miércoles, 13 de junio de 2018

La boca del lobo


La boca del lobo (1988), de Francisco Lombardi, es una de las películas más icónicas del cine peruano, de las más populares y conocidas por todos, y también de las más polémicas. Polémica porque hace ver la acción del ejército en Ayacucho como criminal en los comienzos de los 80s cuando se lucha contra el terrorismo. No sólo los soldados roban animales del pueblo y un mal elemento viola a una joven mujer andina y el resto lo encubre sino que hay una masacre y todo por ese mismo mal elemento que intenta aprovecharse de los pobladores.

Lo peor que el teniente en jefe es otro elemento corrupto y criminal, un tipo frustrado con ganas de vengarse de todos, cuando yace atrapado en el ejército eternizado en un rango, y que está lleno de complejos, uno que es eje del filme es pensar siempre en su hombría, en un orgullo masculino machista, algo arcaico pero aun perenne, y aunque suene a algo básico es suficiente como para que muchos militares arriesguen la vida.

El teniente Iván Roca (Gustavo Bueno) llega a reemplazar a un buen teniente, un hombre que cree en la legalidad y el respeto de la población, pero muchos lo creen débil e ineficiente, lo llaman un tipo de escritorio. Roca quiere demostrarles a todos que vale más que su atrofiado rango, que no es un perdedor como así lo creen en Lima. Trata de imponer la fuerza, hacer una lucha frontal contra el terrorismo, contra un enemigo invisible. Empieza decidido, positivo, pero termina corrompiéndose producto de sus errores, su carácter volátil, su comportamiento explosivo y sus muchos complejos.

La boca del lobo en un momento se perfila en el pánico, en el miedo a morir de los soldados ante un monstruo como el terrorismo, que deja cadáveres mutilados regados en sus emboscadas, que mata pobladores acusándolos de soplones. El militar que hace Aristóteles Picho lo lleva al ámbito bastante visual, entra en desesperación, tiene un ataque de miedo. Luego vemos la lluvia, la tormenta, el relámpago, la mirada perdida en la ventana, todos síntomas del terror que todos viven. Hasta este punto el filme brilla en una mirada menos polémica, pero luego gira en señalar la brutalidad de los militares en la zona de emergencia.

El filme es excesivo en señalar la acción militar, no podemos culpar a todo el ejército, pero si observamos con detenimiento esto se debe a malos elementos, elementos dañados psicológicamente y a otras alimañas que tratan de aprovecharse de la situación, del puesto de autoridad que tienen, de vivir en estado de emergencia y guerra subversiva, de querer calmar sus necesidades como si el mundo les perteneciera y no existiera ningún orden. Lo grave es que la cabeza militar en la zona –un pueblo llamado Chuspi- está dañada. Esto engrandece el señalamiento de brutalidad del ejército, más frases -lugares comunes- sobre abuso militar.

Pero también se escuchan soldados lamentando y criticando la criminalidad militar, lo extrajudicial, algo complejo pero digno contra una disciplina ciega, bruta y absurda que prohíbe cualquier puesta en duda, en el quehacer de evitar el desequilibrio de la jerarquía, como en la voz del sargento Moncada (Gilberto Torres), hasta llegar a la rebelión del ente conductor, del muchacho en desarrollo y descubrimiento, de Vitin Luna (un carismático Toño Vega), que en un inicio está contaminado por el poder, la furia, el miedo y el falso heroísmo, esto último representando en una hombría de niños de colegio, por algo éste filme yace hermanado a la anterior película de Lombardi, La ciudad y los perros (1985).

Todo el discurso del teniente Roca, que en un comienzo se siente heroico, ejemplar y engaña a sus subalternos, en especial al protagonista, termina sonando a manipulación, cuando se ve como pretexto para ocultar el desequilibrio interno, mientras el terrorismo pasa a un nivel secundario (fijación militar que en la realidad supone ser algo más racional). Cosa que va por lo más notorio, unas fallas propias de un enemigo absoluto, y no muestra la lucha con el terrorismo en toda su magnitud o directamente, aunque se entiende viéndolo camuflado, escondido y en buena parte inubicable, con un accionar en fuera de campo.

Gustavo Bueno proporciona una gran actuación como un tipo de carácter, aunque torcido, tiene una figura bastante fuerte, y de tipo bruto aunque propio de grandes discursos, marca de la personalidad cinematográfica que se ha hecho. Todo el grupo está muy bien, incluyendo la recreación y participación de la población autóctona. Pero sobresale muy en especial, en total justicia de talento, alguien poco reconocido, José Tejada como Kike Gallardo, que tiene todo del típico criollo avispado y abusador, aporta una cara ladina y algo sátira, una cierta parte suave humorística y se le maneja bien cuando cae en el choque donde sale mal parado y como persona vengativa mueve los hilos del monstruo del poder dictatorial.  

Más que tener a éste filme por propaganda o complicidad anti –militar es propio de tener entre manos una ficción, aunque queriendo ilustrar los puntos oscuros de la realidad, no solo abocado a la guerra contra el terrorismo sino a la humanidad en general, bárbara, pútrida y criminal, esa que prefiere sortear la suerte del castigo – entre la vida y la muerte- con una bala. La notable y entretenida La boca del lobo muestra a una niña pastora de ovejas en momentos claves de violencia, observando silenciosa, es el pueblo andino que mira y simboliza la empatía hacia ellos, la humanidad que debe subsistir hacia ellos, dentro de una mención romántica, como aquel joven que huye sin importarle ya nada. También debemos recordar gente como aquel primer teniente, voz con consciencia y buen mando, una imagen que debe perdurar.  

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