sábado, 13 de febrero de 2016

La mirada del silencio (The Look of Silence)

The Act of Killing (2012) nos sorprendió a muchos, era una película difícil de creer en gran parte para quienes vivimos lejos de la historia de Indonesia, sobre una enorme cantidad de muertos por ser denominados comunistas, y en como los grupos vencedores en la actualidad se jactan de todas las muertes acaecidas durante 1965-66 que pasaron por sus manos, y se debe a que nunca se ha ejercido castigo legal alguno sobre estos paramilitares ni gánsteres que representan la historia oficial de su país. The Act of Killing era un filme extravagante y original en su narrativa, en como los asesinos se entretenían interpretando roles cinematográficos recordando como ejecutaban a estos llamados comunistas. En esta segunda parte del director americano Joshua Oppenheimer esta vez tenemos un documental más convencional, como para que quienes se sintieron extrañados con la versión anterior puedan digerirlo más fácilmente, sobre todo gracias a la confrontación que perpetra el protagonista del filme, Adi Rukun, que con 44 años de edad no puede obviar ni olvidar que mataran salvaje e impunemente a su hermano mayor -habiendo nacido 2 años después de su muerte- y tenga aún que convivir de lo más normal con los homicidas, incluso con los asesinos directos, de su hermano Ramli. Con lo cual con pretexto de trabajar su profesión de optometrista y enviado por la relación con Oppenheimer conversa con los paramilitares de ese entonces, discute con ellos tratando de llevarlos hacia alguna reflexión o quizá hasta un remordimiento, los cuales ya viejos muchos se hayan en posiciones privilegiadas, son ricos o pertenecen al gobierno, o algunos seniles incluso ni se acuerdan o no quieren hablar de política, como suelen excusarse o llamar al pasado, aunque hay un grupo que se vanagloria, y yacen en paralelo narrando y repitiendo como en The act of Killing el placer de esa acción heroica de matar comunistas, que es como lo ven y se enseña en la escuela del hijo pequeño de Adi. 

La mirada del silencio es esa que profesa Adi cuando ve en su hogar los videos con las entrevistas a los perpetradores y escucha atento como describen orondos algo doloroso para él en ese aniquilamiento histórico en que se deshicieron de comunistas iguales a su hermano, y hasta de éste, y como esto representa un triunfo nacional, contado mediante un lugar íntimo y personal, un espacio más pequeño, la identidad de unas víctimas, donde vemos a toda la familia de Adi participar, algunos pocos enterados de toda la situación, a sus hijos, o a sus longevos padres, donde el progenitor ya se comporta bastante perdido en el mundo y es cuidado como un bebé por su mujer, al haber pasado los 100 años, mientras la anciana madre comparte el dolor con su hijo. Adi, hay que decirlo, es sumamente valiente, va y enfrenta a los familiares de los asesinos de su hermano, y aunque está claro que no sacará nada de ello lo hace como una moral y un dolor muy grande que sobrelleva, que puede verse como una responsabilidad ante la invisibilidad que existe. De lo que recibe respuestas más esperables o coherentes al tipo que las que hubiéramos imaginado en The act of killing donde cundía la fiesta y la omnipotencia. Los asesinos tienden a decirle a Adi que olvide el pasado, sino puede atraerlo y repetirse, y se justifican con que no debe seguir el camino errado, que lo pondría en el mismo peligro y contexto, o sea, ser un comunista, escudriñar, señalar, por lo que estos ejercen una intimidación velada, discursiva, que enfática o violenta. Pero Adi está convencido y sigue indagando, llega incluso a descubrir que su tío fue guardia del régimen y que supo del encierro de Ramli. Todas estas confrontaciones son inquietantes, marcan mucha tensión en el ambiente, que se dibujan en sonrisas molestas, en miradas que no saben dónde fijarse, o en ese silencio que señala culpas y deja sin saber qué hacer.

Este documental es mucho menos impactante y elaborado que el primero, pero es un gran complemento, convirtiéndose en el contraste de la banalidad de matar, que sería su máximo aporte, su pequeña añadidura, habiendo mucha humanidad detrás de él, en aquellos cuidados y cotidianidad de los ancianos padres de Adi, en los juegos de éste con sus hijos, y sobre todo en ese perenne recuerdo de Ramli muerto brutalmente, como si no fuera nadie, y eso lo desmiente por completo el filme, mediante la larga y en buena parte solitaria y minimalista travesía de Adi, en señalar más que un cuerpo de aquellos tirados al río Snake, más que una sangre derramada y bebida para que los asesinos no se vuelvan locos.  

viernes, 12 de febrero de 2016

Spotlight

Película nominada a 6 premios Oscar que trata la denuncia basada en hechos reales de una gran cantidad de sacerdotes pedófilos en Boston, hablando de un 6% del total, de entre 70 y 90 curas corruptos en un solo estado de EE.UU., desde el ejercicio detallado de una investigación periodística donde se destaca la profesión de periodista en la laboriosidad de sacar a la luz un daño social y humano donde implica desnudar un sistema, el encubrimiento, la impunidad y/o la negociación sin consecuencias con las víctimas, de parte de la iglesia católica y gracias a abogados interesados económicamente y serviles a la institución y a su necesidad en la ciudad, contra niños pequeños o chiquillos, indefensos, engañados por su fe familiar, inocencia, el poder social en la comunidad, y por el respeto a Dios, salidos por lo general de hogares destruidos, con lo que era más fácil ejercer el abuso, aludiendo casi a cualquier niño(a), como indica el caso del cura y entrenador del equipo de Hockey del respetado colegio en el cual estudió uno de los protagonistas de la investigación, como aquella preocupación que dibuja el filme al ver niños cerca de una casa de tratamiento psicológico de curas pedófilos o jugando próximos a la inadvertida vivienda de algún sacerdote pederasta, tal cual la indignación del investigador del caso Mike Rezendes (Mark Ruffalo) que es el que se muestra más intenso y emotivo del grupo de Spotlight, una unidad de investigación formada por cuatro integrantes del diario Boston Globe, completados con Sacha Pfeiffer  (Rachel McAdams), Matt Carroll (Brian d'Arcy James) y el editor del equipo que interpreta Michael Keaton conocido como Robby, quienes le reportan a Ben Bradlee Jr. (John Slattery) y al nuevo editor en jefe del periódico, Marty Baron (Liev Schreiber), que es el "foráneo", no nacido ni criado en Boston como los demás, un famoso periodista que viene a crear una cierta revolución en el diario.

El filme tiene una narrativa que no busca el sobresalto ni el drama sentido, escogiendo no ser demasiado visceral o sólo en muy pocos momentos, sobre todo en la breve escena en el balcón en casa de Sacha (en el mayor lucimiento de Mark Ruffalo, aparte de su sostenido cierto cariz juvenil, medio torpe, bastante casual, al que vemos ordinario, igual al correr de George Clooney en Los descendientes, 2011), o en el arrebato de la sala de redacción ante el anhelo de ya ir tras el cardenal Bernard Law, el encubridor, el “descuidado”, que tiene tal tranquilidad que luce inquietante, idóneo en el actor Len Cariou, perfecto en aquel regalo del catecismo (todos los caminos conducen a la iglesia o ésta los guía, nos expresa con una amable sonrisa y mucha paciencia y docilidad), porque la iglesia actúa salvaguardando su imagen, aunque deshonrosamente. Sin embargo no es ninguna extraña conspiración asesina ni por el estilo, simplemente trata de liberarse de cualquier señalamiento negativo, del daño público, y hasta en eso el director Tom McCarthy se permite bromear ya que su filme es muy coherente y realista, de lo que muchos pueden sentir que le falta a la película ese toque fabulador típico, pero prima plasmar una investigación seria, aunque entretenida también, a su elección, y es la treta legal, el amiguismo, la devoción a la institución, el artefacto enemigo a desenmascarar.

Los protagonistas son los periodistas, los que se emocionan y padecen, temen, se enojan, lucen osados, audaces, firmes, laboriosos, apurados, frustrados, sufren el caso, el teatro es todo suyo, aunque también exudan mucha calma, como que están sólo cumpliendo un trabajo (bastante identificable en como actúa y piensa Marty Baron), aun con vínculos en todos los Spotlight, la abuela que va 3 veces a la iglesia o la esperanza de un retorno a la fe.

Los casos específicos no se exhiben brutales, la pedofilia se siente en otro lugar, de otra manera, si se quiere, en el trabajo racional (fuera de enojos, preocupaciones o cierta identificación de los periodistas), en entender la denuncia, la de la gran cantidad y lo sistemático (incluso se le llega a pedir a una víctima que sea precisa, faltando, más allá de lo evidente, una mejor expresividad), donde en ese lugar tiene presencias poco potentes, una artificiosa –ese brazo agujereado- y la otra que adolece de cierta corrección política –una primera mala experiencia sexual-, aludiendo al trauma que desencadena la auto-destrucción de lo que más bien sigue la línea de desmenuzar la investigación, en cómo llegan a empalmarla, resolverla, solventarla, tratarla y llevarla al público el grupo de Spotlight a través de mucho tiempo, habiendo varios mea culpas de por medio, y hasta ambigüedad moral, ratos donde cumplir con tu trabajo y rendirle culto a la iglesia pesó/pesa tanto. En ello el filme es notablemente humano, eludiendo maniqueísmo y figuras fáciles.

La propuesta parte de un interrogatorio a un reincidente cura pedófilo en un arranque oscuro y burocrático, a un pequeño artículo que pasa en gran parte desapercibido. Parte de una fuente como el abogado que ejerce unas 80 demandas a la iglesia, Mitchell Garabedian (un sobresaliente Stanley Tucci), que tiene un aire extraño, aparentemente discutible, a ese otro punto central de denuncia, Phil Saviano (Neal Huff), activista y sobreviviente de abuso, habiendo sutileza en la idea de la desestimación de sus colaboraciones, viendo que años atrás fue eso lo que justamente ocurrió, hasta el in crescendo con el descubrimiento cada vez mayor del número de curas corruptos, por lo tanto más víctimas, llegando a esos teléfonos repiqueteando incesantes, y a esa lista de estados y países con el mismo problema, el de no solo unas cuantas manzanas podridas.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Anomalisa

Segunda película del director y famoso guionista Charlie Kaufman, esta vez acompañado en la dirección de Duke Johnson. Kaufman es el escritor de los guiones de Cómo ser John Malkovich (1999), El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) y Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004). Su ópera prima como cineasta, Synecdoche, New York (2008), trataba de un hombre, Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman), un director de teatro que quiere hacer una gran obra, la cual está emparentada con su propia vida, que sería aquella máxima puesta en escena, ya que como se sabe el mundo es como un teatro y es justo en ese lugar que la ficción y la realidad se entremezclan habiendo vasos comunicantes y vínculos con toda la humanidad y su lucha por la felicidad, donde Caden suele ser un perdedor, un tipo patético, pero también un posible genio, siendo un tipo enfermizo y lastimero, que suele perder a todos sus amores (incluyendo a sus hijas), a quienes conquista en buena parte por la lastima y su cualidad de director. Caden es cualquier persona en el mundo, aunque exagerando la figura, quien provoca que la imitación de su vida torne a los clones de esta en seres autónomos, creando una red compleja de ficción, a la vez que Caden se torna otras personas, desarrollando cierto misterio e interrelación simbólica y repetitiva. Cosa que se verá también en Anomalisa, pero esta vez ya no es tanto una lucha por la felicidad, un tira y afloja en el tiempo en cuanto a alegrías y frustraciones, o un lugar de sueños, anhelos y placeres, que en gran parte se convierten en promesas incumplidas y aceptaciones pacíficas, sino un lugar mayormente de depresión, de derrota absoluta, teniendo nuevamente como partícipe a la locura velada, como bien indica el título del hotel en que se hospeda el protagonista, Michael Stone (la voz de David Thewlis), que alude al síndrome de Frégoli, que bien representa el actor Tom Noonan en la interpretación de todas las voces y parecidos, que es como que el mundo es una absoluta repetición anodina, una falta de gracia, goce y efervescencia total, provocando una abulia generalizada, una tristeza que ronda el suicidio.

A Michael le abruma su esposa y su pequeño hijo, de los que quiere escapar; sus amigos, a los que desconoce y siente intrusos, un lugar de conformismos; y su trabajo, como gurú –paradójicamente- de relaciones interpersonales y atención al cliente, siendo un exitoso relacionista público y gestor de un libro de cabecera sobre productividad mediante lo social, que lo lleva a dar una conferencia en Cincinnati, Ohio, por lo que en líneas generales detesta toda su vida, y decide aprovechar el viaje para reencontrarse con un viejo amor que él abandono sin mayores explicaciones, a razón -como bien dice- de que suele perderlo todo, toda alegría e ilusión, como ejemplificará su hallazgo en la a un punto patética Lisa (Jennifer Jason Leigh) que a través de escuchar su voz, femenina y anómala al conjunto o mundo cree hallar la esquiva felicidad, siendo una mujer muy parecida a Caden, una que no se quiere mucho a sí misma (producto de creerse fea y poco inteligente, aunque curiosamente se plantea especial dentro de su propio menosprecio), se ve de menos, hasta el punto que se torna algo molesta al ser tan lastimera (rasgo de identidad del cine de Kaufman, que puede que pretenda una empatía, pero no es del todo eficaz), sin embargo a su vez es capaz de brillar y distinguirse a través de la canción “Las chicas solo quieren divertirse” de Cyndi Lauper y explotar una cierta ternura, no obstante no podrá evitar mostrar que es un ser común a muchos, tan imperfecto y vulgar, a las pretensiones subconscientes de aquella pesadilla paranoide de la repetición y la robotización tratando de llenar el apartado trascendental del amor, con lo cual a Michael le duele el sueño de la extravagancia (tal cual sostiene y admira aquella máquina musical japonesa comprada en una tienda de juguetes sexuales), la ilusión de lo excepcional, padeciendo la monotonía, en una labor pesimista a más no poder, tanto como harto realista y detallista en toda su recreación en animación stop motion de una temática para adultos, como en el cunnilingus o todo el desarrollo pormenorizado del hospedaje que trabaja el lugar común y el aburrimiento sostenido. 

Las letras

Documental que dura 75 minutos, del mexicano Pablo Chavarría Gutiérrez, que tiene de centro la detención del profesor y activista Alberto Patishtan inculpado de la muerte de un grupo de policías el año 2000 en su nativa Chiapas, quien pasó 13 años en la cárcel hasta ser indultado. Pero esto no se percibe de forma directa, sino está expuesto con creatividad y cierto velo narrativo, ya que la propuesta se enfoca más en estar como en la mente de Patishtan y el de un poblador típico de su localidad, retratando la vivencia autóctona de este mundo “aparte”, a niños jugando en el campo (a quienes se les simboliza perdiendo la inocencia a temprana edad) o a pobladores rurales desfilando ante la cámara, que los muestra como si todos fueran vistos con desconfianza, mientras ellos exigen visibilidad, respeto y un lugar digno.

Las letras escoge una narrativa difícil por ratos, sensorial, abstracta a un punto, compartiendo un camino, en una manera de hacer sentir lo que padece un poblador humilde cualquiera del territorio, habiendo expresividad plástica y musical acompañando la cotidianidad de los lugareños, con una performance de baile con la mimetización con la tierra y la naturaleza, o el sonido de una batería más tarde silenciada y abandonada en pleno bosque. Se trata de un filme que quiere trasmitir el sentir de una denuncia general, la desolación, el abandono, la melancolía, la ensoñación, poniendo a niños subiendo una enorme cuesta cargada de escaleras, mostrando el contraste de la vitalidad y la alegría innata, y el esfuerzo de la forma de existir en aquel lugar. Como si todos fuéramos esa persona nadando hacia el corazón de una verdad oculta (esa que deja ver las cartas que enviaba el protagonista estando preso, ante la preocupación hacia sus hijos), representada en Alberto Patishtan colocado de pie sobre la pequeña cima de un río.  

La terre penche


Un hombre quiere alquilar una casa, por lo que contacta a una corredora inmobiliaria, siendo Adèle (Laetitia Spigarelli) y Thomas (Thomas Blanchard), ambos de aspecto ordinario, los protagonistas de la posible formación de una pareja romántica, pero antes deben lidiar con las dificultades de hallar a esa persona ideal, cuando parece ser ella complicada para el amor, hecho expuesto literalmente en una amable conversación, pero sobre todo en sueños –donde ella sufre de narcolepsia, y es participe de surrealismo- y en los fantasmas que los pueblan, a Thomas un familiar, y a Adèle una pareja, muerto en un accidente, con cierta ambigüedad de por medio.

El mediometraje de la directora francesa Christelle Lheureux parte de la idea de darle vida a un acto menor en el cual radica la humanización de un rol bastante secundario, materializando conexiones en un relajo de figuras, perpetrando una liberación de las convenciones, mientras el final (esperado) es consolidarse como relación, siendo trabajada la construcción de su inicio de manera natural y sencilla, con una comida casual en un restaurante, ir a la playa intempestivamente o beber unas copas o té por la noche. Lo que podría ser una historia de romance más del montón, toma cierta mayor imaginación en que cada encuentro yace bajo una pequeña escenificación curiosa (asomando alguna tercera figura), donde tratan de conocerse y aceptarse mutuamente, enfrentando distintas posibilidades, una en que ella reniega de todo o presenta un conflicto psicológico de acceso, otra en que él se deja arrastrar por la frustración.  

domingo, 7 de febrero de 2016

El renacido (The Revenant)

Con 12 nominaciones a los Premios Oscar ésta es la favorita del evento, aunque su director Alejandro González Iñárritu tiene un pequeño grupo de detractores, una cierta pequeña tendencia en contra, catalogado especialmente de pretencioso, sin embargo eso poco importa porque The revenant es toda una experiencia en la sala de cine, un lugar de mucha adrenalina y entusiasmo, con el retrato de sobrevivencia de Hugh Glass, un explorador, guía y cazador de pieles de la frontera americana en la región del rio Missouri de los hoy estados de Montana, Dakota del Norte y Dakota del Sur, que fue atacado por un oso grizzly y más tarde abandonado por su grupo de expedición.

The revenant se basa libremente en la novela del americano Michael Punke que tiene la figura verdadera de Hugh Glass y mucho de los hechos que padeció por aquellos territorios nevados y salvajes. Hay que apreciar que el filme es una historia de venganza que puede sonar a mucha ficción, sumándole el cine, las marcas de identidad y las lecturas místicas, de sanación y de sufrimiento de González Iñarritu. Centralmente en aquel paisaje que se inspira en The Abbey in the Oakwoo, del fabuloso pintor alemán Caspar David Friedrich. Partimos del capullo con troncos que crea un especie de chamán indio. Tenemos el homenaje y la rememoración de grandes cines épicos y/o místicos como el de Herzog, Malick y Tarkovsky. Es una venganza donde yace la bien aplicada maldad de John Fitzgerald (Tom Hardy) que viendo por sí mismo y detestando en parte a Glass lo deja moribundo frente a la tensión de la perenne amenaza de los indios que yacen divididos y en conflicto, al igual que luchando contra los exploradores caucásicos, habiendo una sub-trama con la búsqueda de una indígena hija del jefe de una tribu secuestrada por cazadores franceses.  

El filme es un derroche de visualidad, arte y puro cine, donde hay escenas que describen a la perfección lo que es transportarse en una sala de exhibición, sentirse inmerso en un espacio del tiempo, los años de 1820s, con una apertura donde los cazadores de pieles son atacados por los indios, y se ve cómo van cayendo muchos muertos, sobre todo los caucásicos, habiendo grandes acercamientos y tomas de un dinamismo y fuerza expresiva realmente impresionantes, creando la sensación de un mejor 3D –sin haberlo- que de costumbre, haciéndonos entrar y salir de la toma, sentir la velocidad de la huida y persecución, propiciando panorámicas intensas, subjetivas cambiantes con finales llamativos, sintiendo el movimiento y ritmo trepidante y brutal, perpetrándose toda una inmersión, al fabularle muy poca distancia al espectador con aquella batalla campal, habiendo explicites, espectacularidad, un sonido confabulador y una sensación de que nadie importa demasiado en ese ataque, mientras todo fluye con el más grande realismo. Eso no es nada, el ataque del oso grizzly es todo un festín cinéfilo, y más.

Leonardo DiCaprio, héroe absoluto del filme (gracias por su parte a la maestría del antagonista que el talentoso Tom Hardy interpreta, un desgraciado en toda regla), hace un alarde de actuación en todo el metraje, con una entrega a toda prueba, y una conversión en Hugh Glass completa, viendo su larga agonía, y combate personal e ingenio por sobrevivir (comer vísceras crudas, cicatrizar heridas a fuego vivo, escabullirse de la violencia de un río o dormir en el interior de un caballo), pasando por una pelea cuerpo a cuerpo con un imponente oso defendiendo a su crías, la amenaza de Fitzgerald, y quedando sumamente herido y solo en aquel territorio inhóspito y poderoso, aunque cierto que es mucho una exageración su lucha y continua agresión, sin embargo se hace algo siempre entre imposible, apabullante e impactante, un entretenimiento grandilocuente, pero hermoso, por sumergirnos en aquellas extremas vivencias cinematográficas, en un nunca detenerse de tratar de impresionarnos, y ofrecernos sorpresa y placer, ya importando poco la total veracidad (o prolongando y variando opciones en el desenlace, un sonido que trasmite harto anhelo, cierta fiesta y furia, recordarnos el cine coreano de venganza y explicites, o el western clásico). 

Logra ser un lugar de sensaciones y hartas emociones, frente a un combate tras otro, como en aquel mensaje de un cuerpo ahorcado siendo inocente, metido(s) en el “todos somos salvajes”, típico del tiempo y espacio en que se adscribe la trama, que en realidad juega a desmentirse en el filme, porque hay un respeto a las diferencias étnicas, porque Glass tiene un hijo mitad indígena a quien llama la razón de su vida y por quien quiere redención, porque el héroe habla y escucha el idioma de la naturaleza, el de las tribus, cuando le espera el amor de su mujer de raza Pawnee, o porque la justicia llega por Dios (y los indios), esos que agreden, pero también defienden su territorio, negocian, curan y sufren daños.  

jueves, 28 de enero de 2016

El Club

Siempre se ha hablado de la perenne mala actuación de la iglesia católica de ocultar los tantos casos de pederastia de sus miembros, y es justo ahí donde pone el dedo el director chileno Pablo Larraín, sobre esa llaga, de paso critica el apoyo eclesiástico con la transgresión de derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, y la adopción ilegal por trámite de curas corruptos que se aprovechan de la pobreza de los feligreses. Estos casos los representan cuatro sacerdotes confinados a una casa de reposo en la comunidad costera de La Boca, Chile, que en realidad es para que piensen sus pecados al no poder ejercer con normalidad su labor cristiana y necesitarse que estén ocultos para no mancillar (más) a la iglesia.

Toda la (injustificada) tranquilidad del reposo de estos ancianos pecadores cambia, se desvanece, cuando llega un quinto cura, un pedófilo, y se suicida frente a todos ante la insistencia atroz y vulgar de señalamiento de culpa (incluyendo la directa), con la verbalización –el monologo imparable- de describir de forma violenta, obscena y brutal ese sexo pederasta acaecido por los engaños, falsas promesas de fe y abusos del sacerdocio, expresados como dentro de una posesión por un personaje capital en la trama, Sandokan (un híper realista e impresionante Roberto Farías), que es un tipo dañado mentalmente, por las apetencias depravadas de los curas, quien deambula como un loco torturando a estos sacerdotes.

Tras la muerte llega el padre García (Marcelo Alonso), un psicólogo y representante de la iglesia que deliberará toda la situación, poniendo orden, imponiendo penitencia y quitando gollerías como el alcohol y la buena comida en esta casa retiro, cuidada por la ama de llaves, la hermana Mónica (Antonia Zegers) que es una mujer sumisa y leve que no juzga a estos padres criminales, al simplemente buscar un escape a su propia vida. Estando la casa habitada por el Padre Vidal (el harto talentoso Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín), el Padre Ortega (Alejandro Goic), el Padre Silva (Jaime Vadell), y el Padre Ramírez (Alejandro Sieveking) que sufre de cierto retardo.

Una gran sorpresa, sin duda, le sucede a los que esperan que Larraín haga un filme mainstream típico, porque no lo es en absoluto, sobre todo para los pocos detractores de éste director, recordando que Larraín es la cara más visible e internacional de su país (nominado a los Oscar por “No” el 2013, y que muchos esperaban se repitiera con la presente), donde el filme ha contado con alto respaldo y entusiasmo, digamos que serio, ganando el gran premio del jurado del festival de cine de Berlín 2015, y mejor actor –que fue para un pequeño elenco- y guion en el festival de cine de Mar del Plata 2015.

Notamos, sí, la imponente calidad de producción, el alto estándar estético, la narrativa fácil de procesar (llegando a lo enfático, pero no limitado), y ser una exhibición masiva e internacional, pero yace a su vez la propuesta como la exposición de un quehacer cinematográfico que incomoda mucho, que molesta e inquieta, que no es complaciente (y si lo es, en cierta forma, no de manera ramplona ni para nada unánime ni fácil), en un trabajo que quiere generar polémica, pensamiento y discusión, que es categórico y altisonante en su crítica, mientras no es fácil de digerir (aunque en los tiempos que vamos haya tantos descreídos de la religión, y quienes incluso esperan que siga habiendo descredito, agregando que por un lado es una denuncia muy empática en general),  producto de su brutalidad explicativa (llegando a tener incluso escenas sórdidas y provocadoras, como el pedido de sexo anal de un hombre a una mujer, a lo El último tango en París, 1972), en un filme que es muy enfático, ciertamente, para bien y para mal, que tiene de vulgar (pero aun así no pobre con el idioma), sumo realismo, con una explicites en lo verbal como para que se sienta y duela toda la denuncia, en donde el lenguaje es una de las armas recurrentes de mayor distinción de la narrativa, contra toda esa iniquidad del sacerdocio corrupto, ese que se quiera o no representa una crítica potente hacia toda la iglesia católica, como un intenso llamado de atención, ya que muchos resienten de su silencio aun siendo algo sabido a vox populi.

Otra cosa importante es que Larraín nunca deja de construir una historia cautivante, con giros y sorpresas dentro del leitmotiv de denunciar a los curas pederastas y criminales, creando contradicciones morales en a quien servir (representación de las autoridades eclesiásticas), a la iglesia o a nuestra intachable fe, manejar cierta interesante ambigüedad –entre el cura fiscalizador y el loco, los catalizadores de la trama- hasta resolverla, un toque de vitalidad a pesar de la vejez y los gigantescos pecados (como todo el asunto de la competencia y entrenamiento de los galgos) habiendo una curiosa exhibición de puntos de vista (insalvables, pero osados, tanto como maniqueos) en las entrevistas, y en cómo solucionar todo el problema, en que no primará la comodidad, donde esos curas corruptos tienen vida, son resilientemente fríos, defienden su absurda existencia como seres humanos, tienen emociones, cuando existe el marcado señalamiento de inmoralidad sobre sus cabezas y palabras. Habiendo un pequeño sentido de culpa en el padre García que lava los pies de Sandokan a poco de que el grupo intenta sacárselo de encima, siendo lo más trascendental implantar –no sin cierta ironía- el castigo de la voz de ese loco como un eterno infierno en el que era un apacible purgatorio.  

miércoles, 27 de enero de 2016

Verano de Goliat, Los Ausentes y Minotauro

Verano de Goliat (2010)
El director mexicano Nicolás Pereda es un exponente del cine avant garde, que ha marcado su mayor reconocimiento con su filme Verano de Goliat (2010), con el que obtuvo el premio Orizzonti en el festival de cine de Venecia 2010, y el Cinema of the Future en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2011 (Bafici), que nos recrea algunas pocas historias rurales que nos hablan de cotidiana sobrevivencia, principalmente la del periplo emocional de una robusta mujer (Teresa Sánchez), abandonada por su marido, y el de su hijo soldado (Gabino Rodríguez), vago y hasta con algún aire delincuencial, dentro de un juego de apariencias.

En Verano de Goliat, Pereda, hace una docuficción sumamente austera – que incluye harta espontaneidad, como en aquellas entrevistas y sonrisas de los primos de Goliat, o con una mujer con sus tantos hijos-  donde el título de Goliat es el sobrenombre de un chiquillo de aspecto ordinario que cuenta con la leyenda y el misterio de haber matado a una novia, sin que nos remita a ningún castigo. El filme es sumamente libre en su ordinariez narrativa, sobrellevando una gran falta de trascendencia expositiva, salvando la de recordar de memoria una carta de pendientes que revela toda una problemática común de subsistencia, que resulta en escenas repetitivas, morosas y típicas de cierto cine arte, que no por ello no es que carezca de naturalidad y hasta de belleza escénica. 

Es un retrato que esconde en su sencillez el mito de la oralidad y dígase además el primitivismo de un pueblo, el de Huilotepec, donde su gente yace abandonada a su suerte como en aquellas ventas infructuosas de libros didácticos, o en ese cargar por la zona de una maleta de ropa que simboliza la de un pesado, agotador y doloroso mundo a cuestas, donde por más que uno quiere termina como perdido, olvidado, tal cual implica ese río donde Teresa llora desconsolada. Verano de Goliat tiene mucho cuajo y relajo expositivo, a la par que se adscribe al cine social, pero desprovisto de una contextualización canónica, habiendo por su parte crueldad y amoralidad en la comunidad (de lo que no todo se juzga), tanto como alegrías y mataperreo, a la vez que muestra sufrimiento (alrededor del abandono por otra mujer, donde no nos entrega Pereda ninguna justificación).

Los Ausentes (2014)
Todo filme de Nicolás Pereda es un esfuerzo para cualquier espectador, como en Los Ausentes (2014), un cine social minimalista y arty, en que se trata simplemente de un anciano y de su otro yo joven que deben dejar su humilde hogar a orillas de una bella playa (tras ese simbólico esfuerzo, descenso y desnudo, destinado a plasmar el tiempo), con lo cual el cariz fantasmal sobrevuela hasta en ese estar juntos del joven (Gabino Rodríguez) y el viejo en el desenlace, sentados a la mesa alcoholizados, sin poder remediar nada, sin un futuro a la vista, como si ellos fueran toda la comunidad, olvidada e invisible al otro, o el último despojo, viviendo en la soledad de los quehaceres mínimos, siendo tan importante la pertenencia de una vaca, donde todo se ve tan humilde y simple, pero representa un tipo de existencia, mientras la ley dictamina y los deja de lado, en una playa que exhibe chiquillos haciendo surfing, mientras aquella demolición se hace tan detallista y expresiva, como ese armado supuestamente militar de un arma implica más bien algo viejo y elemental, frente al cambio.  

Minotauro (2015)
Éste filme es apenas un esqueleto narrativo, en donde se pueden percibir tres lecturas, la de unos cuerpos que se echan a dormir de forma extravagante, con unos jóvenes protagonistas que yacen cansados en posiciones ociosas y poco ordenadas, como que se han desplomado como sea, y que dan a entender una abulia política, social y especialmente afectiva, dibujando una generación, una juventud, sin apasionamiento. 

Por otro lado yace la frustración, representada en esas lecturas de rechazo en concretar un enamoramiento, darse tiempo de separación, no reconocer al otro, lo cual hablan de una línea general de detención del nacimiento de la acción, léase nuevamente política, social, partiendo de lo afectivo, lo cual es culpa, desde luego, de ese cansancio crónico que vemos en el rol de Gabino Rodríguez y sus compañeros de vivienda, que empieza con no recoger el vuelto de una pizza, en una exposición argumental de lo más simple. 

Por último tenemos a una empleada y a su hija cuidando de sus patrones, que parecen minusválidos, o son parte de otro tipo de ociosidad, abulia (¿un liderazgo o el Estado mediocre?). Los dueños duermen todo el tiempo, no importa el ruido, mientras todo el trabajo lo hacen los empleados. Mismo Pasolini, donde solo ellos están despiertos y funcionales, pero son quizá demasiado secundarios, o así lo creen. Los ven caerse, no poder levantarse. Lo inmediato es pensar en las clases sociales, viendo que el esfuerzo recae en el pueblo, frente a unos cuerpos débiles y dormidos. También asoma la perplejidad. La falta de comunicación. 

Santa Teresa y otras historias

Ésta película del dominicano Nelson Carlo De Los Santos Arias fue presentada en el festival de Marseille 2015 donde ganó el premio Georges De Beauregard, y luego se hizo con el de mejor película latinoamericana en el festival de Mar Del Plata 2015. Es una propuesta experimental y una docuficción. Tiene un audiovisual bastante humilde, mientras hace de pequeño ensayo crítico y denuncia sobre la violencia, una que también es política, como lo refleja la voz en off de la egresada de la carrera de cine y activista Judith Gómez en su alter ego Polly Krac. El filme contiene imágenes de archivo, otras documentadas por el mismo director, o unas que hacen de soporte narrativo ficticio, como ver una estructura con una chiquilla leyendo escenas de tipo literario, a continuación recreadas (con contextos rurales, juegos infantiles o con el deambular de perros), habiendo varias formas de expresión visual, de lo más simples, como el pase lento o la estática sobre un zaguán poco iluminado o alguna casa vieja, a manera de fragmentos, en buena parte inconexos, libres, incompletos y paralelos, bajo la idea de un narrador de cuentos que sobrevuela por todo el formato. La mayor parte -harto sencilla- es propia del director, pero contiene la inspiración y centro argumental -aunque libre- de la adaptación de un capítulo del libro 2666 de Roberto Bolaño, tomando de contexto la ciudad imaginaria de Santa Teresa (creación de Bolaño), como también a un guía literario del mismo texto, el investigador y fotógrafo Juan de Dios Martínez, que yace tras los crímenes sin resolver de mujeres halladas muertas en la frontera de Ciudad Juárez, el lugar real en que se basa Santa Teresa. Presenciamos un México violento sintetizado, como la idea y sombra de la muerte y lo endeble de la existencia en el soporte visual sacado del Museo de Momias de Guanajuato. Estamos ante un México que hace de representación del feminicidio y la brutalidad latinoamericana. La obra está dedicada a las distintas visualizaciones de la mujer, tanto en su veneración como hacia su agresión, pasando por ver el detallismo de la transformación de los muxes, travestis con una mítica folclórica zapoteca detrás. 

sábado, 23 de enero de 2016

Right Now, Wrong Then

Del director coreano Hong Sang-soo siempre se dice que hace variaciones de la misma película en toda su filmografía, o sea, sus filmes se parecen bastante, que hasta se podría decir que se “repiten”, hace la misma película una y otra vez, incluso presenta sus variaciones aún mucho más directas y explicitas haciendo solo algunos cambios, como sucede en el presente filme que cuenta dos veces el mismo relato, pero desde distinta perspectiva.

En su obra presenta constantes temáticas y técnicas, como exhibir a un protagonista que estudia cine o es director de cine, algún enamoramiento, aventura o relación afectiva, suma cotidianidad, o que sus personajes mientras comen y dialogan suelen tomar soju (bebida alcohólica surcoreana a base de arroz), como usar una técnica cinematográfica convencional, sencilla, muy práctica, llevadera y de recurso mínimo.  

El filme nos cuenta en dos oportunidades como el famoso director de cine arte llamado Ham (un impresionantemente natural Jeong Jae-yeong, que ganó el premio de mejor actor en el festival de Locarno 2015 por esta película), un hombre de trato fácil, corteja a una guapa jovencita (Kim Min-hee) que no necesita ser sensual ni pretensiosa, a la que conoce casualmente en la visita a un templo, con lo que se les depara un itinerario donde la lleva a tomar un café, ella le enseña su trabajo en la pintura (una vez abstracta, otra realista, felicitándola en la primera, criticándola en la segunda),  luego él a un restaurante a tomar soju, ella a una reunión íntima con sus amigos amantes del arte, y por último se ven en la proyección de una película y conversatorio de Ham.

Esto a rasgos generales es toda la película, en ambas versiones, pero (principalmente) habrán diálogos que cambien, sobre todo actitudes y el tipo de como proponerse para una infidelidad, de lo que la excusa central en una de las opciones es que Ham es un mujeriego que siempre repite el mismo truco (como el cine de Hong Sang –soo), pero de lo que se dice que son sólo rumores en la otra visión, donde es que simplemente siente una atracción grande hacia una mujer a la que suponemos especial (es como si ser franco –asumiéndolo de auténtico- perdonara toda libertad y anhelo), con la cual pudo comprometerse de estar libre (como alude el simbolismo del anillo, en uno no hay, en otro sí), observando que el tiempo tiene cierto papel elíptico (en que se manifiesta que Ham se casó muy temprano, y esto juega a interpretarse positiva y negativamente), a la par que apreciamos que la ligereza con el asunto del affaire no parece molestar a nadie en realidad (aunque dentro hagan algunos de fiscalizadores de la moralidad, de lo que se llega a decir en cierto momento de que no importa el juicio ajeno, articulándose que solo interesa el anhelo y el convencimiento), total en el filme la esposa no existe como ser humano, se trata solo de Ham, la joven Yoon y en medio una traba moral de ella (o, mejor dicho, que haya honestidad hacia ella) que abra las puertas de su corazón y de algo más, aunque brevemente, y es que el filme es lo más sencillo que uno puede esperar, pero aun así se hace gustosamente entretenido. Tratando lo que a todo hombre -y en parte féminas, en lo poético, en las relaciones afectivas- promedio pero culto le gusta, el arte, la cerveza, su ciudad, los diálogos amenos y las mujeres bellas.

Cambiando detalles y bajo un nuevo enfoque, Hong Sang-soo parece defender la premisa de su séptimo arte, uno que esta vez se ha hecho merecedor del leopardo de oro 2015, máximo premio del festival de Locarno. Vemos como Sang-soo propone otro cuadro con apenas algunas pinceladas y cierto pequeño ingenio (o sensibilidad e intuición, parafraseando a sus criaturas), y es como decir que es otra película distinta, una que tiene el aire de lo clásico en sus formas, pero que su espontaneidad y frescura no tienen tiempo, salvo que la modernidad urbana imprime la época, aun sin aparatosidad sino la misma sencillez que brota de todo el conjunto. Como que en un momento Ham presume de extravagante –no obstante tiene lógica su acto- al desvestirse frente a las amigas de la chica deseada.

Hong Sang-soo nos expresa claramente, como en el título, (que es) correcto ahora, (estuvo) mal entonces, enseñando primero un simple engaño (una justificación además para el segundo relato); en el otro, Ham cuenta por sí mismo que se halla casado y lamenta tener la traba matrimonial, siendo digamos que honesto, con lo que es apreciado y maneja una sensibilidad, sin embargo donde yace su verdadero triunfo es en lo platónico, romántico, simpático e inofensivo, producto de no forzar nada, y no es que no se quiera algo más, pero simplemente la situación fluye (desde luego no lo que le contarías a tu esposa, ni te gustaría que le pasara a ella), en ello Sang-soo es harto delicado, también pícaro, pero inocuo, bellamente inocente al fin y al cabo, aunque en Our Sunhi (2013) queda como mensaje final que uno es libre de ser como le da la gana, aludiendo la seducción de una chica e ilusión de varios hombres hacia esta.