jueves, 14 de febrero de 2013

5 broken cameras


Documental competidor en los Premios Oscars 2013 y que al igual que Searching for sugar man es pequeño pero de espíritu gigante, con un dominante, auténtico y subyugante toque artesanal, casero, hecho por los propios protagonistas, arreglado apenas, levemente solamente para darle un obligado tono unificador, selecto (por los años de filmación más que por crear alguna falsa subjetividad, que tiene una personalidad pero se ampara en la denuncia justificada de un pueblo) y supone de mayor calidad visual que enrumbe una historia conjunta –que la hay intrínseca- que está guiada por una gran naturalidad que va de la mano en el tiempo con el crecimiento de los hijos de uno de los directores en recuerdo de una lamentación o mal sabor en la memoria que aqueja al territorio, a la patria y su más desnuda cotidianidad, y como expresa el título, en relación de cinco cámaras de video que han servido para la documentación (y sigue con la sexta en proceso), nacida de la práctica más simple y directa, y que toma el riesgo en pleno conflicto, en medio de la turba de la lucha pacífica de lugareños, vecinos y compatriotas.

Es un filme que a pesar de la precariedad de las herramientas, sencillas cámaras de video, no llega a tener una estética conjunta paupérrima –loable lograrlo a través de una transparencia ejecutora viendo que cierto cine profesional no puede evitarlo, aunque no rehuye exhibir algunas fallas que son como heridas de guerra y forman parte de la estructura e historia que narra-  pero que se adscribe al realismo de las tomas que compenetran al espectador y le otorgan un sentido poderoso bajo los hechos en cuestión que expresan casi sin necesidad de artificialidad o elaboración un mensaje, anclado a la base de la defensa natural del hombre, su tierra y su vida. Recordando que la mejor arma del documental, su esencia misma, es la veracidad y el alcance reflexivo tal cual de sus imágenes.

Se trata de la grabación de un poblador de una zona limítrofe con Israel en la villa de Bil'in ante la expansión ilegal de un muro foráneo sobre tierras palestinas de cultivo de aceitunas, y que yace en litigio en la corte suprema de Jerusalem, solo resuelto hasta el desenlace del documental. El camarógrafo y gestor del filme se llama Emad Burnat, que lo co-dirige con un israelí de nombre Guy Davidi. Y es un hombre común que siente que la cámara le protege y le vincula en favor de una lucha justa por los derechos de su gente ante la invasión judía que ostenta el poder militar por sobre simples agricultores musulmanes como él. Padre de  4 hijos que vive humildemente de sus siembras, y que expone a su más pequeño vástago –a Gibreel de unos 5 años de edad por el final del visionado- a observar el abuso y enseñarle que la piel debe ser fuerte, aunque de esa forma le quite la inocencia viendo violencia sobre sus seres queridos.

Los soldados lanzan bombas de gas, rompen a veces las cámaras, arrestan a familiares, a los que ellos creen por sospechosos o porque protestan (incluso a menores de edad que lanzan piedras), evitan las marchas, controlan el pase de los cercos limítrofes, imponen el control, y aunque hay muchos civilizados hay algunos agresivos y hasta producen fallecimientos. En el filme muere Bassem Abu-Rahma conocido como Phil, el elefante, amigo entrañable de Emad, de un disparo fortuito y anónimo que viene al parecer del ejército judío (ya que son los únicos con armas de fuego), y se debe decir que ante el homicidio la inactividad y resistencia pasiva luce inaudita y se ve proclive a que la rompan con una respuesta igual de atroz ya que no es cuestión de valentía, aunque existe superioridad bélica del contrario y una parte de cansancio crónico alrededor de este hecho y de tantos (pensando que han habido dos intifadas, rebeliones armadas, llamados al pueblo palestino a la ofensiva).  La emotividad e indignación salta a la vista, al punto que lo que vemos en reacción no parece suficiente realmente. Si de esa forma continúan es muy natural que ocurran represalias musulmanas del tipo que el mundo cree ver solo en ellos como si fuera una nación de salvajes y enajenados radicales, como si solo fueran terroristas, cuando se debe en parte a un deterioro de su dignidad y al maltrato, como mucho a sentirse sojuzgados y abusados, y pasa de una generación a otra, como Emad inculcándole a su hijo lo que sucede quien tan pequeño con ojos abiertos y sorprendidos se implica en un odio visceral entre dos naciones que desde la antigüedad han compartido el territorio y que hoy en día deben definir una convivencia razonable que desarrolle paz y tranquilidad para alcanzar la ya de por si inefable y escurridiza felicidad.

El filme es orgulloso, no busca ser sentimental, hay un estoicismo muy potente en el ambiente, pero ineludiblemente despierta sentimientos. Le pasa hasta a Emad que como sus hermanos y amigos es arrestado en protestas “inservibles” pero tenaces y continuas, y en una oportunidad llega a cometer una enorme locura, choca bajo una dudosa accidentalidad su vehículo contra un cerco, y tiene que ser auxiliado de emergencia clínica a Tel Aviv donde solo podían salvarle dado la austeridad de su villa. El enardecimiento logra manejarle y casi le cuesta la existencia. Esto le acarreara una deuda económica grande. No se le reconoce como un acto de sacrificio revolucionario ni nada por el estilo, y por ende no hay autoridades buscando votos o aclamaciones que por ello quieran solventar su intervención, hay cierta indiferencia de ellas hacia casos como Bil'in, también seguramente porque son muchos los acontecimientos de queja, e inefectividad, y hay temor a ese enemigo adjunto con el que deben compartir el espacio geográfico pero además porque hay una burocracia, diplomacia y política detrás que inhibe mayores movilizaciones. Y es por eso que son los pobres pobladores, los hombres de a pie los que se levantan, tratan de defenderse aunque con tretas, como edificar en zonas ajenas a ellos para contrarrestar las invasiones (es contra la ley israelí destruir el cemento, entonces se amparan en lo mismo y se improvisan construcciones), hacen reuniones públicas, buscan sensibilizar a los soldados con diálogos humanitarios, llevan y exponen a su hijos (algo trágico).  Una propuesta cinematográfica tan diáfana que duele pero a su vez crea consciencia, y permite ver que del lado palestino también se padece – no solo son ataques terroristas u hombres bomba- y merecen nuestra atención. Esperemos que un día llegue la solución salomónica y definitiva.

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