martes, 6 de septiembre de 2011

25 Watts

Uno de los cines más prometedores de Latinoamérica de los últimos tiempos fue el de la dupla de amigos de origen uruguayo, Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, lo cual se quedo trunco tras la muerte de éste último que se suicidó en su vivienda con tan solo 32 años de edad, dejando un trabajo conjunto de solo dos películas, aunque actualmente Stoll continúa su labor de cineasta habiendo presentado un tercer largometraje en el 2009.

Su primera película fue la que titula está crítica, la que significó un debut auspicioso lleno de elogios a pesar de su tono ligero, y es que la buena manufactura como la verosimilitud de la trama, su solventada chispa e irreverencia y su empatía juvenil logro la compenetración con el público espectador. La historia nos retrata 24 horas en la vida de tres mejores amigos. Uno de ellos se le conoce como Leche, un joven apuesto pero bastante desordenado e informal que anda enamorado de su maestra particular de italiano que está comprometida y lo ignora olímpicamente; comparte un viejo apartamento con su abuela minusválida mental a la que trata con burda indiferencia y no carente de comicidad. A otro lo llaman Seba o lo que es peor “Marmota chico” en una hilarante secuencia, es el lento del grupo al que le caen las bromas constantemente y se mete en incontables circunstancias incómodas; suele tomar de referencia intelectual a un tío que murió batiendo un récord Guinness de comer mayor cantidad de huevos sin detenerse. Se destaca uno de sus periplos particulares con un vídeo pornográfico; nunca ha visto uno y en esa trayectoria se encuentra casi raptado por unos cómicos drogadictos conocidos de su hermano, un ídolo en el barrio. Al último le dicen Javi, es el único que no tiene la apariencia de ser un total vago, trabaja con un carro ajeno promocionando un restaurante de pastas mediante un altavoz; está atrapado en el conflicto de separarse de su desamorada pareja y perder su hámster entre las facilidades que proporciona su noviazgo con el sexo.

El filme está hecho en un bello blanco y negro dándole una mayor elegancia al metraje, los escenarios son las calles austeras de Montevideo, el relato es una típica observación de la cotidianidad lumpen, estrafalaria y callejera propia de la juventud descaminada que respira solo del día a día con alegre libertad y alevosía. Uno inmediatamente se identifica con lo que ve por haber sido similar alguna vez o por haber visto mucha gente semejante o porque es un lugar común solo de cierta variabilidad de la perenne imagen rebelde imberbe, siendo siempre divertido esa auscultación desinhibida de la modernidad veinteañera, además por la pantalla pasan los tipos más extravagantes que se pueda uno imaginar, un muchacho que es repartidor de pizzas y que escucha voces inexistentes producto de un servicio militar estricto, un gordo que vende películas para adultos y le llaman Sandía que resulta bastante ridículo con sus explicaciones cinematográficas, un melenudo que maneja el habla con despilfarro incontenible, un retrasado mental que busca a su perro secuestrado en un carrito de compras, un chiquillo que todo el tiempo está dándole a la pelota, amigos del hermano de Sebastián que son matones discretos muy rapaces y aficionados a las drogas entre tantos personajes que se van presentando como en un circo de extraños que no son más que parte de la radiografía de la nueva camada contemporánea de pequeñas joyitas en los años mozos que pululan por nuestro planeta.

El ecran nos presenta al trío de protagonistas atravesando por diversos contratiempos y aventuras sin salir de las pocas cuadras que forman su espacio común; vamos viendo su forcejeo voluble y voluntario en el quehacer diario, sus gracias y ocurrencias, todo bajo un sentido espontáneo con esa llaneza propia de la edad. Los acontecimientos son muchos que nos dibujan de cuerpo entero las personalidades bárbaras y delirantes que no saben resolverse con mayor acierto siendo como barcas arrastradas por el mar bajo la gloria de la tontería en estado puro.

Por lo que se ve tienen todas las características de movilización autómata y restringida de cierta inventiva, solo sabiendo andar vagabundeando sin razón, tomando cerveza y fumando, tocando el timbre y corriendo, disfrutando del programa de Don Francisco sentados en el sofá de un amigo, teniendo sexo, soñando con tenerlo y viéndolo en televisión, escuchando música como “Make up your mind” de la banda uruguaya de los sesenta “los Mockers”, interrelacionándose con personas estrambóticas, dependiendo de labores molestas y acometiéndolas por ende con desgano y además rompiendo las reglas, simplemente echando a rodar pero con vitalidad, sin melancolía y con el entusiasmo ciego de la poca meditación, del antojo, del instante, de la superficie, y sin embargo con cuanta tranquilidad y naturalidad que puede denominarse felicidad.

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