sábado, 28 de enero de 2017

Un monstruo viene a verme (A Monster Calls)

Un monstruo viene a verme es un filme conmovedor (aunque hinca sin contemplación), en la transición de dejar ir a una madre, por enfermedad terminal, a través del tratamiento -plenamente realizado- de maduración de un niño.

El director español J. A. Bayona pone para paliar esta terrible situación –ver sufrir y morir a tu madre- la fantasía de interrelacionarnos con un monstruo, un árbol curativo inmerso en la figura de un gigante. Ese monstruo (con la voz de Liam Neeson) vendrá a contarle 3 cuentos a un niño de 12 años llamado Connor O'Malley (el joven talento Lewis MacDougall, todo un descubrimiento), y espera que Connor le revele un cuarto cuento, como forma de soltar un secreto y se libere, en esta película coming of age que no teme punzar –darle duro- al espectador con lo lacrimógeno.

Los cuentos versan sobre la realidad del chiquillo, son buenas historias –las 2 primeras- que llevan metáforas (cosa que maneja muy bien el americano promedio, nunca les falta alguna), distintas a las que se suelen contar, ya que muestran la complejidad –la ausencia del maniqueísmo- y ambigüedad de los seres humanos; y la coherencia y honestidad con nuestros fundamentos a costa de no fallarnos por el favor de la realidad, por más brutal que sea la elección.  El tercero es harto práctico y poco genial en realidad, trata de la invisibilidad social y la responsabilidad (con una reacción poco creíble).

Connor O'Malley no solo sufre el desgastamiento, sufrimiento y agonía de su madre, que interpreta la talentosa Felicity Jones, como una madre con los pies bien puestos en la tierra, muy comprensiva y sumamente amorosa, también padece el bullying escolar, sus padres están separados y su progenitor –que es una buena persona, para el caso el divorcio no sataniza a nadie- vive en EE.UU. y él en Inglaterra, y tiene que lidiar con la falta de química que tiene con su abuela (la genial Sigourney Weaver) que apunta a convertirse en su tutora.

Connor se libera con estas “extrañas” fantasías (el árbol real lo tiene afuera de su casa y su madre parece haber alentado su imaginación, por lo que la terapia viene más que como curiosidad por natural en su persona), las que no puede resistir, evitar y le invaden, pero en lugar de infantilizarlo lo obligan a madurar, a razonar su situación, y es una buena alteración del que podría ser un cuento infantil, de temática adulta, adaptando la novela homónima del estadounidense Patrick Ness, mediante el uso de impactantes y bien desplegados efectos especiales (que suma encantadores dibujos animados), al servicio de una buena  e íntima historia. Nunca mejor fusionados los efectos especiales, que llegan con potencia y remiten a algo personal, familiar, el dolor, la aceptación de uno y sobre todo del mundo, enfrentar la muerte, el rechazo social, la responsabilidad de nuestras elecciones, y proponer la conciliación con la realidad.

Animales nocturnos (Nocturnal Animals)

Esta película junta dos mundos diferentes y los une detrás de una lectura simbólica. Uno de los universos –el contextual en primera instancia - es el del director de ésta película, Tom Ford, famoso diseñador de modas, hombre de dinero y alta sociedad, que en su primera película tocó un tema sensible para él, su sexualidad, Ford es gay, y le resultó un filme poético y melancólico, en la adaptación de una novela de Christopher Isherwood, Un hombre soltero (2009), que fue un muy buen debut cinematográfico, y como todos sabemos/presenciamos Colin Firth estuvo más que iluminado y de esto saltó como actor a la fama. El mundo del dinero, la elegancia y la superficialidad es también el universo de Susan Morrow (Amy Adams), una famosa galerista, que presenta performances artísticas también, las que por lo general van en busca de lo distintivo o extravagante y muchas veces el arte moderno resulta esperpéntico en cuanto a significación. En pocas palabras, Susan es una mujer algo antipática (aminorado por la simpatía que exuda Amy Adams), como en buena parte se siente así igualmente su mundo.

Cuando vemos como disfruta Susan con sus amigos y familiares esnobs, y su marido guapo y físicamente perfecto (Armie Hammer), del que se bromea orgullosamente a ese respecto, uno puede sentir cierta desidia como espectador, pero el filme no se queda ahí, por supuesto; Ford criticará -aprovechará más bien- su propio mundo, en otra buena elección de adaptación de una novela, “Tony y Susan”, de Austin Wright. Una desidia que se emparenta con la desilusión que siente Susan de su vida, producto de un marido infiel y distante, un trabajo en etapa de baja –y mediocre- inspiración, y de esa superficialidad que decidió escoger por sobre un amor romántico, poético, para quedarse con su alto nivel social y su dinero. En esto hay una gran escena con la actriz Laura Linney detrás de repetir/aceptar el lugar que uno tiene en el mundo, y del que se desprenderá tristeza, pesimismo e inmovilidad.

El filme coloca al romanticismo de las mano con la pobreza pero sin esa entrega, sacrificio y nobleza que suele acompañar como ideal de aceptación, la pobreza se dice que es producto de la debilidad de carácter, la del aspirante a escritor y primer marido de Susan, un sujeto noble y con un sueño –escribir- pero que a los ojos de la familia de Susan luce mediocre, Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal). No se le recrimina a Susan –en primer lugar- la debilidad por no querer apoyarlo ni creer en él. El filme termina exhibiendo en ese otro mundo más atrapante (aquí cinematográficamente más entretenido), el de un sur americano rural, pobre, medio primitivo y muy violento, el golpe de vuelta a la crueldad de Susan.

Edward Sheffield le envía una novela llamada “Animales Nocturnos”, escrito bajo la esencia que le señalaban faltante a Edward, lo que significaría que Susan lo inspira pero erra al mismo tiempo, de lo que se suceden múltiples lecturas con el manuscrito -que le dedica- por medio de la reflexión de su pasado en común. Hay solvencia en las similitudes libro-pasado, un lugar intermedio entre difícil y fácil de coger, pero hay más que suficiente genialidad en su interrelación. Ayuda mucho también en qué situación última se hallan los ex.

Jake Gyllenhaal interpreta también al protagonista de la obra literaria, y presenta una actuación magnifica, la mejor del filme, intensa y al filo de lo emocional. Mientras va leyendo Susan y vivimos/presenciamos el libro, en un buen thriller, del que surge una propuesta emocionante y extrema, con dos puntales en estado de gracia, el rustico villano salido de la carretera, que hace Aaron Taylor-Johnson (que sorprende y bien mereció un Globo de Oro), y el oficial a cargo que no tiene nada que perder, del querido y talentoso Michael Shannon.

Lo entretenido que nos resulta la parte del thriller es la comprobación además (realista) del futuro éxito de Edward, que en la trama impacta y admira a Susan; como que el mundo de Susan tiene su salvedad, tal que Ford nos parece estar diciendo, es malo este universo porque Susan lo es, aunque se deja aflorar un lado humano en ella, claro que desde donde ahora tira menos la cuerda en esa especie de competencia en que se convierte el divorcio. No obstante, la melancolía inunda todo el filme, y lo torna más complejo, estando plagado de sucesos tristes, y ni que decir de la novela, que hace del filme uno bastante brutal, demostrando que Ford piensa/escoge muy bien qué adaptar, dando a entender compromiso artístico, identidad. 

jueves, 26 de enero de 2017

La La Land

No soy muy afín a los musicales, me he sentido desilusionado y abrumado con varios musicales célebres y queridos, pero, desde luego, no me niego la oportunidad de ser sorprendido. Ha habido también musicales que me lograron entusiasmar. Son los menos, pero existen. Además de que ver bailar a Gene Kelly, Cyd Charisse, Leslie Caron, Ginger Rogers o Fred Astaire es una verdadera delicia. La magnitud de la técnica, fluidez y belleza de las coreografías que manejan enamora hasta al más duro espectador y crítico. Cuando vi Cantando bajo la lluvia (1952) me quedé pensando que una película como ésta no podría superarse fácilmente, y en efecto representa un hito en la historia del séptimo arte. La La Land, del talentoso Damien Chazelle, es una película más humilde que las mejores de antaño. Sin embargo, tiene una apertura por toda la puerta grande con una coreografía que refleja la multiculturalidad en un deslumbrante y apabullante baile entre autos producto de un atolladero de tráfico en Los Ángeles, bajo la canción “Another Day of Sun”.

Terminada la magnética e “independiente” introducción pasamos a contemplar la relación entre un pianista amante del jazz más clásico llamado Sebastian (Ryan Gosling), el que no halla trabajo acorde con sus expectativas (la contemporaneidad exige una música más comercial, ligera y entretenida, como representa el rol de John Legend); y la aspirante a actriz y barista de una cafetería que puede ser un Starbucks de nombre Mia (Emma Stone), la que se encuentra dentro de un estudio de cine. Tómese en cuenta que recién pasada cerca de una hora de película se darán el primer beso, y esto apunta a proclamar la –en parte- inexplicable dificultad de su amor.

La pareja protagonista pasará por una resistencia a complementarse (¿del destino?, en medio de un poderoso deseo de auto-realización, el típico -y a veces realista- egoísmo que invoca el anhelo-fijación de éxito), y de aquello sale la que para mí es la mejor escena del filme. Mia se reencuentra con Sebastian cuando ya a ella le había interesado y este la había ofendido con su indiferencia. Él toca covers en una banda de temática ochentera. Ella aprovecha para pedir una canción (I ran, de A Flock of Seagulls) y desquitarse, haciéndolo ver ridículo (lo que suma la ropa que viste), lo describe como un perdedor, y esto se debe principalmente, fuera de lo gestos bobos que ella hace, a la letra de “I ran”, que encaja al milímetro, y describe la situación pasada –su segundo encuentro, el primero en la autopista- como estúpida y a favor de ella. Este momento es hilarante, Emma Stone recurre a su lado más clown y funciona a la perfección. Este estado virtuoso mayor –extremo- no se repetirá –y se entiende, no es una comedia, el filme busca la trascendencia- porque a Emma Stone se le exige más un lado serio e incluso dramático (no exenta su simpatía, más alturada), que lógicamente está bien, la demuestra versátil como actriz, pero que exhibe también un repetido semblante compungido, que resuena en parte a falla.

El filme es una mezcla de lo clásico y lo actual, hace un homenaje con múltiples pequeñas referencias a icónicos musicales del séptimo arte, incluso a los musicales europeos, los coloridos y sensibles de Jacques Demy, pasando por los hollywoodenses. Mientras, se pierde en hacernos creer en una época maravillosa (maneja diferentes tipo de exhibición musical, únicamente baile, cantos breves, sin mucha pompa y a ratos muy tranquilos), en la que yacen soñando Mia y Sebastian, con la música jazz y el cine. Vamos viendo como sufren la contemporaneidad –que se ve en los detalles, alguno innecesario pero audaz, como lo de las tapas y la samba- y la desilusión propia de la brutalidad de los nuevos tiempos. El filme es uno bastante romántico, que llega hasta lo melancólico, y es algo arbitrario, o ligero (producto de la glorificación de Hollywood), para lo que vemos cómo cambia una situación clave sin mucho problema. Está en el escoger un sueño “importante”, no obstante sin criticarlo abiertamente, sino apelando a lo más primario (a un tono, y puede que sea más eficaz para la mayoría que la intelectualización), destacando a la vez la ilusión –fácil- del reconocimiento (que en aquello del café de regalo suena banal y tonto).

Brillan los vínculos musicales. En ello Chazelle hace un hermoso y largo enamoramiento, muy clásico. Se hacen los difíciles -pero siendo ambos indirectamente seductores- en el estacionamiento, se ilusionan y fantasean en el planetario, dejando de lado el anhelo profesional, reflejado en el pare de Rebelde sin causa (1955). Muy discretamente hay una línea divisoria (puede que una crítica velada), donde la canción símbolo de “City of stars” tiene harto encanto, bien trabajado, pero que como refleja el ideal (en aquella formación del último ensueño) implica mayor trabajo, riesgo, desprendimiento y menos individualismo. Duplicar el sueño.

jueves, 19 de enero de 2017

Mountains may depart

La película del director chino Jia Zhangke es la declaración de un aprecio por la cultura occidental, manteniendo el respeto por China. Tal lo dice un dialogo de padre e hijo, en el ejemplo de la prohibición de tenencia de armas en el propio país, en comparación de la permisividad de Australia. El padre le grita al hijo, que en China uno implora por tener un arma, tiene sentido tenerla ahí, pero en Australia para un chino es totalmente inútil dicha posesión. Suena a un pequeño alegato de anhelos y situación analítica general del país. Entonces se intenta sostener un balance entre el propio país y el de afuera, un lugar intermedio entre la valoración y el sueño frente a las carencias y el de la abundante y fácil posesión. Otra muestra de lo que significa China en su forma de poder adquisitivo y, claro, el mundo, trabajo llano de sobrevivencia y negocios propios y mucho dinero. En China colinda la pobreza con el enriquecimiento y el lujo. No es que Zhangke nos complique el panorama.

Nuestra protagonista, Tao (Zhao Tao), es una mujer que la pretenden dos hombres, uno será pobre y otro rico. Habrá un triángulo de amistad que pronto el amor destruirá. El modo de vida contradictorio que facilita el gobierno chino lo vivimos en el filme sin revuelo, aunque la propuesta se mueve por los cauces sociales de un romance (y eso se extiende hacia el futuro), lo que abunda en la telenovela, pero que en Zhangke tiene fuerza cinematográfica, expuesto con sencillez, como quien además de demostrar aprecio por la cultura occidental, lo hace por el cine comercial. La canción Go West, de Pet Shop Boys, que se utiliza de símbolo ya lo dice todo a ese respecto, que a su vez sirve de reflejo de regreso al estado feliz de la juventud, a una época de mayor inocencia, por ello abre y cierra la película, cuando ya han pasado tristezas, frustraciones, desilusiones.

El filme se ambienta en 3 tiempos, 1999, 2014 y 2025. Sigue a Tao y a sus dos pretendientes en las 2 primeras partes, luego toma en la última parte otra línea con el hijo de Tao crecido, a los 18 años. Con él interviene la buena actriz y sesentona sexy Sylvia Chang. El hijo de Tao, Dollar, padece las consecuencias negativas del pasado, dejando a Tao quien es una mujer muy simple el espacio para seguir siéndolo, en un estado de felicidad naif. Dollar es sinónimo de sufrimiento, aunque es vivaz como todo muchacho, agregándole sensibilidad. Tao pasa por trances, pasa por tomar decisiones, desprendimientos, donde vuelve a aparecer la condición económica, e igualmente en Dollar. En todo ellos hay soledad y romance pasajero, sobre todo una lucha de amor por uno mismo. 

Tenemos la carne

Unos hermanos jóvenes, hombre y mujer, se topan con un sujeto de mal aspecto en un especie de mundo post apocalíptico, con un vagabundo llamado Mariano (Noé Hernández). Rápidamente el extraño hombre de este infierno o submundo ubicado en un edificio en ruinas los domina sin resistencia de ellos, los coge a su cuidado como un maestro y empieza a llevarlos hacia la depravación. Los hermanos son empujados a la práctica del incesto –sobre todo por medio de ella, encantada con Mariano- como si esto fuera una epifanía, liberación o iluminación. Mariano que parece un loco (especialmente con su tambor), invoca la corrupción como un modo de vida natural en la actual situación. Su sonrisa tiene de demoniaca pero a la vez de juego sádico.  El debut del mexicano Emiliano Rocha Minter no puede ser más polémico y para muchos seguramente insoportable. Esa depravación que induce Mariano cada vez va en aumento hasta la total anarquía, hacia una orgia de putrefacción. Rocha Minter exhibe canibalismo, mutilación, necrofilia, en los que parecen ritos satánicos velados. 

El filme tiene un halo fantástico puesto en Mariano, a lo que se suma el humor y la irreverencia. La película no tiene una historia que contarnos, el discurso es precario. Se trata de una forma de vida, una trasmisión llevada al culto. Eso es todo. Y ni eso porque en medio de una orgia que parece una masacre, un cuerpo se levanta como si nada y sale de la cueva o submundo con total normalidad. Queda muy bien la audacia, el desenmascaramiento del artificio, el mundo supuestamente irreal/fantástico y extremo le queda muy cerca al común y corriente (a México). El filme puede creerse que intenta ser como Saló o los 120 días de Sodoma (1975), pero queda sin la rabia y política de Pasolini, más bien empuja a pensar en un divertimento banal y vacío. Un regocijo puro y duro de lo extremo. Como quien festeja el atrevimiento arty y marginal. No es una película para amargarse, más bien entretiene tanta sordidez (¿y ahora que viene?, te preguntas). Ver sexo oral explícito en la actualidad donde la pornografía de todo tipo está a un click de distancia ya no es tan revolucionario ni impactante como antes (que no sea una calentura pasajera), como aquel casco sobre la cabeza de esa alumna revolucionaria (pero que deja una imagen cool), o ese soldado pasado por el gore sin mucha meditación argumental.                                                                                                             

lunes, 9 de enero de 2017

Toni Erdmann

En el festival de cine de Cannes 2016 fue la película que más entusiasmó a los críticos presentes que la premiaron con el fipresci (premio de la crítica) en el evento –a diferencia de no llevarse nada en la competencia oficial por la palma de oro- y fueron más lejos aún con aquel entusiasmo nombrándola la mejor película del 2016, dándole el fipresci anual. Dentro de la shortlist –son actualmente 9 películas- para las nominaciones a mejor película extranjera para el Oscar 2017 se dice que va de favorita a alzarse con el premio, sobre todo cuando la competidora más fuerte que tenía, Elle (2016), de Paul Verhoeven, no está en la shortlist. Apunto que Elle acaba de vencer a Toni Erdmann en los Globos de Oro 2017. Pero vayamos al asunto, ¿es tan buena como se dice que es Toni Erdmann? Sí, lo es.

Toni Erdmann es una comedia, pero para que fuera tomada en serio por la crítica “exigente” y los grandes premios, como suele suceder, fue porque se trata de una comedia con un alcance reflexivo intelectual que la recorre de principio a fin, es una comedia muy refinada, que combina la broma con el drama, de lo que incluso salta un comentario gracioso y viene enseguida un tema espinoso o difícil, exhibido siempre en un tono suelto, fresco, vivo, pero también algo incómodo y siempre perspicaz. No es humor negro, es más bien humor inocente, pero el cuidado y la profundidad que conlleva cada momento es la razón por la que Toni Erdmann es una propuesta tan interesante, distintiva y terminas celebrándola. Toni Erdmann es entretenida, a pesar de durar cerca de 3 horas, provenir del humor ¡alemán! –o quizá, mejor dicho, a razón de ello, estando muy estereotipado como casi inexistente- y pretender ser a la vez –cosa que ni se siente, resulta híper natural- cine arte, si bien del que busca consagrarse, no el que se estila marginal.

La trama de Toni Erdmann, de Maren Ade, es sencilla y muy clara. Una mujer llamada Ines (Sandra Hüller) es muy exitosa, es una dotada profesional y tiene dinero, se mueve dentro de un círculo de alta sociedad, aunque ella luce más como clase trabajadora privilegiada (si me permiten acuñar la denominación). Ines vive consumida en un trabajo pesado, bastante exigente –aun cuando ella es una workaholic- y el cual le pide hacer cosas que no la hacen feliz, la humillan en su trabajo muy sutil y elaboradamente, la explotan y la usan para movimientos empresariales muy calculadores, crudos y para su entero beneficio por sobre el de los empleados. Su vida social tampoco compensa nada su trabajo, tiene una vida vacía y sin entusiasmos. Ella la pasa muy mal, en el fondo yace deprimida en su pasividad, no hace nada para salir de su situación, salvo tener una actitud de indiferencia y aburrimiento hacia el mundo, una actitud esnob. El problema de aquella pasividad es la imagen de enorme éxito y de alto profesionalismo que obtiene en su situación, esto la hace creer quizá que todo está bien al fin y al cabo, que es lo mejor que se le pide a alguien en nuestra contemporaneidad, pero aunque suene naif, ilusorio, tanto como noble, son los pequeños placeres y las locuras, la felicidad de a pie y las alegrías sencillas las verdaderas formas de la felicidad, no el dinero, la sensación de grandeza o el poder (cosa que ella muestra con su eficiente secretaria y pupila). Ahí Toni Erdmann se emparenta con muchas películas, pero tantas veces es la forma de contar y no el cuento en sí lo que más vale.

Ines tiene un padre que está lleno de vitalidad y sentido del humor, no teme el ridículo, quiere reír, ser absurdo e irreverente, en un buen sentido, positivo, amable, compartir felicidad. Winfried (Peter Simonischek) será Toni Erdmann, un alter ego desenfadado y divertido de grandes dientes postizos y peluca de cabello largo y desmelenada, que es coaching de vida, de como vivir (el opuesto profesional de la consultora Ines, léase una crítica al capitalismo más duro). Él nos da un momento memorable -sin explicaciones, por una parte extraño, pero que se entiende perfectamente y es conmovedor- con un traje folclórico búlgaro, perteneciente al ritual del Kukeri (el que se parece a un Pie Grande). Otro momento de esos extravagantes y audaces es darle simbología a un rallador de queso, como quien paradójicamente dice que en la “idiotez” –entiéndase mejor “pequeñez”- se esconden las grandes verdades. Como se ve no es que las bromas de Toni Erdmann sean bombas creativas u originales del humor, el filme tampoco busca la risa, sino un tono, una conjunción maestra entre entretenimiento y profundidad, y es fijo que te haga sonreír al final de su visionado, con su ternura bien sobrellevada, leve, mesurada.

Winfried es todo un personaje, esta espléndido Simonischek. Igual Sandra Hüller que da otro momento mítico del cine, cuando asume y absorbe, se fusiona el mensaje de la canción “Greatest Love of All”, de la gran y trágica Whitney Houston, con la trama. Así como con la crisis o quiebre bajo la imprevista fiesta nudista. El filme es muy inteligente para proponer estados de ánimo, confrontaciones e iluminaciones. Toni Erdmann en realidad es un ángel guardián más que Winfried un freak. Toda extravagancia suya tiene un quehacer realista, el paso de Winfried a Erdmann y viceversa, las apariciones de Erdmann y la noción de que es el padre haciendo una performance en la propia vida nunca pierde sentido, ni narrativa, todo es fino y fluido. Quizá el mundo recién esté descubriendo la complejidad del tipo de humor que manejan los alemanes, un lenguaje secreto, propio como el humor británico. 

domingo, 1 de enero de 2017

Under the Shadow

Que el cine de terror se haga en países inesperados se oye algo estupendo. Ya sabemos de la cualidad del cine de terror para entretener y debajo contener alguna revisión social o el estudio de un contexto trascedente de la realidad, por lo cual no suena extremadamente peculiar que se hagan películas del género en lugares como Irán o Turquía, porque tiene sentido, sin embargo resulta (aun) atípico que se dediquen a este tipo de relajamiento cinematográfico. Películas como Baskin (2015), del turco Can Evrenol; Shelley (2016), del iraní radicado en Dinamarca Ali Abbasi; y la presente, del iraní Babak Anvari, son propuestas imperfectas, con varios puntos a mejorar y decepciones, pero tienen su propia valía e interés, fuera de su nacionalidad. Baskin y Shelley manejan atmósferas opresivas, tensas, en su propio estilo, y sus personajes tienen un toque muy autóctono, aunque Shelley muestra más bien la fisonomía del europeo misterioso y cerrado en sí. Baskin se da lúdica con el pasado, la memoria y el olvido, los ciclos (con final sorpresivo incluido), la tortura y el miedo a lo oculto. Implica la inmersión en una pesadilla. Shelley trabaja con la ambigüedad, lo inesperado, la locura, lo bestial, lo maternal y el trastocar de las esencias. En ambas el trayecto es irregular, pero exhiben su cuota de personalidad.

Under the shadow se coloca dentro de un contexto histórico, el de la guerra entre Iran e Irak en los 80s cuando Irak bombardeaba Teherán con su fuerza aérea (llegamos a ver un enorme misil atorado en un techo, que otorga un aspecto curioso y extravagante, más que irrisorio, al filme), para lo que tenían que ocultarse en sótanos adaptados especialmente. El filme nos cuenta la vida de una pequeña familia, centralmente en que una joven madre quiere volver a la universidad pero la institución no la acepta de vuelta porque fue parte de un movimiento revolucionario de izquierda. La joven madre se llama Shideh (Narges Rashidi) y tiene la exigencia de ser una buena madre con su pequeña, Dorsa (Avin Manshadi). Shideh es muy temperamental, brusca y buscapleitos con su marido y algo tosca y descuidada con su hija. 

Cuando empiece el terror se intensificará y pondrá a prueba lo maternal, sustento central de la propuesta, bien avanzada la película, porque más parece el filme un drama doméstico (al menos, en su primera parte), en aceptar un lugar recatado en su sociedad.  Vemos como Shideh paga su apasionamiento. Pero si uno espera oír de la sumisión femenina y la injusticia de la sociedad iraní a ese respecto tendrá en esencia poco de la película. El filme apunta a ser respetuoso de las formas sociales del país. Hay un momento en que Shideh sale sin cubrirse el cabello y es arrestada, pero esto luce más reflejar un modo de vida que una verdadera crítica, o una mínima audacia. En todo caso la sutileza del filme es prominente, y captas apenas algo de ello, ya que en general queda muy diluido, queda como trama más que como punto de vista crítico. Lo mismo con el contexto histórico de la guerra, salvo emparentar el miedo al bombardeo, lo impremeditado, con esas fuerzas oscuras, gaseosas y poco determinadas, Los Djinn, demonios salidos del Corán. En cuanto a los Djinn se prestan o son pretexto para todo, y el terror es decente y aporta su grano de arena al género.  Al filme le falta algo de color, pero tiene lo suyo. Aparece un estilo, un poco rudimentario y seco, bajo una buena estética. También hay un argumento con un objeto de liberación o persecución, y hasta alguna posesión. Es un filme con altibajos, pero respetable.