martes, 12 de septiembre de 2017

Pi

La ópera prima de Darren Aronofsky es una película de bajo presupuesto hecha en blanco y negro, tiene una premisa interesante y extraña. El matemático Max Cohen (Sean Gullette) quiere hallar los patrones universales del planeta a través de los números y poder predecir cualquier asunto por medio de ellos.

Max Cohen toma pastillas como caramelos y tiene una jaqueca brutal, pero no detiene su búsqueda. La propuesta combina surrealismo, onirismo, locura y realidad. Nunca estamos al tanto donde realmente nos encontramos.

El matemático se topa con una secta de judíos por medio de Lenny Meyer (Ben Shenkman), un amigo que parece perseguirlo, y es que muchos están enterados de la búsqueda de Max; hay que apuntar que el filme se mueve en gran parte por la mente del protagonista. Esta secta cree que los patrones universales están en la Torah –la biblia hebrea- y quieren que Max lo trabaje, pero lo de Max es una obsesión solitaria sin la especificación de su ambición.

Max tiene un mentor, Sol Robeson (Mark Margolis), que renunció a la misma búsqueda; ellos juegan Go –juego chino de hace más de 2 milenios de existencia-. Sol cree que el Go contiene los patrones universales. Además hay una empresa de analistas de Wall Street que tratan de acorralar a Max y asociarlo a su empresa.

Sol le dice a Max que está más cerca de la numerología que de la ciencia, y así se percibe la narrativa y tono del filme, con un aire hacia algo terrorífico u oscuro in crescendo. El filme es mucho una pesadilla, sentir la presión -y las alucinaciones- del protagonista, arrastrado hacia la imagen psicótica de un taladro perforando un cráneo.

La propuesta indie de Aronofsky mezcla lo místico con las computadoras. Max no luce inteligente, pero supone alguien excepcional, aunque más parece un demente. El filme es una ilusión y puro suspenso, lo que es su mayor virtud o quehacer torturador, inquietante, perturbador, aunque tiene de ridículo también. 

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