miércoles, 10 de diciembre de 2014

Maps to the Stars

Lo primero que le ha saltado a la vista a la mayor parte de la crítica es el ataque de la película a lo que se suele decir que es en realidad Hollywood bajo una careta, un lugar que si bien vende sueños a todo el planeta bajo la iluminación de una gran pantalla, propaga no solo el culto excesivo a la banalidad y la superficialidad sino se deja correr que esconde mucha putrefacción moral, como que todo cuenta en pos de colmar el ego y el hedonismo de las estrellas de cine que se sienten por encima del mundo. Y en efecto es indudable el no poder negar ver en el filme dicha contundente lectura, sería imposible, lo que muchos tachan de anacronismo, a un David Cronenberg que vuelve al pasado, a su juventud digamos punk, para hacerse el rebelde (como si no lo fuera siempre, en el espíritu de su cine), y por eso se dice que queda fuera de lugar y tiempo viendo el enorme kilometraje que lleva consigo, teniendo ya otras búsquedas, refinamiento, madurez y mayor profesionalismo, a lo que desde mi criterio descarto toda castrante primaria premisa negativa (reducirlo todo, no ver más allá), porque uno al fin y al cabo aborda el tema que le provoca, en lo que más se debe a una manera de contar, de concebir alguna aventura; y el experimentado y efectivo canadiense lo perpetra, sale airoso, como acostumbra, con un buen trabajo, que es verdad no de los mejores de su carrera, pero si uno decente que no lo descalifica en absoluto, ni nos alienta a la indiferencia (incluso, aunque a colocar por el final de la tabla, para quien escribe yace dentro de lo mejor del 2014, y es que uno le tiene devoción a éste director, porque nunca deja de ser interesante, fuera de reprocharle algunos puntos).

En Maps to the stars predomina ante todo un cuento corrosivo, lleno de giros en su propia cohesión, pensamientos, y desde luego muchas constantes; perturbación, incesto (hasta se bromea con su inclusión), actores engreídos, frustrados o debajo de todo inseguros, celos profesionales, un “juego” con el fracaso y el olvido (lo que a uno le evoca El crepúsculo de los dioses, 1950), desfiguración, culto al sexo y a lo caprichoso como extraño (viene a la memoria Crash, 1996, pero en un tono más realista/ordinario), dualidad en el fuego y el agua, disfuncionalidad, falsas apariencias, vejez, arribismo, corrupción general, abuso, humillación y poder excesivo, autodestrucción, venganzas inesperadas, brutales y determinantes muertes, bajo el concepto central de una unión perversa que se ancla a un trauma freudiano que reúne todos los elementos mencionados, desnudando a su complemento e ideología crítica en la sensual y enferma actriz interpretada por la talentosa Julianne Moore que lleva el mayor peso en sí tomando muy en serio su papel dentro de un filme que no lo es al 100%, mientras nos brinda expresiones tan cambiantes y extremas –como en otro modo muy marcado lo hacía Cate Blanchett en Blue Jasmine, 2013, a las que hallo en ambos casos entregadas pero imperfectas – al pasar por distintos trances que la definen como un ser "ocultamente" repulsivo, siempre dentro de una especie de estado de inestabilidad emocional que prodiga una reacción impredecible e infecciosa producto de la endeble composición moral que se tiene, ergo psiquis dañadas, a razón de los abusos y desórdenes sexuales, en fusión del claustrofóbico anhelo de triunfo en la meca del séptimo arte (como lo hiciera David Lynch dentro de su mundo mental con Mulholland Drive, 2001), por lo que todo se concibe como una estructura/herramienta compleja donde hay una crítica enérgica, pero en una onda de relajo, a través de una atractiva narrativa propia, al estilo de Cronenberg, con personalidad en el proveer de un entretenimiento ácido, freak; incluso de cierto cine B, de estilizada vulgaridad (narrativa formal), lo que remite por una parte al desarrollo de la cultura americana (aunque en la presente se note mucho más de la cuenta).

Cronenberg nos revela el mundo sórdido detrás de la fama y el dinero, en su mapa personal –tanto como harto ficticio y lúdico- de quienes destacados representan en esencia a muchos en Hollywood –lo hace muy bien Evan Bird, que grata impresión su performance, como el niño agrandado insoportable y actor célebre Benjie Weiss, reiteración y afirmación conceptual, en el mismo parámetro pero distinta justificación que El sexto sentido, 1999. Y una mención especial a la polifacética Mia Wasikowska, que es de las actrices jóvenes más dotadas y audaces que hay- y cómo viven, se comportan, las estrellas. 

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