jueves, 26 de enero de 2017

La La Land

No soy muy afín a los musicales, me he sentido desilusionado y abrumado con varios musicales célebres y queridos, pero, desde luego, no me niego la oportunidad de ser sorprendido. Ha habido también musicales que me lograron entusiasmar. Son los menos, pero existen. Además de que ver bailar a Gene Kelly, Cyd Charisse, Leslie Caron, Ginger Rogers o Fred Astaire es una verdadera delicia. La magnitud de la técnica, fluidez y belleza de las coreografías que manejan enamora hasta al más duro espectador y crítico. Cuando vi Cantando bajo la lluvia (1952) me quedé pensando que una película como ésta no podría superarse fácilmente, y en efecto representa un hito en la historia del séptimo arte. La La Land, del talentoso Damien Chazelle, es una película más humilde que las mejores de antaño. Sin embargo, tiene una apertura por toda la puerta grande con una coreografía que refleja la multiculturalidad en un deslumbrante y apabullante baile entre autos producto de un atolladero de tráfico en Los Ángeles, bajo la canción “Another Day of Sun”.

Terminada la magnética e “independiente” introducción pasamos a contemplar la relación entre un pianista amante del jazz más clásico llamado Sebastian (Ryan Gosling), el que no halla trabajo acorde con sus expectativas (la contemporaneidad exige una música más comercial, ligera y entretenida, como representa el rol de John Legend); y la aspirante a actriz y barista de una cafetería que puede ser un Starbucks de nombre Mia (Emma Stone), la que se encuentra dentro de un estudio de cine. Tómese en cuenta que recién pasada cerca de una hora de película se darán el primer beso, y esto apunta a proclamar la –en parte- inexplicable dificultad de su amor.

La pareja protagonista pasará por una resistencia a complementarse (¿del destino?, en medio de un poderoso deseo de auto-realización, el típico -y a veces realista- egoísmo que invoca el anhelo-fijación de éxito), y de aquello sale la que para mí es la mejor escena del filme. Mia se reencuentra con Sebastian cuando ya a ella le había interesado y este la había ofendido con su indiferencia. Él toca covers en una banda de temática ochentera. Ella aprovecha para pedir una canción (I ran, de A Flock of Seagulls) y desquitarse, haciéndolo ver ridículo (lo que suma la ropa que viste), lo describe como un perdedor, y esto se debe principalmente, fuera de lo gestos bobos que ella hace, a la letra de “I ran”, que encaja al milímetro, y describe la situación pasada –su segundo encuentro, el primero en la autopista- como estúpida y a favor de ella. Este momento es hilarante, Emma Stone recurre a su lado más clown y funciona a la perfección. Este estado virtuoso mayor –extremo- no se repetirá –y se entiende, no es una comedia, el filme busca la trascendencia- porque a Emma Stone se le exige más un lado serio e incluso dramático (no exenta su simpatía, más alturada), que lógicamente está bien, la demuestra versátil como actriz, pero que exhibe también un repetido semblante compungido, que resuena en parte a falla.

El filme es una mezcla de lo clásico y lo actual, hace un homenaje con múltiples pequeñas referencias a icónicos musicales del séptimo arte, incluso a los musicales europeos, los coloridos y sensibles de Jacques Demy, pasando por los hollywoodenses. Mientras, se pierde en hacernos creer en una época maravillosa (maneja diferentes tipo de exhibición musical, únicamente baile, cantos breves, sin mucha pompa y a ratos muy tranquilos), en la que yacen soñando Mia y Sebastian, con la música jazz y el cine. Vamos viendo como sufren la contemporaneidad –que se ve en los detalles, alguno innecesario pero audaz, como lo de las tapas y la samba- y la desilusión propia de la brutalidad de los nuevos tiempos. El filme es uno bastante romántico, que llega hasta lo melancólico, y es algo arbitrario, o ligero (producto de la glorificación de Hollywood), para lo que vemos cómo cambia una situación clave sin mucho problema. Está en el escoger un sueño “importante”, no obstante sin criticarlo abiertamente, sino apelando a lo más primario (a un tono, y puede que sea más eficaz para la mayoría que la intelectualización), destacando a la vez la ilusión –fácil- del reconocimiento (que en aquello del café de regalo suena banal y tonto).

Brillan los vínculos musicales. En ello Chazelle hace un hermoso y largo enamoramiento, muy clásico. Se hacen los difíciles -pero siendo ambos indirectamente seductores- en el estacionamiento, se ilusionan y fantasean en el planetario, dejando de lado el anhelo profesional, reflejado en el pare de Rebelde sin causa (1955). Muy discretamente hay una línea divisoria (puede que una crítica velada), donde la canción símbolo de “City of stars” tiene harto encanto, bien trabajado, pero que como refleja el ideal (en aquella formación del último ensueño) implica mayor trabajo, riesgo, desprendimiento y menos individualismo. Duplicar el sueño.

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