lunes, 2 de febrero de 2015

El Código Enigma (The Imitation Game)

Lo más rescatable de éste filme destinado a la supuesta complacencia general, sopesando cierta calidad merecedora de la nominación a mejor película en los Oscars, y lo que hace que uno en lo personal lo salve de la quema, haga un balance “perdonándole” sus incontables errores, es que tiene un pequeño tono cosmopolita dentro de sus parámetros narrativos hollywoodenses de buen ritmo, mucha corrección política y hasta naturalmente simplista, aunque tiene algunos conocimientos complejos entre manos, pues tratamos con un matemático, científico y padre/precursor de las computadoras.

El filme viene a lucir frio por un lado –valga la inmediata relación, como el propio país del que viene el director, el noruego Morten Tyldum- y  del tipo británico al otro –por la ambientación, el origen de los actores, y de los personajes; sobre todo siendo el biopic de un inglés emblemático como Alan Turing-, es decir, parece desapasionado, seco, pero también asoma lo contenido, el guardar las formas, la buena educación, esconder la intimidad, imponer el recato, la elegancia común y la discreción, cosa muy de acuerdo con el tipo de hombre que se retrata (más allá de obviedades o recursos planos del guion, tanto como para dar giros), al que vemos más tarde abrirse como una flor en toda primavera sólo en el desenlace en que resulta muy emotivo, realmente conmovedor, hilando bastante fino, pero contundente en nuestra reacción, perpetrando realismo con un toque artístico, lo que reflota cualquier antecedente negativo, en un clímax perfecto, hablándonos de un estilo deliberado en toda la propuesta, el de escoger no mostrarse sentimental en su mayor parte, mientras recordamos atentamente ese epilogo tan pletórico de sensibilidad, que remite indisoluble e inmediatamente a  la noción de una vida muy triste que a un punto se nos estaba velada. Sumado de que se trata de la complicada personalidad de un hombre raro, no porque sea homosexual, sino alguien que tiene la dificultad de interrelacionarse socialmente, un solitario, que yace como  atrapado en una “única” expresión que parece albergar un rostro medio tonto en quien fue un genio, en la performance del querido por el gran público Benedict Cumberbatch.

Enumerando los tantos defectos del filme, véase el verbalizar mucho y no saber enseñar con imágenes –que no se trata de sensacionalismo ni de bajos refugios-  su tendencia sexual, su señalada soberbia o su clamada crueldad (emparentada con su excesivo racionalismo. Salvo en un momento en que la película se salta la norma, sin ser audaz, ni darlo todo, cuando el código Enigma se descifra y hay que sacrificar muchas vidas, incluyendo a un familiar directo, por una táctica vencedora en la guerra, que recuerda la argucia militar de Winston Churchill).

A la película le falta perversión, padece de mucha asepsia, falta ensuciarse,  adolece de mucho atrevimiento, aun con su cierto cariz de indefinición, su sentir nórdico (que también por un lado parece un defecto), su extraña algo esquiva empatía primaria, su mínimo de cine arte europeo oculto tras el cine de gran envergadura comercial que es la presente; en la historia del hombre atípico o inesperado al éxito o a la grandeza (visto desde su adolescencia), a quien se le atribuye anormalidad, al final el germen del prodigio, como se arguye, otra excepcionalidad (en esos flashbacks de chiquillo secretamente enamorado de un compañero e influencia, por ser él compasivo, noble), que enfatiza el filme infantilmente, aunque de  manera llamativa, para tener al espectador atento, pero ligero, implicando en realidad un lugar de confort, uno que vive de las apariencias –que la trama igual maneja de manera esquemática, o no lo explota como es debido- pero que resulta vacuo en buena parte. 

En lugar de repetir el incansable estribillo de que la crueldad otorga satisfacción, que en primera instancia funciona, para luego perder la atención por no hallar gran sustento (un quehacer didáctico básico, que no llega a proyectarse más allá de lo inmediato en los acontecimientos), hubiera cogido esas líneas efímeras o algún pasaje breve que parecen escaparse del conjunto formal y era la oscuridad que le ha faltado cuando el personaje de Keira Knightley sostiene que requiere de su casamiento porque no quiere irse con sus padres, anhela un beneficio o salvoconducto, y se vislumbra de ella cierto aprovechamiento, y obligación, tras un pacto; o se diga una realidad madura de que el trabajo de “oficina”, monótono, apagado, tiene mucho mérito, aunque suene un poco a manual de autoayuda (conmiseración social); o se haga ver que la guerra es menos romántica de lo que la historia pretende.  Puede que sea duro con el filme, y es que tiene plaga de defectos, dando por descontado la buena factura, la verosimilitud de la recreación y contar una historia de forma amena, que por ello va a gustar a muchos. Sin embargo, es más atizar la vista, son los pequeños atributos los que hacen la gloria, o mejor dicho, le dan una cierta redención. Con esa mirada a la resolución de los códigos nazis, la genialidad, en aquel invento de nombre familiar, entrando hacia la oscuridad, emparejado el discreto héroe, Alan Turing, con su humanidad/sufrimiento.

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