viernes, 20 de febrero de 2015

Alma salvaje (Wild)

Cuenta la historia de Cheryl Strayed (Reese Witherspoon), actualmente reconocida como una novelista bestseller y una ensayista destacada, aparte de ser una activista feminista, cosas que vemos mencionar de refilón muy austeramente en el filme (irónicamente, cuando un periodista intenta usarla de ejemplo en uno de sus reportes sobre vagabundos), ya que la trama va mucho más atrás de su exitosa biografía, cuando era una simple mesera, y la muerte prematura de su madre de sólo 45 años de edad le asesta un gran golpe que la lleva hacia la depresión y la autodestrucción, en el consumo de drogas pesadas y una vida de promiscuidad, lo que le costaría su matrimonio de 7 años. Habiendo un fuerte vínculo que explica plenamente su extrema reacción y la propuesta, siendo éste el eje de un existencialismo. Producto de que Bobbi se encargó de sus 2 hijos pequeños, de Cheryl y su hermano, cuando abandonaron un hogar dejando atrás a un marido abusivo y alcohólico. Y como se ve en la película era muy cariñosa y entregada a ellos, mostrando una alegría, sencillez y ejemplo que roza el ideal materno en la memoria, una plagada de simbólicas luces, ensueño afectivo y brillos, como de mensajes que motivaran a la protagonista a ser una persona especial –desde un punto de vista psicológico, en su liberación mental- al final del aprendizaje vivencial, tras el sufrimiento, hallando el camino de la belleza, como solía decir la progenitora.

La trama consiste en que Cheryl decide rehacerse, volver al camino correcto, y para ello tiene que purificar su alma, superar su dolor, y lo hace decidiendo seguir el Pacific Crest Trail (PCT), un trayecto de 4200 km. que va desde California hasta Washington a pie por bosques, el desierto y fuertes nevadas, y lo hace sola al peligro de la intemperie, de lo salvaje y de la posible violencia de algunos hombres de la ruta seducidos naturalmente por su belleza. Acotando que Witherspoon no usa maquillaje ni mucho arreglo, y tiene una apariencia por una parte rustica, de mochilera, que hasta no puede bañarse a menudo, aunque aún luce agradable; dentro de una compenetración con el buen manejo de actores del director Jean-Marc Vallée, de quien recordamos que Dallas Buyers Club les dio el Oscar a Matthew McConaughey y a Jared Leto, y ahora Witherspoon está justamente nominada con una performance valiosa, de las que convencen hasta quienes no solemos quererle mucho.

Cheryl, Witherspoon, pequeña con una mochila a la que le llaman monstruo, un tremendo peso, metáfora de su propia lucha con su interior, va marcando los días hasta cumplir meses, mientras deja alguna línea memorable compartida con un autor consagrado en las bitácoras de la ruta, como a su propio modo lo hacia Into the wild (2007), con la que comparte semejanzas, al igual que con 127 horas (2010) en otro tipo de combate físico y espiritual.

Parte importante del concepto y estética del filme son los flashbacks (que no son precisos, juegan con los tiempos, mezclan recuerdos, que muchas veces sólo son como destellos, y arman sentidos artísticos, tanto como de reflexión) a distintas etapas del crecimiento de la protagonista; y sobre todo sintiendo esa poderosa empatía con su madre, interpretada por la actriz Laura Dern, que hace un papel maravilloso donde creemos en toda potencia todo ese amor inconmensurable que siente ésta hija, en donde Dern hace muy nítido y real el sentimiento, uno tan importante para la historia y la credibilidad de la película, en lo que trasmite bondad, comprensión, simpatía, una sonrisa diáfana, pasión por la vida y por su vástagos, paz y calor humano, y todo desde una esencia primaria, siendo profesora de letras, camarera y ama de casa.

En los tantos flashbacks, de esta fusión mental conjunta que es el filme del bien referido anochecer/amanecer de la filosofía materna, con el andar sanador y duro del PCT, también veremos, desde luego, la oscuridad de Cheryl que se inyecta heroína, una de las peores generadoras de adicción y caída al submundo; tiene sexo casual y es infiel burdamente, para lo que Witherspoon deja de lado su natural seriedad y carisma (ese que sobrevuela efectivamente sus tantas expresiones de emoción en el presente, sus elocuentes gritos de desfogue, su osadía y sus temores; su proximidad con el público, en humanidad, igualdad y particularidad, al contrario de aquel póster de la inmensidad del cosmos y la pequeñez humana), se vuelve pútrida piel, y es verosímil. En un balanceo de luz y pasado, en medio de una búsqueda de epifanía, como los avistamientos de un zorro y la canción folk llamada Red River Valley que canta tiernamente un niño, al igual que lo es en otra forma con la naturaleza la composición peruana de El Cóndor pasa, en las voces de Simon y Garfunkel. Viéndonos primero observadores de sus faltas, luego cómplices de ella (en una road movie, aventura, que comunica muy bien el dolor), en su deseo de enmendarse (aunque en un sentir menos caritativo que el de la liberalidad americana, si bien Witherspoon tiene un aura), como ese ex esposo humillado por las circunstancias, que a pesar de todo le llega a apoyar en su “loca” disposición de hacer tremenda caminata, la que muchos no culminan, y que ella a cada paso se enfrenta con tirar la toalla, superando reto tras otro del sendero, como serpientes, falta de agua, hambre, cansancio, heridas, soledad o miedo. En el quehacer de hallarse a sí misma.

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