sábado, 11 de febrero de 2012

Moneyball

El significado de Moneyball sería -siendo literal- algo como el dinero en la pelota y se basa en el libro del novelista americano Michael Lewis que lleva el mismo rótulo agregando el subtítulo de el arte de ganar un juego injusto, y de eso va la trama, de lograr superar limitaciones económicas y por ende resultados desfavorables ante la desproporción de elementos que enriquezcan material y profesionalmente a los equipos; saliendo del escollo mediante estadísticas o el uso de la inteligencia, como reza una traducción al español: rompiendo las reglas, ya que en el beisbol o en cualquier otro deporte hay quienes creen que se trata de vísceras o de una espontaneidad que suma a la técnica y está perfecto, quien podría dudarlo, sin embargo qué de tratar de analizar el campo con nuestras propias virtudes y dar soluciones mediante una detallada estrategia que haga que un jugador mayor e importante sea reemplazado por tres menores aunque con alguna cualidad que implique reunir la ventaja que ejerce un único e inalcanzable -por ser costoso y excepcional- deportista, también está bien ¿no es cierto?, tenemos un bonito fundamento, la unión hace la fuerza y todos podemos tener una oportunidad; y si vemos que un grupo técnico lleva a la cabeza a un idealista capaz de ir hacia adelante enfrentándose a todos con su liderazgo y convicción mediante un nuevo método innovador que logra proponer batir un record de hace casi 60 años ¿qué tenemos ante nuestros ojos?, una magnífica película que no solo enseña múltiples destrezas intelectuales puestas en práctica desde el personaje “pequeño” sino que además ayuda a que el resto pueda ser mucho más adaptado al medio, convirtiéndose en ese gigante que invierte 1,4 millones de dólares pero con solo 261 mil dólares. Visto sin atención no parece gran cosa, claro, no obstante si alguien asume que se enfrenta con Goliat siendo David estoy seguro que sentirá que lo que ha hecho es una hazaña y eso es, el logro de 20 triunfos seguidos de un equipo de beisbol cerca a la invisibilidad llamado the Athletics de Oakland en una obra que reivindica el sueño que todos merecemos, y desde la realidad, porque esto ha sucedido.

Billy Beane (Brad Pitt) es el general manager que perpetró esa pequeña locura que no es para nada irrelevante sino un buen incentivo que invita a seguir intentándolo, siendo realmente bastante para quien haya vivido un triunfo difícil que revierta esa falta de ilusión que nos dice que no podemos ganar, entendiendo que esa audacia que se nos puede hacer indiferente por culpa del tramposo escepticismo, al carecer de fastuosidad, hace -para quien lo note- que el mundo se convierta en un lugar más bello, ya que logros como éste donde no se nos dan con regularidad ni facilidad sino lo ganamos a costa de sacarle la vuelta a esas estadísticas que a primera vista nos parecen enemigas, son enormes para los que se imponen retos.

La ejecusión de una teoría experimental traerá como consecuencia la gloria en una nueva marca en la liga americana de uno de los deportes más apasionantes y conocidos del mundo, el beisbol, que quien escribe ésta crítica confiesa haberlo practicado rudimentariamente de niño. Beane un estratega caza jugadores, que plantea el mapa de ruta anterior a la decisión del entrenador, poniendo los elementos humanos dentro de la cancha y que tiene de mano derecha a un joven economista de Yale dedicado a la asesoría deportiva en cuanto a registros de atletas, Peter Brand (Jonah Hill), sacará a flote la habilidad matemática de éste muchacho, en su segunda chance para brillar tras una mediocre y frustrada carrera como beisbolista; Beane busca la dignidad de aquellos rebeldes que al final del día logran el éxito, bajo la luz de la excepción que alimenta el alma de la humanidad.

Beane vive en el juego, y el juego son tipos como él, pasión y afecto por la pelota, arte por hombres que se asocian a toda prueba, como reza el título. Una película que no solo lleva un fondo universal, la batalla por las metas a costa de las desventajas contextuales, la identificación con los valores y la camiseta, sino que éste hombre tiene prioridades que se basan en sentimientos más que cualquier otra –por lo general naturalmente aceptada- gollería como desliza el filme, al rechazar 12, 500,000 dólares en la oferta de gerente general en un equipo famoso, los Red Sox de Boston, para mantenerse cerca de su hija que no comparte casa con él al estar divorciado, y porque quiere seguir con los Athletics que creyeron en él aún haciendo cambios osados de cara a lo convencional y proponiendo riesgos.

Cuenta con un guionista de primera en Aaron Sorkin que ganó el Oscar a guión adaptado por el filme La Red social y que el 26 de febrero postula a su segundo trofeo en la misma categoría para los Oscars. Los diálogos y las frases sobresalen abiertamente, con la característica de la precisión, mostrándose altamente notables sin ser oscuros o imposibles, con eso que genera confabulación en el público sensible pero despierto. Junto a un director con oficio, talentoso, en Bennett Miller que con su segundo largometraje llevó a Philip Seymour Hoffman a ganar la estatuilla dorada por el rol principal en la película Capote en que Hoffman demuestra un despliegue interpretativo memorable mimetizándose como solo los camaleones del séptimo arte logran hacerlo ante la batuta que un buen cineasta indica; cada uno desde su posición profesional. Relacionando el magma de la mítica novela “A sangre fría” con el acercamiento entre el excéntrico escritor creador de la novela periodística, Truman Capote y el asesino Perry Smith. Hoffman también actúa en Moneyball como el seco, simple y rudo entrenador del equipo de los A´s de Oakland.

El filme tiene circunstancias débiles en que no trasmite emotividad, no convencen algunas escenas o se respira esa sensación, que caen en que están ahí para dar forma aun siendo en parte indispensables como el reclutamiento de Brand o el intercambio de perfiles en el teléfono, teniendo el aire de verse repetitivas dentro del recorrido que lleva el séptimo arte, como suele pasar en el cine de Hollywood en que se perciben ciertos sitios comunes que parecen propios de una clase de drama en que se enseña el mismo gesto una y otra vez a los alumnos aplicados. La cotidianidad también tiene poco recurso, llevando a favor que no se sale de un ambiente próximo que no básico empero que aunque lleva buena estética no tiene nada de originalidad.

El ritmo se maneja con una decencia que en general evita ser simplista escapándose de acarrear superficialidad, logrando desatar en oposición a algunos fallos antes mencionados el vértigo en otros lugares claves -sobre todo en el partido decisivo de la historia- que residen en la combinación rápida de tomas de detalles, en los zoom, en las panorámicas, en las expresiones, en el cambio del marcador, en el grito del público eufórico y en una tensión dinámica que nos ponga en ese escenario, que hay que hacerlo sino no vibramos pudiendo convertirse en algo soso sin apreciar que la sangre circula por nuestro cuerpo y eso no ha de faltar.

Tenemos a un Brad Pitt en un momento especial y trascendente -ya que a su personaje no solo le importa su carrera sino cimentar una evolución- sacando su vena meditabunda que expresa mucho con una postura facial; un plano de su rostro muestra más sentido que cuanta palabra se pueda pronunciar. Es en su caracterización protagonista de triunfos y derrotas, en sus movimientos, en la amargura o la calma, en el entusiasmo tras bambalinas, que conquista; parece un hombre común y natural en el que puedes confiar tu futuro aunque suene atrevido; la suya es una actuación de emociones a ratos sutiles y a otras explosivas, maneja ese cambio sin perder coherencia, tiene una figura que se involucra con el resto y la aceptamos en toda la complejidad del que fluye próximo en el ecran. Una nominación justa que pasará desapercibida para algunos espectadores rígidos, pero que debiera haberse ganado el respeto de quien sepa no cegarse con la traba de solo observar una cara agraciada, al tipo de Leyendas de pasión o para muchos el irrevocable cowboy sensual de Thelma y Louise, luciendo ésta vez más maduro y mejor artista.

Muchos se han sorprendido –justamente- con la nominación del jovencito voluminoso Jonah Hill que viene de hacer comedias para adolescentes de olvido inmediato, y que le han dado implacablemente negándole el lugar obtenido. Quien frente a nombres consolidados como Branagh, Von Sydow o Plummer le generaría a cualquiera un ataque cardiaco si saliera vencedor, no obstante hay algo de sabiduría en elegirlo, ya que es saludable proponer iconos nuevos con los que la gente puede sentirse reflejado; creo que no ganará el premio ni el Oscar lo pretende –aunque con Sandra Bullock o Marisa Tomei se haya hecho tremenda tontería, que no físicamente que son muy guapas y provocativas pero de que sus estatuillas lucen inauditas, estamos seguros- sino que emitirá voluntad de aspirar a llegar más alto, motiva, y puede que mañana, él u otro actor visto pequeño se convierta en una estrella que en un inicio fue muy infravalorada; no olvidemos que actores interesantes como Jeff Bridges o Colin Firth han sido subestimados (más si pensamos que todos apuntaban a Hugh Grant como el más vendedor actor inglés) y actualmente nadie osa refutar sus habilidades. Es un estímulo más que una imposición arbitraria. Hill hace una performance mediana, sin nada sobresaliente, incluso no demuestra mucha emoción gestual ni le han concedido parlamentos atrapantes para envolvernos o admirarle, lo que ha hecho es únicamente ser cumplidor, sin embargo en su nominación veo hoy una oportunidad, mañana el mérito.

Si apreciamos que una canción puede motivarnos a rechazar una apetitosa y cuantiosa suma de dinero por amar incondicionalmente algo más sustancial como a un ser querido o a un grupo humano que representa nuestra identidad mental y emocional, o que un tipo gordo puede alcanzar cuarta base cuando por su complexión física se espera que solo llegue hasta la primera teniendo “las reglas” que le hacen creer que no puede rendir más, ya tenemos material por el que luchar en nuestras vidas, gracias al arte; el eliminar limites en cuanto a esperanzas puestas a rodar.

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