miércoles, 13 de noviembre de 2013

Rocanrol 68

Debo empezar diciendo que no soy mucho de bandas sonoras o acompañamientos musicales, y que la mayor parte del tiempo salvo algo excepcional mi oído es sordo con la música en el cine, y que los Saicos y los Yorks, dos bandas peruanas de rock de garaje, nacidas en los 60s, que predominan en Rocanrol 68 como parte del argumento además, ópera prima de Gonzalo Benavente Secco, no los conozco, ni me entusiasman mucho, y que solo conocía la mítica precursora canción punk “Demolición” de Los Saicos en la performance de otro grupo nacional muy popular de onda subterránea, Leucemia, una banda que si he escuchado pero que tampoco me genera pasión, y que Traffic Sound, The Pepper Smelter o Black Sugar son para mi absolutamente nuevos; sin embargo, hay que decir que la idoneidad y carisma en el ecran de todas ellas es indudable, y puedo afirmar que a contracorriente de mi primera impresión sobre ellos que era de levedad e indiferencia, me han gustado lo suficiente como para sentir a esos grupos como una virtud del filme, y que su acompañamiento y fondo ha sido agradable dentro del paquete que es Rocanrol 68, ya que si te acercas a la realización por esas bandas vas a hallar lo que quieres, tendrás tu pequeña gloria rocanrolera, pero si los vez como parte de un conjunto y novedad será otro tipo de experiencia, considero que más reconfortante dado el lugar de origen (cinéfilo), sin ningún fanatismo, y que digerirás la cinta junto con la comedia que es y te llevarás una grata sorpresa.

Rocanrol 68 revitaliza el séptimo arte peruano con un cine digamos que nuevo, uno sin traumas y sin complejos, de los tiempos más optimistas de hoy, siendo un filme ligero de lleno y con alevosía, sin agobiarnos como de costumbre con desgracias, sin la quincuagésima demostración de seriedad y trascendencia reflexiva nacional, que no debemos evitar tampoco aunque no debe atribuirse como regla indisoluble del cine peruano, y que si lo hace aconsejamos que debe apostar por envolverse de arte. Rocanrol 68 casi carece de crítica social o eso estipula (ya que busca ser el reverso de todo ello), y si la tiene no se siente ni por asomo como antaño ni creo que sirva demasiado su contexto histórico o político –no hay rigor, o en cierto caso es solo un esbozo- que no sea el operativo ubicado en La Punta, Callao, y que llega a globalizarse. Copia fórmulas angloamericanas pero con su toque de personalidad, se adapta a nuestra idiosincrasia. Es una propuesta hecha por gente bien (¿por qué no decirlo?), para gente bien o que quiera sentir así, como las que exporta y atiborra nuestra cartelera el complaciente e intrascendente panorama hollywoodense, pero recalcando que crea y maneja sus propias características, en el estilo, en cómo nos lo cuenta. Tiene sus deficiencias y su cuota de agotamiento, pero también resulta aire fresco (relax) en nuestro cine.

Decir que algo quiere sólo entretener, con convicción, no es malo, lo sabemos aunque lo olvidamos a veces, porque lo que busca el filme es decirnos que no todo va a ser seriedad y rollo como diríamos directamente, lo dice el filme en incontables ocasiones, tanto que entendemos al vuelo que el Perú se jodió por el terrorismo, pero se permite bromear con la idea del socialismo, sin tampoco anularle porque tiene su rato de funcionamiento cuando se recuperan las llantas robadas en una escena importante, además de que Pablo Saldarriaga es divertido en su eterno cliché como actor (igualmente Manuel Gold, de tonto seductor, que es parte de su personalidad de trabajo). Roncarol 68 tiene clichés por montón pero es más que viñetas cómicas, se supera y se muestra solvente con una historia sólida en su claridad y en su simpleza, escogiendo moverse en el punto preciso y en los lugares comunes, llena de gracia y asertividad, y no es que obvie la realidad, ostenta lo ordinario y popular aunque lo explota al gusto, con lo que se puede jugar nuevamente con lo eternamente cómico e identificador si sabes ponerle una pizca de estilo e impronta al asunto, y eso logra Gonzalo Benavente, sacarle algo propio a lo de siempre, aun haciendo notar lo que quiere y usa, que puede ser un sucedáneo menor de la conmovedora serie Los años maravillosos, al lado de mucha cinefilia e inocencia, porque se trata de una comedia sana, casi bobalicona, que pudo agotar el recurso pero logra salir a flote. 

La historia es muy conocida, el querer enamorarnos de alguien especial –cosmopolita, nómade, con experiencia, cultura, sentido de lo que está en boga, atributos físicos, como bonitas piernas aunque se diga sutilmente que son los pies pequeños, extrovertida, algo exótica- siendo nosotros lentos –la evocación de Spider-Man puede ser boba y harto utilizada pero da un contexto rápido; nuestro lado sensible, torpe y latente primario, gancho natural, lastre y virtud por igual-; y el compartir con una banda de amigos, y a través de ellos disfrutar de un verano de promesas y aventuras; una de ellas es reencontrarse en la misma playa dentro de 20 o 10 años igual de frescos, y la otra inmediata, tener una pareja antes del fin de la temporada. Manolo (Sergio Gjurinovic), el narrador y esencia del filme; Bobby (Manuel Gold), el seductor mitómano; y Guille (Jesús Alzamora), el melómano que no gusta de The Beatles fomentan el relato.  

Manolo queda anonadado con la guapa y cool (y ella misma se lo atribuye) Emma (Mariananda Schempp, bastante creíble como la fantasía amorosa, gracias a su notoria belleza y a la riqueza como ser humano que brinda el relato) que versa en la inteligencia, la seducción, la personalidad desbordante y la modernidad sin salir del cuadrante de cierta frescura naif, como la de quien le enternece y le llega a enojar su timidez cuando la toma por rechazo (estupenda la declaración indirecta de amor de ella). A su lado hay personajes acertados aunque funcionales, breves pero contundentes, como el marino autoritario y de derecha que dibuja Javier Valdés (más preciso nadie, ¡que tal ojo de Benavente! o ¡vaya conchudez!), la voz susurrante de la empleada (irónico y fresco el decirle que se haga escuchar estando en una mesa familiar de clase media alta dentro de un trabajo de subalterno; una burla para todos los que ven en todas partes injusticia y revolución), del guapo que hace Joaquín de Orbegoso (descaro del lugar común), de un Aldo Miyashiro (lo que le gusta interpretar o producir, con su ajos y cebollas verbales cotidianos, como un tipo que suele siempre estar orgulloso de su criollismo, siendo un especie de gurú de la existencia en el guitarrista de los Saicos, pero que dice no ser él), de una Leslie Shaw como Male (que se auto-retrata por enésima vez dentro de la sensación que suele dar, pero de forma acertada, como lo hiciera salvando las distancias Marilyn Monroe; aparte de ser un bombón desborda ternura, contemporaneidad y en la trama calma ilusiones como despierta fantasías) y sobre todo una nunca mejor Norma Martínez como la mamá de Manolo que versa en la opulencia pero sin caer en la caricatura sino más bien tiene inteligencia, ironía y pervive en la tolerancia, las buenas relaciones y la buena onda bajo el refinamiento relajado y una “falsa” modernidad. El filme dentro de su actualidad juega con las ideologías, vemos al outsider, a la feminista (bien la ubicua Gisela Ponce de León, muy expresiva, como en la mejor serie cómica, y la que diríamos en jerga que es otro calzoncillo en la historia), al marxista o al cineasta bajo la frustración de la dura realidad (de convertirse en uno en nuestra idiosincrasia), y se apela hasta a la ciencia ficción (escape moral de Manolo), como se articula el ser uno mismo, notorio en Gille, y respetar hasta el anhelo del derecho a la tontería y a la despreocupación de buscarla y propagarla, que parece el verdadero himno de libertad del filme.

Tiene escenas que funcionan como en series como That '70s Show a la que parece copiar en su idea creativa, con coreografías llenas de sentimiento de alegría y simpatía, con homenajes y menciones cinéfilas como de Banda aparte, Casablanca, Viaje a la luna, Pulp Fiction, Tiempos modernos, 25 Watts, entre otras, y una que yo veo mucho, Dr. Strangelove (1964). Parece llevar a On the road, de Jack Kerouac en el fondo, pero dentro de unas coordenadas mucho menos sensuales, menos atrevidas, sin tanta locura, pero con el mismo canto de pasión, de hallarle emoción y felicidad a la vida. Escenas como la del Tip top, la de fumar marihuana y la del encuentro y acercamiento en la playa entre Emma y el trío –a nosotros nos quedaran las papas fritas dice una línea- brillan por audaces sin ser estrambóticas o exageradas, sino humanas, siendo afines a todos dentro de la transparencia alejada de la grandilocuencia rebelde. 

Surge el himno nacional cantado en la debacle, como el espíritu guerrero que siempre nos ha acompañado en la desgracia, en el Dios ahorca pero no mata (o mejor, no remata), y que tiene la esencia de salir adelante finalmente, ya no prima el pesimismo lujurioso de siempre, de regodeo, que se busca -sin ser artístico, además- como si fuera la única salida a recrear la verdad que creen muchos nos toca. Y sí, en efecto, tiene también muchos puntos que uno critica al cine mainstream de EE.UU., como el final feliz tras un meollo facilón y un contexto juvenil de amores e ilusiones tempranas simples aun intactas dentro de una banda de colleras y mataperreo intrascendente, pero funciona en general tomado desde tres muchachos que tienen de pavos, como Bobby que lucha por no serlo y más lo parece, aunque tiernamente y de forma cómplice, desde la broma llana que no quiere más que reírse de uno abierta y directamente, sin vergüenza ni lapidariamente, del que quiere hacer algo sin sentido mayor pero necesario en nuestra adolescencia y lo dice incontables veces (el simbolismo de romper un teléfono público, ir a un concierto memorable de rock, pintar la calle con grafiti, beber hasta desmayarse –que mejor que con pisco puro- o tener muchas relaciones sexuales).

El filme se autocritica irónicamente como quien sabe que así salta la valla y se autoproclama con el cine que a uno le gusta, quiere retratar y parodiar en parte (como pasa cuando algo yace gastado, y a muchos molesta). Esta película no funcionaría así se dice en repetidas ocasiones, y lo hace con seguridad, hace todo lo que no debe hacer, entre comillas, porque yace consciente, salvo no reducirlo todo a las calatas que critica burlón Bobby en su necesidad de atención, o al terrorismo que también tiene su réplica y carcajada, y hasta recurre a la boca de Miyashiro que intimida a Manolo, y ahí además está Saldarriaga y su maoísmo superficial, o la repetida “originalidad” que siempre triunfa (hablar a través de letreros), y es que lo sano y simpático sin más también tiene cabida en el corazón contemporáneo de todo cinéfilo, no muere, y puede colarse una y otra vez si toca la pieza correcta (cuando se debe a una buena forma y estructura, en lo que podemos ver a Wes Anderson en su cariz de celebrada inocencia, pero no desde sus outsiders, sino del espacio hegemónico de lo impoluto), como el minimalismo y calma que antecede la broma fácil y discreta, que pasa y se queda un rato tranquila al pendiente, sin ser rimbombante, sin tensión de recepción ni de ningún tipo, es decir tiene firmeza en su expectación (como la de todo creador), siendo un contexto que repite constantemente una fórmula, pero en alguna caes fijo y redondo, aun sabiendo de lo que va, si bien hay quienes se dejan llevar, que llega a clamar en un momento -por el enojo de Emma más o menos- por algún giro que no llega más que de su misma esencia y proclamada ligereza, y es que no es más que una buena oportunidad para demostrar que podemos ser también despreocupados y buscar el entretenimiento más terrenal, sin perder la educación.

Es un disfrute "efímero", pero con un buen toque emotivo y una encantadora gracia, que tiene sus semejanzas -aunque en distinto tono- con Los Cinéfilos (una micro-comedia de la web) y valga la obviedad con Polizontes (programa de cable que sigue la movida artística y nocturna de lo más agradable de Lima, quitándole el engolamiento de sus especiales contextos). Tiene la frase y el cariz más fresco a la mano, y se siente autentico en nuestra natural imperfección a la adaptación social. Rocanrol 68 es cine amable que solo busca hacernos el día (alegre), ya que de vez en cuando es saludable no ser tan extremo, intenso y estar sin mayores repercusiones.

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