NN es un filme sobre la guerra interna, sobre las fosas
comunes clandestinas, de cuerpos asesinados, exhumadas por forenses, en un
filme donde su aspecto político es sutil y elaborado, fomentando un filme
complejo donde la inteligencia del director se ve en reflejar el desinterés del
estado y la falta de profundización de las investigaciones, más allá del dolor
inmediato, en la imagen de trasladar y “abandonar” las cajas con los restos
humanos estudiados en una azotea gubernamental, como quien arrima desperdicios
o cosas inútiles en un lugar de olvido, todo bajo sufrientes silencios de los
interesados y seres conscientes, en medio de la frustración y el apasionamiento
por resolver sus misterios de parte de su protagonista, Fidel Carranza (Paul
Vega), que con un rostro taciturno y agotado de la vida busca en su soledad
resolver el caso de un sorpresivo noveno cadáver aparecido en una fosa, con la
curiosidad de llevar en un bolsillo la foto de una mujer no identificada. Con
él una humilde anciana de nombre Graciela (Antonieta Pari) reconoce la chompa
de su marido perdido/secuestrado en 1988, y tiene la natural
fijación de encontrarle paz y sepultura, con lo cual la herida busca sanarse,
pero es el deseo de Fidel el que predomina como mensaje en el filme, el de
seguir indagando por el pasado hasta hallar la que es una pregunta sin seguramente
posible respuesta final. En ese aspecto el filme se mueve con gracia, con intelecto,
sin por ello abandonar el llamado primario de las emociones, como con aquel
encuentro del cuerpo de una niña asesinada, luego dejado en claro con la visión
en vida de quien es y qué significa, un dolor enorme, como aquellas lágrimas de
la forense.
La fotografía de la propuesta es bella y sí tiene que ver con la ciudad, con un "gris”
congruente con la lentitud de la película, mientras su temática busca tocarte de cerca, como los sentimientos que traslucen los personajes, la historia, las perdidas y el
sufrimiento de una guerra fratricida que deja crímenes sin resolver e
impunidades, donde el culpable es gaseoso y remite a algo más grande, al
conflicto mismo, quedando solo la punta del iceberg en la lectura de los
cuerpos. Igual lo hace el paisaje breve de la Sierra.
El cuidado del filme sale a
relucir en su narrativa y estética, poniendo a la ubicua naturalidad criolla,
por la que el espectador primario clama, en un personaje como el de Lucho
Cáceres, dejando el lugar común de un actor como Manuel Gold a un ratio atípico
a él, donde mira, apenas habla, interviene poco, yace serio. El diálogo luce naturalidad y su realismo, sin lo chabacano, aludiéndose indirectamente como en las bromas llanas
pero no excedidas durante el cumpleaños de una de las forenses o en los
intercambios de posturas sobre revelar o no el aspecto de un pedazo de rodilla como
único resto de un difunto a sus familiares, en que deben ser profesionales, sin embargo es inevitable no sentirse involucrado emocionalmente. El uso de la crueldad o frialdad de
los homicidios yace bastante tratado, a veces obviamente, aunque las palabras
claves yacen elípticas.
El aspecto social, las diferencias de clases,
entre el doctor y la empleada, entre Graciela, su hijo y el doctor Fidel Carranza,
están muy bien trabajados, viéndose mínimos pero perceptibles, alternando un
trato educado, sin caer en lo falso. El filme es lúgubre
como su protagonista, como esos cuerpos estudiados como objetos, de forma sencilla y creíble, pero a los que remite un silencio largo y
discretamente melancólico, profundo, de respeto, como con aquella luz que
anuncia una gran incógnita, y luego un vacío enorme. La sequedad del filme es muy valiosa, pero
que tiene ratos dosificados de respiro, incluso en la expresión de Paul Vega,
un actor experimentado, no siempre tan descollante, pero
que ésta vez da en el clavo. Muestra madurez como artista y queda idóneo en la
complementariedad con el sentir de las trágicas ausencias, que remiten
a la pérdida en sí, más que a las causas que no se discuten. Mientras tanto el título indagatorio de NN remite a la incómoda nada.