domingo, 27 de octubre de 2013

Antes del anochecer

Muchos dicen que es la mejor de las tres, pero en mi humilde opinión creo que ya deja ver que el recurso ya cansa y lo sabe Richard Linklater, lo de ir por las calles conversando sobre temas trascendentales u ocurrencias divertidas que exploren las personalidades de ambos y distintas temáticas como dos personas cultas sin frivolidad o estupidez, pero relajadas capaces de divertirse mutuamente con sencillez e inteligencia.

Y se da un giro con peleas mundanas pero álgidas -su estabilidad y compromiso penden de estas "tonterías", centradas en el anhelo de mayor proximidad con el primer hijo de Jesse- sobre esa cápsula de conflicto en que se convierten la mayoría de relaciones con el tiempo justo cuando están en el cuarto con un topless muy moderno que quita todo atisbo del romanticismo de antaño por una naturalidad que trata de decirnos que ya ha pasado mucha agua bajo el río, y la relación necesita de mucho esfuerzo si bien hay rastros de amor, como la de cualquiera se supone y se cree, ya que la idea es verse identificado claro, y tiene varias virtudes y eso la hace una buena película, pero sigo creyendo que la magia de la primera es imperecedera y la segunda era como un pequeño colofón que sumaba al final esperanzador de la anterior, a todas luces finiquitado en Antes del Atardecer (2004), por más que haya quedado en parte abierto al punto y lo preciso (esa avión se perdió y el resto es formalizar ante cualquier limitación, ¿para qué más?).

Sin embargo, ya la edad se interpone en la tercera, lo digo lastimosamente aunque se le saque jugo elogiablemente en el filme, y haya buenas preguntas al respecto, pero ya queda como algo menos mágico, como han querido que sea, pegándose a la realidad, como rebatiendo la inocencia y fe de antaño del juntos por siempre y en intensidad, que es lógico que cambie pero a mi punto quiere borrar buena parte de lo pasado, que como uno sabe y aprecia, la ilusión vale millones. Es entonces que se da menos espontáneo, ya que la dureza y la madurez se interponen aun manteniendo la sinceridad y busque la fluidez de sus diálogos y de un paseo como en las precedentes. Se hace irrebatiblemente más ordinario, pero de ese lado que a uno le disgusta conocer me parece, porque la magia estaba en la pasión y la libertad de conocerse y sentirse compenetrado con el otro, de realizarse y nada más.

Ésta es una película notable como experiencia de una edad y sus sentimientos compartidos en el tiempo pero que me desilusiona un poco aunque me alegre intelectualmente como en el fondo se adjudicaba debajo de su sencillez argumental, y aquí tome una forma más práctica, auténtica y útil. Yo creo que es una muy buena película, no lo dudo, pero de igual manera creo que merece (nos merecemos) que se haga algo en el trayecto de las dos primeras partes en un futuro -ya en otra película y realizador- pero con ese tono pensante y profundo, porque aun así se les ha escapado la magia aunque ésta halla mutado hacia el aplauso racional, y lo sentimental siempre será algo tan fuerte y primario/principal, la esencia de las tramas de la trilogía. 

Ésta última película rompe con ese cuento romántico, disminuyendo el  encanto de la relación y la compenetración con el espectador en el ideal y la ilusión anclada de alguna forma a la realización mundana, en el buen sentido de la palabra, esperanzadora, bajo las relaciones fluidas y dulces en que uno podía verse reflejado y sentirse en el lugar cotidiano de nuestra juventud que como hombres nunca debe morir de espíritu, gastado en la trama del tiempo y la existencia de pareja que desde Antes del amanecer (1995) lo anticipan y quieren no llegar a ello, como el mismo recurso de agotamiento de hacerla una trilogía y con lo que no se puede evitar romper algo, no dejando ya otro camino como concepto sin desbaratar el esqueleto del formato de Linklater. No es para todos los días, pero debería yacer el romance imperecedero durmiendo y despertando bajo el fuego del fénix del impoluto recuerdo, 

Han dejado ir el pasado como si se remontaran a una fotografía en sepia, por algo más rotundo, y menos feliz, más fácil de concebir porque es mucho como la vida. No es que nos engañe o no siga ciertos parámetros anteriores debajo pero es el camino de la desilusión el que amarga y nos quita lo ganado, la fe, lo que nos ha entusiasmado hasta “creernos” el forever and ever por otro sentido que le minimiza. Caen ahora en el lugar común en donde terminan los viajes amorosos, ¿pero cómo hacerlo con algo tan hermoso?, cuando es la hora del trabajo y el sentido imperecedero de ese baile sensual y esa mirada contemplativa fascinada de Antes del atardecer, pero bueno mengua bastante pero hay y de eso trata a fin de cuentas, en otro tono, uno realista. Incluso la cena entre las parejas en Grecia está plagada de ironía y monotonía, cansancio, reproche y dureza, ¡una traición!, solo salvada a último minuto en el relato de la anciana viuda luego de golpearle repetidas veces al romance como si de una bobada se tratara propia de otra época distinta a la actual o una inocencia temprana. Aunque no tendría que guardarse de dicha revelación, debería abogar por la ilusión del resto que viene detrás, o invocar el aliento para vencer esas dificultades como en el mencionado Viaje a Italia (1954), que haciendo diferencias, en la de Roberto Rossellini se es más duro aún. Finalmente se articula en el último discurso en la terraza y la ingeniosa nota de una máquina del tiempo.

No obstante, ver a Jesse (Ethan Hawke) haciendo gala de su carisma pero fallando con una más intratable Céline (Julie Delpy) duele, molesta en cierto sentido, aunque es muy normal dentro de las vivencias del matrimonio avanzado en años, que es el escenario que se quiere lograr. Siguen juntos pero como quien ha olvidado parte de ese hermoso viaje por Viena, y creo que hay recuerdos que deben ser intachables. Así le pasa por ejemplo a Las Guerras de las Galaxias, tomando distancias, en que nos intriga saber más, nos genera curiosidad, pero los pelos y señales no hacen trabajar la siempre pertinente imaginación, esos lugares de misterio que enaltecen el pensamiento; se desvirtualiza esa capa de oscuridad que a las historias le caen tan bien en cierta medida. Y aquí el romanticismo, la ilusión, la fe, el optimismo, y todo eso se ha perdido un poco en este drama en que se ha convertido Antes del amanecer, por ello prefiero la primera, y creo que los más jóvenes deben verla y olvidarse de la última por un buen tiempo.

sábado, 19 de octubre de 2013

Magic Magic

La Nana (2009) lo dio a conocer internacionalmente tras ganar el Grand Jury Prize en la sección World Cinema en el festival de Sundance 2009. El chileno Sebastián Silva vuelve con dos películas estrenadas juntas en el lugar que lo ha catapultado a la notoriedad, una es Crystal Fairy (2013) que le ha otorgado el premio de mejor director en el mismo Sundance y la otra que nos compete estuvo además en la Quincena de realizadores en Cannes de este año.

Crystal Fairy relata el viaje de cuatro amigos y una chica loca llamada Crystal Fairy (Gaby Hoffmann) a una playa en el desierto, al norte de Chile, y ahí beber una droga producida por el cactus San Pedro, que se convierte en la fijación de Jaime (Michael Cera), un muchacho que es muy abierto con sus pensamientos y no teme herir susceptibilidades. Es una road movie que trata de una experiencia lisérgica y una aventura de compañeros que tiene la particularidad de llevar con ellos a una chica mística, hippy y freaky que traerá más de una extrañeza y ocurrencia, haciendo el periplo uno más extravagante y especial. Es una cinta intima, discreta, con toques de humor leve que más es un rato de chicos pasándola bien un fin de semana con tonterías, diversión superflua y acampando. No es que sea nada sublime pero se deja ver con tranquilidad, tanto que no ostenta ningún tipo de malicia salvo por algunos desnudos y unas fotos de dominación sexual subidas de tono siendo un cine sobre la intrascendencia juvenil en medio de su capacidad de sorpresa en cuanto a carácter.

Magic Magic (2013) se trata de un relato que brilla en su ambiente malsano producto del temor irracional de Alicia (Juno Temple) que pierde su estabilidad emocional y psíquica de un modo intempestivo al viajar al sur de Chile con amigos de su prima Sara (Emily Browning); el novio de ella, Agustín (Agustín Silva), su hermana Bárbara (Catalina Sandino Moreno) y un amigo americano, Brink (Michael Cera). Lentamente asistimos a su descenso a la locura dentro de un realismo abrumador, ya que el filme no quiere ser fantástico ni exuberante pero pone gran habilidad para recrear ese estado mental enajenado.

La película mantiene un estado de tensión en el rostro de Temple quien no puede adaptarse al medio ni a sus compañeros de viaje por más contentos y abiertos que estén ellos, y tergiversa los contextos a su estado mental.  Sebastián Silva se las ingenia para generar extrañeza en la atmósfera y trastocar un cotidiano vieja de diversión, jugando a dos espacios, el de la inestabilidad de Alicia y el del entorno ordinario.  Toda la película vale por la perspectiva que proviene de su protagonista, y puede cansar tanta reiteración, ya que se mueve sobre un único punto, pero también puede ser visto como con Crystal Fairy, un espacio de entretenimiento de unos amigos, pero que tiene la particularidad de caer en algo inusual, de la misma forma con alguien fuera de lo común, que aunque no por disposición propia produce momentos extraños.

Silva amplifica los ratos de temor, véase el salto de un montículo al mar que se convierte en un drama de la nada o con algo tan simple como un perro excitado o un ave muerta por un perdigón, y genera acontecimientos sutiles de esquizofrenia como con el fuego, un baile sensual y el hipnotismo. Toda la película recurre a pequeños momentos, que pueden desesperar a quien quiera ver algo extraordinario, y es que la locura en sí lo es sin que afuera suceda algo excepcional, y pegarse a esas coordenadas de realidad en donde todo cambia desde una mirada distinta e irracional personal es un acto de madurez y de cine de autor discreto, porque el filme se deja ver muy fácilmente aunque con una impronta, recordando que también es un viaje de diversión y es identificable sin problemas, y así se digiere el trastorno a nuestra cotidianidad.

Es un buen ejercicio de conocimiento del tema, en una historia sencilla pero bien dirigida con un final en medio de lo autóctono como bien ha sabido Silva combinar su lado chileno con el universal en su séptimo arte. No es una cinta que entusiasme demasiado pero es muy saludable y plausible, no creo que nadie la vaya a creer una obra maestra porque todo es muy visto, son pocos los elementos que tiene para ello y se pega fielmente a esto (y es encomiable por su sinceridad y autocontrol en su dirección), pero en su manera de contarlo hace una cierta diferencia porque no quiere hacer falsos ruidos, ni hacer gala de oportunismo o efectismo, sino contar algo desde lo pequeño que es importante como tal, en su esencia humana, y es una buena historia que recurre valga la paradoja a la normalidad de su creación, sin aspavientos pero que con esa jungla de árboles o esos chamanes haciendo un rito extraño para nosotros en medio de una tragedia se esconde el terror, uno psicológico que bien ha tenido el pulso de amoldarlo a su obra el director chileno que en Estados Unidos está catalogado como uno de los más prometedores cineastas independientes, y lo vemos así, aunque aún en el proceso de llegar más lejos, si bien lo suyo son relatos de autor, y pequeños ejemplos de grandeza, adaptaciones y retos humanos.  

jueves, 17 de octubre de 2013

Páginas del diario de Satán

De la época silente del admirado director danés Carl Theodor  Dreyer, uno de sus primeros filmes que cuenta con cuatro historias repartidas en 167 minutos de metraje. Todas con la relación de tener al demonio como tentador del hombre en una penitencia que mengue su juicio divino; colocándonos dentro de cuatro hechos históricos que son la revolución francesa, la inquisición española, la entrega de Jesucristo y la guerra civil finlandesa.

Con la expresividad a flor del gesto sugerente de sus actores y una música suave recurrente que no aturde ni molesta se dan relatos en base a acontecimientos reales bajo pequeñas historias de tentación, en donde Helge Nissen como Satán se disfrazará de alguien que buscará que peque algún hombre, traicionando al amor, al maestro redentor o a la patria.

Brilla la notoria capacidad de Dreyer para adaptarse a cada lugar y fecha, con todo el contexto adquirido plenamente, y hacer de cada cuento algo familiar, próximo al espectador, humanizando la pantalla y los hechos, sin perder la facultad de realismo general.

Se dan muchas emociones gracias a la plasticidad y el histrionismo de cada actor, sabiendo contener el momento indicado de la duda que es punto principal en cada acto de pecado o salvación. Algo que vale mucho en este cine mudo, porque todo es visual, creando facilidad de conmover e identificarse con lo visto, sentir el momento y sublimar cada escena. Es un canto de teatralidad y pasión, de ponerse como en medio del alma de sus personajes, base del concepto del filme y lo más importante del conjunto.

En la primera historia vemos la interpretación casi al pie de la letra del gran hecho bíblico de la delación del hijo de Dios en manos de Judas, con un magistral Jacob Texiere como tal personaje, encogido temeroso más tarde como una cucaracha yendo más por insistencia del diablo (claro trasunto metafórico de su consciencia pecadora; que sirve de explicación psíquica) y un entorno celoso y hasta un estado de envidia y crítica personal que por maldad a dar el beso traidor. Tiene un halo poético como con el agua sobre los pies para que una devota limpie con su cabellos a Jesús, quien yace como en la iluminación sin conflicto, en un estado aparte, incólume, siendo más el camino de Judas el presentado a sazón de Satán. Hermoso retrato que nos hará sentirnos casi en el lugar del acontecimiento, aunque lo que aporte sea un estado de emulación preciso, muy conocido, pero sin sobrantes, y con un aura emotiva contundente en medio de la gracia divina y lo fidedigno como lo ideal.

En la segunda historia nos ubicamos en Sevilla del siglo XVI, y asistimos a la Inquisición, que más tarde Dreyer abordaría en Dies Irae (1943), y que trata sobre el deber creado y la decepción de los impulsos afectivos, que se parece al siguiente relato, el de la Francia de 1793 y la reina gala María Antonieta que como personaje interviene independientemente en su espacio. La tercera historia es la más larga, interpretada por Tenna Kraft, que sale de lo común con su cuerpo grueso para interpretar el papel o la imagen que uno tiene de la reina decapitada, y que Dreyer la reviste del aura de redención como se puede ver con la protagonista de su obra maestra La pasión de Juana de Arco (1928). Aunque ligeramente distintos, en ambos yace el rechazo y hay ambiciones políticas o religiosas como un reenfoque de una vida que luego se llenará de culpa, tanto que el demonio impreca a un pecador en su desmedida ruindad que cobra tres vidas y tres deslealtades pero que él ladino ha empujado hacia ello en su disfraz de menesteroso y su carta delatora, mientras en otra cara Don Fernández llora perdido movido por una levedad de acciones propias que son catastróficas por cierta inconsciencia.

En el último cuento brilla el sacrificio, y la brutalidad de los anhelos. Dos bandos e intereses propios, en la lucha del yo contra el colectivo, la mezquindad individual frente a la esencia de un bien supremo, mayor, por encima de uno mismo.

La novedad se presenta con la época finlandesa pero más solvente resulta el de la revolución y los jacobinos, más amplio e intrincado y menos predecible. Sobresale mucho de la Inquisición Johannes Meyer, mientras Elith Pio como Joseph lo hace en la tercera secuencia. En tres de cuatro relatos es extraordinaria alguna actuación, pero el nivel general es equilibrado, plausible.  

Es un filme algo lento que requiere un poco de paciencia, se toma su tiempo pero no le sobra nada, todo aporta y engrandece al cuadro presenciado; tiene escenas de acción solventes como con los caballos en la Finlandia de 1918 (incentiva con poco, pero en gran medida la imaginación del contexto de la guerra en Hirola). Muestra la elegancia francesa de la nobleza en los Condes Chambord, en apenas un retazo musical; y la vulgaridad con la prisión de la reina teniendo a los soldados fumando y jugando, que hacen contrastes valiosos adelantándose a las letras que anuncian el cambio de aspecto de María Antonieta. La imagen de Don Fernández auto-flagelándose es de una estética y escenificación sublime (y el conjunto tiene varias). El retrato bíblico pasea por momentos casi pictóricos como el de la última cena. Carl Theodor  Dreyer hace un cine memorable, y cualquier esfuerzo es más que bien pagado. 

domingo, 13 de octubre de 2013

Drug war y Blind detective

Johnnie To es un maestro del cine de acción exportado de Hong Kong, que no es poca cosa para los fanáticos, y más, ya que tiene una maestría que trasciende el género muchas veces minimizado como simple, porque su arte es de un nivel no solo estético mayúsculo sino que brinda argumentaciones sólidas, complicadas de seguir a un punto, pero también se mueve en la comedia y en el romance aunque su fama se debe a su cine noir o de gangsters, y todos estos elementos que lo definen pueden observarlo a gusto en la espectacular Drug War (2012).

Drug war se mueve en un cine contenido, al aplazar la acción por una trama milimétrica que apunta a preparar y dirigirse a una elevación mayor en sus anhelados clímax, que llegan y rompen toda espera y nos llenan de goce intenso, de esa adrenalina que te inquieta en el asiento y que es sumamente libre, impredecible, donde nadie resulta indispensable a la hora de la verdad. Mientras sus conflictos e historia están rodeados del sentir de la latente violencia, pero que puede jugar con la gracia y el nervio o la calma a puertas de la tormenta y hacer brillar la astucia y la tecnología para tratar de ganar en la batalla criminal contra el narcotráfico en China, que yace penado con la muerte capital si excede una cantidad de venta, y eso atemoriza a Timmy Choi (Louis Koo) y lo hace traicionar a su gente, que es un velado antagonista, ambiguo en sus lealtades, que tiene como co-protagonista al Captain Zhang Lei (Sun Honglei) que juega a dos roles o a una máscara, el tipo serio y entregado a su labor policial, y a disfrazarse de un ridículo capo que no para de reír, al que quieren atrapar junto a otros para desbaratar un gran negocio de drogas. Un rasgo relevante es que los secundarios de ambos bandos dan mayor compromiso al espectador con la puesta y generan una empatía con la acción principalmente, gracias a la abundancia de caracteres más que a un protagonismo subyugador que se coma todo, aunque sea fácil identificar mejor ciertos papeles.

Drug war es un filme potente cargado de vueltas de tuerca, que juega a ponernos a pensar ahora sí tocan los disparos sin causar cansancio y nos mantiene expectantes y atentos a conocer sus pormenores donde se agradece la mítica que impone como con los dos delgados mudos que traen la sorpresa cuando dejan la broma y son máquinas de matar. Algo característico de Johnnie To, el crear personajes que parecen ordinarios y que terminan siendo feroces asesinos; y lo hace en distintas formas como con el Captain Zhang Lei que pasa de la intimidación a realizar un rol de aire cómico sin perder luego su aura de tipo rudo y decidido, porque aquí nadie teme hacer lo que deben hacer, el miedo no existe. Drug war tiene un comienzo directo al grano que cambia, ya que empieza a gestarse en el ingenio de su intrincada historia, por los múltiples vínculos que ostenta pero que no es difícil de entender porque no pierde el control de lo que quiere y es. No solo eso, sabe y busca aportar más al género.

Si no conocen a Johnnie To, lo cual sería extraño, hay que decir que To es muy popular en oriente y de ahí ha rebotado internacionalmente, ya que se ha paseado por los grandes festivales del orbe y vende en el mundo sobre todo thrillers aclamados. También que es un gran director, que merece el reconocimiento que tiene, por ser una apuesta segura al entretenimiento de nivel, y al que hay que seguir de cerca, fielmente.

En cuanto a Blind detective (2013) es otra joya del maestro, pero diferente a la anterior, aquí puede ser algo esperpéntico, usar una broma más alocada, más naif y exagerada, pero que no llega a opacar lo que tiene entre manos, sino aporta un matiz al conjunto; también tiene un halo fantástico pero leve, discreto, mermado por la noción de la naturaleza de esa sabiduría del investigador capaz de hallar una aguja en un pajar, y es que Johnston (un rostro conocido y alguien talentoso que puede mostrar múltiples registros dentro de una obra, Andy Lau) un detective que se retira de la policía al quedarse ciego y se encarga de seguir la pista a posibles crímenes sin solución imagina y recrea casi de manera surrealista el caso que quiere resolver, descubriendo sus asuntos de forma particular como si se metiera en esos momentos claves y los viviera in situ; no obstante lo que quiere llevar a puerto se le escurre, y en este se dan muchas hipótesis en medio de su carácter en parte irreal pero que visualmente aportan magia.

Al conocer Johnston a Ho Ka Tung (Sammi Cheng) oficial de policía de gran habilidad física que lo admira, lo llama un dios de los detectives, se hacen compañeros en una misión muy personal, querer hallar a una amiga de la infancia de ella que desapareció y de la que no se sabe nada de su paradero, pero que terminara con una trama rocambolesca, novedosa e impredecible pero lógica a un grado que no desmorone la ilusión de cierta realidad, porque el filme se mueve en ser verosímil pero con la libertad de lo extravagante y hasta a ratos bajo la hilaridad que despreocupa del realismo.

Posee un toque romántico relajado ya que Johnston cree que Ho Ka Tung es tan fea que parece hombre y la llama como una vieja amiga con esos rasgos, y aunque está engañado y es a veces tosco, es muy bella solo que hace el papel de chica alocada y risueña que no mantiene complejos para hacer lo que le da la gana dejando de lado su atractivo sin pudor, la oficial lo idolatra que no deja duda de su enamoramiento temprano. Pero no son los únicos momentos de pasión afectiva, habiendo uno tradicional que se presta a la risa, y además es un leitmotiv importante en la trama, la mayoría de casos se  dan producto de algún deseo sexual o de un anhelo amoroso sumado o presentando otras razones.

La broma se cuela muchas veces pero no molesta, existe mucho desenfado e irreverencia pero natural a las convenciones de cierto cine oriental aun en su efusividad, sin embargo habrá a quienes les parezca que surge alguna incompatibilidad en cuanto a locura o fantasía con acción y crimen, pero es de una efervescencia tan grande en tantos cambios de estado de ánimo y atención que es difícil no entretenerse, ya que a su vez no pierde su seriedad, no es en absoluto una comedia, y es bastante atrapante, con grata química y simpatía de parte de sus protagonistas, que incluyen a Szeto Fat-bo (Tao Guo), el mejor y único amigo y ex compañero de Johnston que es un traidor nato pero que se deja querer aun así, como con el trato en el dúo de investigadores que por momentos es como el gordo y el flaco, pero sin caer en la barbarie de perder el hilo general, un aura de cierto respeto y nivel, pero que deja colar maltrato del personaje de Andy Lau sobre su compañera.

Darle protagonismo a un ciego no es tan fácil, pero aunque toma muchas licencias para generar la astucia y el heroísmo juega a crear algo digamos que equilibrado, tanto mostrando la limitación como viéndose excepcional, aunque lo sobrenatural en su imaginación casi de vidente se pega también a esa creencia del desarrollo de otros sentidos ante alguna carencia física. El personaje logra reírse de sí mismo y exhibir talento en su trabajo, enfrentando hasta algunos criminales zafados o atípicos. La película sabe manejarse muy bien en distintos campos, el romance, la comedia, la acción y la fantasía. Y eso no suele ser común ya que arriesga mucho, pone mucha personalidad, no quiere ser complaciente aunque si se nota que quiere divertir y sorprender, y lo logra, rescatando que su lado noir puede ser brutal dentro de un conjunto suelto y alegre, y que recalco no desfallece en sus dramas y conflictos, se sostiene, y es que el envase no destruye el contenido. Hay varios casos y son escabrosos, hay asesinos en serie, estrangulamientos o martillazos en la cabeza. Estamos ante una cena polifacética y surtida como con sus grandes actores que brillan en la complejidad de sus formas, sin encasillarse, lo que notoriamente presenciamos en el papel de Andy Lau, además de que tiene lo suyo por su lado Sammi Cheng en un registro más sencillo pero que tiene ternura, más su innata belleza física y gracia exacerbada, dentro de una historia que a su modo es trepidante siendo ligera, muy bien matizada. Una bocanada de aire fresco para To y para nosotros, donde nos enseña recursos, sale del lugar seguro pero mostrando que sabe, y destaca aun no presentándose como lo que uno suele buscar como prioridad en su cine. 

martes, 8 de octubre de 2013

Only god forgives

La película de Nicolas Winding Refn fue abucheada, no gustó en el Festival de Cannes de este año, y la prensa en mayoría informó negativamente hacia ella, exceso de violencia hasta lo innecesario clamaban sobre todo, pero era a priori una cinta muy llamativa, creaba muchas expectativas y creo que las mantiene aún para todos los que no la han visto, y es que Refn con Drive (2011) ha saltado a convertirse en un director tipo Quentin Tarantino al que uno está atento a lo que hace, siendo un goce rabioso y natural, un entretenimiento de alto nivel, con intensidad y originalidad, y eso nuevamente está presente, bajo un rasgo notorio, Refn se divierte con lo que hace y es muy honesto con su arte, no trata más que propiciar su esencia y una cinefilia incurable, porque quien haya visto Bronson (2008) y Valhala Rising (2009) se dará cuenta que no sólo cunde cierta extravagancia o brutalidad respectivamente sino que Winding Refn es un cineasta de corazón, por más cliché que suene, y entrega lo que le sale del alma, quien luce querer otorgar la misma creatividad y pasión que lo seduce, y esa fidelidad a las propias creencias de un hedonismo cinematográfico, que enaltecen toda creación, propia tanto de quien se siente espectador como autor, tienen retribución, siempre, aún en ciertos casos a costa de la calidad y estética, que no es el caso, porque la estilización del danés en la presente es notoria, con esas bellas luces de neón rosas o celestes, al puro estilo del genio artístico fino de Wong Kar Wai, combinados con pasadizos oscuros y visiones de la imaginación o la mente, que también lo sabe hacer muy bien como con Fear X (2003), aunque en otras propuestas pueda brillar un aire de cine B o el más salvaje, al que enaltece.

En ésta oportunidad es como claman los thrillers coreanos, una poética del crimen y de la violencia, solo que más discreta. Es cruel y arduo con respecto a brindar concesiones con el propio arte, y de ahí que sea difícil agarrar el romanticismo del que hablamos, que brilla al son de alguna suave canción en tailandés en un ambiente cotidiano o una ceremonia de clásico combate a puño limpio. El filme es una pugna tanto en su trama como en su forma, porque quiere ser contundente en su salvajismo, revelarse al estándar conocido, el que subyace más conforme en general, y puede no gustar pero su transparencia es elogiable.

El filme no quiere mermar su capacidad de realismo, sin que tampoco se vuelva como dictan los detractores, algo vacío y carente de sentido, cuando olvidamos que la vida misma clama cierto sinsentido e injusticia, que no es totalmente el caso ya que Only god forgives (2013) tiene al deber como motor, a la idiosincrasia del asesino, la fuerza del más bestia en aniquilar a sus contrincantes, así sea con una placa policial. Se trata de tipos duros e inmisericordes, trazados con maestría e indudable credibilidad, de lo que proviene de no dar esas criticadas concesiones y triunfar en la maldad, como la espada del jefe de policía Chang (Vithaya Pansringarm), quien es uno de nuestros dos antihéroes de la historia, aunque no lo notemos creyendo que Refn se coloca solo del lado de Julian (Ryan Gosling), un delincuente que trafica con droga dentro de una familia de gánsteres liderada por su madre, por Crystal (Kristin Scott Thomas).

Julian duda del orden que le ha tocado vivir, de ser un animal de caza, no un luchador que lo es de cierto modo pero de otro tiempo o uno que está desapareciendo, sino que no puede ser una máquina eficiente de matar, y como dice la progenitora, es débil, es decir tiene consciencia, y se debate entre vengar a su perverso hermano, acabar con su ejecutor, el que lo tiene perdido en un laberinto mental, en la omnipotencia de su indestructibilidad, o mantener una vida más sana, la que representa esa mujer misteriosa que lo acompaña, Mai (en la deslumbrante belleza de Yayaying Rhatha Phongam), un símbolo de sus anhelos de rehacerse en la tranquilidad. Quizá ella sea una prostituta o una simple fachada, pero sirve para ver que él quiera decirle a la autoritaria y manipuladora madre que ya basta, y no puede, y sufre en silencio en ese encierro, como el que presenciamos alrededor de él, tanto que para Crystal su gimnasio de muay thai es algo de maricones, arguyendo que la verdadera fuerza yace en el dinero, en la droga y en la potencia y convicción de liquidar a los enemigos, ya no de forma clásica y honorable, o deportiva, sino con todo lo que esté al alcance, y en ese lugar está Chang, con su frialdad e impunidad, con su imparable sed de venganza.

Una característica del cineasta danés es que no suele poner muchos diálogos o hace de sus personajes seres mudos, silenciosos en su seriedad y fiereza, porque viven en los actos y no en las palabras de intimidación (además de que Refn suele ser torpe con lo que les hace hablar, vulgarizando el escenario, y para qué arriesgar la mítica donde no somos buenos), y es por eso que el rol de Scott Thomas es efusivo, verbal, histriónico, ya que ella es solo una figura que ordena, que distribuye, que genera, vista como la esencia misma de lo diabólico, la verdadera presencia rival, pero que necesita de intermediarios, y la película se rige al devenir de uno en especial entre otros como es normal. Es otra buena imaginación, romper con lo ya visto, sin perder coordenadas. Estamos ante un filme de acción, solo que las líneas convencionales, entre el héroe, el malo y la dama en peligro, están todos rotos, mezclados o difuminados, no habiendo ninguno que ostente un aura impoluta, todos son corruptos o se mueven en la criminalidad, es como si la obra fuera un juego de ajedrez, entre dos bandos con los mismos derechos y trapos sucios, no obviando su estela de fantasía donde la policía se sitúa en el máximo libre albedrio y en su férrea destructividad.

El filme es vistosamente amoral y eso va a molestar en algún grado, tanto como entusiasma a quienes quieren sensaciones nuevas, lo impredecible, de lo que sorprende que Only god forgives no cuente ya con una buena legión de fanáticos, aunque seguro los tendrá. Refn suele moverse en esas aguas, retratar al delincuente que aunque al fin y al cabo tiene un espíritu de redención no deja de ser reprochable. Como en ese ascensor ya legendario de su anterior película conviven con una brutalidad que debería inquietarnos. No obstante esto se agrava más en la presente porque ya no hay de por medio como en Drive una luz, una mujer inocente metida en un ajusticiamiento de negocios criminales, sino todo está vastamente podrido.

Se quiere vengar a alguien que no vale la pena, a un violador y un homicida. Del otro lado yace el que cree está haciendo cumplir la ley, aunque sea su ley, por lo que el padre vividor o incompetente que en su negligencia permite o procrea la prostitución es castigado aunque en buena parte no lo entendamos y enseguida tachemos al tipo y su justicia, y así se da con todo aquel que quiera quebrar el orden que representa en sí, siendo en adelante como actos reflejos de una mal llamada supervivencia, además. La óptica del filme nos engaña en distintas formas, creemos que Chang está en desventaja frente a una gran banda criminal que lo quiere muerto, pero a su vez intuimos que va a pagar sus crueldades y que es un hombre muy peligroso. Chang es nuestro inclasificable protagonista, junto con Julian, las dos piezas en igual batalla, algo que no suele suceder.  

El tablero gira constantemente, se va al otro extremo y así sucesivamente, confunde lealtades para con el espectador, lo desconcierta a partir de que Julian hace un gesto humano en la casa de Chang (a continuación vienen 20 últimos minutos chocantes). Y uno seguro se disgusta porque siente que la injusticia y sinsentido no puede vivir en el ecran, y olvidamos la cualidad de autor del director danés, que hace del cine de acción un lugar para el drama, el drama existencial de Julian. Las varias aristas del crimen se consumen en la lentitud artística de su metraje, como con fragmentos interpuestos entre sueño y realidad, entre impotencia y destino, en lo correcto y lo que se nos ordena. Chang es el hijo que Crystal quisiera tener, y vaya la ironía de su mundo es a quien debe eliminar para sobrevivir y con el vástago que le queda, pero fallándole porque no le importa en absoluto. Billy es el único atisbo de amor en sus venas, corrompido también como una posible relación incestuosa.  

Only god forgives puede tener pegas en contra, pero aun así sabe generar mucho interés, impresiona aun a costa de la empatía o de algunos pesados espacios muertos, porque de la violencia no seamos demasiado sensibles sino nos perderemos de un goce, con sacrificios que tuercen lo convencional por otro tipo de entretenimiento mayor, menos facilista, pegándose a la injusta verdad de la vida.  

martes, 1 de octubre de 2013

La filmografía de Makoto Shinkai

En mi vocación de llegar a conocer y compartir todo séptimo arte, me aboco ésta vez a la animación japonesa, al anime, que es muy amplio y autosuficiente, con quien consideran muchos como el sucesor de Hayao Miyazaki, más aun cuando parece que el popular animador de la multipremiada El viaje de Chihiro (2001) ha dicho que se retira, ésta vez parece que definitivamente. Makoto Shinkai cuenta aparte de algunos cortos con 4 películas.

The place promised in our early days (2004)


Ésta luce como su película más compleja, que se reviste de ciencia ficción y es la parte “complicada” del relato, que tampoco es que uno deba tenerle por un argumento intelectual, de seria profundización, sino es más un pretexto para llevar acabo el verdadero magma del asunto, en un centro de mucha facilidad y sensibilidad en tres mejores amigos –dos varones y una dama- que se conocen del colegio y que quieren hacer volar una nave diseñada por ellos hacia una torre en Hokkaido y descubrir que secreto guarda ese lugar.

En la película se vive una historia alternativa de postguerra en donde Japón está dividido en dos partes, a una se le llama La Unión en el norte, y la otra yace en el sur regida por Estados Unidos. Sin embargo, el misterio se acrecienta cuando Sayuri Sawatari, la chica del grupo de amigos, se enferma, desaparece por 3 años y al hallarla en coma parece tener un fuerte nexo con la torre, mientras yace en unos sueños que la vinculan con sus queridos compañeros que buscan rescatarla de un especie de limbo que requiere cumplir con la promesa de sus tempranos días, como nos invoca el título.

Makoto Shinkai mezcla la conmovedora y romántica aventura, el fuerte del conjunto, de mayor recepción, con mundos paralelos, surrealismo y una posible guerra apocalíptica a raíz de la torre ubicada en La Unión. Si no nos distraemos y preocupamos de la parte sci fi el relato surge muy amable como una relación infantil con algunos tintes adultos, pseudo científicos. No es propiamente un relato de amor de pareja sino algo más abstracto y general, que es bastante puro y conmovedor, recurriendo a la ilusión que es su letimotiv, sólo que exagerado al punto de la idealización y la tragedia, un rasgo de Shinkai que recurre a su calmo cosmopolitismo en que su obra suele ser una nueva reinterpretación libresca, histórica o ideológica, aunada a su creatividad, en la que es una cierta ucronía con el apego a la tecnología, fantaseando con una alegoría que se da con la torre.

Estamos ante una propuesta poética, llena de carisma y de infaltable inocencia, revestida por el control de fronteras y la acción bélica que le da el toque serio al filme al inutilizar la esencia humana, la de la comunión y los afectos humanos que más nos enorgullece y buscamos, que es lo que clama la trama y por ello su mensaje desentraña una nobleza y ternura que no teme explotar éste dibujo japonés, como lo ha hecho Disney a su estilo, pero llevada -debido a nuestra contemporaneidad- sin que nos ahoguemos en dulce o demasiada ñoñería. Es un filme para almas sensibles, que es el cine que hace Makoto Shinkai, de esto que sea tan comparado con el maestro Hayao Miyazaki y el estudio Ghibli, y en sí sea un anime importante.

A 5 Centímetros por Segundo (2007)


En la presente yace el mejor cine de Shinkai, aun siendo el más común dentro de su filmografía, de un realismo abrumador, pero que nada en la sensibilidad, la prefiere, la sostiene sin complejos, proporcionando un romanticismo clásico y especial, pero sin pelear con las nuevas exigencias ya que es esencial, atemporal aun con su clara recreación actual, que rompe con cualquier reticencia a buscar la lágrima y el desazón sentimental, que gustará a muchos y enervará a otros tantos, que quiere conmover y no se amilana en el trayecto ni en su anhelo.

Recurre a su buena disposición, pero usando su creatividad para generar algo que conocido no deja de ser novedoso en su forma, que es preciosista, detallista, y que parece copiar en su animación lo que fuera un filme con gente de verdad; parece ser la mirada de una hábil cámara la que nos enseña la historia, los ángulos y las perspectivas, y más aún la vida misma, en alguna época de nuestra existencia, que como es natural en el autor lo asume desde la inocencia, efusividad y transparencia de la juventud o de la niñez; se ampara en ella para ir más allá, invocando una eternidad.

El conjunto se divide en 3 capítulos partiendo de lo que parecen dos primeros cortos independientes con un protagonista en común, Takaki Toono, para luego reunirse en el último tercer tramo -un tercer cortometraje- que básicamente reúne el sentir de la propuesta en un tren que cubre una presencia. Tenemos un triángulo amoroso más platónico que cualquier otro pensamiento; la idealización propia del idilio que es efímero en los hechos pero eterno en su romanticismo y sueño, la de la perfecta conjunción, y la del secreto afecto, de esto que la melancolía revista de gloria su ilusión.

Una historia hermosa, una obra maestra, contada con esa magia que no abruma ni molesta, que encanta, que seduce, que te arrastra a ese tren con dos horas de retraso ante un esperado encuentro o a esa confesión prolongada a la salida del colegio. Exhibe unas formas sublimes, no solo estéticamente, sino creando aristas de un mismo momento; avanzando, volviendo atrás y luego alineando su narrativa, repitiendo escenas sin que en ningún rato genere cansancio. Extiende lo que podría contarse en un chasquido de dedos, pero sin generar la sensación de deficiencia, todo lo contrario, para lo que luce la maestría que vive en la imagen brillando en su empatía y emotividad. Dura apenas una hora y unos minutos, pero son imprescindibles.

Children Who Chase Lost Voices (Viaje a Agartha, 2011)



Su obra más larga, de casi dos horas, y que versa sobre algo fantástico, pero bien conocido, el ir al inframundo, llamado Agartha, y como en tantas historias mitológicas traer a alguien de la muerte. La trama anhela enseñarnos a aceptar ese trance tan doloroso e indisoluble de nuestra humanidad, que cuando se pierde a un ser tan querido puede agobiarnos tanto hasta convertirse en una obsesión y un vacío infranqueable como le pasa al profesor Ryuji Morisaki que persigue el lugar de los muertos para traer a su esposa a la vida, mientras Asuna, una chiquilla, de forma más casual pero con un destino detrás –tiene una llave estelar en la radio que le dejó su difunto padre- al conocer a un chico de Agartha de quien se enamora es arrastrada hacia el deseo de su maestro. Ambos pasaran por una aventura en un mundo irreal donde hay “otra” gente; y están los Izokus, monstruos que parecen vampiros y se alimentan de impuros, de las llamadas personas exteriores; o los Quetzalcoatls, gigantes o animales míticos que cuidan del más allá.

Esta película épica se parece a las de Miyazaki y aunque no tiene tantos entes extraordinarios como en los mundos que pueblan los de Hayao se hace muy solvente, sabe economizar su creatividad, y hasta tiene un ligero rasgo oscuro en algunas escenas como en la pesadilla del brazo que se descuelga de Shun, o los mismos Izokus hambrientos temiendo a la luz y el agua. El periplo es lo que más cautiva por encima de una empatía más endeble en cuanto a los sentimientos de sus personajes. Sin embargo crea una fuerte introspección en relación a su tema sin perder su aura de entretenimiento que es lo que prima.

A Morisaki y Asuna se agrega una tercera sub-trama con Shin, que como gemelo repite la explicación del sentido que tomó su hermano, un paréntesis entre no saber a dónde pertenecemos, una humanidad general o alma, que puede referir a un limbo o al cielo en referencia a los muertos. La historia en parte queda inconclusa, y es que el tema amerita cierto entendimiento de decepción, de incógnita, que ilustra la complejidad de lo que ha tratado.

Como historia y aventura atrapa, cumple su cometido sin impresionar demasiado, y sin ser difícil deja un pozo intelectual; a ratos no queriendo ser injusto ni restar mérito general parece que le pedimos un poco de más imaginación en sus personajes y entes sobrenaturales, aunque tiene momentos gloriosos como el gigante sin brazo cayendo al agua especial tras “comerse” a Shin y Asuna y llegar al puente de la vida y la muerte, o el sacrificio de un ojo que se da en la resurrección e invasión de un cuerpo. Es una historia que maneja muy bien una cierta grandilocuencia argumental, como se aprecia en los paisajes de Agartha, y lo hace con recursos mínimos o a un modo reconocibles, en ello se parece a The place promised in our early days.

El fondo minimalista sobresale por encima de una forma que es eficiente pero menor a su vera, no apabulla ni deslumbra visualmente en cuanto a audacia, pero se debe mucho al ingenio de cómo se explica, se expande y se maneja desde el artificio. También es loable que sepa crear tantos conflictos y abundantes sorpresas con pocos o “comunes” recursos. Shinkai definitivamente sabe posicionarse en diferentes lugares del anime, mostrar distintas virtudes, en ésta oportunidad demuestra que es un gran fabulador, tanto que poco importa si no es un genio en creatividad visual (una paradoja, porque sabe mucho de estética), brillando en la dirección y el desarrollo de su trama.

El jardín de las palabras (2013)


Su última película hasta la fecha es un mediometraje de 46 minutos que retorna a su mayor maestría, la de A 5 Centímetros por Segundo, y nuevamente logra conmover y sensibilizar, con una historia platónica entre el enamoramiento de un chiquillo de 15 años de una maestra de 27, cuando se la encuentra a menudo en un sitio de descanso de un jardín, sólo cuando hay lluvia, y ambos faltan a sus labores, a la pesadez de unas obligaciones con problemas de adaptación, sólo que ninguno se conoce, pero se sienten unidos en el afecto más puro; por supuesto, sin concebirlo en una relación, que el relato brilla en la hermosa inocencia que acostumbra Shinkai.

Ambos tienen su pequeña biografía, donde lo mínimo y sano vuelve a ser más solvente que lo espectacular (o lo burdo e irreverente gratuito), y es que la llegada puede ser la misma con distinta búsqueda. Takao quiere hacer zapatos profesionalmente, y todavía no tiene mucha seguridad debido a su condición de colegial solitario, extraño, aunque aplicado, que no tiene mundo, pero conociendo a Yukino crecerá y aprenderá sobre el amor y el sufrimiento, la ilusión y la memoria, cuando ella tiene su conflicto existencial, de donde a su vez sacará felicidad del jovencito. Se trata de una parada emotiva, un tránsito, un coger impulso ante ciertos escollos.

Que bien se maneja Shinkai en la lágrima, en aquella empatía romántica, tanto que poco importa que sea algo notoriamente conocido, la majestuosidad está en cómo se explaya y forma una historia que respira calor humano; en los múltiples detalles, en la estética deslumbrante, en su contemporaneidad puesta a prueba con lo esencial, en formar vínculos tan sólidos en su relatos, en explotar el lugar común con elocuencia y robar muchas sonrisas.

Puede que muchos vean más de lo mismo, algo pequeño, pero no se puede negar que cala, que se siente una profundización emotiva, y que uno se olvida de que está ante dibujitos, con ese realismo perfecto sin extraviarse de su condición de anime, mediante la imparable simpatía que desborda su auscultación. La nobleza llama, y manda; un goce primario y al mismo tiempo de los más grandes, que invoca a todo cinéfilo. 

martes, 24 de septiembre de 2013

Criss cross

Uno de los grandes maestros del cine noir, Robert Siodmak, un nombre importante del cine clásico americano, en una de sus mejores películas que recuerda mucho a The Killers (1946). En su argumento es todo lo que hace un hombre por amor, hasta convertirse en criminal y arriesgar su vida frente a unos temibles delincuentes.

Steve Thompson (Burt Lancaster) vuelve a su ciudad tras haberse alejado por un mal de amor, pero no puede evitar reincidir en ese motivo de locura pasional que lo embrutece y lo lleva a solo subsistir en dicha fijación, ir a buscar a la mujer de su vida, Anna (Yvonne De Carlo), de donde empiezan sus problemas. Mucho peor estando casada con Slim Dundee (Dan Duryea), un tipo acomodado que ejerce una pequeña mafia. Sin embargo, nada detiene a alguien cuando desea algo demasiado, y Anna es ese objeto cegador, con quien aún mantiene un vínculo afectivo, fue su esposa, y como se suele decir donde hubo fuego, todo puede encenderse nuevamente.

Una historia bien tratada, con esa aura típica del cine clásico, delicado, que guarda parte de sus mejores momentos en la potencia de sus encuentros amorosos o en esa pugna, en la interrelación entre los que quieren ser amantes y más, en un fluido despliegue de emociones, en el forcejeo entre evitar ver lo que te separa del ser amado casi idolatrado, el carácter, la ambición, ser de otro, y dejarse llevar por lo que dicta el corazón y la aventura, manteniéndose los defectos ocultos bajo la simpatía, la de sus protagonistas. Y del otro lado, lo que anuncia el género, un atraco a un camión blindado lleno de dinero, una obra de la que se dice que nunca nadie ha tenido éxito, siendo todos los que lo intentan arrestados y condenados a la pena capital, para el que se cuece un plan colectivo con la salvedad de un infiltrado, único medio de lograrlo, y que alberga muchas falsedades y trampas, bajo un cruce de anhelos y enemistades.

Dos ideas expuestas ligeramente sobresalen del conjunto, la perfección de los pequeños acontecimientos “curiosos” que llevan a que algo llegue a suceder y lo complicado que es anticipar lo que piensa cada persona, lo impredecible que cualquiera puede ser. Dos elementos que rigen el filme.

Steve es nuestro guía y héroe pero por supuesto no lo sabe todo, no llega a ser tan plano, nos cuenta en un flashback y una parte con su voz en off como llegó a inmiscuirse en un crimen, siendo un tipo naturalmente correcto y anodino (quizá por eso sea tan proclive a dejarse llevar), no obstante guapo y agradable, un sujeto de pocas aspiraciones, humilde, alguien que parece ser una buena persona, un tipo común pero que genera empatía; propiciando acciones dentro de la espontaneidad y el libre albedrio, pero que parece moverse dentro de un destino incomprensible, aunque tiene un imán pasivo que lo jala, el que va más allá elípticamente del atractivo y la sexualidad, sin esmerar la figura de sus virtudes, es bella y sensual sin más como una modelo. Lo mejor del filme son sus dos protagonistas, la pareja idílica (en un arquetipo de la fantasía, y que en el registro del cine negro tantas quebraduras de cabeza produce), su conformación y su relación.

Siodmak utiliza la sorpresa con habilidad, en lo posible porque se apega a reglas cinematográficas conocidas. Hay varios ratos de proclamada tensión pero es cuando se perpetra el robo y en adelante lo que más nos inquieta, aunque predomina cierta sobriedad, propia de su clasicismo; suficiente para mantenernos atentos, amoldarnos al pasado, propiciando el entretenimiento en una historia romántica que se articula en un contexto de acción, para lo que Lancaster con su porte atlético se presta muy bien al asunto, es el actor idóneo, aunando su capacidad actoral para trasmitir sentimientos (básicos dada su relevancia en el relato, pero sin romper su sencillez argumental), en estados de expresión marcados, exuberantes, que son siempre tan vistosos -y que yacen en sentido de cuerpo- en este tipo de séptimo arte, todos con un toque teatral, muy dramáticos y tendiendo a ser un poco exagerados, para generar los momentos cómplices o estelares que hacen suspirar al espectador, es su fuerte ya que el resto suele ser de una inocencia menos convincente, moviéndonos en sus vaivenes y reiteraciones, facilitados por figuras fáciles de identificar en general pero en donde sus superficies brillan mucho y no me refiero a la belleza; a lo que suma la interacción del principal con los secundarios con diálogos audaces que fingen de casuales en medio de un toque de comedia sutil, con la mujer que no falta independiente en la barra y el barman, una dupla que pone el toque pintoresco a la película, y que como suele ser se hacen querer con poca participación, no solo entre ellos sino en nosotros, lo mismo con la banda variopinta de atracadores, muy superiores en simpatía aun en su cotidianidad a una película como Ocean's Eleven (2001). No te lo crees todo pero igual te metes en el juego de ingenuidad y relajo en cuanto a exigencias de credibilidad, lo aceptas como parte de la época.

Tiene a una Yvonne De Carlo muy guapa, como una cierta réplica de Ava Gardner, pero bastante menos glorificada; no obstante, se ve delicada sin ser débil, sensual, seductora, elegante y a su vez muy normal, con toda esa gracia y magia resumida en el baile antes de reencontrarse con Steve, a través de un plausible esfuerzo artístico general, con la particularidad de yacer muy bella hasta en pantalones anchos de tela, aunque tenga algún instante de sobreactuación (y caer en la verborrea explicando mucho por medio de ella), lo menos a su mayoría ejemplar. Y unos ojos llamativos e hipnotizadores, una mirada que se clava en el alma, como en el relato.

Nos creo por completo que sea motivo de volver a alguien loco, leitmotiv y esencia del filme, a un tipo que puede tener a la mujer que quiera, pero que como dice nuestro confesante narrador es como no dejar de verla en cada rostro femenino, dentro de la melancólica poética del crimen; un noir en toda regla y época, 1949; uno notable.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Post tenebras lux

En el Festival de cine de Cannes del año 2012 se le otorgó el premio de mejor director al mexicano Carlos Reygadas, engrosando la polémica, al darle un veredicto de respaldo, aunque aun no zanjando el asunto de si es una buena película o todo lo contrario (eso lo decidirá el tiempo, aunque ya tiene una partida ganada), habiendo tenido antes abucheos en la sala, de donde los críticos y la prensa presente la catalogaron de despropósito, hasta el día del anuncio en que se llevó el galardón y quedó una fuerte polarización (que más tarde ha apuntado más hacia el desconcierto, y por ende, a privilegiar el demérito).

El autor era avalado únicamente por el jurado, encabezado por Nanni Moretti, que sea dicho de paso, no hay que olvidar, aporta una importante postura. El del jurado es un alegato de la independencia de los eventos, que muy a menudo no concuerdan con las expectativas y los cálculos también subjetivos de las mayorías asistentes (el contrapunto), y se suele presentar el resultado como una eterna sorpresa (un alegato de identidad), pero de eso se trata, un festival busca la innovación y el atrevimiento (justificado), o esa perseguida originalidad y sustancia, dentro del concepto de lo que debe anhelar el arte y eso gira en base a la novedad, creatividad, sentido y calidad de la propuesta.  

Donde me posiciono es más con el jurado, que aunque por costumbre muchos tienden a desmerecerlos olvidan que son simplemente una perspectiva, a la que uno a la distancia siempre accede por curiosidad, y luego juzga con individualidad. Y es que Post Tenebras lux no es tan críptica como muchos creen, aunque brille la dificultad en algunas secuencias.

El sauna y la orgía salen del contexto familiar normal de su trama, pero se puede leer como la simbolización de los “sacrificios” de indecencia que muchos hacen en pos de alguna ventaja o facilidad, parecen alegar a la inserción de la clase social, la privilegiada, que nos recuerda en parte a la crítica de Pier Paolo Pasolini en su mítica película Saló o los 120 días de Sodoma (1975), pero sin la mordacidad o el exceso del cineasta italiano.

El desenfoque y repetición del lente de los bordes en la estética del filme hace hincapié constante a una especie de ambientación onírica, entre la pesadilla y lo diáfano, siempre ambiguo e indefinible maniqueamente, mezclada y conviviente. Y puede ser un antes de (un lugar de pecado, de falla), o una predisposición, como una demonización de un mundo (sumergido en otro), viéndolo como extraño o exógeno a la geografía o particular, como una prueba en la experiencia, una marca y un calvario.

No sabemos a quién pertenece realmente esa visión que se intercomunica entre realidad y fantasía, habiendo distintas aristas en juego, la generalización de la sociedad del privilegio, Juan y Natalia en la historia, o el pueblo en un fuera de campo. Un halo de inocencia y de naturaleza se sumerge en la pantalla con ese rato tan intenso y tan provocador, tan desestabilizador por antonomasia, en donde Reygadas suele yacer, lo sexual como degradación, pero como elemento de una alienación normalizada, un escape en las tinieblas, que más tarde anida la luz del título, un quiebre, una decisión, un fénix que desciende hasta sus cenizas y luego renace, donde el caos, la anarquía, tienen cabida aun con apariencia de ser lo contrario.

Están las dos ambientaciones del cine de Reygadas, la promiscuidad y la violencia (que puede ser pasiva), más palpable en Batalla en el cielo (2005); o el partir del orden, que luego un hombre corrompe y se crea la notoria disyuntiva de seguir –sea para algo bueno o reprochable- o cambiar, como con la pareja en Luz silenciosa (2007); o en Batalla en el cielo el comportamiento que también tiene de esclavitud. Ambos están en mayor o menor medida en toda su obra. Tiene matices más luminosos que otros.

La historia es la reiteración de caer en las garras de ese demonio que entra a hacer su trabajo en nuestra humanidad, mientras parecemos dormidos, no nos percatamos. Luego vienen los arrepentimientos al tomar consciencia (lo que nos falta), como esa decapitación tan grandilocuente y artística, tan atractiva en su efecto visual, muy acorde con la culpa que se ve en los árboles cayendo, un recordatorio de nuestras acciones, la destrucción de un territorio, léase como muchos creen ver, la idiosincrasia con México y el narcotráfico, pero también de un lugar más espiritual y universal, hacernos daño a nosotros mismos; y ese hombre que de forma impresionante se suicida es un cúmulo de maldades por razones equivocadas, que brilla en la torpeza y las malas decisiones, la hipocresía, no creer en el discurso sanador, y la necesidad resuelta con lo fácil, lo delincuencial, robar al patrón destruyendo todo alrededor, incluyendo a su propia familia; siempre estar al tanto del dinero sucio sin importarle las consecuencias porque las siente deslindadas de su persona.

El filme después es una clara historia de contextualización al campo de gente acomodada, en donde se ven conflictos, pero también adaptación y tranquila convivencia. Existe cotidianidad compartida y ya cierto conocimiento mutuo aun habiendo algunas distancias, engaños –el peón que falta y dice tener urgencia con su madre- y maltratos –como a los perros que parecen transportarse al entorno-. Son parte de la complejidad de los seres humanos, tanto criticable en la ignorancia, la proclividad a la criminalidad ante la carencia, o a otro lado el engreimiento y la banalidad de la riqueza. Y hay parecidos en ambos niveles sociales, que aunque es la sociedad mexicana cualquiera puede verse reflejado, la inestabilidad afectiva –y la trascendencia de la familia- o el caer en los placeres y la autodestrucción.

El desenlace en el juego de rugby parece simplemente ser una elección en parte superflua ante lo introducido como parte de la amplitud de habitantes y contextos del espacio retratado, en un obra con reminiscencias a Carl Theodor Dreyer y Terrence Malick, que puede interpretarse como una alegoría de la lucha interna del hombre por lo correcto o lo perjudicable, entre ganar o perder esa partida. Lo de El Siete y su repercusión es un cierre de vitalidad, de renovación, ante lo anterior que ya está presentado y finiquitado.  

El título implica que siempre la oscuridad albergará un nuevo rayo de luz, una nueva oportunidad, que como se entiende en lo visto puede pasar a otros, aunque la vista del presente conjunto sea tan pesimista en su trama, como Juan (Adolfo Jiménez Castro) que lentamente acrecienta sus conflictos, se niega a descubrirlos, los dispersa en su familia, no cura la insatisfacción de Natalia (Nathalia Acevedo), se maneja con un doble discurso, quiere y no hace nada en realidad, sufre una tragedia, degenera en una enfermedad, en cierta tristeza, y luego es solo otra historia más que contar.

Reygadas le pone a su cine un aura lírica y sensorial, alucinógena, como con esa niña caminando, corriendo, libre, extrañada o sonriente en el lodo tras sus monosílabos sobre las vacas y los perros que ladran en medio de una tormenta y la noche que lo llega a cubrir todo, y en ello superpuesta por la cámara una inminente presencia. 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

The brown bunny

Quizás debería abocarme más a hablar de Buffalo 66 (1998), una película que cuenta con cierto respaldo y entusiasmo general, que aunque imperfecta tiene sus buenas notorias virtudes, que tiene en sus filas a tres grandes estrellas del cine venidas a menos o de culto como son Mickey Rourke, Rosanna Arquette y Jan-Michael Vincent, una película que tiene como centro y contagio de frustraciones a dos monstruos de la interpretación, cada uno a su modo, Ben Gazzara, que yacía tanto en cintas pequeñas como en populares, y Anjelica Huston, figura muy fácil de reconocer en la gran pantalla y que en cada performance deja su huella y se marca en nuestra memoria aun siendo secundaria; y que tiene a la adorable y todoterreno Christina Ricci como objeto de transformación y animo existencial, en una chica muy de nuestros tiempos, y sensual en su normalidad, aparte de sensible; y al irreverente gen independiente de Vincent Gallo (ganador merecido de la copa Volpi a mejor actor por Essential Killing, 2010) actuando, dirigiendo, brindando la historia y colaborando con el guion, quien es mejor de lo que solemos creer y escuchar de él, un outsider legítimo que yace en cierta oscuridad.

Buffalo 66 es un filme independiente en toda fuerza y realidad, como no se suele ver (destacando, que sería la parte más complicada) tan a menudo hoy en día, salvo apreciarlo predominantemente desde la inversión y gestión comercial inferior al estándar de Hollywood, uno que avala su libertad, porque es en toda verdad en donde se mueve, presentando un final que versa sobre la lógica, más que la rigidez de una ubicación ideológica, pero sin llegar a tergiversar toda “norma” de identidad y de fundamentos, y ahí brilla la antipatía en los continuos gritos y exabruptos de un hombre recién salido de prisión, por un desmán mayúsculo que lo encerró y lo revela de un vacío y baja autoestima atroz que lo lleva a saltar de la torpeza duramente castigada a temas más delicados como el asesinato, sin más voluntad que deslumbrar a sus padres, la carga eterna de su existencia, siendo un tipo que no tiene nada en la vida, ni siquiera respeto propio quedándole solo la proclividad a la violencia, pero que con un motivo tras una convivencia que nace de un secuestro hará de esa locura de interrelación, criticable en su ligereza estructural, una pasión para vencer su soledad, su dificultad de pertenencia a algo que lo eleve y el dominio de sus emociones y la apertura del elusivo optimismo. Mientras, la forma es lo que la hace tan indie y su canto el de una rebeldía en busca de paz.

Sin embargo, he escogido darle predominio a The brown bunny (2003), otra obra del multifacético Vincent Gallo, tras una introducción con una película ciertamente muchísimo más recomendable. Y es que el filme en cuestión fue abucheado en el Festival de Cine de Cannes 2003, y aunque esto no es un juicio inamovible, se han equivocado otras veces, como con Taxi Driver (1976), no hay muchos valientes que quieran salvarla de la hoguera; el peso del dedo gordo apuntando inclemente hacia abajo es digamos que unánime, aunque hay un intrépido fipresci ganado en sus espaldas, aunque a mucha crítica le arrebatan las rarezas y los filmes vapuleados por la mayoría.

La propuesta que tenemos entre manos la escojo para entenderla más que defenderla, aunque dándole oportunidad, o porque provoca hablar de una cinta que genera mucha atención por su osada famosa escena sexual, y que además, no suele ser tan sencilla de encontrar, ya que casi es indefendible en realidad, si bien hay muchos cinéfilos capaces de sustentar y articular defensas dignas de los mejores abogados de criminales, y no faltan avezados elucubradores de los rescates más audaces, ya que a toda prueba la subjetividad puede abrigar a cualquier película por más mala o buena que creamos que sea, y se mueve en toda impunidad, aunque finalmente uno contra el mundo queda más como una acción de honradez para con uno mismo, que a pesar de ser incontables veces inútil sigue siendo bastante respetable, si no caemos en el juego vano del capricho, de porque nos da la gana. 

The brown bunny es una cinta muy sencilla, que guarda cierto misterio que se devela al final, el de qué se trata la película, porque durante gran parte de ella uno siente como que no tiene un sentido mayor, algo importante entre manos. Bud Clay (Vincent Gallo) es un piloto profesional de motos de carrera que tras un viaje por carretera se topa con mujeres por las que se siente atraído, las atrae y luego las rechaza, huye de ellas, y ese es casi todo el metraje. El filme va de la oscuridad de la noche tras un buen tramo de camino a pasear por las calles asediando mujeres anónimas o de las que sus nombres son secundarios para su trama (el amor por sobre la impersonalidad de la aventura), pero que invocan alguna historia como Lilly y su necesidad de consuelo, o Rose y la prostitución más austera aun siendo muy joven y guapa, mientras visita la casa de una novia y maneja o lleva a revisar su moto. En sí, todo parece tan plano que no parece tener nada valioso. Pero es cuando termina, que armas sus pequeñas piezas, que entiendes.

Aparte, la polémica está servida con una felación en toda regla, a vista de toda la cámara y el espectador, aunque no es supuestamente ninguna película pornográfica. Salvo por la lascivia queda uno en estado de shock ante semejante ocurrencia, por medio de una bella rubia y actriz con una carrera medianamente conocida y hasta no tan despreciable con títulos muy renombrados en su filmografía, Chloe Sevigny, que ha trabajado con David Fincher, Olivier Assayas, Lars von Trier, Woody Allen y Jim Jarmusch, y se le puede ver en Lovelace (2013).

Se capta que aunque puede ser grotesca una imagen de sexo oral explicito que quiere invocar el verdadero amor y el romance con ello, nos remite a una cotidianidad y un realismo al parecer anhelado, pero que hace muy básico aunque claro el relato, una construcción cinematográfica que no trasciende como quiere en cuanto a emotividad aun siendo tan flagrante, o quizá por ello. En éste se trata de la intensidad de la pasión y del afecto más comprometido, pero desde un reduccionismo salvaje, como avalan diálogos ordinarios, típicos de la calentura de las cintas triple X, y no es lo más idóneo, desde luego, aparte de confundirnos con su libertad estructural en todo el metraje hasta ese punto culmen, excesivo y bastante innecesario, por desubicado en cuanto a pretensiones artísticas, asumido desde una fantasía y encuentro que expone las culpas y los reproches que hacen hincapié en lo sexual que está puesto a prueba, en donde yace una barrera en la memoria del ideal del sentimiento poderoso y que representa el vínculo con una sencillez argumental alejada de la sugerencia profunda propia de lo indie.

La realización justifica todo su andar pero se hace muy poco, siendo en sí pobre. La melancolía, el abandono y la promiscuidad se fusionan en una unidad final (con una revelación que en su estilo de exposición roza kindergarten, fuera de la grandilocuencia de lo sexual). La carretera y sus encuentros son un reflejo de lo emocional. El vacío y la soledad del recorrido lo haya al protagonista como perdido en un ensueño donde solo su trabajo con las carreras de moto lo anclan al mundo tal cual, y más es como un estado de cavilación íntimo, un peso eterno.

Más allá de una gran polémica hacia su supuesta creatividad, y absoluto rechazo, su intención queda sometida a una forma demasiado primitiva, aunque la expresión visual tenga fidelidad con el deseo artístico, trunco en cuanto a sus elementos, una idea que seguramente en el papel y en el magma pudo sonar bastante cautivante, pero que debió poner mayor sutileza en sus recursos, lo cual es una crítica notoria, y va con todo el conjunto, de una inocencia que nos lleva a la insipidez, por más fuertes y adultos que seamos en el trayecto (o irreverentes). Sin duda, un ataque de genialidad que no ha llegado a buen recaudo. Pero se agradece la honestidad a fin de cuentas, el intento fallido. Finalmente, es un filme que tiene un algo y no bromeo, ni me obnubilo -no tanto, siendo sincero- con una Sevigny arrastrada por el éxtasis de su gesto y acción, al extremo de enarcar las cejas por algo que parece tragar -¿profesionalismo?, la piedra está tirada, no siempre lo es- debajo de tanta torpeza y diafanidad amateur. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Mud


Competidora de la palma de oro en Cannes 2012, la tercera película del norteamericano Jeff Nichols resulta más ambiciosa que sus antecesoras, quiere más atención y no solo por las estrellas de Hollywood, desde su ópera prima, Shotgun stories (2007), pasando por Take shelter (2011), su mejor película, hasta la de hoy. Tiene un estilo marcado en todas ellas, coloca al sur de su país como contexto, la parte más natural y autóctona de Estados Unidos, para explayar sus historias de gente rural, de pequeños pueblos del interior, con los tipos supuestamente más salvajes, pero humanizados y universalizados sin quitarles propiedad. Ahí está su magma.

Siempre bajo la lucha de conflictos internos, muy humanos. En Shotgun stories el sentido de pertenencia familiar, el desazón y unidad a esa orilla y el resentimiento que hará que una franca y ajusticiadora pero inoportuna declaración de pensamiento se convierta en una lucha entre dos bandos familiares que tienen en común el mismo padre aunque a través de distinta perspectiva y recuerdo, la polarización odio/afecto hacia éste, que se mueve mediante meandros intensos y audaces, y canales/formaciones auxiliares y complementarias muy bien fabricadas, donde brillan pequeñas biografías, anhelos y preocupaciones, que anidan una visión más profunda del conjunto, sin perder su sencillez formal, porque éste cine es bastante accesible, entretenido, sin perder la voluntad de ponerle su cuota de realismo y sus ratos inesperados. Mientras, en Take shelter el conflicto deviene en un estado latente de ambigüedad entre ser un profeta o estar loco, con la inestabilidad y ansiedad que provee el protagonista a su familia y a sí mismo ante esto y por querer cuidar de ellos, una dualidad en donde escoger siempre trae consecuencias en cuanto al concepto del otro extremo siendo complejo detectar lo correcto. Esto es por culpa de unas visiones inexplicables apocalípticas, en donde la lucha ya no es contra otros sino con nosotros mismos y en donde ésta vez nos rige o trata de dominarnos el miedo, tomando en cuenta que la anterior propuesta también abocaba algo que curar íntimamente aunque siendo más cotidiano, solo que a la antigua, como en un discreto western moderno. Hay parecido entre las dos primeras películas de Nichols, aunque como un prisma con la refracción de la luz.

Take shelter está dosificada con buen pulso y atractivo, generando la continua disyuntiva, desnudándose a último minuto, un descubrimiento final corrompido, pero que de ningún modo empaña la gran historia entre manos que nos ha brindado, porque la duda es implacable, y es el eje que alimenta nuestra atención aunque llegue a formar una posición, gratificándonos más que satisfactoriamente con mucha inteligencia. Magnífica película, aun mejor que la anterior y no es poca cosa aunque ambas ejercen cierto minimalismo o centralización explotando su argumento pequeño pero poderoso, muy bien derivado en distintas acciones sobre un origen muy bien fijo. Shotgun stories es una pequeña historia donde el miedo no asoma sino fluye la revancha y el contraataque que pone en tensión la siempre presente historia de escopetas, como rige el título, idóneo. Es la proclividad a alguna matanza, que como buen séptimo arte de autor se rige a manejar la sorpresa sin perder su hegemonía total, aun siendo algo muy norteamericano, incluso en el tipo de cine, que aúna lo independiente con su vocación de como decía Hitchcock llenar la sala de exhibición. Claramente, es un director que merece más público y mayores reconocimientos, que denota querer lograr el éxito masivo con buenas narrativas cinematográficas.  

En Mud la aventura se coloca en el homónimo protagonista, interpretado por Matthew McConaughey, que se esconde en una isla no lejos de una comunidad pesquera del sur americano tras el asesinato de una abusiva pareja del amor de su vida, y que es ayudado por dos niños para tratar de escapar en una lancha de motor que abandonada yace en un árbol, junto a su amada, Juniper. Ella es una avispada mujer florero, que sea dicho me ha sorprendido lo bien que le va a Reese Witherspoon, siendo no una elaboración del ecran más artificial como en la comedia que la sobredimensionaba a propósito, Legalmente rubia (2001), sino que es realmente sensual y guapa (y se dice mucho aquí también, pero esta vez es contundente), asunto que no me lo parecía hasta la presente, y quizá se deba a que no suelo ser muy entusiasta de sus actuaciones, y ahora con pocos diálogos y a flor de ser una chica superficial, muy pedestre –un estereotipo realista, bien manejado- se me hace muy apetecible y admirable, aun siendo un papel muy pequeño, pero bastante expresivo en su sencillez.

Mud hace gala de otro rasgo de nuestra humanidad en el estudio de éste director americano, el amor y las relaciones de pareja. Jeff Nichols crea una historia trepidante y sumamente entretenida (que es lo predominante). Es la persecución de unos cazarecompensas producto de la muerte del hijo de un millonario y gánster que tiene la curiosidad de rezar con su séquito poco antes de buscar un homicidio, y al que se le atribuye ser el mismísimo demonio (y mira que esperamos algo grave ante semejante atribución). Están detrás de nuestro héroe que tiene de criminal, de chico malo, como de justiciero, de idealista y de idílico, con muchos otros momentos audaces como el padre adoptivo francotirador haciendo gala de sus atributos o el muchacho que no rehúye una pelea con tan solo 14 años de edad (aunque se hace cliché que estire el puño con tanta facilidad). 

Nichols reviste al conjunto de una lectura de fondo sobre varios contextos de amor, nuevamente con la sabia ayuda de sus personajes y sus solidas pequeñas biografías, donde incluso el tío de uno de los niños colaboradores aporta lo suyo, Galen (Michael Shannon, actor fetiche del director y que es un maravilloso interprete a seguir). Vemos la dificultad de amar a una mujer, de ser amados, valorados, la separación y la imagen romántica tanto como la cotidiana; se llega a tener la noción del fracaso, entender, dar soluciones o resoluciones y esperar nuevos caminos, y hasta hay una vena cómica, como la chica de una noche que no se sabe tal y grita que las mujeres son princesas, y no carne, como la mirada perdida, anunciadora, de Neckbone en el amplio y seductor busto, y su propia sonrisa.

En ese trayecto muchos lugares comunes se rompen aunque muy ligeramente, pero lo suficiente como para destacar y presentar algunas novedades e interés individual; los usa para luego adaptarlos al ingenio propio, recordando que el filme juega con parámetros de mucha fácil recepción, pero sin obviar su toque de estilo que pone autoría, como repetir de boca lo que ya vimos, en lo real que pretende esa acción, lo "innecesario". Es encomiable ver cómo se puede sacar mucho partido a una historia que no es nada del otro mundo, aunque hay que decir que tiene todos los ingredientes para ganarse al público. Exhibe una trama que cautiva nuestra cinefilia e inocencia, puede cautivar hasta gente exigente.

Tiene una dirección muy milimétrica, muy al tanto de todo, que ve el “error” (la palabra proviene de nuestro lado porque es adrede en el director) y lo arregla (un poco, en parte o en última instancia) o hace uso de las fichas cotidianas sin rubor alguno para beneficio de algo “independiente”, como con las sobredimensiones heroicas de sus protagonistas, que pueden ser algo insípidas, pero se les quita más tarde cierto peso y llegan a agradar de forma menos efectista. Sin embargo, ya sabemos que la película es directa en lo que quiere y lo sostiene con seguridad, tiene mucho de fantasía, de aventura y de comportamiento intrépido compartido principalmente entre Mud y Ellis que se parecen mucho aunque se indica la inconsistencia y la mentira del ídolo (con los fantasmas, en buena parte de aspecto forzado); a su vez su fan genera admiración. Lleva su ligero toque personal en una película muy bien hecha en su tipo que nos hace entender como un filme como éste puede haber competido en el Festival de Cine de Cannes, que como todo evento que sea coherente pero libre con el arte –que no oculta ninguna corrupción, ni el conformismo de una ideología, claro- merece la calidad de lo ecléctico.  

Nichols desmiente y vapulea a sus criaturas, como es la vida con todo el mundo, muestra nuestra imperfección, aunque se sienta momentánea en Mud, al que le cuesta no alcanzar la felicidad completa aun con el happy end del filme, tan propio de Hollywood. Si no tomemos una imagen de modelo; Nicole Kidman posaba muy glamorosa en un desfile de moda éste último viernes; con tantas fotos detrás vanagloriándola se ha de sentir especial (su logro, sea dicho además); luego sale y es atropellada por un fotógrafo amateur que con una bicicleta la derribo al suelo como un saco de papas; ella quedó descalza, más que adolorida avergonzada. De ahí la gran metáfora de la realidad de todo ser humano, y eso a un punto lo maneja con cierta habilidad Nichols en un par de ocasiones, aunque no lo hace con demasiada convicción como para tomarle en serio como algo neto de autor.

Mud peca a ratos mucho de cine comercial y eso le baja la llanta de la trascendencia porque es más de lo mismo, si bien como placer sin prejuicios nos deja contentos. También hay que ver que Matthew McConaughey sigue ganando puntos, últimamente se proyecta bastante al Oscar y hasta toma mayor relevancia como actor en cuanto a complejidad, lo paradójico que no es que se reinvente sino como en Magic Mike (2012) le saca (otro) valor a su figura. Con Dallas Buyers Club (2013) se espera algo diferente a su filmografía, muy en la onda de Christian Bale y sus impresionantes aumentos y descensos de peso (y me gustaría rescatar más a Jared Leto que lo ha hecho otras veces sin obtener mucha prensa y que hay que tenerlo visto en la misma de McConaughey). Esto es como explotar su físico, pero a la inversa, dejando de lado su buena apariencia. Aun siendo aquí el de siempre lo hace de forma rescatable, le infunde la bondad natural que requiere su papel de antihéroe, y mejor que no lo hayan sobreesforzado porque no tiene el tipo intimidador, y más le viene el encanto y la simpatía, aunque puesto aquí y allá para que nos haga pensar más del tipo rural.

También hay que echarle unos buenos aplausos a Tye Sheridan. No solo tiene una presencia imponente a temprana edad, sino que aporta su buena capacidad histriónica, como se ve es más que seguro que lo jalan al cine mainstream, se lo merece, aunque ojalá aporte un poco más a los independientes y al cine que supuestamente más arte busca, o a los que suelen hacer la excepción desde la óptica individual, desde donde sea, como de todo aquel que tenga algo que decir y aportar verdaderamente, que nos engendre arte en toda la palabra. Se le podrá ver en Joe (2013), de David Gordon Green, que compitió por el león de oro en el Festival de Cine de Venecia 2013, y que parece seguir la estela de Mud.  

Mud tiene un gran grupo, Sam Shepard, Sarah Paulson, Ray McKinnon y Jacob Lofland (en su primer papel, y vaya solvencia en su debut); cada uno pone magia en sus roles y dejan una muy eficaz participación, y no es obligatorio decirlo, están más que correctos. Ésta Cuenta conmigo (1986) tiene todas para entretener y cautivar, generar ilusión con la gran pantalla, conmover con los héroes de la infancia, o el primer amor y el inicial corazón roto, el luchar por algo en que creemos, el no perder la fe en nuestra humanidad, y que aunque nada es fácil ni perfecto ni llega todo a cumplirse a nuestra alma hay que mantenerla siempre en pie, intacta aunque más sabia. Estamos ante un buen cuento más del séptimo arte, de los que buscan ser clásicos sin demasiados remilgos en lo que quiere.