lunes, 11 de febrero de 2013

The master

Alabada hasta la extenuación en el Festival de Cine de Venecia 2012 en que ganó dos de los premios más importantes, la copa Volpi compartida entre sus dos protagonistas y el león de plata a su director. Se hizo un embrollo en su jurado conducido por Michael Mann (Heat, 1995) y en donde participaban reconocidos directores como Matteo Garrone, Ari Folman, Pablo Trapero y Ursula Meier entre otros bajo su presidencia, que le dieron el león de oro y luego por una regla en el certamen que impedía que una sola película albergue todos los galardones, se volvió a deliberar y dieron a Pieta de Kim Ki-duk como vencedora. El Oscar no le ha dado la nominación a director a Paul Thomas Anderson ni a mejor película por su obra como debió ocurrir y se ha quedado con 3 para sus actores, Joaquín Phoenix, Philip Seymour Hoffman y Amy Adams. La crítica en general la ha alabado aunque tuvo un revés en Estados Unidos donde se impusieron Argo y Zero Dark Thirty en las premiaciones.

Y así llegamos hasta esta crítica. Paul Thomas Anderson, uno de los más atractivos directores que posee Norteamérica nos presenta una película sobre la pertenecía a una secta místico filosófica que utiliza la regresión de vidas en el tiempo mediante lo que parece la hipnosis buscando domesticar las emociones y desarrollar un orden científico. Muchos creen ver que alude a la Cienciología pero la historia busca más que la especificidad, el análisis de lo que es vivir a través de una ¿secta?. Y para eso, coloca a un acólito y paciente muy reacio a las normas e ideas en general pero dispuesto a encontrar su camino, por la presente historia por medio de la Causa, como se hace llamar la organización de su orador, difusor, argumentador y líder Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman).  El hombre escogido para demostrar las leyes de ese nuevo sistema que cree ser la verdad a difundir y que quiere colonizar a la sociedad es un oficial de la naval que tiene varias condecoraciones (para él intrascendentes ya que su comportamiento lo rige y no es el más apto), pero también problemas psicológicos producto de secuelas de su participación en la segunda guerra mundial. Una proclividad hacia la violencia, una furia muy similar -y que ostenta- del impulso sexual, por eso se busca entre los métodos el re-ordenamiento de su conducta mediante esa característica, muy dominante en la cultura angloamericana. El marino Freddie Quell (Joaquín Phoenix) es el contrapeso de lo que se intenta, de la práctica que se quiere imponer como una de tantas opciones que creen ser la mejor vía y el resultado argumental del filme puede entenderse como el del nihilismo que se ampara en la libertad total como decisión. E ahí la metáfora de la moto en el desierto, uno va hacia un punto, toma la velocidad que desea, es libre como el viento mientras vive la aventura de la existencia, y en ese lugar puede escapar o continuar una senda.

El filme es muy claro, P.T. Anderson no ha dejado hueco suelto y nos ha permitido reflexionar sobre ese buscar en lo exógeno, en el mundo, a través de un amo como dice el maestro refiriendo que nadie puede evitar no tener uno, el hombre se inclina necesariamente hacia una filosofía de vida, tiene un anhelo innato de dirección, de sentido, de esa eterna pregunta ancestral y central,  y esta no la tenemos y por ende salimos a encontrarla con nuestra percepción y aceptación de lo que nos rodea. Es por eso que Quell, un tipo a todas luces primario, salvaje, sexual, indómito, pero perdido, caótico, voluble, limitado de cierta forma, cae como inevitable ejemplo, sin embargo sí que es audaz su elección (el temor familiar y verlo como un borracho, un incapaz de entender o alguien agresivo carnalmente es algo vastamente a la vista, parece un caso perdido), porque no es dócil aunque representa el futuro logro de la concepción del ideal (hombres como él son los que yacen afuera en gran proporción y en el fondo gritan por rumbo). Quell parece capaz  de ser domesticado por cierta simpleza y agradecimiento que se intuye en él, sin embargo no deja de ver desnudas a sus compañeras en las celebraciones caseras y convencionales, no puede contener su enfado llevado a los golpes, ni eludir beber bebidas alcohólicas exóticas, y esto puede ser el sentido anárquico del hombre, su rebeldía invendible, un alegato abierto de ese amparo por la absoluta libertad, por la incapacidad de la búsqueda (queremos y a su vez no podemos obtener la verdad aunque irremediablemente escogeremos a donde ir, en el personaje es la playa, el cuerpo, las sensaciones, el regocijo de la “nada”, algo pequeño por contraposición a esas grandes revelaciones), y aunque entiende, llora en un momento cuando se le promete la enemistad si se retira del grupo, no puede dejar de ser él, ese tipo derrotado pero aun así feliz (deja escapar a la mujer que ama, y sigue sonriendo en otras experiencias casuales).

El filme posee muchos simbolismos pero desde lo tangible, evita el vacío y la precariedad de los elementos en discusión, porque donde hay una elipsis temporal, luego aparece una explicación. Nuestro eje es Quell, dentro de un cuadro que permiten bastante introspección, uno suficientemente enriquecido para proveer distintas ideas. Puede ser algo muy simple o, visto con detenimiento, algo en que complicarse (mucho menos potente en su literalidad). P.T. Anderson resulta honesto, directo y también profundo, complejo. Estamos ante una obra maestra. No es gratuita en ningún momento, uno la siente muy consciente de lo que narra, es rotundamente inteligente, sin alardes, y a su vez no se presenta acérrima en su postura, pero la tiene, y está en la resolución de su protagonista.

Joaquín Phoenix nos recuerda a Daniel Day Lewis, le impone gestos y estética a su papel, lo reviste de una figura, y le imprime emociones constantes, llora y ríe con una facilidad pasmosa, envidiable, posee una naturalidad a ratos insolente, palpable, que puede ser hasta estúpida y no deja de crear esa indispensable seriedad que requiere. Sí que se ciñe a una apariencia marcada pero lo hace desde lo que significa de forma no solo potente, sino valiosa, en una idiosincrasia que interactúa con la dificultad temática, figurativa y argumental. Es un actor terriblemente talentoso que sabe ser efectivamente el centro de atención. Como lo es también Philip Seymour Hoffman, que ha estado en cinco de las 6 películas de P.T. Anderson, y todas demostrando ser un camaleón, un ser de barro que toma la fisonomía que busca el artesano, desde un homosexual de aspecto medio adolescente, a un tipo insoportable en el juego a un matón furibundo. Esta vez es la coherencia, la iluminación, pero con un aire relajado, normal, el tipo bromea, se identifica con el marino, lo cual no es tan típico, bebe también, se excita. Su concepción en su personaje es uno muy humano, más que el de Phoenix que recurre a cierta restricción de forma. Esta bastante enriquecido, y sirve mucho porque su papel debe ser el de alguien especial sin que deje de ser reconocible o humilde como les gusta a los norteamericanos, ambos en realidad lo son (excepcionales) pero desde distintas coordenadas.  Hay un trabajo notable en la fusión de lo que debió explicarle el director del argumento y lo que es en pantalla, ambos son indisolubles, la trama gana con sus actores y ellos con lo que dice el relato. Amy Adams también cae en ese ángulo, esquivando una mirada pobre aun en un estado bastante identificable, la del fanático y compañera activa del guía, ella es fuerte, de convicciones y su determinación se sobrepone a su belleza y por ende fragilidad y superficialidad. Cuando lo masturba es algo sugerente y sin ver nada algo muy concreto en nuestra mente.

Retoma y da una predominancia a lo que ya vio en Pozos de ambición (2007), genera otro desarrollo bajo el mismo pensamiento detrás, mientras demuestra mayor madurez. P. T. Anderson es una apuesta segura de estupendo séptimo arte. Desde Hard Eight, Sidney (1996), su debut, una pequeña cinta que aunque aún tímida y en parte predecible yace muy bien articulada, con diálogos bastante naturales y atractivos (por su identificación), los que no buscan ninguna anormalidad, sacando lo mejor de sus actores. Que mejor que ver la cinta por antonomasia de Philip Baker Hall. Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999) son cintas ambiciosas, corales, entretenidas, referenciales. Su marca en el cine, el talento y la fama. Punch-Drunk Love (2002), su visión de la comedia (le gusta el humor y prueba de ello es que está casado con la comediante Maya Rudolph con la que tiene tres hijos), que lleva un toque atípico y particular en la broma (inteligente), nadando en lo romántico y en lo que no deja de ser ligero, con un Adam Sandler plasmando su impronta, su extravagante violencia y su ausencia de histrionismo en la comedia, su contradicción visual-verbal. P.T. Anderson recurre a cierta brutalidad y sexo pero le otorga sentido, lo contextualiza, crea una lectura, de ahí su ingenio, le saca la vuelta a su banalización, y la mejor prueba está en The Master, que lleva un contundente filtro de la naturaleza humana, y valga la redundancia ya sabemos cómo llamarle.

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