo durante 127 horas de prisión, y lo que cruzó por su mente durante todo ese trayecto infernal, al quedarse atrapado por un brazo debajo de una roca gigante en un lugar donde nadie sabía que había ido y que normalmente no es visitado con regularidad por vida humana. La muerte se vislumbra inevitable como con el cuervo que vuela esperando el final o la roca tallada con los datos del próximo difunto que espera lo inevitable, y sin embargo le roba el alma a la parca en un escape fantástico tras mucho deseo de subsistir.

La interpretación de Ralston corre por cuenta de James Franco, joven actor de 32 años que está nominado a mejor actor estelar en los Óscars, una total consolidación de expresividad, comunicando tanto los cambios de ánimo como la disminución física que padeció el verdadero montañista. Al inicio se mueve en el entusiasmo que le produce la aventura de ir a escalar cámara en mano por un cañón en Utah llamado Blue John en honor a un ladrón de caballos que anduvo con el famoso asaltante Butch Cassidy según cuenta el mismo Ralston en la cinta. Luego se divierte con dos chicas que encuentra en el camino y más tarde surge el grave problema, en donde aparece el título de la película, se graba a sí mismo y surgen sus ideas por escapar de la tremenda situación. Recuerda a su padre con quien divisa la naturaleza rocosa, a su novia, en su experiencia amorosa y sexual con ella que se repite como fantasía, a un compañero de trabajo, a su madre, a su hermana tocando el piano, les deja mensajes a sus progenitores, hace bromas y deja huella en vídeo de lo que circula por su cabeza. En un momento caen grandes cantidades de tierra sobre su cuerpo y también una fuerte lluvia, se mezcla la realidad con lo onírico, divaga un poco pensando en la promesa de fiesta de la dos chicas que recién conoció y que le hablan de que iba a ver un globo de Scooby Doo gigante en la entrada, lo alucina también en un par de modalidades, monologa solitario, grita desesperado y se lamenta cabizbajo, la cinta nos transporta a un estado cambiante, fluctúa por su mente diferentes actitudes, no solo siente pena, llega a reírse del acontecimiento, racionaliza el estado en que se encuentra, piensa en el futuro, en que toda su vida lo ha llevado a éste punto.

Es un filme rico en matices, visualmente atractivo, con fórmulas variadas que te hacen vivir el momento, hay una parte contextual y otra emocional, hay una parte física, se piensa, se siente, se imagina, se sufre, se reflexiona, hay mucho para escoger, Boyle hace fértil el “espectáculo” de una realización que pudo ser morbosa o melodramática que termina en una escena bien tratada sin vulgaridad cuando Ralston finalmente decide arrancarse el brazo. Es una historia de lucha, de sobrevivencia, contando minuciosamente que padeció, es la unión de todo componente que pueda describir lo que atraviesa, por eso es una obra digna de un director audaz y muy perceptivo como figurativo y que no escatima recursos como lo contemporáneo, lo juvenil, lo alegórico y lo surrealista, que supo manejar perfectamente el tiempo y los vídeos reales del protagonista. Le da la vuelta a lo que hizo en su obra ganadora “Slumdog Millionaire” y con la nueva obtiene una estupenda película también, escogiendo adecuadamente al actor principal que logra empatía con el espectador, que sabe reflejar en su rostro los incontables sentimientos que alberga un hombre en una vivencia como ésta y que logra robarle la personalidad a Ralston o que lo encumbra como un sujeto especial que no se queda quieto nunca sino que no deja de anhelar la libertad.

El británico Danny Boyle se consolida como uno de los mejores directores de la actualidad de la mano de un excelente actor como James Franco que acoge la oportunidad de sobresalir en una película que le da toda la responsabilidad, dejándola en su sola persona como motor del relato. Al terminar la película uno solo puede rogar que el arte siga presente y que se repita la seducción tan envolvente de la obra de tan hábil manufactura que acabamos de ver.

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