jueves, 1 de marzo de 2012

My week with Marilyn


Abordar el papel de un ícono como Marilyn Monroe parece fácil cuando no se es muy serio, hacer una parodia o buscar alguna exageración sale en el acto, pero si queremos emularla lo más real posible el trabajo se convierte en uno de los más complicados. La actriz Michelle Williams, nominada al Oscar por éste papel, intenta tomar posesión de esa figura, sin embargo su hazaña no llega a ser la más fidedigna, no obstante hay un cierto parentesco; la inocencia, la sensualidad, la naturalidad con que se es artificial de cara al mundo, la banalidad, la inestabilidad emocional, la fuerza interior para afrontar el estrellato o hasta el aire tonto son signos que se ven en el personaje.

Monroe era más compleja de lo que se le atribuye aún cuando no desbordaba en inteligencia o en aptitudes superdotadas para el séptimo arte, que igual se rendía a sus pies bajo su dulzura, su calidad de boba, la simpatía de sus bondades corporales y sentimentales, la personalidad sencilla en el ecran o la naturaleza artística que siendo un estereotipo podía revolucionar la comedia ligera; una mujer que podía ser desequilibrada a espaldas de la pantalla y una diosa que despertaba la admiración y excitación de quienes se veían atraídos como un imán a sus encantos histriónicos y físicos, a su voluminoso trasero, a sus senos en punta, a su rubia cabellera, a su boca exhalante, a los ojos brillosos moviéndose hacia arriba en busca de las palabras; incluyendo a un cruel recriminador harto de sus tardanzas, engreimientos y torpezas, un Lawrence Olivier (Kenneth Branagh), que con todo su talento, su abundante experiencia en el teatro, su fama como director y actor, sentía el poder de la que fue la mayor estrella femenina de una época.

No solo se puede ver a Vivian Leigh siendo amable con ella mientras envidia su magnetismo sexual sino a un Olivier que confiesa que a pesar de su falta de técnica y lentitud en el estudio, ella era algo impresionante, una imagen que seducía al público, en el fondo era una roca de lo que parecía una capa de gelatina, una atracción que volvía locos a los hombres que caían en la red de sus momentáneas pasiones, como quien nos cuenta sus memorias junto con ésta diva, el director de documentales Colin Clark que siendo el tercer asistente en el circo de Olivier logra tener una corta relación con Monroe a pesar de atribuirse el título de nadie importante; un afortunado escogido por las extrañas decisiones de un ídolo, la que no duda en dejarse llevar por sus afectos cambiantes, dolida por la crítica de un Arthur Miller cansado de no poder pensar, de ser consumido por su gigantesca esposa.

Monroe se hace ardua de concretar, pero el filme del inglés Simon Curtis no desfallece ni se hunde sino se hace bastante entretenido y aceptable viendo como se graba la película El príncipe y la corista (1957) en que la rubia platinada viajó a Inglaterra para dicha realización. En medio yace un amorío con un menor y alguien común por ese entonces, las peleas con Miller y Olivier, una aventura romántica llena de fantasía idílica, la indomable personalidad de una estrella, los entretelones de una película. Me topo como resultado con un producto que contenta sin que sea tampoco tan memorable, es algo pequeño pero bien hecho.

Un pero resaltante es que Williams está lejos de llevar la belleza de Monroe aun poseyendo sus propios atributos ya que también es guapa y parece algo tímida/particular en persona, sin embargo su papel se hace discreto y menor por mucho que lo intenta, no llega a irradiar toda la potencia del aura de Marilyn Monroe; aunque lleva sus gestos, canta suave, seductora y acaramelada, luce fresca o distraída, sale vestida de Eva en repetidas ocasiones con ese desparpajo que daba tanta celebridad a esa dama que decía que dormía solo con perfume en el cuerpo y que podía ser siempre tan libre desnudándose sin ninguna preocupación. No nos sentimos con el corazón acelerado o encendido ni entusiasmado o curioso, como si sucede con la verdadera; no se nos da más que una imitación, segura y valiente pero solo una recreación que termina siendo decente sí, grande no, por lo que seguirá rondando el reto por buen tiempo más, si bien Williams merece todo nuestro respeto por su interpretación, demostrando que es una actriz prometedora e interesante que no deja de sorprendernos con esa actitud ganadora y constante que se puede ver en su filmografía; increíble viniendo de quien salió de esa pequeña serie de tv. llamada Dawson ´s Creek, para ya actualmente ostentar 3 merecidas nominaciones en los Oscar.

Otro actor relevante es Kenneth Branagh, también nominado a actor secundario en el Oscar, que por el tipo en sí hace una caracterización algo ridícula, un egocentrismo y apabullamiento que luego se transforma en cierta inseguridad, deseos de trascendencia pública y realizaciones emotivas; pero que se pierde un poco por el endiosamiento hacia Monroe que circunda en todo el filme, que aunque descrita en sus fallos, no funcionan más que para enaltecerla, y Olivier es otro fanático, se le dibuja en un momento como un talento que requiere el reconocimiento masivo al contrario de Monroe, y que quiere “utilizarla” para beneficiarse. Termina demostrando una debilidad oculta hacia ella pero no en el plano afectivo sino hacia su repercusión mediática.

Es una recreación algo dudosa, parece ser bastante amanerado y débil en su entorno fuera de un cargo que lo mantiene alto, incluso por el maquillaje; si ese era Olivier estamos ante un pequeño hombre, además se hace bastante voluble y no manifiesta carácter. Cualquiera intuye más de alguien que tenía una empresa cinematográfica y tenía mucha experiencia en la gran pantalla o en las tablas; podrían haberlo dejado mucho menos patético aunque se pretenda darle sensibilidad, inestabilidad y realismo, hacerlo de carne y hueso, y es que finalmente se presenta algo inverosímil. Branagh hace una interpretación que va de lo sabio a lo cómico, de lo amargado a lo endeble, pero no vemos por ninguna parte al Lawrence Olivier que dirigió y actuó en una película que le otorgó una estatuilla dorada, una disposición que requiere algo de convicción y virtud, que se hace extrañar. Visto por lo que es, Branagh hace una cierta caricatura, por ese extremismo que infunde está estupendo, pero como auscultación más profunda se queda corto.

El protagonismo se lo reparte Monroe con Colin Clark, de quien se basa la trama, el actor que le da vida es Eddie Redmayne, que cumple perfectamente sin robar cámara como se espera de él; dibuja la idea del tipo que más que guapo o impresionante es seguro de sí, hábil e inteligente. Sirve de nexo para darle libertad a la estrella, como el doctor que nos revela la enfermedad.

Una mención importante es la de Emma Watson, esa bella jovencita inglesa –al natural y simple lo es más- conocida por ser Hermione Granger en la saga de Harry Potter, que en lo personal se hace muy atractiva como la vestuarista que queda en segundo plano ante Monroe; en que de todas formas se hace arduo dejarla y eso juega a favor de la película. Se hace querer en los pocos minutos en que pasa como secundaria. Otra mención va para Judi Dench como una internacionalmente poco popular actriz británica en Dame Sybil Thorndike, la juiciosa actriz socialista que respetada por su edad y una cierta trayectoria en el país anglosajón apoya los desmanes en el plató de parte de la icónica americana (regaña noblemente a un condescendiente Olivier que impone que Monroe se disculpe con ella). Thorndike se hace poco trascendente y ese es el verdadero ámbito del filme, el eje del título lo abarca todo, lo cual agradecemos quienes gustamos de conocer algo más de esa bomba sensual que para el festival de Cannes 2012 tendrá un homenaje por los 50 años de su desaparición. Marilyn Monroe sigue viva y es irremplazable. 

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