jueves, 28 de noviembre de 2013

Fahrenheit 451

Una de las más famosas novelas de ciencia ficción que hay en la historia de la literatura universal, y del tipo que retrata la distopía, un mundo al contrario de la concepción de la utopía o ideal, un futuro tergiversado en su anhelo de perfección, o deplorable en su camino al progreso, escrita por Ray Bradbury. Provista de una idea muy atrapante para cualquier lector, en que mañana los bomberos se dedicaran a quemar libros cuando el gobierno de entonces considera a la lectura de ilegal ya que arguyen produce infelicidad, melancolía, y en el filme de Truffaut además desigualdad.  En sí de ello trata predominantemente el libro, yendo hacia el punto de un mundo totalitario donde al ser humano se le quita un derecho natural a causa de una premisa errada, el poder pensar. Pero también se toca ya que se quiere evitar según el proclamado bien común que el hombre se convierta en un ser infeliz, que digamos que en la historia paradójicamente deriva en ello, ante el dominio de las autoridades que rigen con la televisión la vida de la gente, es decir, la publicidad de un modo de existencia donde se afecta la comunicación interpersonal, existiendo un aislamiento y una sobre-protección que en lugar de provocar la ansiada realización humana, genera vacío, soledad y miedo.

Como decíamos, es una lectura que enseguida se gana al lector, en la tradición del cuenta cuentos a la luz del fuego, aparte de estar muy bien escrita en sentido de que se lee en un tronar de dedos sin que por ello evite contener sustancia, ser profunda, que lo es, porque el libro está asumido desde una sabiduría sencilla, amigable, muy fácil de comprender, y por supuesto de defender, de forma natural y general. No obstante, puede ser bastante simple al contrario de lo que puede parecer en cierta medida, y ser vista como una ordinaria historia de aventuras y de justa rebelión donde un ser negativo, en realidad, para la sociedad, se convierte en un héroe cuando el mundo parece un lugar imposible de generar el triunfo y el necesario cambio. Es la lucha titánica del pequeño David contra el omnipresente Goliat, solo que el panorama no se articula con tanta intensidad o amenaza; si lo es, es inmanente en la mente de la propia población, habiendo solo una especie de sabueso mecánico como reto y peligro, y los mismos bomberos, que son como la policía del régimen invisible pero todopoderoso, desde más que todo la idea de la sumisión, de la ideología de la época, como bien hace ver Truffaut en su filme de 1966 en el descredito de la filosofía expresada en la rabia y convicción del capitán del equipo de la salamandra del ardido del papel en 451 de la medición Fahrenheit.  

Sin embargo, se complementan totalmente, una no vive sin la otra parte, y he ahí la grandeza de la concepción del libro, en el matrimonio de la forma y el fondo, ¡cómo si fuera tan fácil!, y aquí es vistosamente notable, de cariz fluido hasta una fusión impensada de otra manera; moviéndose bajo la ley de los pensamientos internos, lógicamente, pero que están expuestos como trama a la luz de la recepción más clara, y admirable, porque si algo es bastante potable en su inteligencia, y a la vez, transparencia, es la quintaescencia (aunque cada quien tenga su búsqueda y apreciación personal). En donde brilla una historia cautivante, trepidante, dada la violencia intrínseca del relato; el destruir al ser humano en su estado más noble, y no digo saludable ya que no comparto que se critique al deporte (como se ve en  la película de Truffaut, y puede hacerse a mi ver solo si uno suprime al otro; cuando deben convivir ambos más que fomentar una batalla improductiva, pero que se entiende como lo absurdo de solo remitirnos a lo físico), que llega inevitablemente a lo emotivo (resaltando la importancia de la libertad), es como si se le temiera al sentir (todo se ramifica como en una torre que germina tras una mala ideología), cuando sufrir qué le vamos a hacer es parte indisoluble de vivir, de ser nosotros (cójase esa genialidad del autor de este libro), como se ve en la lectura de un poema que hace llorar a una amiga de la esposa robot de Montag, nuestro paladín.   

Estamos ante un libro directo, dotado de buen ritmo, desde luego, nada complejo por donde se le vea en la obra misma, aunque la temática sea tan potente; un texto seguro de obtener cuantiosas loas, una apuesta a ganador, de regalo, diálogo o recomendación, uno que defiende la gloria de leer (que mejor que ese mensaje a la literatura en sí y al amante de ésta) pero que va más allá hay que decir, que es admirable sin ser excepcional en lo formal (salvo que la redacción amable sea vista como un don). Y al que hay que complementar con la película de Francois Truffaut, que aporta al mundo de estas letras, a diferencia de la costumbre que repite tal cual de un registro a otro, y en donde uno puede sentir la desconexión  o el altruismo que combate o promueve respectivamente Bradbury en su novela (un canto de humanidad), fuera de un aire pintoresco en la recreación cinematográfica.

Una trama en que una muchacha “loca”, Clarisse (que no es la única sino hay muchos disconformes luchadores), le hace revisar su alma a Montag, aunque tenía ya la semilla, solo que dormida, era el tipo propicio a transformarse siendo “distinto”, no estando cerrado al diálogo y habiendo guardado libros, convirtiéndolo en un outsider positivo, en un escape aun con todo en contra. El que no era del todo ordinario porque es un bombero y conoce mucho la raíz del mal pero sí uno más al fin y al cabo en esa maraña de subordinación, y que optó por seguir a su corazón. Vaya lema, me dirán, pero que se ve sin duda alguna en la gran recurrente pregunta: ¿eres feliz?  Y le basta ver su hogar y a su esposa suicida y desprovista de afectos, o a la tenacidad de quienes creen en algo realmente como con esa mujer que no quiere dejar los libros en el fuego a costa de morir en el trayecto, y que mueve más la consciencia de Montag, al punto de ser capaz de matar por su ideales, dígase en el relato literalmente, aunque se trate también de sobrevivir (no se puede obviar que el libro tiene una esencia revolucionaria pero que versa en la cultura, en la libertad y en la propagación de los sentimientos, algo que hay que decir que no solo suena muy norteamericano en su concepto de la guerra sino universal). Bradbury en su obra nos brinda audacia noble, a la que hay que llegar con serenidad porque es flagrantemente sencillo, pero en dónde esta vez sí hay premio, viene con verdad, no solo superficialidad y goce, como nuestro siglo XXI pretende inculcarnos, y  evitando ser redundante, debemos notar que somos el timón de esa decisión.  

martes, 26 de noviembre de 2013

La postura del hijo

La ganadora del Oso de Oro de la Berlinale 2013 ha recaído en una propuesta rumana, perteneciente a  Calin Peter Netzer, la que inmediatamente me recuerda a otra vencedora de la misma presea, Nader y Simin, una separación (2011), con la que comparte similitudes. Ambas se contextualizan de cara a un juicio tras un accidente que puede recaer en la posible pérdida de la libertad de alguien perteneciente a la clase alta o acomodada de su país frente a demandantes o victimas acusadoras de la clase opuesta de la cadena económica, gente humilde. En la presente ante la muerte del hijo atropellado y la confrontación que versa sobre el perdón.

El filme se centra en el proceso que atraviesa Barbu que se halla ante la posibilidad de ir a prisión por rebasar el límite de velocidad permitido –su error y culpabilidad- por querer superar a un auto que lo demoraba y no ver a alguien delante suyo, quitándole la vida a un niño de 14 años que cruzó imprudentemente la carretera. Pero también trata del vínculo entre Barbu y su madre, Cornelia (Luminita Gheorghiu), la que es sobreprotectora, naturalmente resuelta, absorbente y dominante, que debo decir honestamente no la encuentro demasiado molesta como si la cree su hijo quien quiere pedirle una especie de tregua donde sea él quien la busque y no al contrario, lo que implica a pesar de la generosidad, los nexos e intervenciones y su preocupación -aunque excesiva- de ella que le dé un tiempo de distancia donde cada uno este por su lado. El pedido puede ser muy maduro, pero al mismo tiempo suena cruel, ya que éste es su único hijo, el niño mimado, la luz de sus ojos, y Cornelia siente como bien dice que a sus más de 60 años es momento de sentirse realizada compartiendo espacio a su lado, solo que Barbu siente su yugo y quiere la total independencia, lejos de su entrometido cariño; ella le dice que solo espera su respeto pero es el recurso de su orgullo y astucia, siendo notorio que se desvive por su hijo y quiere su aprecio sentimental. Dado ese escenario, lo del vehículo y la cárcel es el tema de la superficie y el de lo filio-parental va por debajo, creando un entramado con bastantes relaciones humanas, distintos frentes de auscultación que presentan su solidez general, ya que la película es una sencilla exposición que se fundamenta en ellas, es su máximo valor.

La propuesta es convencional, y se agradece que no haya un halo de extravagancia obligatorio en su historia, como suele abundar hoy en día en el séptimo arte más personal (en que se suele creer que si no te descoloco de forma abrupta no funciona, y no es así), pero no puedo evitar decir que aunque es fiel a lo que es el cine rumano, el que retrata con realismo su idiosincrasia, y tiene además un toque preciso de originalidad, se hace un poco menos cautivante que de costumbre (la sutilidad y la mesura tampoco es un comodín que aplaudir ciegamente, si bien tiene honradez y son elogiables estas virtudes en la película por una parte).

Sí, gana nuestra atención porque pormenoriza el proceso del accidente, el estado de tensión a la vera de las consecuencias y la culpa, el drama que ocasiona una pérdida fatal e irrecuperable de suma importancia, una vida humana y más de un menor inocente en pleno desarrollo, que se asume desde distintas aristas, pero hubiera querido algo más en el abordaje de todo ello, sin que por ello forcemos momentos o requiera de incongruencias, efectismos o rarezas. Lo dicho es que se hace demasiado típico e incluso predecible, en una medida que no engaña y es una buena auscultación del tema, pero sigo creyendo que se pasa de muy normal, tanto que los lloros no aportan creatividad, sino una cierta inocencia formal. Sin embargo, no cabe duda que perdonándole momentos bastante obvios y el alargarse con las caras compungidas y los sollozos subyace una emotividad creíble que es importante, como decía Tarkovsky de que el cine es ante todo ello, aunque seguro aquí hubiera renegado de la forma de sobrellevarlo.  

Es una buena propuesta, no lo voy a negar, es un premio que es tal cual lo que representa al festival de cine de Berlín y al cine rumano, qué cómo no me va a agradar, aun poniéndole ciertos peros;  no obstante creo que es un poco menor –para qué mentir- de lo que nos puede ofrecer éste séptimo arte tan atractivo en la actualidad. Resalto que a pesar de carencias y defectos logra entretener inteligentemente, y es sumamente ágil e interesante, pero espero poniéndome exigente (un algo) más. Le falta en varios lugares, como con la sobredimensión del tema de Barbu y su madre aunque suene todo el asunto como verídico y cotidiano (que tiene hasta de involuntaria ironía, o quizá adrede, en un momento no falta el calificativo de junior, un clásico). 

Hay que hacer un merecido reconocimiento a la actuación entregada de Luminita Gheorghiu que del conjunto sostiene el filme, el resto está por debajo de ella (Carmen, la esposa, parece un mueble como actriz y su cara no da muchos registros, es un puño, yace arrugada en único gesto, le falta mucha más vida y naturalidad), exceptuando la breve performance del personaje de Dinu Laurentiu (Vlad Ivanov), que es un tipo muy del siglo XXI, alguien despierto hasta lo tranquilamente perverso en lo ladino, alguien desagradable ante nuestra ética, quien se pinta perfecto en solo dos trazos. Es de notarse que sabe explotarse como personaje secundario. Otro punto resaltante es la suntuosidad y la modernidad rumana, y el cariz contemporáneo, una Coca-Cola en la mesa o la mención de Herta Muller u Orhan Pamuk, pequeñeces que dan mucha normalidad, época y cosmopolitismo, sumando a lo propio y la personalidad, como con el canto de cumpleaños, los atuendos rurales o un baile de viejos con movimientos bien pop.

martes, 19 de noviembre de 2013

The Thieves

Venía tiempo que no hacia una crítica sobre una cinta surcoreana, con lo mucho que me gustan y suelo estar atento a sus realizaciones (sea dicho, es un cine muy prolífico), con la que estamos un poco retrasados, ya que muchos ya la han comentado afuera, si bien es natural porque no vemos estrenos de este país en la cartelera peruana, salvo alguna telenovela en la caja boba, pequeña pantalla de la que suelo huir siempre, aun a costa de los salvadores canales internacionales y las proclamadas magníficas actuales series de las que estoy desligado. La presente es nada más y nada menos que la segunda película con mayor recaudación en la historia de la taquilla coreana.

The Thieves (2012) es una película para un público amplio, una cinta que se estila de entretenimiento puro y duro que muchos ven que emula a Ocean's Eleven (2001) de  Steven Soderbergh, pero claro como la mayoría ve todo salido de Norteamérica, sobre todo en el cine, no le faltan las comparaciones, además de que se da un caché pop cinematográfico donde muchos entregan y obtienen un referente fácil de identificar, que es el séptimo arte hollywoodense, más si tiene pretensiones comerciales. Sin embargo, si nos quitamos nuestra alienación/aprendizaje normal, exceptuando cierta lógica en ese aspecto, los thrillers y la acción que presenta Corea tienen bastante personalidad propia, y lo suyo es algo espectacular que más bien habría que copiar. Hace tiempo que lo suyo se ha ganado sus propios adeptos incondicionales, y como es de esperar, The Thieves, con un quehacer sumamente limpio que deja ver una arquitectura formal de primera categoría, presenta unas escenas intensas y emocionantes, sublimes, cargadas de grandilocuencia, de vasto artificio, al que no le importa el exceso, el que rompe reglas de realismo pero ateniéndose a un hilo de personal verosimilitud, convirtiéndose en  algo fantástico pero bien tratado que lo asumimos en toda su libertad y nuestro apasionamiento. Y no se da en el lugar esperado o cotidiano, sino cuando el gancho está servido hace algo nuevo y creemos un poco mayor, en pocas palabras, la locura visual y la adrenalina llega cuando se articulan muchos bandos anhelantes de una joya especial de valor astronómico, cuando hay división y traición, en medio del caos, en el lapso en que ésta yace rodando entre manos, es decir, finiquitado el robo –uno demasiado mecánico en su perfección y supuesta complejidad, de cariz complaciente, pero que entendemos en ese aspecto deliberado ya que pretende generar sorpresa e impremeditación inmediatamente tras cumplir con lo estipulado, generando un orden atrevido a continuación, que es uno de los valores mayores del filme-.

Cambiar –o mejor dicho, repartir, más al lado del salto por la ventana, el abrupto descenso y colgar por fuera del edificio- el espacio de la más ardua violencia representada, le brinda un rato de originalidad y audacia directa a su trama aparte de su gran manejo in situ con distintas líneas de argumento, uno fácil pero milimétrico (su otra virtud), entre ambición, deber y emotividad, teniendo de fondo una relación con un drama afectivo, sencillo al fin y al cabo, de un pasado que iremos desentrañando y que incumbe a tres de los ladrones. Logrando alta calidad de ejecución como nos tiene acostumbrado este séptimo arte, en donde nos invade la acrobacia y la espontaneidad que nos hace vibrar en su fuerza escénica donde la criminalidad presenta sus atributos de profesionalización y excepcionalidad, al punto de superar o simular la de algún comando especial, tanto que se llega a minimizar al escuadrón policial nacional de ese tipo.

Sumado a que el gran robo es codirigido con asaltantes chinos, en donde sobresale el rostro popular de un actor del cine de acción hongkonés, el de Simon Yam como Chen, que no falla con las expectativas que representa para el espectador y fanático en el rubro, porque tiene su momento donde luce sus habilidades de sobrevivencia y criminalidad, con una potente escena de persecución de autos que posee unos efectos especiales fantásticos que dan una credibilidad inaudita en su realismo.  Y no solo por ese lado hay un plus en una imagen reconocida en el género, sino que Corea tiene lo suyo, con Kim Yun-seok como Macao Park, uno de los grandes intérpretes de este cine, de los más importantes, y con él toda la magia del thriller surcoreano, poniendo sus fichas en un personaje que quieren que sea de los más memorables, como se suele buscar en todo séptimo arte, apostar por sus estrellas.  Con ellos hay muchas bellas damas asiáticas, pero la que nos parece la top del grupo es la actriz Gianna Jun que es una delicia de beldad, en su delineada y estética delgada figura y su rostro de muñeca en sus propias características orientales, sumamente hermosa y cuando quiere sensual como no va a faltar y a explotarse como arma, pero que no solo se queda en ello sino que se presta para el humor, y las duras recreaciones.

Ese es un punto más, común en el cine coreano, proveerse de un aura de humor, de relajo,  y cierto absurdo, aquí más recatado en su locura cotidiana, pero dispuestos a no tomarse demasiado en serio, ya siendo suficiente con tanta precisión, talento y fisicidad hiperbólica de la historia y sus personajes, pero que no se hace abrumadoramente perceptible en conjunto como para dañar la seriedad y la atención de lo que se trama y ejecuta.  

Es un filme que no será una de las obras maestras del cine coreano, porque le falta un toque de perversidad y muchísima más originalidad; de esta última tiene pero muy poco, no la ostenta en la medida de lo memorable. En una propuesta que opta técnicamente por el refinamiento –en lo estructural intachable- y por aferrarse a un orden que hace añorar intrepidez argumental, pero sí que saciará emoción, vitalidad y ritmo, siendo bastante rápida de deglutir, aparte de ser algo vistoso aclamando belleza como con los paisajes; tiene un aura afrodisiaca en el ambiente y hasta exótica en su haber de lujo, que combina con una simpatía natural propia de la amabilidad del cine comercial y de su naturaleza de yacer pedestre debajo de todo. Hay una ilusión de complejidad en su interior pero que afinando la vista no lo es, pero se debe  a una buena artimaña; tampoco el robo termina siéndolo, da la sensación de más falsa parafernalia que otra cosa –y todos lo son pero a este se le notan parte de las costuras del engaño-, el que se percibe así cuando se ve el movimiento del plan que a ratos luce demasiado simple como en la parte del casino y la labor del chino –coreano Andrew que es bufonesco, culpa parcial de querer darse mucho en sí un tono despreocupado (desde el inicio en un primer robo), en que incluso se echa en falta cierta tensión en el proceso. Pero como decimos el clímax real no es este, sino que se deja ver tras lo imprevisto para luego volver en el apartamento de Macao Park en toda gloria, y cuando realmente ocurre el asunto queda en su punto idóneo, nada está afuera, y se provee de muchos giros, combates y escapes sabrosos.

El director Choi Dong-hoon se nota a leguas que es un tipo al que hay que darle trabajos complicados, aunque sean solo en las formas principalmente, como se viera en su anterior película Woochi, el cazador de demonios (2009), que subyace –ésta sí, sin duda- claramente en toda onda de Underworld (2003) y Van Helsing (2004) aunque como es obvio bajo un contexto oriental, uno pseudo histórico, de aire legendario, luego adaptado a la modernidad (en que un personaje trascendental lo interpreta Kim Yun-seok). Pero que si no eres asiduo a las mencionadas aconsejamos ni ojearla ya que tiene un tempo que se llega a sentir, harto, si no eres afín a estos relatos con monstruos y abundante fantasía. Por lo que mejor optar dentro de su filmografía, de lejos, por Tazza (2006), quizá su mejor película, una que vale recomendar; y lo mismo hacemos con The Thieves, un estupendo pasatiempo, mírese por donde se mire.  

lunes, 18 de noviembre de 2013

Sueños de expresión de un loco amor


Sueños de expresión de un loco amor
Escrito por Mario Salazar

Sueños de expresión
para un amor imposible,
por las fuerzas de la razón
dolidas de la timidez amorfa,
sin cuerpo.

¡Desventura señor!
No importa
Guíame en tu inspiración
Para hechizar a la pasión
de la lectura
de mi corazón.
Esa forma de cono
embudo de sentimientos
de arterias punzantes
pues amarme dolería
y no me querrá jamás
Llorando en la lluvia
Cayéndome al pasto de espaldas
sin una sonrisa.
si es que no goza hincándose las manos
Obviando las espinas de la fantasía
por esas palabras
que nos hacen grandes,
el verdadero amor
del alma, la paciente ternura.

Jugaras a la ruleta rusa de mi locura
Te herirás en mi tonta dulzura
La enajenación absurda.

Te mezclarás en mi sangre
en la copula de la flor y la abeja
esa del aguijón que pica e hincha
en tu pureza.

Ámame entonces.

Grítale a ese cupido
que las flechas pasan inadvertidas
y la felicidad no tiene siempre tiempo.
Y adoraré tus labios
siendo material abstracto
in situ los besos
de la conjunción
de tu fe en mi interior.

Solamente ahí, ámame entonces
"no dejes que el miedo te paralice...
el corazón es un músculo y si no late revienta."

sábado, 16 de noviembre de 2013

La invención de Morel

Lo que inmediatamente encanta de la primera novela del argentino Adolfo Bioy Casares, que su amigo y compañero literario, el admirado Jorge Luis Borges, catalogó de perfecta, es que aun escrita con claridad y entendiéndose su potente y audaz pero sencilla trama, permite desarrollar varias interpretaciones al respecto que endulzan la inteligencia del lector; te da la oportunidad de jugar con distintas ideas y lecturas en medio de su trayecto, a partir de algo fantástico, propio de la ciencia ficción a la que se adscribe, pero como es normal en el anhelo de trascender géneros y profundizar en nuestra idiosincrasia universal como seres humanos yaciendo dentro de varios motores de realidad humana, como el deseo de la inmortalidad, el perennizar la ilusión y el amor, el escapar y triunfar en un mundo alternativo de escogida realización o armonía, distinto al que nos coarta, nos hace sufrir y nos disminuye en nuestro planeta, en un especie de cielo artificial detenido en el tiempo, aunque su reiteración nos hable de algo ilusorio que versa aunque de otra forma bajo parámetros de limitación, es decir, el escape termina enfrentándose a otra realidad imperfecta, criticable, como la vida misma, dentro de un intento -aun el sueño es incompleto- de hallar un mundo donde el hombre pueda vivir bajo la utópica felicidad, estando el invento de Morel limitado a cierta repetición mecánica, si bien es capaz de robarse el alma humana.

Pero no nos vayamos por otros cauces, la historia no es (solo) un canto de crítica negativa ni desazón frente a una naturaleza que siempre empaña nuestra tranquilidad (y que aparece con el hallazgo de existir), eso queda como un fondo elíptico en parte, y es que nuestro fugitivo sin nombre no nos descubre su complicado y seguramente peligroso pasado, solo nos deja ver que sobre su persona hay algunas sombras de una problemática mayor detrás suyo, pero que ahora yace en la luz de una isla indeterminada, especulada su ubicación, pero que rápidamente lo encuentra metido en un misterio, en una nueva preocupación que se mueve en un anhelo afectivo (tanto que por un buen rato está casi ciego al resto), y nosotros investigadores a su vera como en la mejor novela policial lo tratamos de desentrañar.  

El fugitivo se halla enamorado, despierto e inquieto, otra vez, pero por algo más revitalizador, atraído por una mujer que lo ignora, Faustine; que ha cambiado, desarticulado, en él su desarraigo –se menciona que puede ser venezolano y que algo político lo ha conminado a huir-, tanto como su estado de soledad, por un deseo de comunicación con sus congéneres, una nueva fe, sumida en un lado primario, el que nos puede infantilizar o hacernos perder coherencia, algo sublime sea dicho también, que no evita distintos momentos como convertirnos en animalitos, ya que el fugitivo parece en parte uno, se escabulle, se mueve a hurtadillas, vigila de lejos, se acerca tímido (aunque quiere ser resuelto), se llena de planes para seducir/atrapar a su presa, y finalmente recurre a regalarle flores, a componerle poemas, nos abre su humanidad, siendo la desconocida la apertura de su esencialidad; sin embargo, el camino de una relación se ve limitado por la falta de emociones compartidas (el último mensaje pide se unan sus “películas” para concretar un sentimiento ideal que éste cree ver, una pasión que trasciende lo terrenal, y valga la paradoja o la asertividad quizá, sin conocerla) pero desde algo novedoso que es el punto de grandeza de la obra de Bioy Casares que articula una ingeniosa justificación detrás de los tantos posibles pensamientos que podemos desplegar bajo la incógnita del razonamiento de una realidad extraña a uno, que nos desestabiliza en todo sentido, hasta hacernos dudar de la propia cordura.

¿Por qué no lo ven?, ¿por qué lo ignoran con tanta fuerza como si realmente no existiera?, ¿quiénes son estos turistas que han salido de la nada y se dice de ellos de forma omnipresente son unos esnobs?, ¿por qué hay dos soles y dos lunas?, y muchas respuestas se quedaran sin saberse, solo pinceladas de identidad, algún atributo o acción y algunos nombres, pero las más importantes se resolverán, sobre todo la duda mayor y meollo del libro que aun así permite jugar al lector, al menos como punto de partida, ya que nos deja un pozo de elucubraciones que corren por nuestra cuenta, como que en un momento se dice que todo puede ser parte de la locura, y que el protagonista sin nombre está metido en un manicomio (él mismo se lo pregunta en su desconcierto ya que se trata de su diario el que nos cuenta la historia, y por tanto estamos ante una subjetividad, una mente, alguien que dice además que es un escritor, y por ende nos está diciendo que todo es posible), o que se trata de una ensoñación o una proyección de ciertas carencias, en un exilio que tiene indudablemente mucho de psicológico, y es que el espacio en que se mueven los personajes parece un lugar propio de algo surrealista, un lado de la imaginación donde solo hay lugares puntuales, un museo, una pileta, una elevación natural con jardines y una playa.

Es una novela que se puede pensar mucho desde el arte en sí, parece que fuera una construcción que nos habla de la fantasía que despliega la literatura o el cine (siendo la obra de 1940), de crear algo especial, desde coordenadas que quieren reemplazar la realidad, robar el alma, en que Morel, su autor es el demiurgo de toda esta ilusión de eternidad, personaje que parece desdoblarse de nuestro fugitivo, viendo que finalmente como se llega a leer recorren el mismo camino, y nosotros con ellos como unos nuevos fugitivos, como dentro de una biblioteca/videoteca inacabable, donde viven muchas historias “perfectas”, como en el reino autócrata del genio inventor de Morel en que la tarea pendiente son los vínculos afectivos del que viene después (hay un necesario voyerismo y una necesaria identificación, atención y confabulación), desde distintos planos como con Morel y su grupo, y su relación con el narrador y lector de su devenir congelado, aunque queriendo ser amado por Faustine; y así sucesivamente, como creadores en potencia, de vida alternativa; pero teniendo en cuenta que atendiéndolos lo somos sin volvernos autores de algo tangible.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Rocanrol 68

Debo empezar diciendo que no soy mucho de bandas sonoras o acompañamientos musicales, y que la mayor parte del tiempo salvo algo excepcional mi oído es sordo con la música en el cine, y que los Saicos y los Yorks, dos bandas peruanas de rock de garaje, nacidas en los 60s, que predominan en Rocanrol 68 como parte del argumento además, ópera prima de Gonzalo Benavente Secco, no los conozco, ni me entusiasman mucho, y que solo conocía la mítica precursora canción punk “Demolición” de Los Saicos en la performance de otro grupo nacional muy popular de onda subterránea, Leucemia, una banda que si he escuchado pero que tampoco me genera pasión, y que Traffic Sound, The Pepper Smelter o Black Sugar son para mi absolutamente nuevos; sin embargo, hay que decir que la idoneidad y carisma en el ecran de todas ellas es indudable, y puedo afirmar que a contracorriente de mi primera impresión sobre ellos que era de levedad e indiferencia, me han gustado lo suficiente como para sentir a esos grupos como una virtud del filme, y que su acompañamiento y fondo ha sido agradable dentro del paquete que es Rocanrol 68, ya que si te acercas a la realización por esas bandas vas a hallar lo que quieres, tendrás tu pequeña gloria rocanrolera, pero si los vez como parte de un conjunto y novedad será otro tipo de experiencia, considero que más reconfortante dado el lugar de origen (cinéfilo), sin ningún fanatismo, y que digerirás la cinta junto con la comedia que es y te llevarás una grata sorpresa.

Rocanrol 68 revitaliza el séptimo arte peruano con un cine digamos que nuevo, uno sin traumas y sin complejos, de los tiempos más optimistas de hoy, siendo un filme ligero de lleno y con alevosía, sin agobiarnos como de costumbre con desgracias, sin la quincuagésima demostración de seriedad y trascendencia reflexiva nacional, que no debemos evitar tampoco aunque no debe atribuirse como regla indisoluble del cine peruano, y que si lo hace aconsejamos que debe apostar por envolverse de arte. Rocanrol 68 casi carece de crítica social o eso estipula (ya que busca ser el reverso de todo ello), y si la tiene no se siente ni por asomo como antaño ni creo que sirva demasiado su contexto histórico o político –no hay rigor, o en cierto caso es solo un esbozo- que no sea el operativo ubicado en La Punta, Callao, y que llega a globalizarse. Copia fórmulas angloamericanas pero con su toque de personalidad, se adapta a nuestra idiosincrasia. Es una propuesta hecha por gente bien (¿por qué no decirlo?), para gente bien o que quiera sentir así, como las que exporta y atiborra nuestra cartelera el complaciente e intrascendente panorama hollywoodense, pero recalcando que crea y maneja sus propias características, en el estilo, en cómo nos lo cuenta. Tiene sus deficiencias y su cuota de agotamiento, pero también resulta aire fresco (relax) en nuestro cine.

Decir que algo quiere sólo entretener, con convicción, no es malo, lo sabemos aunque lo olvidamos a veces, porque lo que busca el filme es decirnos que no todo va a ser seriedad y rollo como diríamos directamente, lo dice el filme en incontables ocasiones, tanto que entendemos al vuelo que el Perú se jodió por el terrorismo, pero se permite bromear con la idea del socialismo, sin tampoco anularle porque tiene su rato de funcionamiento cuando se recuperan las llantas robadas en una escena importante, además de que Pablo Saldarriaga es divertido en su eterno cliché como actor (igualmente Manuel Gold, de tonto seductor, que es parte de su personalidad de trabajo). Roncarol 68 tiene clichés por montón pero es más que viñetas cómicas, se supera y se muestra solvente con una historia sólida en su claridad y en su simpleza, escogiendo moverse en el punto preciso y en los lugares comunes, llena de gracia y asertividad, y no es que obvie la realidad, ostenta lo ordinario y popular aunque lo explota al gusto, con lo que se puede jugar nuevamente con lo eternamente cómico e identificador si sabes ponerle una pizca de estilo e impronta al asunto, y eso logra Gonzalo Benavente, sacarle algo propio a lo de siempre, aun haciendo notar lo que quiere y usa, que puede ser un sucedáneo menor de la conmovedora serie Los años maravillosos, al lado de mucha cinefilia e inocencia, porque se trata de una comedia sana, casi bobalicona, que pudo agotar el recurso pero logra salir a flote. 

La historia es muy conocida, el querer enamorarnos de alguien especial –cosmopolita, nómade, con experiencia, cultura, sentido de lo que está en boga, atributos físicos, como bonitas piernas aunque se diga sutilmente que son los pies pequeños, extrovertida, algo exótica- siendo nosotros lentos –la evocación de Spider-Man puede ser boba y harto utilizada pero da un contexto rápido; nuestro lado sensible, torpe y latente primario, gancho natural, lastre y virtud por igual-; y el compartir con una banda de amigos, y a través de ellos disfrutar de un verano de promesas y aventuras; una de ellas es reencontrarse en la misma playa dentro de 20 o 10 años igual de frescos, y la otra inmediata, tener una pareja antes del fin de la temporada. Manolo (Sergio Gjurinovic), el narrador y esencia del filme; Bobby (Manuel Gold), el seductor mitómano; y Guille (Jesús Alzamora), el melómano que no gusta de The Beatles fomentan el relato.  

Manolo queda anonadado con la guapa y cool (y ella misma se lo atribuye) Emma (Mariananda Schempp, bastante creíble como la fantasía amorosa, gracias a su notoria belleza y a la riqueza como ser humano que brinda el relato) que versa en la inteligencia, la seducción, la personalidad desbordante y la modernidad sin salir del cuadrante de cierta frescura naif, como la de quien le enternece y le llega a enojar su timidez cuando la toma por rechazo (estupenda la declaración indirecta de amor de ella). A su lado hay personajes acertados aunque funcionales, breves pero contundentes, como el marino autoritario y de derecha que dibuja Javier Valdés (más preciso nadie, ¡que tal ojo de Benavente! o ¡vaya conchudez!), la voz susurrante de la empleada (irónico y fresco el decirle que se haga escuchar estando en una mesa familiar de clase media alta dentro de un trabajo de subalterno; una burla para todos los que ven en todas partes injusticia y revolución), del guapo que hace Joaquín de Orbegoso (descaro del lugar común), de un Aldo Miyashiro (lo que le gusta interpretar o producir, con su ajos y cebollas verbales cotidianos, como un tipo que suele siempre estar orgulloso de su criollismo, siendo un especie de gurú de la existencia en el guitarrista de los Saicos, pero que dice no ser él), de una Leslie Shaw como Male (que se auto-retrata por enésima vez dentro de la sensación que suele dar, pero de forma acertada, como lo hiciera salvando las distancias Marilyn Monroe; aparte de ser un bombón desborda ternura, contemporaneidad y en la trama calma ilusiones como despierta fantasías) y sobre todo una nunca mejor Norma Martínez como la mamá de Manolo que versa en la opulencia pero sin caer en la caricatura sino más bien tiene inteligencia, ironía y pervive en la tolerancia, las buenas relaciones y la buena onda bajo el refinamiento relajado y una “falsa” modernidad. El filme dentro de su actualidad juega con las ideologías, vemos al outsider, a la feminista (bien la ubicua Gisela Ponce de León, muy expresiva, como en la mejor serie cómica, y la que diríamos en jerga que es otro calzoncillo en la historia), al marxista o al cineasta bajo la frustración de la dura realidad (de convertirse en uno en nuestra idiosincrasia), y se apela hasta a la ciencia ficción (escape moral de Manolo), como se articula el ser uno mismo, notorio en Gille, y respetar hasta el anhelo del derecho a la tontería y a la despreocupación de buscarla y propagarla, que parece el verdadero himno de libertad del filme.

Tiene escenas que funcionan como en series como That '70s Show a la que parece copiar en su idea creativa, con coreografías llenas de sentimiento de alegría y simpatía, con homenajes y menciones cinéfilas como de Banda aparte, Casablanca, Viaje a la luna, Pulp Fiction, Tiempos modernos, 25 Watts, entre otras, y una que yo veo mucho, Dr. Strangelove (1964). Parece llevar a On the road, de Jack Kerouac en el fondo, pero dentro de unas coordenadas mucho menos sensuales, menos atrevidas, sin tanta locura, pero con el mismo canto de pasión, de hallarle emoción y felicidad a la vida. Escenas como la del Tip top, la de fumar marihuana y la del encuentro y acercamiento en la playa entre Emma y el trío –a nosotros nos quedaran las papas fritas dice una línea- brillan por audaces sin ser estrambóticas o exageradas, sino humanas, siendo afines a todos dentro de la transparencia alejada de la grandilocuencia rebelde. 

Surge el himno nacional cantado en la debacle, como el espíritu guerrero que siempre nos ha acompañado en la desgracia, en el Dios ahorca pero no mata (o mejor, no remata), y que tiene la esencia de salir adelante finalmente, ya no prima el pesimismo lujurioso de siempre, de regodeo, que se busca -sin ser artístico, además- como si fuera la única salida a recrear la verdad que creen muchos nos toca. Y sí, en efecto, tiene también muchos puntos que uno critica al cine mainstream de EE.UU., como el final feliz tras un meollo facilón y un contexto juvenil de amores e ilusiones tempranas simples aun intactas dentro de una banda de colleras y mataperreo intrascendente, pero funciona en general tomado desde tres muchachos que tienen de pavos, como Bobby que lucha por no serlo y más lo parece, aunque tiernamente y de forma cómplice, desde la broma llana que no quiere más que reírse de uno abierta y directamente, sin vergüenza ni lapidariamente, del que quiere hacer algo sin sentido mayor pero necesario en nuestra adolescencia y lo dice incontables veces (el simbolismo de romper un teléfono público, ir a un concierto memorable de rock, pintar la calle con grafiti, beber hasta desmayarse –que mejor que con pisco puro- o tener muchas relaciones sexuales).

El filme se autocritica irónicamente como quien sabe que así salta la valla y se autoproclama con el cine que a uno le gusta, quiere retratar y parodiar en parte (como pasa cuando algo yace gastado, y a muchos molesta). Esta película no funcionaría así se dice en repetidas ocasiones, y lo hace con seguridad, hace todo lo que no debe hacer, entre comillas, porque yace consciente, salvo no reducirlo todo a las calatas que critica burlón Bobby en su necesidad de atención, o al terrorismo que también tiene su réplica y carcajada, y hasta recurre a la boca de Miyashiro que intimida a Manolo, y ahí además está Saldarriaga y su maoísmo superficial, o la repetida “originalidad” que siempre triunfa (hablar a través de letreros), y es que lo sano y simpático sin más también tiene cabida en el corazón contemporáneo de todo cinéfilo, no muere, y puede colarse una y otra vez si toca la pieza correcta (cuando se debe a una buena forma y estructura, en lo que podemos ver a Wes Anderson en su cariz de celebrada inocencia, pero no desde sus outsiders, sino del espacio hegemónico de lo impoluto), como el minimalismo y calma que antecede la broma fácil y discreta, que pasa y se queda un rato tranquila al pendiente, sin ser rimbombante, sin tensión de recepción ni de ningún tipo, es decir tiene firmeza en su expectación (como la de todo creador), siendo un contexto que repite constantemente una fórmula, pero en alguna caes fijo y redondo, aun sabiendo de lo que va, si bien hay quienes se dejan llevar, que llega a clamar en un momento -por el enojo de Emma más o menos- por algún giro que no llega más que de su misma esencia y proclamada ligereza, y es que no es más que una buena oportunidad para demostrar que podemos ser también despreocupados y buscar el entretenimiento más terrenal, sin perder la educación.

Es un disfrute "efímero", pero con un buen toque emotivo y una encantadora gracia, que tiene sus semejanzas -aunque en distinto tono- con Los Cinéfilos (una micro-comedia de la web) y valga la obviedad con Polizontes (programa de cable que sigue la movida artística y nocturna de lo más agradable de Lima, quitándole el engolamiento de sus especiales contextos). Tiene la frase y el cariz más fresco a la mano, y se siente autentico en nuestra natural imperfección a la adaptación social. Rocanrol 68 es cine amable que solo busca hacernos el día (alegre), ya que de vez en cuando es saludable no ser tan extremo, intenso y estar sin mayores repercusiones.

sábado, 9 de noviembre de 2013

The bling ring

Una de las engreídas de un reconocido y popular cine independiente se llama Sofia Coppola, la directora que nos convoca en esta oportunidad, y que suele versar sobre una temática muy reconocible en su hacer cinematográfico, el vacío existencial en la opulencia, y hasta en la fama o en el atractivo físico, hablar de la superficialidad, de tenerlo todo en la vida y sin embargo no ser feliz; en ello se mueve con sumo conocimiento, nivel creativo y estilo, y eso se imprime en su nueva película, que trata de los chicos que sueñan con tener la riqueza y el despilfarro, la notoriedad egocéntrica pero banal, de socialités, modelos y hermosas estrellas de Hollywood como Paris Hilton, Miranda Kerr, Megan Fox o Lindsay Lohan, y no se les ocurre mejor forma, viviendo la facilidad de la ambición contemporánea, de entrar en sus desprotegidas casas y simplemente robar sus fastuosas prendas, zapatos, dinero y joyas, idolatrando la moda, la suntuosidad y a esas efigies famosas de la cultura americana que son la oda del capitalismo y el materialismo más vanidoso y exhibicionista del planeta.

Un artículo en la revista Vanity Fair, escrito por Nancy Jo Sales titulado “The Suspects Wore Louboutins” (los sospechosos usaban Louboutines), fue el material inspirador que emocionó a Coppola para llevar a cabo su adaptación al cine, lo cual resulta bastante natural de imaginar ya que le cae preciso en lo que suele ser su esencia en el séptimo arte, siendo una recreación que brilla en la madurez de la directora, tomando mucha sobriedad en como lo ha llevado a cabo, tanto que se le puede atribuir demasiada simpleza a su filme, una obra sin demasiado riesgo y que más bien busca -digamos que en parte fácilmente- la complicidad de la actual generación juvenil de las ubicuas redes sociales, aunque dejando en el aire una crítica del mundo que los retrata o al que aspiran llegar a tener en las celebridades pop de la juerga y lo mediático exuberantemente visual, y eso denota una voluntad de trascender con el arte, aunque sin caer en paternalismos ni en cátedras de comportamiento. No obstante, su buena estructuración o su expansión en hora y media de metraje bien dosificado y expuesto sin agobiar en la reiteración, indudablemente posee una buena cuota de talento y experiencia consolidada. Los robos incluso varían en la forma de filmarlos, como uno grabado en un zoom desde la distancia espiando el movimiento de los asaltantes en las distintas habitaciones de una mansión robada, o a través de una cámara supuestamente de vigilancia que imprime un color verde en su formato o, también, claro, de forma común como cualquier película.

La historia explícitamente se trata, aunque suene inverosímil de creer, de abrir las puertas sin cerrojo, trepar las cercas de baja estatura o buscar de la manera más inocente las llaves debajo del felpudo. El filme nos muestra a cinco chiquillos, principalmente, de escuela secundaria y de buena condición social aunque no al mismo nivel económico de Paris Hilton y similares en donde el ingreso es ya astronómico y excepcional, hurtando una suma desorbitante en objetos adquiridos de finos diseñadores de moda; lo hacen sin armas ni violencia de por medio, esperando que la víctima esté fuera del hogar en alguna fiesta que era revisada por internet en los enlaces de chismes de la farándula de Los Ángeles. Sofía Coppola apuesta por rostros desconocidos, aunque tampoco es tonta y utiliza además pero en segundo plano en realidad, a una virtuosa e híper notoria Emma Watson que no solo sirve de gancho publicitario sino que ella misma da la talla y más, aprovechando la convocatoria en una imagen sensual y engreída creíble de una ninfa del clan de los Bling Ring, impresionando en los cortos ratos de provocación adolescente que estila en su deslumbrante belleza estilizada y que nos recuerda a Kirsten Dunst, en otros formatos interpretativos, en propuestas anteriores de la directora.

La historia se sostiene de una novata, Katie Chang, que interpreta a Rebecca, la que lidera, promueve, imagina y articula los robos, lo hace con una actuación natural y de suma sencillez, con dominio y tranquilidad que puede engañar al espectador en su calidad de principal frente a Watson que inmediatamente se deja ver, aparte de que a la otrora Hermione el papel que le toca es más rabioso en su vacuidad y estupidez, de la que se deja una línea tenue sin convertirla en caricatura pero haciendo escarnio sutil de a quien representa (el final con la web es como una bofetada a su estulticia). Chang luce humilde en su perfomance; sin embargo logra manejar muy bien la exuberancia de los deseos y la parafernalia del líder juvenil, ya que en el meollo del asunto son chicos “que quieren ser” más que “ya hechos” como diríamos, y son pedestres aunque ambiciosos, e inútiles como la mayoría en el mundo. Queremos muchas cosas pero no sabemos cómo obtenerlas, sobre todo las de tamaño desmedido y costosas; no es tan fácil adquirir un estatus de privilegio, y es que a gente como Paris Hilton le viene de gratis, y solo saben explotarlo con desparpajo y loca irreverencia y confianza.  

Dentro del grupo de los Bling Ring pasan distintas resaltantes y determinantes características de la actual juventud, la angloamericana, que se emula o nace con similitudes humanas también en el mundo, siendo una sólida carta de presentación o radiografía de ellos y el tiempo en que vivimos, como imitar y admirar por cool la música hip hop, sucedánea de lo más atrevido que es como una búsqueda constante de la edad y rebeldía que se admira, de los “pandilleros” afroamericanos, y toda su cultura de extravagancia, mal gusto e insolencia, en su vestimenta y forma de hablar, con monosílabos, faltas de respeto aclimatadas al léxico, malas palabras, jergas y una simplificación verbal y mental en el comportamiento, y es vistoso en la guapa rubia Chloe (Claire Julien, primer papel mayor en el cine luego de ser extra en otra película); como la impulsividad e inconsciencia de Sam (Taissa Farmiga, la hermana más pequeña de Vera Farmiga, y que yace en su segundo papel), que es como una rémora autómata de su hueca hermana de cariño, de Nicki, Watson. Y hay que mirar con detenimiento a Israel Broussard como Marc, el único hombre del grupo de ladrones, que se ve muy prometedor como actor a sus 19 años de edad y es la verdadera sorpresa de la película (en su tercer largometraje de cine); quien como protagonista alberga más complejidad de entre el conjunto, o el que describe de que trata la película, el mensaje y la esencia del filme, en quien se solventa la fuerza del argumento, aunque sea pupilo y cómplice, y no la cabeza. Es el que despierta sentimientos en el público, y al que Coppola también le tira algún dardo envenenado o apropiado dado el caso, como a todos sin distinción, porque la directora no se amilana y como buena artista expone todas las aristas existentes en su propuesta, lo negativo, lo positivo, lo feo y lo bonito, que tiene de todo en su imparcialidad de cuentista y retratista en profundidad, porque en él hay humanidad aunque error y un deslumbramiento que le genera un autoengaño que no solo es suyo sino general, de muchos, aunque en distinta medida y necesidad, y a donde Sofia apunta suponemos en su altruismo escénico e ideológico, si bien parece ser mucho su punto de identidad y tiene seguramente parte de su negatividad/“descredito” y conformismo y hasta su banalidad (¿no lee Vanity Fair?). Le dice un periodista, ¿Marc, que se siente ser un soplón?, pero también vemos que la policía lo engaña diciéndole que su mejor amiga ha huido y no es del todo así, aunque a la hora de los castigos se ve que el gallinero se alborota y corre cada uno por su cuenta, aunque Nikki es la más traidora, mientras Marc lamenta la lejanía con Rebecca, en su silencio y rechazo en el juicio o en su amistad rota –valga la ironía involuntaria- en facebook. Ha habido buena creatividad con su ilustración, notorio al dejar ver su homosexualidad pero con tino e imprecisión, como parte de esa admiración al lujo y la moda.

El filme tiene su propia intensidad aunque se trate de niños mimados y al fin y al cabo inofensivos en cuanto a peligrosidad (pero que obviamente merecen contenerse en la sociedad sino eso crece y empeora, o da señal de impunidad como comunidad y orden regente), más que de fieros e intimidantes criminales, y no sea la típica historia de violencia, sexo y drogas que solemos perseguir en el ecran para que nos transporten a la sensación de vivir a través de unos verdaderos hijos de puta que nos enloquezcan y nos llenen de adrenalina y fuerza emotiva sin sentirnos directamente involucrados, de la ilusión de lo genial en lo delictivo (lo dice todo una frase idónea y contundente ante la absurda notoriedad aplaudida de sus contemporáneos, EE.UU tiene fascinación por Bonnie y Clyde, suele rendirles culto, mezclándose con el deseo de darle cierta cabida al outsider, una añoranza del que yace abajo aunque no se acepte uno así), pero que tiene de todos esos elementos en audacia como su propia historia en sí lo es, en un cariz como el del contexto idolatrado, muy suave y conforme, refinado, paradójicamente -para lo que quiere representar- de corte amanerado de cierta forma, donde obnubila el placer, el ego inflado, la fiesta, el derroche, el ser aparentemente el mejor, el más atrevido y el éxito del lugar; de ahí que se vanaglorien con sus delitos, con haberse metido en casas de famosos y llevarse sus pertenencias, y luego tomarse torpemente fotos con todo lo extraído y colocarlas orgullosos y heroicos, especiales como sueñan ser, en la red; olvidan la pena que tarde o temprano caerá al dejar pruebas y estar fácilmente expuestos a ser descubiertos por la policía. Pero, la superficialidad implica reflectores, fotos, gente observando, glorificando y gritando nombres, fanáticos, en otras palabras zombies, y de ello su auto-publicidad criminal, que articula una (a veces muy cotidiana) inocencia al no ver la gravedad en toda medida de lo que están haciendo, sino disfrutar desenfrenadamente de lo que obtienen, momentáneamente.

Estamos ante un relato controlado pero dinámico, sin sobresaltos efectistas tanto que su sensualidad –una importante estética del filme- es elegante, pero con los pies sobre la tierra, muy atractiva y espontanea dentro de la inmadurez de sus personajes, en que se extiende sobre lo necesario y gusta de sugerir pero dejar ver aun así más que suficiente; se explaya mucho desde lo intrínseco, y tiene ritmo como el que describe, que vibra en la particularidad de su historia, respetando lo que cuenta y lógicamente apostando por esto (como se diría, allá quien no sepa valorarlo), solo que tal cual; cumple con todo, es inteligente, rehuyendo como proyecto a no ampararse formalmente en la banalidad, solo contando la historia de esta, sin que sea demasiado arduo tampoco, sino equilibrado.  La propuesta se convierte en un observador total de cada recoveco juvenil, a la luz de la grandilocuencia contextual; una lectura nueva y eficaz con bastante cercanía pero menor a su vera a una de las mejores películas de Sofia Coppola, Las vírgenes suicidas (1999). No será la película que emule el máximo estado de gloria de su filmografía, Lost in Translation (2003), gracias a la hondura existencial de esa obra y su franqueza, modernidad y transparencia en su forma de mostrarla, pero es una realización con personalidad, vasto control, buena factura y una trama solvente bien concebida, que tiene ratos decisivos como con esa música tan pegajosa, que la puedes llegar a odiar eso sí, “Crown on the Ground” de Sleigh Bells que abre el filme en los robos. No cansa sino más bien te lo pasas agradable y rápido, y eso de un artículo convertido en filme elogia mucho la dirección de Coppola, que sea dicho de paso aquí nos convence sin que tampoco haya que reventarle cohetes dado cierto grado de austeridad que le ha jugado un poco en contra en una medida y que encumbrar indirectamente a Paris Hilton, más sus símiles, y que quede el rastro de anhelar robarles un poco a su germen no sea un motor tan cautivante para muchos espectadores (tanto como otros caerán rendidos como abejas a la miel), que sería parte de una crítica en contra pero que juega con casi todas las obras, aunque sí sus perpetradores, sus actos punibles y lo que representan generan una buena auscultación juvenil tratada con noción, buen gusto y técnica. 

viernes, 1 de noviembre de 2013

Halloween 2013

Ayer terminé mi maratón de películas de terror celebrando el día de brujas, Halloween, y hoy hago el recuento de lo que he visto; la selección se basa en la actualidad del género, ubicando mi lista entre el 2010 y el 2013, viendo las últimas que se han dado y que atraían mucho de visionar. La mayoría es de Estados Unidos donde se hace mucho cine de terror y destacan las presentes dentro de una amplia e irregular oferta, sumándoles cuatro de alrededor del mundo (México, Indonesia, Francia y Canadá) que se han hecho muy visibles y provocaba agregarlas. En total se trata de 13 películas contemporáneas. De las escogidas varias son de la cartelera pero con el plus de que me he decidido por ellas al merecer el reconocimiento (o al menos la revisión), algunas recientemente o no hace mucho estrenadas en España y otras también en Perú y en Latinoamérica. Nenúfares efervescentes les pasa filtro y ésta es mi valoración crítica de todas ellas.

Somos lo que hay


Única película para cine del mexicano Jorge Michel Grau y que ostenta un cine de autor que hace la maravilla en el género con una trama que se basa en una familia contemporánea de caníbales que ante la muerte del patriarca deben hallar el medio para seguir con sus rituales, es decir, secuestrar, matar, descuartizar y comer personas para subsistir en su particular forma de vida. Con apenas algunas muertes y un cautivante desenlace en una batalla campal entre varios frentes, pero en un estilo gore y salvaje ésta cinta hipnotizará al espectador con una historia trepidante a pesar de la impronta de personalidad artística que lleva, en que se da el tiempo de generar expectativa mientras arma el panorama de una tensión que rodea el traspiés tras la “normalidad” de esta familia de asesinos, que claman por un líder mientras sin demasiada complicación argumental pero sólida en su imaginación muy bien articulada deberán crecer los hijos en su habitad natural, y con ello más de una sorpresa nos darán. Una delicia de película que raya en su originalidad donde más vale la creatividad de una idea sencilla bien explotada y una forma que la ampara perfectamente desde más que el efecto –que lo tiene muy bien- el recurso austero. Un claro ejemplo de ingenio.

V/H/S 2


Vuelve bajo el mismo formato de la anterior, el found footage y con un colectivo de directores donde se dan 5 historias, unidas desde la que presenta Simon Barrett en dos investigadores que tras la pista de un joven desaparecido entran a una casa y hayan videos de VHS donde se dan los restantes relatos, para más tarde descubrir que lo actual también está siendo grabado. El de Barret luce más como un gancho y es poca cosa en realidad, no tiene mucha importancia, solo es un pretexto de unificación y un ejercicio libre del género, vacuo, y sin una argumentación atractiva (aunque sea sencilla como las demás), sino que es completamente primaria. De los otros cada uno aporta algo interesante desde distinta manufactura y éxito. El de Adam Wingard nada en algo conocido, y es algo que ocurre en general con los demás, pero se las ingenian de distinta forma para generar algo que ostenta un cierto toque de novedoso que varía en cuando a cautivar la atención. Wingard hace uso de una cámara en un ojo como prueba de una rara investigación médica de alguien que con ello puede ver a los muertos y en ese trance trata de provocarnos el espanto. Es un poco deslavazado en ello salvo en los efectos aunque conocidos y algunos aspectos gore del predecible intento de eliminar un problema “imposible”. El de Eduardo Sánchez y Gregg Hale es de zombies, y tiene bastante gracia aparte de ser un festín de sangre, viendo a los muertos vivientes que incluyen a la cámara subjetiva, en plena acción brutal, todo desde una simple grabación de un paseo en bicicleta en que se recurre a ángulos precisos y determinantes para hacernos disfrutar de toda la intensidad y hambre desmedido de estas bestias carnívoras donde ya el cerebro no es suficiente. Un asalto de matanza que como su título indica, nace de un paseo en el parque, algo cotidiano vuelto una masacre. Pero si esto parecía mucho había que esperar ver la abundancia y locura que traen Timo Tjahjanto y Gareth Evans, donde todo cabe, por medio de una secta religiosa en Indonesia que termina siendo un culto demoniaco dentro de lo inimaginable en ese trayecto, tanto que las referencias se pierden en su fluidez y exuberancia. Empieza engañosamente soso el corto ya que uno no espera en que se convierte el relato, y cuando estas apunto de desecharlo por apagado, se da un estado de enajenación gigantesco e imperturbable en su desenfreno donde en total control de la dirección el terror permite mucho gore una y otra vez hasta ser como se anunciaba tranquilamente, un literal puente a otro mundo, pero no al cielo, sino al mismísimo infierno en la tierra. Y por último está la parte de Jason Eisener que es una abducción por extraterrestres, de donde su mejor base es generar una atmósfera de caos y violencia en el secuestro de seres humanos, dentro del mundo de los típicos adolescentes y jóvenes rebeldes y bromistas, aunque la calidad se pegue a un movimiento molesto, de cierta indeterminación y a esa tensión del video que trata de ser realista. En conjunto V/H/S 2 sigue el efecto de presentarse como pseudo amateur en el formato, pero en ciertos casos se nota mucha escuela y con mucho trabajo en sus efectos y concretando sus historias. Lleva un terror profesional bajo la frescura de quien ama el género y se siente joven o inspirado.

Dark Touch


Una mezcla de Carrie (1976), el pueblo de los malditos (1960) y la Profecía (1976) que saltan a la vista entre otras películas que uno puede recordar y que tiene de su lado como mejor arma su ambigüedad y misterio, como el de una atmósfera de tensión y extrañeza en una buena protagonista (debut ejemplar de Missy Keating). Dirige la francesa Marina de Van que suele manejar argumentos extravagantes (y que corre el riesgo de al querer ser audaz hallar rechazo), como deja ver en la presente aun usando referentes reconocibles. Logra imprimirle personalidad a su relato, que lleva un toque europeo y hasta intelectual, aunque sus justificaciones sean gaseosas, y se base mucho en la forma. Una rara avis en el terror y por ello alguien que aunque no completamente cautivante si con una imaginación que vale la pena “tolerar” y no hay que desdeñar. Genera un miedo a lo difícil de reconocer pero partiendo desde los lugares ubicables, como en una tergiversación del lugar común. Entre lo humano, el trauma, la ansiedad o la venganza, y lo diabólico a descubrir. Resulta una trama engañosa en buena parte pero de ahí sus múltiples lecturas.

Maniac


Remake del clásico de cine B que dirigió William Lustig en 1980, y que mejora su estética pero explota todo lo sugerente e ingenioso de la obra origen, lo amplifica y le saca sustancia en su argumentación. Pero dándose libertad como hacer uso de la representación de la cámara subjetiva en el asesino serial, en un slasher enfermizo como su personaje, que un Elijah Wood logra concretar con éxito con su fluida y elaborada expresividad (a contracorriente de su imagen y que habla de alguien talentoso), generando un estado asocial de ansiedad y desequilibrio, aunque Joe Spinell era físicamente más perturbador en su normalidad y su cariz de tipo feo y ordinario, imperfecto en todo aspecto. Wood es más actor pero Lustig le imprimía a su historia que refractaba en su personaje un realismo sucio más inquietante. Sin embargo, el nuevo Maniac logra proveerse de cierta creatividad, mayor fondo que trasluce, tiene una calidad que le saca provecho a las deficiencias de su antecesora, y logra ser cautivante, con notoria mayor pulcritud y un guion más refinado, pero el original sigue siendo lo que es, emana cinefilia y sugiere una gama de atributos en su relato debajo de su predominante cariz de entretenimiento, que no teme fluir despreocupado; lo que hace de ambos dos propuestas valiosas, dándole el merecimiento al que corresponde de haber sido la primera obra y merecer un remake, que está a la altura por saber sacar provecho a los recursos y atreverse a aportar algunas audacias, aunque el final de la primera es otro ejemplo de la siempre admirada atípica y desestabilizadora magia de la espontaneidad y la virtud natural por sobre lo económico y el anhelo de lo rebuscado o lo más profesional.

The battery


Obra independiente sobre zombies, de aspecto grunge, de un vagabundeo artístico de cierta creatividad, y que es el viaje de dos amigos por un mundo apocalíptico con muertos vivientes algo torpes, más lentos que de última costumbre y débiles pero peligrosos a fin de cuentas si te muerden, aunque mucho menos intimidantes de lo usual, tanto que uno de estos dos rebeldes ex profesionales del béisbol que son los protagonistas se masturba mirando a una zombie de grandes tetas cuando esta no puede romper el vidrio y comerse su cerebro pero sigue chocando contra la puerta de su auto estando él dentro viéndose mutuamente en sus propios mundos y curiosos anhelos. La historia es la de una constante inmadurez del rodar sin perspectiva, para Ben (Jeremy Gardner, productor, director, actor  y guionista del filme) y Mickey (Adam Cronheim); el primero quiere un lugar normal, y algo de calor femenino, es más sensible, el otro solo intenta entretenerse como puede despreocupado si el planeta ya no es el mismo, sino él no quiere cambiar, vive sin reglas, es grosero y vulgar, y mata sin miramientos. El conjunto es un cúmulo de intrascendencias, que parecen las vivencias de dos jóvenes modernos cargados del nihilismo y la libertad del vive hoy, y no pienses en nada. Es una obra que tiene mucho desparpajo y personalidad, como un Ben bailando con una pistola y una botella de whisky, unas bromas típicas de universitarios salvajes como meter a un muerto viviente al cuarto de su compañero y esperar que este se haga hombre matándolo con un bate de béisbol. Y cierto absurdo como el del desenlace en el vehículo. Los zombies son casi un pretexto de ambientación original en un  cariz de autor que se entretiene con un aire adolescente, alternativo, rebelde, muy cinéfilo y que ostenta mucho entretenimiento; no pesa ni fastidia tanta idiotez porque tiene de ello y sale indemne con su cierta audacia general, gracias a su naturalidad en un  contexto de pseudo terror, con algún drama existencial de aire naif sin demasiado interés en querer ser más que  algo básico sin reales pretensiones salvo las funcionales  a sus dos realidades, la del vacío y el de la supervivencia vista con relajo, dentro de un efectivo pero ligero toque de extravagancia en medio de una línea de coherencia detrás de su sentido de actualidad juvenil, representativa. En una puesta bastante sencilla pero ingeniosa, sin duda; de como tener ideas con algo tan conocido y para muchos gastado.

Insidious Capítulo 2


Hay que comenzar diciendo que James Wan se ha convertido en uno de los grandes nombres del cine de terror, parece que ya ha hecho historia en el género o muchos lo creen así, si bien ha dado el salto a la acción en su próxima película para oxigenarse, recuerden que empezamos a conocer el estilo de Wan y eso se gasta, siendo una de sus mejores películas Insidious (2010), por lo que hacer la secuela ha sido en orden al mérito de su antecesora, y él evitando el error ha preferido seguir con los parámetros de la primera, tanto que parecen variantes de una misma propuesta, es decir guardan muchas semejanzas en lo formal, aparte de lógicamente en su historia; y es más, la segunda complementa a la anterior, ahonda donde se quedó y le atribuye más argumento, que hay que decir que suelen estar muy bien explicados y son claros, moviéndose con mucho control, y se puede ver que tiene ideas concretas en el cine que hace, suele recurrir a una gama de ellas que mutan pero siguen siendo identificables debajo de todo. En pocas palabras lo tiene muy claro, sabe a qué recurrir y ahí aporta su mundo al horror, aun recurriendo a ciertos referentes generales que no suelen faltarle a nadie ya habiéndose recorrido mucho en el séptimo arte al que se acomoda mejor, donde genera atmósferas de tensión en el espacio que solemos sentirnos seguros, y lo hace con tan solo pequeños detalles; en el lugar que uno más ve por él, la familia, es decir se mueve a través de nuestra emotividad más preciada. No recurre a la sangre ni a demasiada violencia, lo suyo es sugerir, inquietar con imaginación de algo inminente, permitir sentir ansiedad y no caer en lo explicito sino generar un constante estado de peligro (el secuestro, el homicidio involuntario o la locura asechan), de posible situación de gravedad que deja ver algo que no sucede sino deja una elipsis de posibilidad, hasta llevarlo al desenlace en que ya se explaya, se ve abundante y reúne sus cartas en algún clímax definitorio de lucha y se basa en los conceptos argumentales que ha manejado en su tramas, como en el presente en la forma de fantasmas sufridos o diabólicos que tratan de adueñarse de un cuerpo humano que puede proyectarse fuera de este y permite el anhelo ajeno de los muertos que vagan en el mundo. Juega además con varios lugares o líneas contextuales como en el ingenio del más allá que podemos presenciar con apenas una lámpara y un lugar en tinieblas, y es que el temor se mueve hasta en planos distintos y hacia personas o lugares, muta aunque parte de la casa embrujada. Nada demasiado especial como se puede notar pero se debe mucho su logro a saber explotar el lugar común, ser contundente pero fácil en su argumento y permitir que la forma sea refinada, salvo en algún ridículo que suele asomar como ver al demonio con pezuñas y cuernos, o a una tipa mal maquillada de la que nos hace dudar de su capacidad homicida o a un niño travestido traumado en busca de una nueva infancia, pero son “licencias” que permiten una narrativa novedosa para mientras tanto poder jugar al detalle y a la inquietud que es su fuerte hasta que llega el choque que tiene parte de formalismo y reiteración aunque ya ha hecho méritos más que suficientes que mantienen un buen fondo (aun siendo poco ingenioso lo de la dama de negro que es como un pretexto simple para crear un monstruo), especialmente en los momentos de tensión donde es más que artificio de terror (intervienen ahora los padres en un mismo cuerpo despierto, siendo muy fiel a la misma trama pero ensanchada y más activa), que cumple siendo algo muy entretenido que es de lo que se trata todo este conjunto tan bien articulado y puntual que parece albergar una tercera película en el futuro con ese final abierto, nuevamente.

Haunter



Del creador de Cube (1997), película sobrevalorada pero entretenida que muchos hallan el máximo hito del canadiense Vincenzo Natali. En esta última estamos ante una cinta que desborda imaginación y creatividad, dando giros constantes de audacia aunque al final termine siendo más una cinta de aventuras que de terror, y quiera concretar sus tantas líneas de argumentos de forma benévola sin esa oscuridad que intrínsecamente tiene, pero que se unifica en varios niveles de lectura muy inteligentemente relacionados, tanto que otro director quizá se hubiera enredado con ellos. Se trata de una premisa cautivante, una familia yace repitiendo el último día de su vida una y otra vez sin percatarse, están muertos, pero la hija que ha quedado a un día de cumplir los 16 años yace despierta, consciente, al tanto de esa reiteración de cierto limbo que yace en manos de un demonio quien en vida fue un asesino en serie de niñas y se mete en los cuerpos de gente viva para que cometan asesinatos. La trama parece complicada pero Natali sale airoso, demasiado diríamos, y eso lo hace algo a un punto comercial, pero vaya que maneja un guion sumamente poderoso, y no queda solo ahí porque se dan constantemente novedades en un contexto que para quien escribe le parece demasiado atractivo, y eso suma a su natural capacidad de entretenimiento, porque es una historia no solo lucida sino que tiene ritmo. Si uno no conoce a Natali ya es hora de seguirlo y tenerlo muy presente, se ve que es un cineasta que apuesta por buenas historias, ingeniosas, y es indudable que quiere ser más popular, y se lo merece, tiene  méritos para ello. En el filme hay actores que llevan muy bien la trama por donde se anhela, fácil de discurrir, y compenetrarse o sentir rivalidad no es complicado, con ese demonio en la piel de la interpretación de Stephen McHattie, y nuestra heroína en la actriz Abigail Breslin. No es una película de terror propiamente dicha, aunque tiene algunos ratos de artificios de ese género, y su trama se presta para atribuirle relación; sin embargo puede ser muy light como horror y de ahí el disgusto del respetable público, pero como película en términos generales es muy interesante, aunque quede como en el limbo entre a quien dirigirse, porque nada entre cierta diafanidad e inocencia, y cierta aura de perturbación intelectual.

Carrie


Qué difícil es tratar de hacer un remake de una película tan querida y admirada, una que tanto entusiasmo le ha provocado al espectador y amante del terror, tanto que parece un suicidio intentarlo, ¿se podrá lograr realmente superar o repetir con la misma historia el alcance de una obra emblemática del género? Porque lo que hizo Brian de Palma es grande, aun pareciendo algo cutre e imperfecta, una cinta con cierta estética atrevida que denota unas formas poco ostentosas. Un problema con la nueva obra de Kimberly Peirce es que sus actores todos están lejos de tener la idoneidad de antaño, porque los suyos son anodinos como la pareja de promoción al lado de la simpatía y ambigüedad en intenciones de William Katt o especialmente la sobreprotectora entrenadora que roza lo risible si comparamos a la actriz Judy Greer con la anterior, la actual es una elección muy pobre de un secundario que logra colarse en la mente del público y es decisivo para cierta reflexión y desencanto. Y aunque Piper Laurie luce histérica, antipática y exagerada, lo que hace Julianne Moore le falta un poco de la pasada espontaneidad de ella aun siendo la mejor del grupo reciente, en parte rescatable en su fineza interpretativa; mientras lo de Chloë Grace Moretz está muy lejano de la performance de Sissy Spacek, la que tenía realmente de rara en su figura exótica además, en que uno podía creerle que su enojo la vuelva de alguien tímida y dulce en alguien desbordada de venganza. Grace Moretz en cambio se encoge hasta jorobarse y achicopalarse adrede teniendo en si una imagen de cierta belleza natural y se huele a metros el efecto, la técnica si se quiere, y luego a lo suyo le falta sangre para no caer en la casi caricatura de la desproporción que le exigen, no llegando a tener la conmoción visual pegada al argumento de quien la precede, y salta abruptamente a otro estado como de un conejo a un oso. Spacek por su lado es distinta porque mantiene matices en el trayecto, tiene un aura de complejidad, de emotividad, de fragilidad que sirve para generar mayor credibilidad en su inestabilidad y calidad de impredecible anticipada con la sentencia de la burla que le augura la madre. Si uno no la hubiera visto quizá estaría contento con Moretz pero viendo la sutilidad de la personalidad indefinida de una verdadera outsider como Spacek es imposible creerle a la nueva Carrie. Y ese es otro problema, Kimberly Peirce hace gala de mucha exageración, demasiado efecto especial y superpoder, Carrie ya no parece humana, y creo que es notoria la limpieza y estética del remake que funciona en su contemporaneidad, pero pierde toda esencia del relato, se vuelve un espectáculo, y malgasta cada momento de inquietud por un dramatismo desbordado en lo artificial e insípido, que desdibuja la complejidad argumental por algo comercial, demasiado pulido hasta perder carácter y genialidad, se convierte en muy fácil, porque lo de De Palma es historia ante todo más que forma,  y despreocupación (incluso una mano “absurda” genera un grito de locura en complicidad con nosotros), espontaneidad, carisma, y real incomodidad con el fanatismo religioso que roza el ridículo, vapuleando y humillando, minimizando a Carrie hasta afectar y amargar al espectador, y luego la rodea de misericordia y amabilidad, de candor y resolución, de un respiro en que ella misma clama por normalidad en su voz susurrante que busca el propio temple de la mano de la comprensión de una contundente loca, y luego se da el golpe decisivo en su calma ante la desconfianza, se sabe manejar los diferentes estados de atención, mientras la última Carrie pasea por la frialdad del ecran, le falta alma por más bello formato que tenga, y siendo superior su estética no tiene ni la sombra de la ardua bipolaridad y empatía de su trama pasada, lo pierde todo por no ensuciarse en la cancha, y parece paradójico pero la imperfección es riesgo y vida, intensidad, y eso no posee la de Kimberly Peirce que parece ser otra historia aun siguiendo mucho fielmente a la de De Palma que seguramente sentirá un aire de reconocimiento cuando yace un poco aplastado por el presente de su obra. Ni hablar, la nueva Carrie se amolda a lo contemporáneo idóneamente pero pierde por goleada en su exceso técnico, y en el cariz de su reparto que no llegan a contener ninguna esencia argumental como otrora, no al mismo nivel interpretativo ni se permite audacias en lo que más vale, su historia, sino pierde credibilidad en la simplificación de lo complejamente sugerente.

The pact 


Película pequeñita y ópera prima de Nicholas McCarthy a la que hay que prestar atención en su argumento mínimo pero algo complejo en donde se da un relato paranormal que implican algunos homicidios sin resolver en medio de un misterio en una casa embrujada. No es bueno revelar demasiado de la trama porque son apenas algunas pocas premisas las que encierra, pero muy bien articuladas y que se irán develando de forma clara y precisa. Todo el poder escénico se ampara en la actriz Caity Lotz, una bella rubia californiana de baja estatura que yace en su debut cinematográfico, el 2012. Tiene algunos momentos medio bobos con una pálida y ojerosa vidente en pantuflas, pero se ajustan perfectamente a la historia, digamos que hay una cierta interacción extraña con ella y su protector que aporta a cierto tono del filme. No posee muchos grandes momentos salvo en el lado de las revelaciones mientras maneja varias temáticas. Se nota que le antecedía un corto el año anterior ya que utiliza poco recurso, tanto que apenas asoma algo romántico y de lleno entra en cierto desconcierto. Y es que si parpadeas te lo pierdes, pero con poco trabaja bien, y vale la gracia de verle, pero sin esperar gran cosa.

Modus anomali


Una película que irremediablemente o te gusta o la detestas, es muy extrema en su audacia y eso cobra una factura de pasión y empatía en quien la vea. Hay que recalcar que solo aguanta un visionado tras semejante sorpresa que guarda en su segunda mitad de metraje, en una precisión abrumadora pero coherente desde la imaginación perfeccionista. Se trata en líneas generales e iniciales de que un hombre despierta enterrado en un bosque cuando está pasando por unas vacaciones familiares, mientras hay un asesino suelto que le persigue a él y su familia. Mientras trata de recuperar la memoria tiene que tomar la rienda de la situación y tratar de sobrevivir. De ahí el resto es espectacular en un giro impredecible y original, y es mejor no saber nada al respecto sino se malogra la sorpresa y el acto de genialidad de sus postulados explicativos, que desconcierta sin medias tintas, y de ahí que muchos sientan que el director indonesio Joko Anwar o te enamora o pienses que lo suyo es estúpido. Tiene de terror de supervivencia con algo de gore en ello, y se luce muy argumental en una premisa descabellada que bien vale un visionado curioso.

The conjuring


La obra maestra de James Wan, y sin embargo ahí está Insidious detrás; donde la argumentación queda bastante redonda, explicada desde sus investigadores paranormales que toman la posta ya no en forma cómica sino enseñando los pasos del mal que se cierne ahora sí en una casa embrujada, donde el mal crece y se fortalece, como en las anteriores pero ellas en su formato estructural más que en su trama, hasta llegar al culmen en el exorcismo y el peligro a flor de la realidad ya no en la sugerencia tras la constante amenaza predecesora y hasta pueril, para llegar a un estado de desborde en que ya todo se conoce, se usó y hay que cerrar el círculo, mientras el mal viene más diversificado que en sus otras películas, no es un ente sino varios, como con los objetos, el mal tiene distintas presencias y elementos de ello. Viendo que los detalles se mueven por varios referentes  (títeres, una caja de música o pájaros que mueren al estrellarse con la casa) pero todo llega a un punto, el ente de esa soga del árbol. Vale en Wan la inquietud y la razón de sentirla en lo especifico, el resto es luego unir cabos y denotar que la imaginación siempre deriva, pero es notorio saber que el ingenio yace en esos pequeños momentos, de donde luego sentimos que no nos han timado con nuestros miedos y hay una historia conjunta, en que Wan en segundo plano sabe que el juego sigue en el misterio detrás del temor aunque el argumento es conocido (las marcas de golpes en la madre o el acecho de lo desconocido en el cuarto de las hijas), un genio que nos cautiva igualmente. La forma es la que permite la atención, aunque a veces no nos demos cuenta y esperemos el gran desenlace, que viene tipo fiesta para pagar la entrada, sin saber que lo que más nos agrada son los pequeños sustos, que en realidad pueden ser inconexos. Y es ahí que ya no es de una gran idea de lo que hablamos aun siendo solida la trama, sino del encanto de lo mínimo, de la tensión de la sorpresa situacional (como en el aplauso de un ente no identificado o la sabana que permite ver que el miedo está en donde menos le creemos, incluso en lo infantil, o peor aún el horror puede vestirse además de un audacia refinada de explicites con los fantasmas a vista de la sazón de la oscuridad de un sótano). No obstante, no hay que obviar que tiene mucha lógica en donde genera miedo, y de ahí que falle o no el efecto –que no lo hace porque funcionan- sigue manteniendo su solidez argumental independiente que luego se relaciona en la libertad de una casa endemoniada plagada de misterios; ya no solo es la música que se eleva de golpe o el recurso del sobresalto de lo que aparece de pronto en nuestra atención, sino que la sencilla explicación y la claridad permiten el aplauso futuro, para un artesano como este afamado director de tan solo 36 años de edad.

You are next


Película de Adam Wingard que es un slasher muy primario y clásico sin demasiadas pretensiones salvo algunas estéticas en sus asesinatos,  y que resulta sumamente efectivo, donde lo mejor es su intensidad recreativa que cautiva y entretiene mucho (los argumentos arduos sobran aquí, no hay, y no son necesarios en ella, lo suyo es ir al punto sin regodeos bajo la intrepidez e inmisericordia homicida “irracional” de unos psicópatas), lo que será miel para los aficionados a las cacerías humanas en el ecran, junto a unos tipos disfrazados con máscaras de animales mientras escriben lo que implica el título, torturando a su víctimas con la frase tú eres el siguiente (en una propuesta no exenta de humor negro), pero en donde el filme tomará un derrotero inesperado cuando una presa decida contratacar con una inteligencia y contundencia que trastoca las expectativas, en donde los papeles pueden llegar a invertirse en varios planos tras una segunda parte de revelación donde el misterio inicial que invoca el terror de los serial killers se humaniza. Una puesta de buen cine de horror puro y duro donde no se salva títere con cabeza y brilla la explicites de sus muertes sanguinarias. Sorprende ver al cineasta Ty West como uno de los invitados en lo que todo comienza con la cena de aniversario  de bodas de un matrimonio longevo de clase alta que conmemora su celebración familiar en una casa de campo junto con sus 4 hijos y sus respectivas parejas.

Kiss of the damned


¿Quién no conoce a John Cassavetes?, bueno, su hija,  Xan Cassavetes, sigue sus pasos en el séptimo arte con su debut en la dirección cinematográfica pero con una película de terror, se trata de una historia de vampiros, muy en el estilo europeo con una engañosa cubierta de autor que no pretende generar muchas ideas ni ser demasiado original, pero que luce muy elegante en todo sentido, en donde se representa a la clase alta; y que cuenta con dos protagonistas francesas de gran atractivo físico y sensualidad, explotada en la historia y en escenas sexuales y en sus instintos asesinos, junto al actor americano Milo Ventimiglia que enamora apasionado -y convincente por una vez en su vida- con una de ellas, con Djuna (Joséphine de La Baume) con quien vive el drama de su extraño idilio mientras buscan adaptarse a una vida de anhelo de sangre y tratar aun así de evitar la tentación homicida, que se complica cuando la salvaje y cruel hermana menor de ella, Mimi (Roxane Mesquida), entra en su mundo con toda su contemporaneidad y rebeldía, y trata de corromperlos y a toda criatura que no quiera matar seres humanos.  Un filme lento, de bello aspecto técnico y que más invoca lo romántico que un verdadero horror pero que tiene lo suyo al respecto, aunque tenga cierto sabor en su fondo a telefilme, compensado y encubierto con su estética, su delicadeza escénica pero que argumentalmente es austero y que no implica tanta emotividad como quiere adjudicarse o es el caso de que se queda por encima sin generar algo realmente productivo e intelectual, o su sensibilidad es de cartón, muy intrascendente a fin de cuentas, o es que uno no agarra su empatía de telenovela, aunque puede ser simpático para aquellos que busquen atributos como el amor en medio de la dificultad de ser una criatura por naturaleza diabólica en un empaque demasiado atractivo de seducción pero que reniega de una condición que no puede evitar seguir. Tiene cierto toque existencialista que no profundiza demasiado y se queda mayormente en la superficie, en ese vacío que luchan por vencer y que se pega a sus formas en medio de la opulencia y la extravagancia innata.