sábado, 19 de noviembre de 2016

Territorio

El poeta vanguardista Henri Michaux viajó por barco a Ecuador en 1927 y escribió un diario de aquel viaje dos años después, de esto se vale la directora ecuatoriana Alexandra Cuesta como punto de partida para hacer su propio viaje y (re)encuentro de su país, cruzando el océano, la montaña y la selva nacional. Cuesta estudió en el Instituto de las Artes de California (CalArts) y tuvo de profesor a James Benning, director de cine experimental, paisajista y underground, y se nota su influencia en esos encuadres fijos de la cámara y por la fragmentación como exhibición del presente documental, aunque no sea un filme abocado al paisaje o a los escenarios sino más bien busque el retrato de la propia gente, de los ecuatorianos, desde las capas más humildes, enfocándose en sus expresiones naturales, pasatiempos y dedicaciones, simplemente observamos gente en su vida y habitad cotidiano. Contemplamos personas en la playa, en la excavación de un hueco o en una discoteca, en un sinfín de lugares sencillos, como tan sólo ver a una familia sobre la cama con la televisión encendida o mirar a un ser anónimo estar en un cuarto sin luz meciéndose en una hamaca.

Los lugares son filmados dentro de una reducción hacia lo más elemental y mínimo, como algo secundario, lo central es la humanidad y la llaneza de los retratados, muchas veces es sólo una persona con un objeto entre manos (una guitarra, un juguete), o únicamente alguien sonriéndole a la cámara, o notándola en un cuadro fijo e ir a cruzársele, sintiendo curiosidad, rubor, entusiasmo o inquietud de ser filmado. Presenciamos el territorio, pero invocando a la gente como tal, al pueblo, desprendiendo universalización, donde el gesto natural y más sencillo nos abraza, recibe y une. Es sentirse parte o no de éste territorio, cómo perspectiva de qué forma nos definimos, en lo cual se debate de cierta forma la directora. Sin embargo a todas luces se trata de un querer ser parte de, de hallar o tener coincidencias, igual que de sostener nuestro origen, a través de un territorio sentimental con los “extraños”, con nuestros paisanos, desde un mundo feliz, en donde ver a una bella mulata pelar con los dientes un pedazo de caña de azúcar y comer es la puerta a dicho idilio. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

Elle

El holandés Paul Verhoeven es un director muy querido por cantidad de cinéfilos (los de en serio), por lo que no sorprende tan buena reacción ante su último filme, haciendo un largometraje después de 10 años, que aparte de ello es una obra notable, con una película que en gran parte del metraje parece no tener mucha lógica. Una mujer exitosa e imponente ya de cierta edad pero aun atractiva es violada en su casa, en lugar de denunciarlo a la policía decide guardar silencio (producto también de su herencia criminal), tomárselo con calma, simplemente cambia las chapas de las puertas. Los ataques –hasta psicológicos- se sucederán, pero la trama tendrá un giro bastante audaz, en lo ultra feminista. La mujer poderosa (una espléndida Isabelle Huppert) convertirá la repetición de la violación y la violencia, el posible trauma, en una relación de deseo y autoafirmación extremo, propia de un sadomasoquismo bruto, tomando control de la situación, para luego hacerse cargo a su modo de todo el planteamiento loco que propone en mayoría Verhoeven, lo cual termina cogiendo lógica conjunta y triunfando.

Isabelle Huppert interpreta  a una arpía en toda hegemonía, la que engaña y traiciona a sus amigos/as con harta superficialidad; su sensualidad y apetito carnal no mantiene cortapisas, lo mismo pasa con sus familiares, pero con cierta inocencia. Es de mano dura en su trabajo, siendo una empresaria del diseño de videojuegos que se sabe manejar muy bien frente a la efervescencia y el arrinconamiento de la juventud (como pasa con el propio Paul Verhoeven, que a los 78 años hace una película fresca, libre y osada, una obra actual, más allá del año de realizada y de la edad). Michèle Leblanc (Huppert) mantiene vínculos con su ex marido, un escritor medio perdedor, al que aun manipula y maltrata, pero ayuda. Su hijo es la parte estúpida del filme, trayendo comedia de poca importancia con la infidelidad tacita de su fácil y vulgar mujer. Verhoeven hace gala de humor grueso, de burla notoria, que se pueden asumir como actos de cierta intrepidez autoral.

Isabelle Huppert luce físicamente y por expresión siempre sofisticada,  se le interpreta de un poco soberbia, tiene un look y un aire esnob, pero es una falsa apariencia salida de su elegancia, ya que como actriz da todo en el filme de Verhoeven, luce apetecible, vulgar, se entrega a lo absurdo, al humor grueso, a la irreverencia, a la sexualidad, a la brutalidad, y no teme el ridículo. Huppert debe ser una de las mejores actrices actuales, y no solo una filmografía con cantidad de grandes autores en su haber, y en esta película afirma totalmente su lugar, realmente brilla.

La película es de notoria incorreción política y de cierto riesgo. Inicialmente puede ser chocante la situación de los abusos masculinos y la reacción del filme frente a ello, luciendo un quehacer ligero, pero  al fin del metraje la perspectiva argumental se verá con mejor opinión (aunque aún discutible). Estamos ante un filme ultra feminista, donde prima que Huppert no es una blanca paloma, tampoco el sexo débil ni una víctima, sino una heroína bastante poco convencional y muy poco ideal, pero al fin y al cabo una mujer del nuevo siglo o tal cual muchos/as lo pretenden, dura, fría, calculadora, que maneja todo a su regalado gusto, una mujer que está por encima de los hombres, que no se deja amilanar ni por la peor experiencia, dentro de un cuento oscuro, perverso, idéntico a  esta mujer omnipotente, que no teme la corrupción, que no tiene imposibles, ni nada la va a detener. El resto, el mundo, se rinde –o debe rendirse- a sus pies.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El sol abrasador (Zvizdan)

Tres historias de amor contextualizadas bajo la sombra de la guerra de los Balcanes,  en 1991, 2001 y 2011, el amor entre un serbio y una croata o viceversa (es irrelevante el lugar exacto). En la primera pieza está el amor en plena guerra con la familia protestando y destruyendo la relación a lo Romeo y Julieta. La segunda el querer reparar una casa destruida por la guerra tiene al trabajador reconstructor con la nacionalidad enemiga del contratante que son una mujer y su madre, la joven repudia al obrero, lo culpa del pasado. La tercera un joven retorna a casa y quiere recomponer la situación afectiva con el amor de su vida que ha cuidado sola a su hijo, esto claramente es la simbolización de la vinculación y el futuro de la relación tras la guerra de los países rivales de la ex Yugoslavia, la puerta cerrada o abierta es una representación artística netamente cinematográfica, acierto de la disposición general de la película. 

El filme del croata Dalibor Matanic tiene una gran carga de sensualidad, propia de ese  potente calor que gobierna la zona rural fronteriza en que se ubican los personajes, gracias sobre todo a la actriz Tihana Lazovic que huele a deseo por todo su bello cuerpo, y se presta para escenas sexuales bien trabajadas, entre un toque de explicites y otro de sutileza, como en el sexo oral, momento violento y decidido de una de las tramas, el más efectivo de todos. Otra característica de la propuesta es que los tres personajes de la mujer enamorada los interpreta con suma solvencia la misma Tihana, mientras Goran Markovic tampoco lo hace nada mal como los otros tres personajes masculinos de las relaciones, además de que los personajes secundarios –padres, amigos- son repetidos de la misma forma por mismos actores, que se ven distintos plenamente, guardando una lógica y sugerente similitud de colectividad. 

Las tres historias funcionan muy bien, no hay disparidad entre ellas, tienen un gran desarrollo de tempo con sus pequeños magmas. El trompetista suicida inmerso en el amor sin límites ni miedos que lo detengan en la primera, la mujer que va al pasto a llenarse la mano de insectos en pos de dominar su sufrimiento en la segunda, el chico que se lanza al rave y explota su drama íntimo y distancia de cara al hogar anhelado en la tercera. Sería fácil, muy torpe, señalar deshonestidad y efectismo y terminar culpando al melodrama, observando que el filme está bella y justamente constituido. Es un viaje que trasmite el afecto y la pasión más esencial, quedando más tarde un mensaje de integración, de desprendimiento, de perdón, de humanidad en general. Éste es un filme que se ve muy bien más allá de su altruismo, los que se pegan a esto y lo buscan ahí lo tienen, mientras los demás, sólo dejemos que hablen las imágenes en su cariz más básico (el mensaje de fondo). 

martes, 8 de noviembre de 2016

Halloween Maratón 2016


Spring (2014)


La dupla Justin Benson y Aaron Moorhead hacen una Antes del amanecer (1995) de género, de terror, una película romántica, ordenada a la juventud de nuestros días, con un relajo de expresiones y gestos comunes y ese querer quedar cool en todo momento que nos invade, sin tampoco evitar la ternura, y bajo la buena educación. Evan (Lou Taylor Pucci) ha tenido una vida dura recientemente, y decide escapar de EE.UU. a Italia, ahí conoce a la bella y exótica Louise (Nadia Hilker). Ella es el amor de su vida, pero guarda un secreto de terror, es una mutante de 2000 años de antigüedad que rejuvenece embarazándose cada 20 años. Ésta conjunción y background puede sonar ridículo en el papel, pero la obra de Benson y Moorhead tiene tan buen tacto que jamás lo parece, ni siquiera lo roza, todo queda perfecto, uniendo con maestría esos dos universos, el terror y el romance. Ésta película no es para fans hardcore del género, pero sí para los que aman el buen cine en general, que de paso resulta un aire fresco en el terror.

Benson y Moorhead ya demostraban mucho ingenio con su debut, Resolution (2012), un filme austero, de notorio bajo presupuesto y pocos recursos visuales, pero sumamente creativo y bastante bueno donde salvar de la adicción y el suicidio a un mejor amigo yonki en una casa y zona con diversos antecedentes, en que se mencionan indios, fantasmas, extraterrestres y asesinatos, da como centro de terror un misterio por resolver que implica ser parte (entenderse dentro) de una historia/película macabra (con la curiosidad de otorgar un toque vintage a los descubrimientos). En Resolution igual que en Spring los referentes del género son abundantes, se crea una cierta indefinición del enfrentamiento, sosteniéndose de lo humano y cotidiano de forma notable y empática, armando una narrativa completa a ese respecto, lo cual no suele suceder mucho en el terror donde uno se convierte en un especie de objeto, de redundancia o de cliché. Spring logra seguir la buena racha, y hasta superar a su antecesora, lo cual hacen de estos dos directores americanos unos creadores a tener muy presentes. Por mí quedan bien anotados.

A snake of june (2002)


Filme erótico, de misterio y thriller con una escena de desnudo en la lluvia y en medio de los flashes de una cámara fotográfica que es de una belleza y sugestión total, en la piel de la apetecible Asuka Kurosawa, quien interpreta a Rinko Tatsumi, una conductora de radio que trata de aconsejar a la gente y se topa con un suicida que quiere que ella se libere de sus represiones, pero el método es doloroso (en una sociedad que guarda cierto pudor social y sigue en buena parte el orden de lo clásico), creándose un viaje de erotismo y sensualidad. Rinko es chantajeada por ese hombre producto de unas imágenes de ella masturbándose. El hombre lo interpreta el propio director del filme Shinya Tsukamoto.

La película está filmada en blanco y negro, y su austeridad resulta ser engañosa, porque el filme es bastante bueno, está muy bien ilustrado. La historia se divide en tres partes. Tiene al marido de aspecto común que la trata como un padre, yace distanciado y no la deja operarse del seno teniendo cáncer. El marido entrará en una pesadilla, en lo surrealista y descubrirá el poder sexual de su mujer, escondida en el pudor y la timidez. Hay escenas de tortura y de voyerismo con lo que el festín freak y de horror está por su lado servido.

El ansia (The Hunger, 1983)


Una elegante vampira, Miriam Blaylock (Catherine Deneuve), viene consiguiendo compañía desde tiempo inmemorial prometiéndoles amor eterno, pero la verdad es que llega un momento en que envejecen de golpe y ella los guarda en ataúdes entre tules y palomas. Una de sus parejas lo interpreta David Bowie que temeroso de no poder seguir al lado de su amada se contacta con una doctora, escritora y científica, Sarah Roberts (Susan Sarandon), que estudia a la muerte como una enfermedad.

El filme da una idea de los vampiros diferente a lo popular, incluso matan a través de cuchillos encubiertos en cruces egipcias, y pueden estar en el día. Lo que trata el filme es de la vejez y la muerte, del amor como cierto parasitismo (de ahí que haya una gran escena con cadáveres pidiendo cuentas). El filme también es una historia de amor lésbico con una escena de sexo muy delicada y cuidada entre cortinas. La película posee una estética y visualidad propia muy atractiva, tanto como una narración atrapante. Sobre todo habla de las relaciones de amor, del enamoramiento y el final, desde el terror.  

El director Tony Scott debutaría en el largometraje con esta obra y no volvería a hacer una película de terror, se especializaría en el cine de acción, al parecer por las malas críticas que recibió en su estreno, pero que el tiempo ha sabido recompensar y catalogar de película de culto. David Bowie hace un pequeño papel y a un tiempo luce irreconocible bajo maquillaje pero muchos le atribuyen una actuación memorable. Lo mismo pasa con la apertura del filme que tiene a la banda británica Bauhaus tocando su canción distintiva Bela Lugosi's Dead (tan apropiada, no solo por mencionar a un ente capital del género, sino por la transformación del concepto del vampiro que presenciamos), mientras la pareja Blaylock en todo aire gótico y de los 80s en Manhattan participan de una juerga sexual que termina en muerte. El filme es muy refinado, Miriam Blaylock y sus amantes suelen ser coleccionistas de arte antiguo y dan clases de música clásica, mientras escuchamos a Schubert y a Bach. Además la ópera Lakmé, de Léo Delibes, sirve como medio de seducción, ocultando una atracción entre ama y sirviente, que es el meollo del filme.

Al interior (À l'intérieur, 2007)


Película capital del New French Extremity, de las más brutales y sanguinarias que he visto en mi vida, con un final gigantesco, impresionante, muy duro. Dirigen Alexandre Bustillo y Julien Maury, es su película debut. La trama es sencilla, una extraña mujer acosa en su casa a una joven embarazada que acaba de tener un accidente automovilístico y ha perdido a su marido. El filme es híper violento con la mujer invasora determinada en una misión personal.  A la casa llegan visitantes preocupados por una llamada de emergencia a la policía, y la propia policía, y esto da pie a una carnicería del gore más desalmado que no se detiene en absoluto. No hay contemplaciones, un filme para estómagos fuertes. La desconocida es interpretada por Béatrice Dalle con severo aplomo y gran credibilidad, parte importante de la película. El lado puesto a prueba y en desarrollo de una defensa y combate de Alysson Paradis está a la altura. El filme de Bustillo y Maury es trepidante, adictivo, y cada vez más rudo y bruto, hasta el cierre redondo.

Trampa para turistas (1979)


Obra de culto que el escritor Stephen King aclamara y llamara a la celebración en particular, dirigida por el americano David Schmoeller, en la que es su ópera prima y película más famosa, una propuesta con múltiples virtudes. El escenario es un lugar abandonado en la vieja carretera, por la que suelen pasar los turistas, donde se halla un museo de maniquíes, en que un hombre de campo, amable, Slausen (Chuck Connors) es el dueño. En lo central de la trama Slausen recibe a un grupo de turistas al encontrar a tres damas desnudas bañándose en el estanque de su parcela. Entre ellas sobresale Becky (la bella Tanya Roberts, quien fuera una Charlie's Angels, en 1980; como también fue parte de la serie That '70s Show, 1998). El filme tiene a un monstruo rondando a los visitantes, a los que tortura, aprisiona y convierte en maniquíes. En las muertes entra una lograda atmósfera de terror generada por los maniquíes al moverse por telequinesis y por mecanismos artificiales. El filme tiene vasos comunicantes con Psicosis (1960), La matanza de Texas (1974) y Carrie (1976), aparte de tener una cierta cercanía a Los crímenes del museo de cera (1953) en una historia autónoma, mucho más extravagante y con estilo propio, con una narrativa de buen suspenso y horror, con un toque fantástico y con muertes originales.

Dellamorte Dellamore (1994)


Basada en el famoso cómic italiano Dylan Dog, de Tiziano Sclavi quien se basó en Rupert Everett para darle su fisonomía al personaje y qué mejor que en la película de Michele Soavi que lo interprete el mismo Everett. Es una película inclasificable en el terror, con mucha irreverencia en su humor negro, en todos esos asesinatos tan alegres que proporciona el protagonista y antihéroe Francesco Dellamorte (Rupert Everett, que le da un gran estilo a la película) cuando pierde cierto ánimo existencial, producto de no poder concretar su amor con la figura de la preciosa Anna Falchi –que regala una buena actuación y no le faltan los desnudos- haciendo de distintas mujeres de las que se enamora Dellamorte tras cada fracaso y ocurrencia, que como dice el título tiene un vínculo (inconcluso) con el amor y la muerte.

El filme se ubica en Buffalora, Italia, Francesco Dellamorte es un enterrador que descubre que al séptimo día de muerto alguien éste regresa como zombie a tocar a su puerta, y la forma de recibirlo es con un disparo en la cabeza. Algunos de los zombies del filme de Soavi pueden comunicarse, no son máquinas de matar, pero aun así suponen algún tipo de peligrosidad. En la trama Dellamorte pierde la cabeza, cuando se comporta como un hombre acabado, mientras el jefe de policía y el destino lo ignoran por completo. La propuesta es loca, original, tornándose cada vez más irreal y fantástica, más descabellada, con un notorio sentido del humor, como con ese compañero medio retardado en el gigantesco Gnaghi (François Hadji-Lazaro) que solo hace un ruido como respuesta y se dedica a comer salvajemente. El filme no intenta tomarse en serio, pero es muy notable y valioso así, con un estilo que parece no respetar regla alguna. 

The Final Girls (2015)


Todd Strauss-Schulson hace un filme ligero y simpático bajo la idea de que Amanda Cartwright (Malin Akerman) es una actriz popular al haber actuado en el slasher de los 80s llamado Camp Bloodbath, una reminiscencia de la saga de Viernes 13 y de Jason Voorhees, tras la leyenda urbana de Billy Murphy, que nadie olvida en el presente, por lo que no puede avanzar en su carrera encasillada de scream queen (idéntico a lo que siente su personaje en el slasher que también está parametrado, y que gracias a la superposición del mundo de lo real logra superar su frustración, en un personaje que está bien resuelto por Strauss-Schulson). Amanda recién comenzada la película sufre un accidente y muere. Su hija Max (Taissa Farmiga), que la adora, la extraña y la recuerda descrita en su entusiasmo por la canción Bette Davis Eyes, de Kim Carnes, es invitada a un homenaje del susodicho famoso slasher y pronto producto de la fantasía más llana ella y sus amigos quedan atrapados en el interior de la película Camp Bloodbath que veían (no pregunten ¿cómo?, en realidad eso no importa), en ello entra el juego del meta-cine en hablar y manipular los lugares comunes de las películas de terror, lo cual se trabaja muy superficialmente, estando ausente la originalidad, que no sea lo básico y funcional. En sí todo el asunto de caer dentro de la historia de una película de terror que hemos visto mil veces es curioso, cautivante, y se presta para entretener, aparte de que tiene buena comedia (con Tina, Angela Trimbur, la chica fácil y tonta; y Kurt, Adam Devine, el chico con ganas de tener sexo con todas). Sin embargo a la hora de los detalles, las audacias y las diferenciaciones el filme no se esfuerza en absoluto, no arriesga en nada, y solo queda como un filme amable y agradable. Tiene una narrativa que te hace disfrutar del metraje, el filme cumple, es cierto, pero es muy poco trascendente al final.

Demons (1985) y Demons II (1986)


El director es Lamberto Bava, el hijo del célebre maestro del horror Mario Bava, éstas 2 películas son su aporte mayor al género, que tienen de El exorcista (1973), The Evil Dead (1981) y los zombies de George A. Romero. Lamberto Bava logra convertirlas en películas de culto, además de películas sumamente entretenidas. Se les puede criticar no tener un argumento sólido o justificado y de ciertas ocurrencias capitales absurdas en las tramas (de lo que de todas formas las películas funcionan, un helicóptero que cae repentinamente del techo o el comienzo de una plaga con un demonio saliendo del televisor), pero toda la diversión que otorgan palia cualquier crítica, porque se trata de goce puro asegurado.

Demons empieza con un hombre joven disfrazado de cyborg (el director de cine Michele Soavi) repartiendo volantes en un metro del Berlín Oeste, para que vayan a ver una película de terror desconocida, quien misterioso parece un asesino típico del giallo. En el cine esperan variopintos personajes, tal es un proxeneta (Bobby Rhodes) con dos prostitutas, una de ellas curiosa y maleducada accidentalmente se corta en el rostro al ponerse una máscara gris de un demonio que yace de exhibición en el cine y da inicio a la primera transformación (con unos efectos especiales grandiosos en la apariencia de los sucios, brutos y desagradables demonios, véase cuando un demonio se desembaraza de su piel humana), al igual que sucede en la historia del filme que han ido a ver dónde unos jóvenes visitan la tumba de Nostradamus. De ahí en adelante estallará un loquerío, puro placer gore y “nauseabundo”, con demonios mordiendo, desgarrando  y supurando baba verde con lo que contagiaran a todo asistente del cine.

Demons emparenta a la película de ficción dentro de ella con lo que sucede afuera, aun cuando el apocalipsis demoníaco está por invadir el mundo, y el escenario de los hechos es solo un microcosmos. Los demonios brindan unas luchas y muertes espectaculares. Además el héroe y su dama, George (Urbano Barberini) y Cheryl (Natasha Hovey) dan tremenda escena, en moto, con una katana y ella abrazada a su cintura dentro del recinto acaban con nutrido número de demonios. El filme no se hace problemas en cuanto de donde proviene todo el mal (hasta suena ridículo pensar en Nostradamus como gestor de todo), solo sabemos que el rol de Soavi es el cómplice central. La bella acomodadora de la sala de exhibición (Nicoletta Elmi) luce extraña, pero es solo una pieza más, irrelevante, en general los personajes no tienen mayor alcance que ir tratando de sobrevivir de los cada vez más numerosos demonios. Por ahí dicen, el cine está maldito, no la película de Nostradamus (la máscara de afuera desaparece del mapa también), pero la invasión del mundo desmiente todo, como si se tratara de una conspiración. Es un filme intenso, emocionante, cargado de escenas gloriosas de gore, y eso es lo más importante.

Las 2 películas las produce Dario Argento que coescribe el guión con Lamberto Bava y con Dardano Sacchetti y Franco Ferrini, y participan sus 2 hijas en el reparto, la mayor, Fiore, con 15 en la primera y, Asia, la menor, con 11 en la segunda en su debut en el largometraje. El primer filme está acompañado de una magnífica música heavy metal, el segundo de -una competente, pero menos gloriosa- new wave. El filme está plagado de una esencia rebelde, en las 2 películas llegan en auto, primero punks drogándose y después amantes de la velocidad.

Demons 2 se ubica en un enorme edificio de apartamentos con una fiesta de cumpleaños con jóvenes celebrando a una arisca, engreída y díscola cumpleañera (Coralina Cataldi-Tassoni), cuando muchos en el edificio ven la televisión, en ésta pasan un documental que habla de que los demonios de la primera película han sido llevados a un lugar aislado separados por un muro donde yacen dormidos, pero al derramar sangre casualmente sobre el cuerpo de concreto de un demonio éste revive en la película dentro de la película y lo que viene después es que se escapa de la pantalla y empieza el pandemónium. El filme mueve hordas de demonios por todo el edificio, que me recuerda a Shivers (1975), peleando contra gente asistente de un gimnasio, comandados por Bobby Rhodes que vuelve en otro papel, total ningún personaje luce en realidad trascendental, el héroe podría ser cualquiera, lo que importa es la acción, aunque implique a alguien convertido en atleta, como ese escape por el ascensor o en rápel por el edificio. Como curiosidad está que un perro –mismo hombre lobo- y un niño se transforman en demonios. Hay mucho estilo a ese respecto, variedad de demostraciones -hasta pormenorizadas- del cambio a demonio en ambas películas. El niño termina como un especie de Gremlins (1984). El filme es pura aventura y harto suculento gore, en una estupenda secuela digna de la primera.

Los crímenes del museo (1933), Los crímenes del museo de cera (1953) y La casa de cera (2005)


La primera es menos conocida para la mayoría y la dirige Michael Curtiz, se basa en el relato y dramaturgia de Charles S. Belden. Es una película interesante y muy buena, laboriosa y algo compleja en su misterio. Tiene hasta tres líneas narrativas centrales para hablar -y culpar- de la desaparición de varios cadáveres de la morgue, habiendo además una pequeña sub-trama con el suicidio de una mujer y un joven guapo y millonario como posible culpable. Todo esto está muy bien enhebrado y no pierde fuerza narrativa, tiene un buen ritmo y es un clásico en toda regla.

Curtiz utiliza bien a Lionel Atwill, éste actor resulta muy competente, como el dueño del museo de cera, donde se perpetrará el terror, un horror que se siente más técnico (cerebral) que práctico y visual, aunque es un filme amable. El museo de cera contiene figuras históricas a las que Ivan Igor les tiene obsesión artística. En la oscuridad un hombre deforme, horrible, roba cadáveres, mientras un hombre de negocios bastante ruin se comporta como un gángster. En la curiosidad del filme está que la heroína es una periodista intrépida y sarcástica de lengua avispada, habiendo diálogos picantes y sugerentes para la época, lo que distingue la propuesta. La periodista Florence Dempsey (Glenda Farrell) está en busca de la credibilidad con su jefe con quien suele discutir y va desesperada en pos de la noticia, con lo que se convierte en un thriller policial a su cabeza. Con ella Fay Wray hace de la mujer que le hace brillar los ojos a Igor que la ve como su mayor obra de arte en la figura de María Antonieta. Hay un subtexto de buscar al hombre correcto, en la lucha entre la mujer ambiciosa y la mujer enamorada y que en la presente termina en un cierre gracioso, típico de cine clásico. Éste subtexto cambiará de lugar en el remake de 1953 y mucho se disolverá. Éste filme fue grabado en dos colores technicolor, previo al color completo y puede verse como una deficiencia para el año 1933, últimos tiempos en usarse, pero no anula su propia grandeza.

Los crímenes del museo de cera (1953) es la película más famosa de las tres, siempre nombrada entre lo mejor del género y dentro de la filmografía de su director André De Toth, su película más mainstream. Esta película fue la primera en grabarse en 3D y usar sonido estereofónico. Ésta propuesta es muy clara y espléndidamente narrada, anula todo lo intrincado, reduce muchas líneas narrativas y personajes, y la vuelve muy dinámica y entretenida. Asume aun misterio, porque sigue siendo un remake y toma muchas cosas de antes, pero la gimnasia y la agilidad se notan, como el poseer escenas más poderosas, véase cuando el hombre deforme y feo sale a perseguir a la heroína por las calles a lo Jack El destripador, a Sue Allen (Phyllis Kirk), una mujer sencilla y pobre pero bella que quiere hallar al culpable de la muerte de una querida compañera de cuarto, una mujer banal y ambiciosa pero aun así con cierta nobleza, en especial hacia Sue a la que ayudaba económicamente, interpretada por Carolyn Jones (especialmente recordada por ser Morticia Adams de la serie La familia Addams de los 60s), la que tenía un cuerpo bien esculpido. Un dato curioso es ver a Charles Bronson como un secuaz bruto y sordomudo, que realmente intimida y que llega a desplegar una lucha muy bien exhibida. Éste filme tiene a Vincent Price en el lugar de Lionel Atwill y es una de sus actuaciones más memorables. Es más que seguro que ésta película de André de Toth es mejor que la de 1933, pero valdrá –sin discusión- ver las dos.

La tercera, La casa de cera (2005), contra todo pronóstico es una buena película, injustamente juzgada por muchos de lo contrario, que dice ser un remake, contiene la historia del museo de cera y el terror de los cadáveres usados, pero es toda una nueva creación e invención. El filme tiene su propia historia de donde proviene el mal y su actividad se centra en el terror de matar jóvenes tipo slasher, habiendo su sujeto monstruoso de paso, y duplicando, hasta triplicando, a los perseguidores. También tiene un toque macabro en la hechura del pueblo al que llegan los muchachos, y las escenas de muerte están magníficas, son crudas y crueles, como presenciar el embalsamiento de alguien vivo. Vemos entre los 6 muchachos que caen en este pueblo donde el GPS no indica su existencia a la socialité París Hilton que tendrá una muerte sádica para el gusto de sus detractores. En el grupo está Jared Padalecki que ese mismo año comenzaba con la serie que lo llevaría a ser popular (Supernatural) y la hermosa Elisha Cuthbert (The Girl Next Door, 2004). El director español Jaume Collet-Serra tiene talento, y ya muchos lo valoran en el thriller, habiendo logrado una gloriosa taquilla, inesperada, con Infierno azul (The Shallows, 2016), película que no me entusiasta aunque la sobrevivencia tiene su gracia.

La masa devoradora (1958), Blob - Masa mortal (Beware! The Blob, 1972) y The Blob. El terror no tiene forma (1988)


El remake de 1988 dirigido por Chuck Russell, director de Pesadilla en Elm Street 3: Los guerreros del sueño (1987) y La máscara (1994), con guión de Frank Darabont, director de The Shawshank Redemption (1994), es la mejor de las tres. Ésta película convierte lo naif y básico en una película que da miedo, evolucionando notablemente, con un gore que le da otro aire por completo, no sólo porque se puede ver que la masa con un ácido disuelve los cuerpos convirtiéndolos en cadáveres y no nada más mencionar que ésta se alimenta de personas y observar algo insípido y anodino en ello como pasaba en las anteriores, sino que vemos que toma forma, ya no solo parece una bola de gelatina que va creciendo (como irónicamente se ve en la actual que come un niño), tiene tentáculos y muestra viscosidad, el filme contiene de lejos superiores efectos especiales, un trabajo que genera la noción de un verdadero monstruo, ya no un cierto aire ridículo, o ser condescendiente pensando que vemos un sci fi de cine B y nos genera una simpatía.

El filme de Chuck Russell es seriedad en el género, aunque la trama tenga mucho estereotipo, y sus lugares amables típicos. Kevin Dillon es Brian Flagg, el joven rebelde de casaca de cuero y moto propenso a volverse criminal y que necesita un lugar en el mundo, lo que resulta de ser el héroe del filme, junto a la cheerleader y bella mujer popular en busca de descubrirse más profunda, Meg Penny (Shawnee Smith). Lo notable del filme es que la masa no perdona mucho la vida de nadie, y se carga a muchos impensados, como incluir a niños en su alimento, desintegrándolos, cosa que llega a lo explícito. Una figura que es un papel muy breve en la película pero que me gustaría sumar es la de la hermosa y siempre dulce Erika Eleniak (de la serie Baywatch y famosa conejita de playboy), el plan nocturno del chico avispado. Un punto que merma un poco el filme es cambiar (agregarle más) a la historia del meteorito con un alienígena no identificado cayendo a la tierra, por un experimento del ejército americano en cuidado de la guerra fría, sin embargo esto sirve para tener más gente que desintegrar y más escenas con sentido, generar más caos y conflicto, como en las predecesoras se hacía público, masivo, y tomaba un aire de catástrofe, de lucha generalizada, y no la broma, locura o la alucinación de unos jóvenes como suele arrancar.

El primer filme, La masa devoradora (1958), es un filme que no es malo, pero es muy chiquito, muy sencillo y medio plano. Empieza con un aire a lo Rebelde sin causa (1955) y luego se torna en la lucha de Steve Andrews (Steve McQueen, en su primer rol protagónico, en una película de la que renegaría) por que le crean y no muera nadie, y no que sea una tontería, una mala broma, que no demora en desmentirse –primero con los amigos- tomando un notorio lado inocente como producto. McQueen toma la posta del joven que exige respeto de los adultos, frente a una autoridad –la policía, salvo el sheriff que es noble- que se siente por encima de la juventud, de la que desconfía, esto convertido en obviedad en el remake de 1988. Lo acompaña como pareja Aneta Corsaut que es más un florero, un adorno, un pequeño soporte moral, ya en 1988 la mujer es de armas a tomar. El filme de Irvin S. Yeaworth Jr. es un clásico del cine de bajo presupuesto, y tiene un encanto, una nostalgia, una cinefilia innata. La masa se posa encima y al rato gritan que el cuerpo ha desaparecido (explican la amenaza ante la carencia de visualidad), todo es muy simple. La obra tiene una connotación de mundo feliz, de unidad entre la gente, de decencia, en la lucha de un héroe y su pequeña comunidad por salvar a la propia gente y al mundo.

Blob - Masa mortal (Beware! The Blob, 1972) es una secuela y no es muy alabable, aunque es algo entretenida, pero sin grandes momentos, está hecha como para cumplir, le falta mucho entusiasmo, aunque se toma en serio, no obstante muchos la ven como en buena parte una comedia, yo no encuentro mucho la broma, no la veo por ahí. Es el único largometraje que dirigiera Larry Hagman (de la serie Mi bella genio, y de la serie Dallas). Tiene mucho de la época hippie (aquí la policía luce corrupta, extremista y abusiva), y no tiene muy buenas actuaciones, también adolecen sus personajes de consistencia, por ratos parece la relación entre Lisa Clark (Gwynne Gilford) y Bobby Hartford (Robert Walker Jr.) salida de alguna película porno, en su comportamiento, no por la explicites que no existe. Gerrit Graham, el cantante loco y extravagante de El fantasma del paraíso (1974) hace de simio literalmente y desaparece pronto. Se suman efectos especiales básicos o poco impactantes, muy poco convincentes, no hay casi evolución, aunque existe mayor presencia de la masa que en la anterior película. Cero nostalgias.

Trilogía Las puertas del infierno (The Gates of hell)


El maestro italiano del género Lucio Fulci tiene un cine muy poderoso y muy bien diseñado, con un gore de primera mano, por algo lo llamaban “El padrino del gore” (the godfather of Gore), sobrenombre compartido con el americano Herschell Gordon Lewis que hacía un cine de terror de bajo presupuesto y marginal. Fulci tiene historias sólidas cargadas de terroríficas escenas, desde lo tradicional hasta lo más ingenioso. Uno muere de susto, exudando fluidos en total incontinencia, o de mano de algún zombie o muerto venido en asesino serial. Sus muertos homicidas rompen el molde, no es que sean zombies necesariamente o es que llevan su marca personal. Pueden confundirse con fantasmas o con demonios. Sus escenas implican ataques y asesinatos laboriosos y bastantes imaginativos, cargados de mucha brutalidad visual, al igual que una gran carga de asquerosidad y repulsión, se lucen hartos fluidos y desechos de todo tipo.

Lucio Fulci genera momentos macabros o bien tétricos y hasta teatrales dentro de una explicites grandiosa para los fanáticos del terror, a ésta no se le escapa nada, la muerte más brutal llegará de su mano con un rotundo gore, el que mantiene aun así en conjunto una cierta elegancia narrativa, hasta el momento de la llegada de los tantos impactos. Suele desplegar además variedad de elementos de terror y muerte como con una invasión de arañas gigantes asesinas o estimular harto desagrado bajo una lluvia de gusanos. Fulci a su gran detallismo suele implicarle una suciedad atroz. La sangre por montón y el asesinato pueden venir casi de cualquier parte, provocando un festín de muertes y sustos con infaltables ruidos, llantos y maldiciones, tal cual pasa con el ataque inesperado de un perro lazarillo a la yugular de su ama.

Su trilogía empieza con Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (1980) que es la película más cargada de las tres, donde hay sobreabundancia de ataques de terror, la que es una muy buena película. La maldición de un cura, el padre Thomas, guía infernal del ultramundo, quien se suicida ahorcándose de un árbol, abre las puertas del infierno que llegaran a su apogeo el día de todos los santos. Una vidente, Mary Woodhouse (Catriona MacColl, heroína de las tres películas), enterrada prematuramente verá el acontecimiento por venir, y ayudada de un periodista y de un psiquiatra trataran de parar el maleficio en el pueblo remoto de Dunwich, donde las muertes se sucederán vertiginosamente hasta la hora del despertar de los zombies.  

La segunda película es El más allá (The beyond, 1981) y es la más famosa de la trilogía, incluso dentro de la carrera de Fulci, lo cual hallo un poco sobredimensionado, que no quiere decir que no sea redonda, más contenida en el número de las muertes, y tenga una historia más trabajada, pero es menos entretenida, aunque idéntica en lujuriosa perversidad gore, que la anterior. La historia es parecida a su predecesora pero mejor pensada, desplegada y explicada que no quiere decir necesariamente a escenas de terror (que no sea la espectacular explosión de una cabeza, que pongo a la altura del Scanners, 1981, de David Cronenberg y de Los bastardos, 2008, de Amat Escalante). Liza Merril (Catriona MacColl, la que en el comienzo de su carrera interpretara a Lady Oscar, 1979, en la adaptación de Jacques Demy del manga) recibe la herencia de un hotel en Luisiana que tiene la maldición de una puerta del infierno que abre el artista maldito y brujo Schweick que genera una seguidilla de no muertos tras las personas que va matando hacia un universo paralelo encubierto en el sótano del hotel y que ramifica hacia el cuarto numero 36 donde vivía el pintor Schweick y a un libro ancestral que remite a los relatos de H.P. Lovecraft.  Liza con un pretendiente y doctor lucharan contra las fuerzas oscuras de Schweick, mientras cada inquilino, trabajador y criado en el hotel va muriendo y transformándose. Esto llega hasta todo aquel que intenta detener la apertura de la puerta, como en especial a la morgue donde llevan el cadáver putrefacto de Schweick (pensemos que lo ajustician unos 50 años atrás).

La última película de la trilogía, Aquella casa al lado del cementerio (1981), puede considerarse más críptica en cuanto a que tanta injerencia tiene una niña fantasma que aparece a ratos -y los niños en general- con el misterio del Doctor Freudstein, antiguo dueño de la mansión Oak donde el doctor Norman Boyle y su esposa Lucy (Catriona MacColl) se trasladan a vivir, interesado Norman en la muerte de un colega y de su amante que vivieron en la mansión. Vuelve a aparecer un sótano maldito ligado a una tumba en la propia casa. El filme es más misterioso que sus predecesoras pero igualmente termina en un festín gore y con zombie incluido. Se trabaja con una ambigüedad que no vemos antes en la trilogía. El filme es una casa de sustos, como un lugar de asesinatos sin resolver. En todo entra a tallar la falta de los personajes de comprobar bien lo que sucede, que llega hasta el final donde hay una magnifica escena con toda la familia en el sótano. Se implica la noción del asesinato de niños, pero se crea con mucho tacto y cuidado, con una enorme sutileza. Si en la anterior película la trama estaba muy bien estructurada, distribuida y narrada, ahora Fulci y su equipo de guionistas, Elisa Briganti y su esposo, el prolífico Dardano Sacchetti, más Giorgio Mariuzzo, incrementan el sentido del filme, aunque puede verse tranquilamente como las anteriores, enfocándose en una casa maldita y en la acción.

Re-Animator (1985), La novia de Re-Animator (1989) y Beyond Re-Animator (2003)


La primera la dirige Stuart Gordon y es la mejor de la trilogía, se basa en el relato de seis capítulos “Herbert West Reanimador”, de H. P. Lovecraft. Se trata de una mezcla entre Frankenstein y zombies, con un doctor loco llamado Herbert West (Jeffrey Combs) que inventa una pócima -un líquido verde fosforescente movilizado en una jeringa- que puede revivir a los muertos, sin embargo estos despiertan fuera de control, enloquecidos y violentos. A West no le importa el gen asesino que despierta, solo concebirse como científico y revolucionar la medicina y su nombre, proponiéndose dentro de una práctica impulsiva.

Cuando el joven amoral y autosuficiente West llega al campus universitario de Miskatonic, en Massachusetts, alquila el apartamento del aspirante a médico Dan Cain (Bruce Abbott) que tiene una vida perfecta y correcta, una novia bella hija del decano de Miskatonic, un prominente futuro profesional y una gran preocupación por la medicina, donde entra a tallar el vencer a la muerte –la marca de su personaje es el uso del desfibrilador, con el que observamos su compromiso y frustración- y West se cuela en su vida transformándola.

Es una película con alta dosis de gore y unos efectos especiales brutales al uso, una obra muy entretenida, a la que llega a colársele una masacre. Estos efectivos efectos especiales permiten ver a la cabeza sola del adversario de West, el neurólogo Carl Hill (David Gale), generando una escena de culto, la de un cunnilingus a la novia de Cain (la musa del terror Barbara Crampton). El filme también posee comedia, pero sin exagerar la nota. Re-Animator cada vez va subiendo la intensidad de su narrativa hasta tornarse un pase de vueltas, la fórmula genera desenfreno y se pone muy bueno el terror a media película. Este primer filme tiene mucho de historia de amor por lo que la segunda parte resulta muy lógica.

La novia de Re-Animator (1989) la dirige el productor de la primera, Brian Yuzna, y está muy decente, es una buena secuela. No participa la actriz Barbara Crampton pero su personaje yace muy presente, se concibe en dos roles afectivos, con uno de ellos se homenajea directamente a La novia de Frankenstein (1935), de James Whale. Esta película tiene toda la esencia de la primera sin copiarla, agregando más entretenimiento y nuevos experimentos, manipulando bien la base, en la que regresa el doctor Hill en papel menor. Tiene el mismo toque loco, y la curiosidad de Herbert West crece, el mismo Jeffery Combs, trabajando ahora más con pedazos de cadáveres y haciendo raras mezclas. Su compañero sigue siendo Dan Cain, Bruce Abbott, habiendo un vínculo más fuerte y aún más permisivo. Cain quien es un Romeo, un seductor, hace de complemento absoluto. El filme toma sus licencias para regresar, pero es más placentero que la tercera parte que recurre a lo lógico, que Herbert West caiga en la cárcel.

Beyond Re-Animator (2003) la vuelve a dirigir Brian Yuzna y ya no es tan buena, pero algo queda. El filme ya solo cuenta con Jeffrey Combs. La española Elsa Pataky tiene un personaje protagónico y hay que decir que lo da todo en sus posibilidades, no siendo una actriz particularmente talentosa, pero le damos cierto crédito por todo lo que pasa. La propuesta adolece de sorpresa, se vuelve repetitiva, recurre a sus lugares comunes. El filme intenta seguir siendo audaz con los efectos especiales y el gore, y no todo es malo, pero pierde mucha gracia. La fórmula verde era en las dos primeras películas algo sumamente básico, sobre todo un efecto, mientras aquí se intenta darle más alternativas y más bien todas naufragan. En la presente se trata también de concretar alguna escena sexual llamativa, cuando le arrancan el miembro reproductor a un personaje y se lo lleva una rata (mamífero que posee gran injerencia, lo que señala, de pasada, el bajón de buenas ideas en la saga), no obstante la irreverencia pasa sin pena ni gloria. Otro punto claro es que el nuevo compañero de West hace extrañar a Cain, aunque tampoco es que Abbott fuera una luminaria, pero tenía mucha más vida y sentido en la historia. El director del penal Warden Brando (Simón Andreu) es el papel del “antagónico” de la presente, tal cual lo fueran el neurólogo Hill (el mejor), y el policía robusto con ansias de venganza de la segunda, y se presta para mucho juego y comedia, lo que tiene un cierto aporte, a pesar de la redundancia.

Trilogía Basket Case (1982, 1990, 1991)


Trilogía de culto del exploitation, de Frank Henenlotter, cineasta dedicado en cuerpo y alma al cine de bajo presupuesto de terror. La trilogía empieza muy bien, aunque con efectos cutres en conseguir darle vida al hermano siamés deforme Belial, el que al ser separado del cuerpo de su hermano Duane Bradley (Kevin Van Hentenryck) clama por venganza hacia los doctores que hicieron la operación para removerlo, lo que irónicamente incluye a una veterinaria, que dará una muy buena escena gore con bisturís. Se da también un ataque sexual de parte de un celoso Belial que recluido en su forma desagradable y mutilada despierta en él el deseo, no es tampoco que sea muy humano, pero el lazo que mantiene con Duane lo hace anhelar momentos humanos, mientras tanto Duane tampoco puede ser normal, aunque lo quiere, lo cual será una constante en la saga, el deseo de que los freaks puedan ser parte natural de la sociedad.

Ambos Bradley llegan a New York, Belial escondido en una cesta de mimbre, y se instalan en un hotel de mala muerte, en sí el filme muestra un New York bastante pobre, de barrio. Una marca típica es que en el hotel la gente se alborota con los ruidos y se aglomera a curiosear en el meollo del problema, formando una turba enloquecida, en estado de protesta, creándose un punto intenso de acción, el proponer tensión y el posible descubrimiento temprano del monstruo, provocando suspenso con poder hallar a Belial que estalla en cólera a pleno día.

El primer filme es el más serio de los tres, el que concibe tener terror y ser -de lejos y de sobra- el mejor del grupo. Las secuelas, que se parecen bastante entre sí, buscan más el humor, sobre todo la última, que es toda una locura, llega a tener una escena como en Alien (1979) en la lucha final de Ripley metida en una máquina con tipo extremidades. De la misma forma al aparecer toda una banda de monstruos y freaks al cuidado de la Dra. Freak o la abuela Ruth (la genial Annie Ross, que hasta se atreve incluso a cantar) recuerda más que a la película de Tod Browning a los alienígenas de la Cantina de Mos Eislay de Star Wars, habiendo un aire de total irrealidad, o ser digno de una mascarada de Halloween, donde los disfraces no tienen mucha credibilidad. Lo que sí mejora notablemente es la figura, los gestos y los movimientos de Belial.

La segunda película es como el anhelo tímido de lo que será la tercera en la cual entra de todo, Henenlotter no se aguanta en nada, de lo que puede resultar o mortificante o entretenido, dependiendo del espectador, a raíz de su falta de límites. Desde luego, la segunda y la tercera película tratan mucho con el ridículo, pierden la vergüenza, sin embargo aún provocan sus escenas apreciables, unas satíricas y “terroríficas”, en hacerse cargo de los enemigos de los freaks, como en la segunda que en un bar los monstruos se adueñan del lugar, lo cual es una escena audaz si se quiere, al exponerse al mundo, cosa que se hará progresivamente hasta lo inimaginable. Una escena con la nieta de la abuela Ruth también recuerda al nacimiento de los Aliens explotando en el tórax humano, que llegará al desborde en la continuación donde Belial llegará a procrear. Otra escena de antología es cuando Belial tiene sexo por primera vez. También está buena la escena en que Belial sueña tener relaciones con dos hermosas mujeres enseñando las tetas. Henenlotter hace lo que le place. Por ahí hasta crea a su propio Jabba the Hutt a su estilo freak.

Si uno quiere ver una película de terror al uso, gore y de bajo presupuesto, encima una de culto, que vea la primera Basket Case, la que cumple con ello y te brinda un buen momento, aunque con ciertas limitaciones en los efectos especiales. Ten presente que tiene sus buenas escenas (hay una en que Belial perpetra toda una revolución para terminar robando la tanga íntima de una vecina, de aspecto común, interpretada por Beverly Bonner), también posee una buena construcción general (hasta llegar a un final poderoso y redondo) y una personificación de caracteres con un estilo lumpen contundente. Si después de esto tienes curiosidad, sentido del humor todoterreno y paciencia, quieres ver algo totalmente irreverente y descocado, como igualmente adefesiero e irrisorio, planeas ver unas películas malas pero con harto feeling, honestidad y autenticidad, atrévete con las otras dos, bajo riesgo de no creer en buena parte lo que ves. Recuerda que el humor se adueña de la trilogía, aunque el gore sigue presente, Belial continua tan salvaje como siempre, arrancando los rostros, y tiene una pandilla y una familia que defender.

miércoles, 12 de octubre de 2016

The Creator of the Jungle (Sobre la marxa)

Documental catalán de Jordi Morató que nos muestra en la Villa de Argelaguer, provincia de Gerona, Cataluña, la construcción de Josep Pujiula alias “Garrell”, de su propia selva en un bosque, con una gran estructura arquitectónica artesanal que contiene múltiples caminos bajos o por altura, hasta laberinticos, torres enormes y lugares de reposo y de resguardo de varios tipos. La ha construido en tres oportunidades tras tener que destruirla por diversos motivos. La primera vez es filmado en formato casero por un joven entusiasta de 14 años llamado Aleix Oliveras, abundante archivo que vemos y tiene un estado pasable pero precario. Se ve como Garrell juega a ser Tarzán, más tarde hasta con niño incluido, creándose un cine incipiente, amateur, en una aventura que recrea la lucha contra la supuesta civilización, la que viene como representación de la destrucción de la naturaleza. La segunda oportunidad es para que lo documente la historiadora de arte la estadounidense Jo Farb Hernández como registro del arte marginal, del Art Brut, por lo que a Garrell se le considera un artista. La tercera vez lo filma Jordi Morató recogiendo toda su historia que son 45 años de labores en su jungla. Garrell tiene 76 años, y aún sigue tan ingenioso como siempre y más perfeccionista que nunca. Tiene la costumbre de retarse cada vez más, con lo que comenzó como un simple juego, y no le representa más que una pasión, placer personal y un entretenimiento. Su labor ha sufrido de vandalismo, y de la oposición de las autoridades producto de la realización de una carretera en la zona de su selva. Garrell es un hombre sencillo en el trato y en la palabra, pero con una habilidad inigualable, es un constructor prominente. Él se divierte en su creación, y no solo la ha tenido para sí, sino la ha compartido gratuitamente como si fuera un especie de parque de atracciones al paso, secreto, en el anonimato y descubrimiento casual. El documental de Morató ganó el reconocimiento de mejor documental en los Premios Fénix 2014. Es un filme atractivo, amable, interesante y llamativo, con una historia que habla por sí misma, que no pretende florituras. El centro de todo es conocer la genialidad de Josep Pujiula, tantos años de pasión, resumidos perfectamente. 

sábado, 8 de octubre de 2016

La helada negra

Lo que indica el título es un fenómeno climático que malogra la siembra, y de paso enferma a los animales. El escenario del filme se halla en Valle María, Entre Ríos, en una comunidad de alemanes del Volga. La película se inspira en un acontecimiento real que escuchó alguna vez el director Maximiliano Schonfeld, en su natal Crespo, Entre Ríos, sobre la santidad de un niño.

Una foránea, de cabello oscuro, Alejandra (Ailín Salas), llega de forma rara al lugar, en medio del que parece otro fenómeno. Pronto se forma la idea de que ella es una santa, y puede solucionar el problema de la helada negra, sabe uno de donde nace esa idea, quizá porque su cabello es distinto, y sus rasgos criollos, mestizos, novedosos en contraposición al rubio dominante de la comunidad,  crean fascinación en el lugar. También inspira una sensualidad velada y una atracción respetuosa en los varones lugareños. Además no faltan las habladurías de que es todo una farsa, pero así se mueve el filme, sin confirmar nada, ¿es o no todo un truco o en efecto posee divinidad?, la propuesta se desarrolla bajo una extrema sutilidad y ambigüedad, que incluso el tema de la helada parece desaparecer de la trama.

El misterio va en aumento (como con algún vínculo afectivo que surge repentinamente) en medio de la total naturalidad y aceptación general. El filme se abstiene de dar veredictos. Ese es el estilo que maneja y lo que le otorga distinción, dentro de una muy buena producción. El misterio es parte trascendente y lograda de la propuesta, tratando de crearse un equilibrio, aunque podría desesperar. Me recuerda a El verano de los peces voladores (2013) donde uno puede perderse de su esencia y hallar un filme inferior a lo que exhibe y pretende.

No parece pasar nada en el filme, que no puedan ser coincidencias. Alejandra acepta el lugar que le otorgan, de manera sosegada y siempre mostrando autosuficiencia, incluso tras lo que pareciera un ataque sexual. Recibe regalos de “pretendientes”, sin ningún inconveniente, y otros prestamos más ostentosos (habiendo una cierta superficialidad en todo esto), ella vive de la fascinación que produce, la que tiene soporte también en lo pedestre, ella genera deseo carnal en los hombres del lugar, en viejos y jóvenes, y hasta incluso entre las chiquillas.

El filme juega a “creer” en la santidad de Alejandra que luce como cualquier mortal, simplemente con un aplomo que es intimidador, pero sin perder esa juventud, lozanía e inocencia que proporciona la figura de Ailín, y a hacérselo creer al espectador, mediante atmósferas (con ayuda del sonido), sugiriendo a ratos algo extraño por suceder –como cuando una mano aplasta un tomate- y cierto misticismo trabajado con imágenes distorsionadas tipo vídeo arte.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Como me da la gana II

El documental del chileno Ignacio Agüero es un canto a la pasión por el cine, todo parte de una pregunta sencilla a directores chilenos relativamente nuevos o vistosos o prometedores de hoy en día, ¿Qué es lo cinematográfico de lo que estás haciendo?, que continua aquel mediometraje documental de 30 minutos del mismo título hecho en 1985, que por entonces implicaba una preocupación que colindaba con hallar el propio lugar en el cine para Agüero, ¿qué película hacer durante la dictadura?, seguido de ¿de qué trata tu película?, y por último ¿quién la vería, a quién va dirigida? Lo que se inspiraba en la realidad de Agüero, al ser censurado su mediometraje documental llamado No olvidar (1982), que contaba sobre la matanza de 15 campesinos en Lonquén en 1973 a comienzos del golpe militar de Pinochet. El filme se daba a conocer bajo el sobrenombre de Pedro Meneses, en honor a uno de los campesinos ajusticiados por la dictadura.

Los nuevos tiempos le exigen otra pregunta, le provocan otra curiosidad existencial, y aunque Agüero decide responderla al final de la forma más básica y diplomática, en un estado de relajación que siempre lo acompaña, los entrevistados presentan respuestas y perspectivas muy interesantes, en medio de lo que luce un acto espontáneo y que llega a sorprender a algunos. Las respuestas nos iluminan sobre la distinción de un (simbólico) árbol de los demás; sobre el ejercicio de la historia y la memoria que tiende a mutar, a corromperse y a repartirse (en el cómo perdura); sobre la retroalimentación entre los objetos/entes y cómo se crea la realidad, a partir del arte; sobre la interiorización de la mujer desde la opción sexual de una directora; sobre la concepción de un mundo interno y verdadero en lo narrativo; sobre la fragmentación y la polifonía por sobre lo lineal; y sobre la artificialidad y creación de una ilusión llamada séptimo arte.

En este nuevo documental vemos rostros conocidos como el de Pablo Larraín, que habla muy ligero, o el de José Luis Torres Leiva con el que Agüero tiene -entre sus películas- una especial empatía, conexión y cierta visión compartida. Este documental muestra -con unos cuantos jóvenes creadores- el panorama de la idiosincrasia artística chilena actual, todos estos directores aportan su grano de arena, alguna trascendencia, aunque no falta la ironía en el asunto y el rehuir implacable de la solemnidad, en un  documental que profundiza en el arte del cine a partir de una realidad nacional que empieza a tener solidez, ya no viéndose como el nacimiento de una vocación cinematográfica general en el país, sino una vocación que atiza la complejidad que otorgan los años, pasando a un nuevo capítulo, de lo que antes representó para Agüero concebir Cien niños esperando un tren (1988) y hallarse como documentalista.

Agüero muestra de forma humilde cierta luz en la oscuridad a los que pretenden seguir sus pasos o anhelan conocer el mecanismo “secreto” de una pasión, tras la esencia del propio cine. A las voces de los directores él considera solo pistas, implicando más bien entusiasmos y motivaciones que caminos, como un maestro horizontal, que llama a las propias búsquedas y significados, señalando que todos yacen en el mismo peso.  

Como me da la gana II ganó el máximo premio del festival de cine de Marseille 2016, en este la voz en off y guía de Agüero  le habla con aire paternal a su montajista, Sophie Franca, como si la arrullara con un cuento, emparentándolo al ejercicio de director de cine, un artesano de la imaginación, creándose la ilusión de que el documental se va haciendo al andar, en un filme que en esencia es el repaso por su legado cinematográfico, por lo que lo define, a su arte, a su estilo y a una vocación lograda, dentro de un aura de afinidad y llamado a la pasión, igual al de la educadora Alicia Vega con la que existe otro gran vinculo cinematográfico. En esos rostros de niños embobados con la gran pantalla, mientras pinta con la luz y la toma tras lo aprendido, y se pierde sin mayor sentido en la filmación de gorriones. 

lunes, 3 de octubre de 2016

Boi Neon

Ambientada en el nordeste de Brasil exhibiendo el mundo oriundo de las vaquejadas, un tipo de rodeo donde 2 jinetes derriban a un toro, mostrando integra y perfectamente aquel tipo de vida, pero teniendo a un protagonista muy particular. Iremar (Juliano Cazarré) es un vaquero, pero también un amante de la costura de ropa de mujer, el sueño que tiene es ser modisto, de esto que se entusiasme con una simple fábrica textil, a pesar de que se mueve en las vaquejadas como pez en el agua. Iremar se comporta como un vaquero común, como un tipo rudo y macho, pero se destaca por su conocimiento de la moda, que en el filme no perturba a nadie, tampoco que Junior cuide de su cabello peor que hembra vanidosa.

Iremar sabe de perfumes y de ropa, y a ese respecto se atribuye ser culto, no homosexual. Esa mezcla en él no es incongruente, aunque sí, desde luego, curioso, manejándose los dos ámbitos sin problemas, con normalidad, como si habláramos de simples oficios, no obstante escuchamos renegar a Iremar en un comentario de que siempre huele a caca de animal. El resto de gente que vemos es tal cual el lugar en que existen, salvando por una parte a una mujer guardia y perfumista embarazada, que se parece a Iremar. Al grupo del rodeo le acompaña Galega (Maeve Jinkings), una mujer rustica, pero bella, a la que Iremar considera una ignorante. Galega es sensual aunque muy básica, ahí la vemos depilarse el vello púbico a pleno día metida en un camión con las piernas separadas, en una escena muy poderosa y provocativa en su estética. Boi Neon tiene un par de puestas en escena de este tipo, como con esas muestras aisladas de quienes son los protagonistas. Galega puede ser una bailarina exótica, a la vez que pagana, escondida en el disfraz de una cabeza de yegua, en un claro culto a lo animal, a lo salvaje. Ella tiene una hija pequeña que cuida con un amor tosco. Con ellos completan el equipo rodante dos vaqueros más (intrascendentes), y un tercero -en reemplazo- que parece invocar algún giro.

El segundo largometraje de ficción de Gabriel Mascaro, después de Vientos de agosto (2014) es una película que es interesante y cautivante, tiene su cuota de comedia, y también mucho erotismo escenificado muy natural, como en su película antecesora. También tiene su toque vulgar y llano, que está hasta en Iremar, pero no afea el conjunto en general. Es un mundo en parte bruto el que dibuja y eso no se pierde nunca, pero tiene su capa de complejidad y de devenir novedoso en sus personajes. Iremar busca los pedazos de un maniquí en un terreno con una vista entre ilusoria y sucia, lo que hace de Boi Neon una construcción estética constante.

El mundo de las vaquejadas está muy bien adaptado a la narrativa. Hay una gran escena de sexo de 8 minutos de duración, que tiene de trasgresor, y está muy cuidada, pero sin perder la naturalidad. Hay en ello un fuerte realismo. Boi Neon es mejor que Vientos de agosto, que a la mitad se detiene y uno no puede dejar de sentirse defraudado. Boi Neon es un viaje también, donde no todo se responde, pero no importa, ya ha cumplido, no hace falta, y porque el filme respeta las vaquejadas finalmente y su protagonista no es ningún tipo desesperado.

domingo, 2 de octubre de 2016

Historias extraordinarias

El filme tiene 3 líneas narrativas centrales, tres protagonistas en X, H y Z, son como tres películas en una, y más, porque éstas se siguen bifurcando y apareciendo nuevas historias. Pero también menos porque no se logra consolidar ninguna, se terminan difuminando o son muy breves. Es como que poco importa tener una trama sólida y completa sino jugar a sólo narrar una aventura tras otra, a la práctica de contar relatos y de capturar la atención del espectador aun a costa de “timarlo”, durante 4 horas de metraje.

Se inspira en la literatura, enorme soporte del filme, y lo que suele ser un lastre o deficiencia, no ser puro cine, no explotar a plenitud el lenguaje cinematográfico, aquí funciona producto de los pocos recursos con los que cuenta en producción, con una voz en off que es determinante para abarcar mucho más de lo que la sencillez visual y las escenas proporcionan. Se sostiene mucho de aquella voz que brinda harto argumento y construye y potencia la película, en una obra que tiene de noir y de misterio, de thriller y de variedad de clases de historias, hasta de tipo romántico y moderno con la sub-trama de Lola Gallo, la peor parte de la realización, que resulta más nefasta aun con una canción de acompañamiento perpetuo en la sección, con Roberto Carlos cantando El gato que está triste y azul.

El filme es interesante, tiene un arranque poderoso. Dos hombres matan a un tercero que llega en un tractor con un maletín. Le pegan un tiro de escopeta y huyen. Otro hombre, llamado solo como “X” (el director de la película Mariano Llinás) observa todo, se acerca e irónica y audazmente termina rematando al hombre caído, también huye, pero con el maletín misterioso. Esa apertura es genial, anuncia la promesa de meternos en lo que invoca el llamativo título y lo que da es un filme con altibajos pero competente al fin y al cabo. Lo que viene después son estados de cierta locura en un aislamiento de meses, y pierde mucho encanto, aunque no muere del todo el interés. En el trayecto se habla de un hecho real, del arquitecto italiano Francisco Salamone, de su ambición profesional, grandeza y su brutal caída, la que es una historia muy atractiva, pero no llega a desarrollarse y simplemente desaparece.

Una segunda línea central tiene a un tal “H” en otra aventura de esas espectaculares. Una apuesta entre dos socios de la Asociación de mayo da pie a contratar a “H” para una misión, ir en busca de los monolitos de la Compañía Fluvial del Plata que indican la posibilidad de un proyecto, mientras que el contrincante manda a otro hombre a destruir las huellas. Esto desencadena en una extraña amistad surcando el río Salado. Puede parecer medio embrollada la idea de la apuesta, pero lo que más interesa es el viaje, que termina en un nuevo cuento, curioso y simpático, aunque es poco en realidad, el de los soldados ingleses Jolly goodfellows.

La tercera línea central tiene a “Z” llegando a un puesto de trabajo aburrido y burocrático reemplazando a un tipo supuestamente anodino con el que queda vinculado al descubrir que tenía una especie de doble vida, que termina definiéndose como una existencia pesimista a pesar de vivir las dos caras de la moneda. Se trata de un juego -en busca de develar secretos y algún tesoro- en que “Z” disfruta de sentirse atraído por dos mujeres e interactúa con un león, que es la parte visual más sorprendente de la película, junto a un tanque.

El ciudadano ilustre

El filme de la dupla argentina Gastón Duprat y Mariano Cohn es una comedia y representa al cine comercial, el que peleará por su país por una nominación a los Oscar y a los Goya, como lo hizo en el festival de Venecia 2016 y que trajo el premio de mejor actor para Oscar Martínez. La propuesta de Duprat y Cohn es un cine directo y sumamente claro, hasta tiene de inocente (hace gracia el intempestivo spot en la radio local), pero no es una comedia barata ni vulgar, como la de la incursión de los cómicos peruanos en el cine. El Ciudadano ilustre tiene forma, tiene sentido, y tiene humor negro, una comedia bien trabajada, aunque franca y amable, no obstante bromea con el infierno que puede crearse al vivir en un pueblo chico (o mejor dicho, regresar a uno tras 40 años de ausencia), donde todos se conocen y uno se puede asfixiar en las pocas oportunidades de poder tener una vida excepcional, que no digo intensa, porque aquí termina siéndolo. En la broma entra a tallar lo complicado y abrumador que es convivir con lo autóctono, con nuestro pueblo, digamos, y esto quizá moleste a los que creen en las idealizaciones.

El filme también se ríe del tipo excepcional, para el caso un ganador del premio Nobel de literatura, mostrando sus mezquindades, con una cultura sofisticada que no lo inhibe de comportarse como cualquiera, tener alguna aventura con una chiquilla o con una mujer casada,  o fallarle a su supuesto amigo. Muestra vanidad y pretenciosidad, lo que ocasiona una rencilla con un personaje local importante que autoritario y abusivo no acepta ser rechazado. Éste hombre le atribuye complejos y odios pasados (plasmados en su literatura), lo cual no es que mienta, está ahí, es una realidad mutua, el resentimiento, aunque obviamente no radica en todos. En ello hay un choque, los dos bandos –los lugareños y el hombre hecho afuera- salen criticados, pero teniendo en cuenta que el Nobel argentino Daniel Mantovani (Oscar Martínez) es el guía de la trama y el filme como que se pone de su lado, en el contexto de la dificultad de adaptación a ese pueblito imaginario igualito a tantos otros, Salas.

No se puede negar que Mantovani, por sus discursos (en el Nobel y en la despedida del concurso de arte), luce un cierto estado de superioridad moral en una postura de insatisfacción muy típica de lo arty que lo dibuja como un cínico a la hora de comprobar la realidad. Finalmente, como la mayoría, se aprovecha de todas sus experiencias, justificándose. La película consigue que la austeridad no sea ningún impedimento para llegar a mucho público. Lo que vemos es un cine comercial sencillo y logrado, bien trabajado, en una comedia y aventuras entretenidas, donde a Mantovani le pasa de todo, pasa por todos los estados  de emoción en su visita a su natal Salas, pueblo chico, infierno grande. Lo reverencian, buscan lucirse con él, quieren un pedazo de su éxito, pero también si no se los da o no se sienten parte de este lo detestan. También entran a tallar problemas domésticos, de faldas, con lo que la propuesta tiene un aire no siempre corrosivo con lo folclórico, sino muestra a Mantovani como un tipo más. Lo que sorprende es ver que anda solo sin guardaespaldas ni secretaria, tras un deslinde naif del inicio, lo que permite que se le acerquen todos, que hasta desconocidos le piden dinero y  quieren que coma en su casa.

El ciudadano ilustre no es Relatos Salvajes (2014), pero maneja una cierta sabiduría, convertir lo austero en una competente comedia comercial, y no es tampoco que le estemos pidiendo una maravilla o que esta nos lo de. Es solo gracioso, sin excederse, sin ser bajo. ¿Quién puede negar que mienta?, simplemente muestra el conflicto de un hombre que se ahoga en un pueblito, como otros pueden sentirse felices en uno. Es humor negro, y no resulta tan agresivo, que no sea ficcionar el enardecimiento en un homicidio, lo cual tampoco es que sea del todo irreal, pero el filme es lúdico. Esa imagen de personajes claves pueblerinos dolidos desfilando frente al protagonista es pura broma. En lo personal no gusto mucho de la comedia y esta me satisface, tiene aventuras, a ratos es demasiado simple y predecible, en otras da risa, a través del que no se adapta aunque trata y le viene el aluvión, y los que viven sin pudor en el pueblo.