sábado, 3 de febrero de 2018

The Square

El director sueco Ruben Ostlund, ganador de la palma de oro 2017, nos habla desde la clase privilegiada, sobre la mirada de la civilización sobre lo vulgar, para ello lo hace sutilmente en algunos momentos y en otros mediante el humor negro. Esto incluye una mirada más obvia o superficial acerca del arte, hacia lo que pretende serlo y no lo es, como decir, en otro plano, lo que hay que adaptar, convivir o soportar en la sociedad nos diría la postura de la clase privilegiada que articula Ostlund con su protagonista, Christian (Claes Bang), un curador de arte moderno de un museo.

Christian pasa por pequeños contratiempos en donde estudiamos el punto de Ostlund. En un primer momento parece una mirada algo soberbia, que yace por encima de los otros, los desfavorecidos; para el caso, se trata con mendigos, algunos con aires de idiotas o de conchudos/frescos, que inclusive enojan al protagonista que no puede ignorarlos al final producto de un cargo de consciencia que le viene al poco tiempo de desdén hacia ellos. Es fácil de suponer porque ésta película no llegará a agradar a un sector, viendo que muchos cunden por lo social, y ésta es una mirada atípica a la postura de los privilegiados (más representada por la clase media), que por lo general no se dejan ver demasiado.

El filme tiene una puesta en escena digamos que austera, pero estética, es decir, recurre a pocos elementos y a los más cotidianos y simples. Es un filme que trata con el día a día. Aunque Christian tiene dinero se mueve como cualquier mortal por la ciudad. La propuesta empieza con un robo de carterista, tras lo que el protagonista cree es una hazaña suya, en ese sentido, él aprenderá, en el lado más naif y amable del filme, a ser una persona más humilde y compasiva con los pobres. Curioso que se use a niños como ejemplos.

El filme en la última parte girará hacia un lugar de bondad y buena onda. Todo lo anterior será como el lado malo, indolente y avispado, del protagonista y del poder, aunque se siente en mucho algo más que eso, también una pequeña crítica hacia abajo y el escape de luz de una idiosincrasia social (lo que falta para que el mundo sea un lugar perfecto comunitario, en primera instancia está claro, explotar en pedazos a los mendigos), de cierto fastidio que es difícil de aceptar, y que no nos dibuja tan nobles, y se hace tan arduo de defender, que no sea tomárselo a la ligera, como una especie de comedia en su mayoría.

Por otro lado donde más se han quedado muchos es en el aire de superioridad que pretende Ostlund frente a lo que es y no es arte, algo que no es tan descabellado, porque actualmente vemos también piezas de basura que son enaltecidas hacia lo más alto. A su vez se recurre a exponer el método que sería el que cree más efectivo el filme para convertir una pieza anónima en una popular y reverenciada mediante la publicidad. Este método sería la polémica, pero este quehacer es muy endeble, porque no tiene ningún tipo de sutileza, y se ve de lejos, que luego se rebate con facilidad. La publicidad y algunos métodos de engrandecimiento difusivo implican mayor sabiduría que este uso tan básico y didáctico.

El protagonista se desliga sin problemas de todo porque nunca lo vemos excederse ni mostrarse tal cual lo que le sobrevuela, su cariz es más bien pausado, bien educado y más “diplomático”, es un hombre de la civilización carismático y bien parecido, un hombre de pequeños gestos o de insignificancias, como ser tachado de mujeriego o de banalizar a las mujeres (Elisabeth Moss) que va por lo políticamente correcto.

En el otro lado está el peor espécimen, en ese hombre mono, que hace Terry Notary, –que también puede tener mayor lógica en representar a los criminales- en plena cena al que no queda más que golpearlo hasta matarlo, suprimirlo, tras un canto de brutalidad producto de lo rustico y demasiado primario, una justificación de lo peligroso que puede llegar a ser también lo vulgar, hasta para alienar o desmerecer a la civilización. Entiéndase igualmente el pauperizar el sentido del arte.

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