¿Qué hacer si se acerca el fin del mundo?, eso de cierta forma se responde la ópera prima del
austriaco radicado en Argentina, Lukas Valenta Rinner, aunque no sea de la
manera más humanitaria, cuando un oficinista de lo más común influenciado al
parecer por La carretera de Cormac McCarthy, donde el ser humano se degenera y
se vuelve amenaza mortal para el prójimo en un mundo post-apocalíptico, decide
ir a prepararse para esta especie de guerra, entrenando en una reserva en el
Delta del Tigre, en cómo sobrevivir, camuflarse, usar armas o luchar cuerpo a
cuerpo. En esta escuela de cómo ser un guerrillero, que luce igual a un
campamento de vacaciones, el hombre junto a otros de lo más ordinarios se alista,
para terminada su capacitación viajar a los alrededores –con la mirada de que
el mundo es una selva, y solo importa dominar y subsistir a toda costa- y usar la fuerza al
mismo estilo de una tierra sin reglas, desprovista de moral alguna. Todo parte
de pequeños indicios, la radio anuncia saqueos, hay una atmósfera de tensión
reflejada en la debilidad del protagonista que de buenas a primeras toma la decisión de ir a esta reserva, que tiene de ligera ironía en el asunto, pero
yace más en la “seriedad” del caso, que señala que la gente tiende a
corromperse, convirtiéndose en seres violentos o auto-destructivos, sobre todo
cuando las ansiedades apremian. Es curioso ver que el protagonista es como un
autómata, que ha visto peligrar su monotonía y quiere defenderla, cómo quien lucha por lo más primitivo. Cuando todo pareciera apuntar a que el absurdo o la
locura movilizan a los guerrilleros, empiezan a llover meteoritos en la ciudad. Y es que algunas imágenes poseen harta sugerente potencia visual, como en el arranque del filme donde yace la sensación de que algo oscuro se avecina, que recuerda a Post tenebras lux (2012), hasta esa otra fantástica de
la ciudad a la distancia viviendo el apocalipsis mismo Fight Club (1999).
domingo, 20 de marzo de 2016
miércoles, 9 de marzo de 2016
El viento sabe que vuelvo a casa
Ganadora de la competencia de documentales en el festival de
cine de Cartagena de Indias 2016, dirigida por el chileno José Luis Torres
Leiva. Tiene de guía, entrevistador en fuera de campo, conversador casual in
situ, aventurero tranquilo y protagonista al documentalista chileno Ignacio
Agüero, basado en un viaje al archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. En un
filme que tiene una agenda diversa, por un lado es la ilustración de lo folclórico
y localista, como con la performance de dos talentosas niñas acordeonistas o la
de un “arrojado” niño baterista, la muestra de celebraciones funerarias que duran
9 días tipo circunspecta fiesta patronal con comida y alcohol, o ver locales mezclados
con animales, vacas pasteando, o a algún chancho castigado y torturado. Dentro
de un documental que está al acecho de la novedad, pero con autenticidad,
ofreciendo harta paciencia y buena onda, donde el poblador tiene la oportunidad
de brillar, pero la humildad de su vida y vivencias les gana, habiendo una
anciana que inquiere por un hijo que no se comunica con ella hace 30 años, en un intento de
showman narrando sobre sus 8 vástagos, como quien da sus últimas palabras sobre
las tablas, para que al terminar de hablar deje escapar una risa fresca
agradeciendo que sorprendentemente la hayan escuchado, y es que no se termina
de creer en el ambiente que la sencilla cotidianidad de esta gente pueda ser
cautivante para alguien, en el que es un himno a la humildad absoluta, a cierto
vacío, y a su vez a una gran humanidad. También
es la búsqueda de la leyenda, Agüero carga consigo una historia que preguntar,
la de unos Romeo y Julieta que ante la negativa de su relación desaparecieron,
esto se complementa con la idea de que en la isla de Meulín hay dos sectores
divididos por un puente, uno llamado San Francisco y el otro El tránsito, uno de
ellos una zona donde viven indígenas, mapuches, y en la otra mestizos, que en
una época se tenían rivalidad y no se mezclaban, por lo que los apellidos eran
formas de separación.
En el trayecto Agüero trata de hallar algún relato
fantástico e interesante conversando con los pobladores de Chiloé, pero en la
mayoría de veces las respuestas son tímidas, austeras, esquivas o poco sólidas,
respetándose una clara espontaneidad que no siembra todo su fruto, hay una
carencia de cuentacuentos y de espectacularidad (como ese niño jugando en el desenlace,
no obstante el filme registra todo y proyecta otro tipo de interés, ya no en la
riqueza de un relato original, sino en la afabilidad y la sencillez
existencial, familias amplias, celebraciones caseras, vidas satisfechas
ausentes de grandilocuencia, sentido de comunidad, juego, hasta un casting sin pretensiones),
que te mantiene entretenido, relajado y atento, donde se ha logrado plasmar no
solo mucha naturalidad, de ahí los “defectos” en el alcance de las historias,
sino simpatía, como con unos bailes de unas colegialas y otros cantos curiosos.
Porque este documental en otra faceta es
el pretexto del casting de una película, de lo que a lo Eduardo Coutinho se van
dando entrevistas que intentan plasmar esa magia que conseguía el brasileño en
sus obras.
La mejor historia proviene de una indígena acriollada casada
con un mestizo y venida a vivir a su territorio, los habitantes bromean
hablando de fronteras en su isla. Agüero se detiene en una caminata y fluye una
conversación atravesada por una alambrada, la mujer ya de cierta edad con gran
carisma y soltura brinda hasta el último detalle. Este pareciera que fuera el
leitmotiv del filme, la repetición del Romeo y Julieta de Chiloé, en que hasta
en ello hay un pequeño sentir de sabotaje, y sin embargo el documental es
muchas otras cosas, como que Agüero simplemente echa a andar, manejar o tomar
un taxi, dialogando con quien se le cruza mientras hace de turista curioso, y
la cámara y la experiencia conjunta lo respalda en todo momento, y a la
propuesta, en el que es el espíritu del triunfo a toda prueba.
lunes, 7 de marzo de 2016
Poet on a Business Trip
Grabada en setiembre del 2002 y editada en junio del 2013
hasta julio del 2014, fueron más de 10 años de distancia para llevar la película
a una sala de exhibición, y eso predica una época que ha fugado, y que se ha quedado
congelada en el filme, en este retrato de China, que fueron 40 días de viaje
para concretar esta road movie por la región de Xinjiang en que un joven poeta
llamado Shu pasea por la zona en busca de prostitutas de lo más simples,
mientras vamos leyendo en pantalla bajo su voz en off 16 poemas suyos que
surgieron durante el periplo. El director chino Ju Anqi, invisible, sólo con su
cámara, sigue a Shu que toma el ómnibus, tira dedo en la autopista o se las
ingenia para recorrer Xinjiang con poco dinero en el bolsillo, comportándose
como un mochilero sin mayores razones para justificar su viaje que de fluir e
ir por ahí a la aventura, aunque yace siempre en su mente preguntar por las tantas
prostitutas de la región (los negocios), con las que se va acostando, mientras
muestra la humildad de cierta China, en un estado bastante cool, tanto como harto
universal, con unos poemas poco solemnes, pero admirativos de la vida, dedicados
a una inspiración determinada de su recorrido, pero sobre todo a esas joyas que
brillan: el sexo de las prostitutas. Lo vemos hasta acostarse con
algunas (al comienzo y al final), conversar con ellas alrededor de la
disyuntiva de escoger entre el matrimonio o el dinero, haciendo un recorrido
poco trascendente en realidad, donde son situaciones sin mayores pretensiones
las que se presentan, pero que hacen de Shu un tipo tan igual a muchos, en una
transparencia bárbara, en que lo vemos en toda faceta posible, siendo fresco,
tranquilo, dentro de un filme sencillo, pero muy bien filmado, con la naturalidad
del caso, en un blanco y negro que evoca los tantos años que la propuesta durmió
esperando su momento de revelación. Es el filme que muchos hubieran querido
grabar, concibiendo algo entretenido, curioso, y muy común a la vez, que hace ver a China como un lugar más de viaje, donde nos parecemos tanto, en una época
de paz, con la sazón de las mujeres de la vida y la aventura de ir tras ellas
como quien degusta sabores, apelando a cierto romanticismo, pero no cayendo en ningún
estado de inocencia, existe conciencia, a la vez que un afecto y entusiasmo por
el mundo que nos contiene, por nuestras raíces, desde la simpleza de internarnos en
la provincia, donde largos caminos de tierra, conversaciones casuales al paso y
tonteo bravo, pero agradable, se matizan con letras que van embelleciendo lo
rural y a nuestra humanidad más de a pie.
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crítica,
Ju Anqi,
séptimo arte
Oscuro animal
Debut en el largometraje de ficción del colombiano Felipe
Guerrero que llevó su película a la competencia principal del festival de
Rotterdam 2016. Oscuro animal puede referirse a un ser maltratado, como a un
poder intimidante detrás de nosotros. Son tres mujeres tratando de salir de la
selva e ir rumbo a la ciudad de Bogotá, sufrientes de la prostitución, la
vejación y la posibilidad de ser asesinadas a razón de la guerra interna y su
relación con la guerrilla. Oscuro animal es la potencia feminista y de
supervivencia en Colombia, hacerse fuertes y escapar de la brutalidad, no convertirse
en objetos sexuales ni secundarios de la guerra. Por ello vemos sus semblantes
tomando tanta expresividad, llorando, sorprendiéndose, asustándose, para luego
decidir luchar, y dejar atrás la naturalización de la violencia. Una mujer rescata
a una niña, otra aún lo es, juega con muñecas, pero pronto deben acarrear
madurez y responsabilidad, sin enloquecer o morir en el trayecto. Es una
película visceral, de fuerte carga emotiva, que no posee diálogos, pero deja
reflejar esa dolorosa interiorización de sus personajes. Felipe Guerrero
pretende un canto de voluntad, de cambio, en medio de la militarización de la
zona, de esa tierra de nadie que representa la selva atestada de paramilitares,
donde la mujer es tratada como un animal. En un filme que se sostiene de los tres recorridos de escape, donde está gran parte del metraje y la
trascendencia de la propuesta, la contextualización de las huidas, y estas en sí
brillan por otorgar personalidad y fuerza, como en el mejor set hollywoodense,
ganando por su poderosa verosimilitud. En un territorio vivo, intenso, pobre.
Mientras esas mujeres humildes solo presentan un único deseo, vivir sin
humillación ni temor a ser una estadística más de algún desaparecido. El filme
aplica un trabajo profundo con un fuerte neorrealismo, uno pronunciado en especial
al gesto dolido, gran seña de identidad del filme, que a veces yace de flaco
favor, pero en general logra consumar un notable propósito de conmiseración.
viernes, 4 de marzo de 2016
Epitafio
En 1519, el capitán español Diego de Ordaz (Xabier Coronado) y dos
subalternos son enviados por el conquistador Hernán Cortes a subir hasta la
cumbre del volcán de Popocatépetl en busca de azufre para la pólvora de su
armamento y divisar el paso hacia la conquista de México. Esa es la premisa de
la que se valen para esta película los directores mexicanos Rubén Imaz y Yulene Olaizola (que
debutó por la puerta grande con el documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, 2008), en que vemos la
decisión férrea casi demencial de una hazaña, como puede verse a la conquista
de América, en que el frío y la distancia parecen crear un caso perdido, sin
embargo Ordaz arenga a su equipo y les promete la gloria al final del camino, de
que la historia los iba a inmortalizar y la corona recompensar a sus familias y
descendencia, además de decirles que Dios y su fe los amparaba y que retroceder sería
perder lugar y respeto, verse débiles, frente a los nativos que los tenían por dioses.
En el trayecto vemos como el subalterno conocido como Gonzalo
de Monovar (Martín Román) muestra esa ambivalencia que surge de todo el reto
histórico y recuerda la brutalidad y los abusos propios de la conquista, y lo
designa por el mal, que luego es refutado por Ordaz y el dolor. Es en toda esa
subida y caminata lenta, frente a la inclemencia de la potente naturaleza que
estudiamos un poco el mito, otorgándole un cariz humano, pero considerándolo
extraordinario. Es una lectura sencilla, que trata una lucha simbólica, de cara
a las condiciones extremas y precarias del volcán, esencia del anhelo más
intenso de éxito e inmortalidad, de lo que se van dando varios diálogos que
dibujan el retrato de lo que significaba y fue la conquista, aquí más honor
(carta de memorias), pero también interés material (escudos familiares por
venir). En ese lugar anida una lectura buena onda, algo inocente, que puede
tildarse de muy respetuosa, no obstante asoma alguna pequeña crítica. Es mucho expuesto
desde la visión española, que la mexicana.
Epitafio es un filme de recursos mínimos, tras despedirse de
los pobladores de Huejotzingo, son tres hombres, tres conquistadores, contra la
subida del volcán, el imponente México, eso sería todo a grandes rasgos, con la
naturaleza al estilo de Fogo (2012, co-escrita por Imaz, y dirigida por
Olaizola) brillando por su gran protagonismo, su poderío y como el hombre trata
de resistirle, no rendirse ni abandonarle, y seguir adelante, habiendo fuerte
emotividad hacía el territorio. No es que sea un filme complejo, ni grande, le
falta mayor alcance argumental, pero está bien tratado, en cómo ir perpetrando
esa escalada, en como desfallecen (especialmente el soldado llamado Pedrito,
interpretado por Carlos Triviño) y siguen intentando, con alucinaciones de por
medio, o en aquel motor de motivación (y fuerte interpretación) que es Ordaz,
en plasmar una marca y legado propio, un ennoblecimiento, y la gloria para su
nación, la corona y la iglesia española.
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Rubén Imaz,
séptimo arte,
Yulene Olaizola
El apóstata
Tercera película, tras Acné (2008) y La vida útil (2010), del
uruguayo Federico Veiroj que mereció una mención especial del jurado y el fipresci en el festival de San Sebastián 2015, que con ligereza
hace una pequeña comedia de la vida de un treintañero llamado Gonzalo Tamayo (Álvaro
Ogalla) que es algo vago (el eterno estudiante), relajado como todo muchacho, de
cariz inmaduro, pero también una buena persona, muy imaginativo, donde se
aplica cierto surrealismo, en tratar de imponerle culpa en la decisión capital
que implica el título, con el chisme que llega a su madre cuando
todos yacen desnudos en un jardín edénico; o en los momentos -en tono de broma- que se presenta
metido en el laberinto, la satanización, el castigo y la subyugación de la
iglesia católica.
Gonzalo Tamayo tiene ganas de trascender, por eso quiere apostatar de la fe católica, pero antes debe enfrentarse a la burocracia eclesiástica que tiene sus métodos de persuasión y legalidad para que no sea tan fácil renunciar, habiendo escenas en que la nobleza de un párroco y la sapiencia de un obispo cotejan la voluntad de Gonzalo, que es algo blando, pero también absurdo e impredecible y hasta alguna vez cruel. El filme de Federico Veiroj es curioso, a pesar de su sencillez formal y de tener momentos de sequedad, aunque al final surja la salida en un desenlace de comedia híper laxa bajo el advenimiento de una simple anécdota preparatoria.
Gonzalo Tamayo tiene ganas de trascender, por eso quiere apostatar de la fe católica, pero antes debe enfrentarse a la burocracia eclesiástica que tiene sus métodos de persuasión y legalidad para que no sea tan fácil renunciar, habiendo escenas en que la nobleza de un párroco y la sapiencia de un obispo cotejan la voluntad de Gonzalo, que es algo blando, pero también absurdo e impredecible y hasta alguna vez cruel. El filme de Federico Veiroj es curioso, a pesar de su sencillez formal y de tener momentos de sequedad, aunque al final surja la salida en un desenlace de comedia híper laxa bajo el advenimiento de una simple anécdota preparatoria.
Gonzalo vive dando clases a un pequeño y tierno vecino
amante del diccionario, hijo de Maite (Bárbara Lennie, que no tiene ningún gran
papel en el filme, poniendo Veiroj toda la extravagancia y libertad escénica en
su protagonista); acostándose con su prima Pilar (Marta Larralde), por
costumbre y sin preámbulos; simplemente dejándose llevar por la vida, similar a la música disonante que escucha(mos), o con
su sonrisa cómplice, habiendo un cierto sentido de incongruencia esbozado en el conjunto, aunque el director falle finalmente por lo ortodoxo,
como en el perpetrar de un sueño.
El protagonista es un tipo cualquiera, un hombre sin muchas metas, por lo que la apostasía le viene como la gran lucha de su existencia, defendiendo un derecho, un lugar en el mundo y la que cree una causa noble, coherente y redentora en su monotonía y vacío, ese tal cual se ve en la apertura del filme donde Gonzalo yace comiendo pipas mientras descansa en el pasto, sin hacer nada que no sea mirar a su gran rival (la iglesia católica), que tiene muy poco de intimidante, en donde implica una huida que me retrotrae a Habemus Papam (2011), albergando ironía y alguna pequeña queja (con respeto y recato), que hacen de ésta propuesta una irreverencia discreta, pero entretenida.
El protagonista es un tipo cualquiera, un hombre sin muchas metas, por lo que la apostasía le viene como la gran lucha de su existencia, defendiendo un derecho, un lugar en el mundo y la que cree una causa noble, coherente y redentora en su monotonía y vacío, ese tal cual se ve en la apertura del filme donde Gonzalo yace comiendo pipas mientras descansa en el pasto, sin hacer nada que no sea mirar a su gran rival (la iglesia católica), que tiene muy poco de intimidante, en donde implica una huida que me retrotrae a Habemus Papam (2011), albergando ironía y alguna pequeña queja (con respeto y recato), que hacen de ésta propuesta una irreverencia discreta, pero entretenida.
lunes, 22 de febrero de 2016
La chica danesa (The Danish Girl)
Hay temas que suelen ser gancho de reconocimiento fácil en
los premios Oscar y en algunos otros certámenes que buscan lo políticamente
correcto, tanto como congraciarse con un público elemental, y estas temáticas
suelen ser la esclavitud americana y la segregación racial, el autoritarismo y
la omnipresencia castrante religiosa en sociedades islámicas, el holocausto, y
la que nos compete ahora, la homofobia y la libertad homosexual o LGTB, donde
en La chica Danesa viene a ser su mayor lastre ser tan obvia en su disposición
de conmover y ser simpática con su temática a ese público cautivo de siempre,
para ello utiliza lugares comunes, como una sociedad opositora o aun sorprendida, con el travestismo, qué
dígase una labor inocente en esta película mucha gente no los identifica tan
raudamente –no obstante, Copenhague, Dinamarca, no es una capital del todo
pacata, ni el centro artístico por el que se mueven los personajes es tan
conservador, pero se entienden limitaciones, propias de no ahondar en la
distinción sexual- y ver a la homosexualidad como una enfermedad o anormalidad,
aquí propio del año en que se contextualiza, los 1920s, teniendo de
protagonista a Einar Wegener (Eddie Redmayne), un tipo que descubre su inclinación
gay, se siente mujer, quiere cambiar de sexo, y fue en realidad de los primeros
en conocerse entregado a las operaciones pertinentes, aun siendo un hombre
casado, pero que con el juego de disfrazarse de modelo femenino frente a los
deseos de su esposa, la pintora Gerda Wegener (Alicia Vikander) que se
profesaba rebelde y moderna, e irónicamente le rebota en contra, despertó en él
un deseo reprimido de su niñez y crecimiento.
La chica danesa me recuerda a una mejor película, Laurence
Anyways (2012), en ella un hombre quiere travestirse, no puede controlarlo,
aunque aún guarda amor por su pareja y quiere seguir con ella a pesar de tal
extravagancia, pero se hace imposible sostener una relación heterosexual con
ese anhelo de ser o lucir como una mujer siendo varón, y llegan los inminentes
conflictos, y la lógica e inevitable ruptura, tras muchos vaivenes, nuevas
vidas y luchas de rigor, hasta que queda solamente un quehacer romántico y
platónico lejano, de recuerdo, en el ambiente. En la presente, las cosas son
más claras, Einar quiere romper con su esposa, sabe bien lo que quiere y debe
dejar pasar para consolidarse (hasta el punto que se entusiasma conversando con
Gerda pensando en que puede enamorarse nuevamente ahora como Lili), cuando
Gerda aún lo ama y lo respalda casi como si fuera la Madre Teresa de Calcuta, aunque
puede pensarse que ella quiere explotar su imagen en la pintura, que no llega a
pasar, es solo un mero modelo propio de su amor.
Einar siente que, como una mariposa, ha mutado y es otro
ser, ahora se ha convertido en Lili Elbe (que en su desdoblamiento inicial, ciertamente
tenía de locura, que a uno le venía a la mente irónicamente Psicosis, 1960), y
Einar es el pasado, ya no existe, no hay marcha atrás. Entonces toda su
voluntad yace en convertirse en una fémina, de aquellas delicadas y clásicas, lo
esperable, claro, y no en la calidad de tosquedad –llamada igualdad- que reina
mucho hoy en día en muchas mujeres. Mientras Gerda tiene la posibilidad de
reconstruir su mundo sentimental con el mejor amigo de infancia y actual
soporte de Einar, en una ilustración endeble, que enseguida se apresura en
convertirlo en pretendiente, a Hans Axgil (Matthias Schoenaerts), pero que tampoco
se elabora, es puro relleno (Gerda a pesar de todo pretende un vínculo sólido
hacia su marido), en una posible relación que adolece de mayor complejidad. Y
ese es el problema general del filme, el director Tom Hooper no da forma a
muchas cosas, falta profundidad, suele ser muy superficial en su exposición,
donde en varios meandros peca de flaqueza, limitándose a proclamar el conflicto
de identidad personal (de cara al matrimonio, que tampoco molesta), y luego el
sueño de Einar de ser una plena Lili, puede que con ello haya esquivado híper dramatizar
la problemática gay en la sociedad, pero igual existen otros momentos que lo
desmienten, porque sí que quiere convocar la complicidad básica, aunque con algo
de decoro, a través de una nobleza por doquier (salvo la paliza homofóbica
clásica en estos menesteres, o el escape por la ventana a poco de intentar
internarlo a la fuerza como esquizofrénico; o que se diga que lo que necesita Lili
es un hombre “de verdad” y no un gay de pareja, ¡oh, sí!, bueno, todo el tiempo
no es lo sutil que pareciera pretender en su contextualización de la Europa de
los veinte o treinta), invocando una simpatía a toda prueba, en que nadie
parece ser reprochable o ambiguo, en que todo parece resolverse con el cambio
de sexo, la hazaña de la historia basada en hechos reales, el supuesto rasgo de
originalidad, cuando todo huele a repetición a kilómetros de distancia.
Ni el amaneramiento o femineidad de un talentoso Eddie
Redmayne, o una harto solvente Alicia Vikander, muy natural en cada emoción,
llanto, melancolía, felicidad, sorpresa, picardía, risa y un largo etcétera,
pueden distinguir a éste filme, aunque no es una propuesta mala, ya que tiene
oficio, por algo Tom Hooper ha merecido el Oscar por El discurso del rey (2010),
sin embargo el cine nice-naif y la corrección política pueden llegar a cansar
hasta al más inocente o fácil de conmover, como ha pasado esta vez que La chica
danesa solo ha obtenido nominaciones a la estatuilla dorada para Vikander y
Redmayne, y dos apartados técnicos más.
sábado, 20 de febrero de 2016
Tokyo Tribe
Estamos ante una película algo irregular, pero sumamente
entretenida, extravagante, híper moderna, el que es un musical donde varias
pandillas japonesas cantan hip hop mientras disparan, pelean a puño limpio, usan
katanas y cualquier tipo de armas inimaginables para matarse entre sí, siendo
un lugar donde puede caber de todo, en la que es la irreverencia y la sorpresa continua,
no obstante con una disposición de no caer en la idiotez o en la vergüenza ajena,
como le pasa a muchos de sus compatriotas, que por algo Sion Sono es el mejor.
Tokyo tribe es la adaptación de un manga, por lo que el director
de culto Sion Sono sigue una clara y fuerte vocación de fantasía, imponiendo mucha
ironía, buscando divertir sin prejuicios, en absoluta libertad y audacia, pero habiendo
una cierta coherencia a pesar del exceso, algo importante que define el valor de
su cine.
Se trata de una batalla campal, sin freno, inicialmente de
todos contra todos, para luego pasar a hacer una coalición contra Buppa y su descocado
clan, habiendo un tratamiento menor de venganzas, donde el entretenimiento es
lo que prima, habiendo luchas por aquí y por allá, a cada rato, mero juego, no
es que brille una narrativa compleja ni que sea un valor especial, tanto que
hay mucha irreverencia, perdonando y entendiendo sin más incluso al rival, que
como nos lo cuenta un narrador callejero, Mc (Shôta Sometani), se vive la
naturaleza del hip hop en el lema de tratar de conquistar el mundo, de
hacer mucho ruido, tal cual lo perpetra fiel Sion Sono, habiendo buena
solvencia con la aclimatación al Japón, que copia y asume esta cultura musical perfectamente, pero excediéndose para entretener al espectador. En la que es
una película con credibilidad, porque tiene mucha arte marcial, como esa extravagancia
que también profesan mucho en la contemporaneidad de Tokyo, que el hip hop se pliega
sin problemas.
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musical,
séptimo arte,
Sion Sono
viernes, 19 de febrero de 2016
Creed
Rocky, es un ícono del cine, tiene ganado mucho cariño,
ya con la presente son 7 películas, y en ésta oportunidad le deja la posta a un
verdadero pupilo, nada más y nada menos que al hijo de su gran rival en el ring
y mejor amigo Apollo Creed, en una historia que relanza la saga, con Adonis
Johnson (Michael B. Jordan), el hijo nacido después de la muerte de Apollo,
hijo nacido fuera del matrimonio, que es recogido por la filantropía de la esposa
de Apollo, por Mary Anne Creed (Phylicia Rashad) que lo saca de la correccional,
lo cría, lo adopta, en un mundo de privilegio, con lo cual Adonis no es que sea
un boxeador salido de la pobreza y tenga el hambre de éxito en el deseo de una mejor
vida, pero sí tiene un aliciente particular, sentir que puede llenar el espacio
negado como hijo de Apollo (por su muerte), lograr brillar y tener orgullo,
generarse un valor y sentir que puede congraciarse con el recuerdo del padre y
el legado Creed, si bien el verdadero legado del que se vale en realidad la
película es el de Rocky Balboa, que en manos audaces y el temple del director Ryan
Coogler no endiosa a Rocky, sino lo hace muy funcional (pero indudablemente respetándolo), para que
Adonis manifieste su propia historia y sea el protagonista de Creed.
Creed no es que invente la pólvora, recorre los lugares
comunes de éste tipo de películas de boxeo, sobre todo aprovechando lo hecho
anteriormente con la saga de Rocky, hay lugares que se revisitan, claro está; mientras
existe variedad de referentes (bastante breves, aunque por todas partes, que
aportan dimensión, memoria y nostalgia), pero también mucha actualización y no
es justamente lo más atractivo, aunque tampoco es defectuoso el aporte, como la
relación con Bianca –la bella Tessa Thompson-, de lo que el filme peca de
ordinario en buena parte. Coogler sabe sacarle una cierta nueva
identidad a la saga de Rocky, aunque algo pequeño y discreto formalmente, pero palpable, afro-americanizando
la saga (como el mítico recorrido atlético por las calles, aderezado con motos y
cuatrimotos, algo de circo e infantilismo, que trata de llevar el sentido de
pueblo a la película). Incluso la banda sonora tiene esa mezcla entre pasado y
presente, con lo que se ve que Coogler es un director con personalidad, pero a
su vez lo suficientemente inteligente para oler una buena oportunidad de
popularidad y reconocimiento –entregando material decente, de paso- en utilizar
el máximo logro de Sylvester Stallone, que ésta vez cede a un papel secundario,
pero cargado de atributos; potencial dramático, con aquella enfermedad tan
familiar en su vida; intensidad y vitalidad, con su cualidad de entrenador (que tiene
un estupendo manejo, entretenido y real en lo posible, al igual que con las
peleas, que fluyen, son emocionantes a un punto, tienen arte); humanidad, que
brota de sí y se ha ganado, ahora solitaria (pero nuevamente llena con ese sentido de familia
que crea con el pupilo y su novia); y siempre intachable, como figura y deportista creado
en la gran pantalla, que sube las famosas escaleras del Museo de Arte de Filadelfia y optimista dice que desde aquí se puede ver toda su vida, sumando su vinculo con Adonis, y ha sido, es,
una gran vida.
sábado, 13 de febrero de 2016
La mirada del silencio (The Look of Silence)
The Act of Killing (2012) nos sorprendió a muchos, era una
película difícil de creer en gran parte para quienes vivimos lejos de la
historia de Indonesia, sobre una enorme cantidad de muertos por ser denominados
comunistas, y en como los grupos vencedores en la actualidad se jactan de todas
las muertes acaecidas durante 1965-66 que pasaron por sus manos, y se debe a que nunca se ha ejercido castigo
legal alguno sobre estos paramilitares ni gánsteres que representan la historia
oficial de su país. The Act of Killing era un filme extravagante y original en
su narrativa, en como los asesinos se entretenían interpretando roles
cinematográficos recordando como ejecutaban a estos llamados comunistas. En esta segunda parte del director americano Joshua
Oppenheimer esta vez tenemos un documental más convencional, como para que quienes
se sintieron extrañados con la versión anterior puedan digerirlo más
fácilmente, sobre todo gracias a la confrontación que perpetra el protagonista
del filme, Adi Rukun, que con 44 años de edad no puede obviar ni olvidar que mataran
salvaje e impunemente a su hermano mayor -habiendo nacido 2 años después de su muerte- y tenga aún que convivir de lo más normal
con los homicidas, incluso con los asesinos directos, de su hermano Ramli. Con lo cual
con pretexto de trabajar su profesión de optometrista y enviado por la relación
con Oppenheimer conversa con los paramilitares de ese entonces, discute con
ellos tratando de llevarlos hacia alguna reflexión o quizá hasta un remordimiento,
los cuales ya viejos muchos se hayan en posiciones privilegiadas, son ricos o
pertenecen al gobierno, o algunos seniles incluso ni se acuerdan o no quieren
hablar de política, como suelen excusarse o llamar al pasado, aunque hay un
grupo que se vanagloria, y yacen en paralelo narrando y repitiendo como en The
act of Killing el placer de esa acción heroica de matar comunistas, que es como
lo ven y se enseña en la escuela del hijo pequeño de Adi.
Este documental es mucho menos impactante y elaborado que
el primero, pero es un gran complemento, convirtiéndose en el contraste de la
banalidad de matar, que sería su máximo aporte, su pequeña añadidura, habiendo
mucha humanidad detrás de él, en aquellos cuidados y cotidianidad de los
ancianos padres de Adi, en los juegos de éste con sus hijos, y sobre todo en
ese perenne recuerdo de Ramli muerto brutalmente, como si no fuera nadie, y eso
lo desmiente por completo el filme, mediante la larga y en buena parte solitaria
y minimalista travesía de Adi, en señalar más que un cuerpo de aquellos tirados al
río Snake, más que una sangre derramada y bebida para que los asesinos no se
vuelvan locos.
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