miércoles, 8 de febrero de 2012

Los descendientes

¿Se puede sufrir siendo guapo, rico, teniendo salud, inteligencia, estar realizado profesionalmente, vivir en un paisaje hermoso de la naturaleza como Hawaii mientras estamos a punto de recibir una fortuna que no nos hace mucha falta en realidad? Si demoramos en responder a la pregunta no nos tiraremos hacia atrás frente a ésta propuesta, ya que -estoicamente, como ha de ser si queremos algo en la vida- el director americano Alexander Payne nos dice que sí, si es que agregamos que nuestra esposa y compañera sentimental desde la universidad -esa dama con la que hemos formado un núcleo familiar y a la que a pesar de la proclividad a ser indiferentes y algo tacaños con ella consideramos el amor de nuestra vida- nos ha sido infiel con un tipo con el que pretendía renunciar a nosotros, a poco rato de que nos acabamos de enterar que está en estado de coma sin oportunidad de despertar, tras pasar todo el tiempo haciendo deporte de aventura producto de la soledad y la distancia afectiva que sobrellevaba en su día a día; que nuestra hermosa hija de 17 años (una prometedora Shailene Woodley) a pesar de su educación en un costoso internado privado es prácticamente una forajida rebelde, sexualmente activa, engreída y que yace enfadada –como no puede faltar- con nosotros; que la menor de nuestra prole practica el bullying, ha humillado a una tímida y sensible compañera de clase, influenciada por una amiga que ve películas pornográficas teniendo 10 años de edad como ella y a la que lleva a comprobar que en verdad tiene a la madre vegetativa; y que posiblemente tengamos que hacer millonario y poderoso al amante de nuestra cónyuge. Es entonces que podremos comprender que no es tan descabellado pensarlo. Sin embargo aun sería poco fiable acceder a creernos que George Clooney interpretando a un perdedor sui generis es ese tipo con el que tenemos que lidiar emotivamente.

No nos va a ser suficiente que Clooney corra como alguien a punto de sucumbir a una diarrea salvaje producto de la vejación de ir a buscar a sus mejores amigos para que le confirmen que su situación matrimonial no solo está literalmente comatosa sino que su mujer se acuesta con otro hombre desde hace largo tiempo sin que siquiera lo haya intuido. Pero si vemos que es una comedia, de derivación dramática, pero al fin y al cabo una oportunidad para ver y profundizar entre “risas”, ironizar un poquito sanamente y reflexionar con la desgracia ajena, sin que nos pongamos a llorar u odiar al mundo, el panorama cambia.

Los descendientes (2011) es una película que quiere ser ligera con unos toques sutiles de ahogo existencial muy medidos para no fabricar una burda falsedad sino una cavilación simpática que incluye asumir que la humanidad entera está eternamente próxima a padecer de alguna forma, queriendo demostrar que la felicidad es el sueño general reacio a abrazarnos con facilidad a los más de cinco mil millones de seres humanos que pueblan la tierra, visto desde la cara oculta de la sociedad más desarrollada, los descendientes acomodados de apellido King (graciosamente titulados con lo que en español sería los reyes; la historia de los reyes, diríamos) que han heredado un extenso y hermoso territorio de hace muchas generaciones atrás y que tienen la obligación legal de devolverlo al estado en tan solo 7 años más y que los coloca en la posición de venderlo para beneficio de una parentela abigarrada de primos que buscan sacarle provecho antes de que sea demasiado tarde.

El filme lleva una idea desarrollada y entendida por el tono conceptual, de no exagerar en llegar a la resolución de que hay igualdad en el dolor de un hombre prácticamente bendecido en todo aunque como cualquiera sojuzgado a sus propias faltas, ni queriendo convencernos que ya ni siquiera el sufrimiento es hegemonía de los proletarios, ni yendo demasiado lejos del razonable estereotipo occidental para el sentir de la pobreza aunque cayendo en la nueva versión contemporánea de los cazadores del happy life que ya no solo les basta con tener en la bolsa el american dream, pero que sí salta a incorporar a la clase alta en el asunto de que no solo el abismo les pertenece a los fracasados física, emocional, laboral y circunstancialmente, como reflejaba la que para muchos es la mejor obra cinematográfica de Payne que logra desligarlo de cierta invisibilidad -que lo aproximaba con sus criaturas artísticas- y lo convierten en un cineasta de culto -para lograr la fama con su última propuesta que obtiene 5 nominaciones al Oscar 2012 en película, director, guión adaptado, edición y actor principal-, en para quienes ven en él a un tipo que sabe de lo que habla, que logra tener empatía porque asemeja a sus historias en cuanto a criterio técnico y visual, en una recreación austera, verídica y abocada a la clase media. Me refiero de su filmografía a Entre copas (2004) donde la nada y la derrota general se posan sobre dos hermanos de juerga en busca de una semana de libertad sentimental capaz de curar la depresión, la frustración y el vacío de sus dos figuras patéticas, confabulándose la cámara en comprender a un mujeriego inmaduro y actor acabado apunto de contraer nupcias, de nombre Jack (Thomas Haden Church), y su compinche, Miles (Paul Giamatti), un profesor de literatura que da clases en un colegio de secundaria y que quiere ser escritor ante la ruina matrimonial que lo tiene indefenso desde hace 2 años a pesar de su cultura en letras, cine y su buen gusto por el vino, fina bebida que es prácticamente otro personaje muy trascendente en la película y que hace de contexto muy bien tratado en la realización que reúne pasión, símbolo y realización afectiva, en el lugar que bien define el título.

Por lo expuesto nos ubicamos en que no se trata de una mirada superficial del tema que puede malinterpretarse como forzada ya que no se da una atmósfera melancólica ni pesada como en un drama, va hacia la dirección de resolverse con aplomo y tranquilidad que la hacen lo que es: una película pequeña que llega a desplazarse unos puntos más arriba sin que quiera salirse absoluta de la esencia de un humilde Payne, aun retratando a los más afortunados. Un lugar que lleva personajes complejos, no habiendo títere sin cabeza, ya que todos sufren de alguna deficiencia en su personalidad o han cometido equivocaciones; y aunque todo parece apuntar a que la madre se lleva todos los platos rotos también se puede rescatar que aunque la muerte permite una cierta compasión que perdona la iniquidad propiciada en vida tampoco te exculpa totalmente del daño ocasionado. Sin embargo aparte de que en ese aspecto haya ironía muy bien llevada se ve que Matt King (George Clooney) a su vez lleva parte de la responsabilidad de la infelicidad de su esposa, como entre sus culpas se percibe que tampoco se negó a que su hija mayor se vaya lejos de su casa creándole a ésta un resentimiento dirigido a su progenitora, pero teniendo otras razones solventes en la deslealtad materna; por lo que se deduce que su solidaridad con su padre es notoria y su reconciliación no improbable, sin que lo libere de su pedazo de falla para agregarse aquello a su declaración de amor final. Como dice una línea, no se trata de clichés, las damas también llevan defectos en una relación amorosa, y es que resulta más natural culpar al varón por lo que hay una pequeña trasgresión de la imagen más cotidiana.

Los contextos irónicos abundan, el novio de la hija adolescente se presta mucho para la carcajada más abierta y transparente, pero también se puede ver alguna reflexión audaz en un ambiente ligero como en el caso de transpolar ejemplos para aprender, el chico juzga intratable al abuelo de su pareja -que se ajusta al modelo de patriarca sobreprotector con su “pequeña”- y él ha sido un impresentable anteriormente con Matt o con el suegro de éste. Nada de grandes elaboraciones con éste personaje secundario que no creo haya que tomársele en serio. Sin embargo sirve porque su mala educación, banalidad e insensibilidad se asoma a deslizar una crítica a esa juventud que ya no respeta absolutamente nada, ni siquiera la demencia senil o la minusvalía mental. Cuando se le quiere dar matices cae en la incongruencia ya que es complicado creer que alguien tan torpe verbalmente que es la forma que la pantalla nos los acerca pueda aconsejar a un adulto centrado y pensante, como cuando Matt pide su perspectiva sobre su caótica realidad, y es que no resulta razonable preguntarle a un mocoso con éstas características que haría en cuanto al trato de una menor irreverente o frente a un engaño matrimonial, aunque Payne nos diga que es vicepresidente del club de ajedrez y haya perdido a su padre hace unos meses. Suena hueco creerlo maduro ante tantas demostraciones anteriores de lo contrario pero hay un "pude ser” que se queda dubitativo para no ser categórico, ya que quien pude delimitar a un ser humano por completo.

En aquello de preguntar ¿qué piensa un muchacho? hay un deseo democrático bastante moderno que hace del trato entre padres e hijos un camino al diálogo que fomenta creer en ellos, por ende hay optimismo descrito en la hija que reacciona más tarde con ecuanimidad, incluso el bruto del novio termina ayudando al orden. Ya sería cuestión de materializarlo sin esa inocencia del filme. No podemos obviar que no se quiere lapidar a nadie, descubrir quién es Brian Speer en parte salva de la quema a la madre. Se extraen conclusiones en torno suyo que remiten a la desesperación en la inseguridad futura. Hay redención para casi todos, no hay malvados, sino personas. Es una manera de juzgar, pero con más factores de por medio. 

Clooney opta por el Oscar a mejor actor principal, la suya es una buena actuación con gestos de sorpresa, cómicos, meditabundos y hasta lacrimógenos, suele ser el retrato del hombre promedio angloamericano aunque ideal. No llega a tener un efecto impactante con su performance pero compagina bien con éste género en que no hay exhibiciones demasiado exigentes. Podría ser un merecido ganador. No obstante, el otro favorito, Jean Dujardin promociona más feeling con su interpretación y lo hace con la misma naturalidad que el americano, el galo proporciona un galán simpático para el público, de lo que Clooney quiere desligarse sin poder apartarlo del todo –como él mismo ha dicho en entrevistas, no representa el típico actor que suele usar Payne-, pero en intentarlo se destaca con mucha decencia, aunque sin alcanzar a Dujardin que es idóneo de pies a cabeza.

Una escena que no pasará desapercibida y duele mucho en el ecran es el discurso de Matt King, aunque habrá quien crea que es artificial. En su descargo deja una interrogante retórica, ¿cómo no sentir aprecio por esa mujer aun en su traición o egoísmo?, ya que está indefensa sin posible oportunidad de pelear por su derecho a generar otra óptica hacia ella, involucrando su propia participación en ese desenlace tras no estar presente como padre o marido, donde queda la infinidad de vínculos que no solo reprochan su acción sino aproximan sentimientos. Además, ¿no es mejor pasar la página para seguir adelante ya que ese ser ya no existe de ninguna forma? El relato implica superar un estado de tragedia en una evolución que incluye pensar en otro ser más que en nosotros y que retribuye en uno mismo, sin desmesura en el fondo o en la forma, con paisajes que parecen de postal, maravillándonos con lo paradisíaco que se vuelve familiar, que es lo que define el arte de Alexander Payne, un Mike Leigh fresco y americano.

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